EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 7 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 1





Cap. I: Del cuerpo del Señor

1Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí. 2Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. 3Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. 4Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). 5El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). 6Por eso no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). 7Pero ni el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra manera que el Espíritu Santo. 8De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. 9Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan, 10como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); 11y: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55). 12De donde el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. 13Todos los otros que no participan del mismo espíritu y se atreven a recibirlo, comen y beben su condenación (cf. 1 Cor 11,29).
14De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal 4,3). 15¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). 16Ved que diariamente se humilla (cf. Fil 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) vino al útero de la Virgen; 17diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; 18diariamente desciende del seno del Padre (cf. Jn 1,18) sobre el altar en las manos del sacerdote. 19Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. 20Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, 21así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. 22Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20).


VERSIÓN DE DIOS (Pedro Casaldáliga)

En la oquedad de nuestro barro breve
el mar sin nombre de su luz no cabe.
Ninguna lengua a su Verdad se atreve.
Nadie lo ha visto a Dios. Nadie lo sabe.

Mayor que todo dios, nuestra sed busca,
se hace menor que el libro y la utopía,
y, cuando el Templo en su esplendor lo ofusca,
rompe, infantil, el vientre de María.

El Unigénito venido a menos
transpone la distancia en un vagido;
calla la Gloria y el Amor explana;

Sus manos y sus pies de tierra llenos,
rostro de carne y sol del Escondido,

¡versión de Dios en pequeñez humana!

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 2





Cap. II: Del mal de la propia voluntad

1Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). 2Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino a la obediencia, no pecó. 3Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él; 4y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la manzana de la ciencia del mal. 5De donde es necesario que sufra la pena.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 3





Cap. III: De la perfecta obediencia

1Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33); 2y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). 3Deja todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en manos de su prelado. 4Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia.
5Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio a cumplir con obras las cosas que son del prelado. 6Pues ésta es la obediencia caritativa (cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo.
7Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. 8Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. 9Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida (cf. Jn 15,13) por sus hermanos.
10Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26,11; 2 Pe 2,22); 11éstos son homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 4




Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía


1No he venido a ser servido, sino a servir, dice el Señor (cf. Mt 20,28). 2Aquellos que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa prelacía tanto, cuanto si hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies a los hermanos. 3Y cuanto más se turban por la pérdida de la prelacía que por la pérdida del oficio de lavar los pies, tanto más acumulan en la bolsa para peligro de su alma (cf. Jn 12,6).  

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 5




Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor

1Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza (cf. Gn 1,26) según el espíritu. 2Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. 3Y aun los demonios no lo crucificaron, sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y pecados. 4¿De qué, por consiguiente, puedes gloriarte? 5Pues, aunque fueras tan sutil y sabio que tuvieras toda la ciencia (cf. 1 Cor 13,2) y supieras interpretar todo género de lenguas (cf. 1 Cor 12,28) e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas cosas puedes gloriarte; 6porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría. 7De igual manera, aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas, de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; 8por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades (cf. 2 Cor 12,5) y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27).

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Cap. VI: De la imitación del Señor

1Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. 2Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. 3De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 7




Cap. VII: Que el buen obrar siga a la ciencia

1Dice el Apóstol: La letra mata, pero el espíritu vivifica (2 Cor 3,6). 2Son matados por la letra aquellos que únicamente desean saber las palabras solas, para ser tenidos por más sabios entre los otros y poder adquirir grandes riquezas que dar a consanguíneos y amigos. 3Y son matados por la letra aquellos religiosos que no quieren seguir el espíritu de la divina letra, sino que desean más bien saber únicamente las palabras e interpretarlas para los otros. 4Y son vivificados por el espíritu de la divina letra aquellos que no atribuyen al cuerpo toda la letra que saben y desean saber, sino que, con la palabra y el ejemplo, la devuelven al altísimo Señor Dios, de quien es todo bien.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 8




Cap. VIII: Del pecado de envidia, que se ha de evitar

1Dice el Apóstol: Nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo (1 Cor 12,3); 2y: No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno (Rom 3,12). 3Por consiguiente, todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice y hace en él, incurre en el pecado de blasfemia, porque envidia al mismo Altísimo (cf. Mt 20,15), que dice y hace todo bien.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 9



Cap. IX: Del amor

1Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, [haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian] (Mt 5,44). 2En efecto, ama de verdad a su enemigo aquel que no se duele de la injuria que le hace, 3sino que, por amor de Dios, se consume por el pecado del alma de su enemigo. 4Y muéstrele su amor con obras.


Con que facilidad nos deja la muerte sin palabras. De pronto no sabemos qué decir. Vivimos muchas veces fluctuando entre la luz de Dios y las tinieblas, olvidando que Dios ama la vida en el fracaso, en lo que nosotros creemos fracaso, tanto como en el éxito. A veces bastaría con que nos detuviésemos un instante para escuchar el cántico que entonaron los ángeles el día de nuestro nacimiento, para darnos cuenta de que la vida eterna está aquí. La vida eterna es ahora. Pero nos da miedo esta evidencia, como la de reconocer que la soledad es compañía, aunque se tienen que haber atravesado muchos desiertos para que nos sea dado descubrir esto. ¿Quién no ha sentido alguna vez la más profunda soledad, incluso rodeado de una multitud? ¿Y quién, en la más profunda soledad, no se ha sentido a veces parte de todo el universo, siempre en compañía?
No volvemos a ser los mismos después de haber estado expuestos a los rigores de la soledad, que tanto se parecen a la muerte. Pero se trata de otra prueba con la que debemos atrevernos si queremos seguir creciendo en el viaje de nuestra vida; como percibir que la admiración es la esencia de la contemplación. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué es lo que no nos atrevemos a mirar? ¿Por qué decimos con tanta facilidad “yo eso no lo entiendo”, cuando lo que de verdad estamos queriendo decir es “yo por esa puerta no quiero entrar”? Pues vaya que si entraremos, sorprendiéndonos a nosotros mismos, para descubrir que allí está Dios esperándonos, para reconfortarnos y quitarnos todos los miedos, para hacernos verdaderamente libres. ¿Por qué nos cuesta tanto despojarnos?...
La aceptación momentánea de todo tal como es –morir, en cualquier momento- vale más que mil años de piedad. A veces, bastaría con que hiciésemos del tiempo nuestro aliado, aunque siempre lo es, incluso cuando creemos tenerlo en contra. Apenas podemos saber lo que sucederá en el futuro, pero ya hemos visto su belleza y su significado: como una vaca pastando en un prado.
Para el cristiano la vida no es un problema que haya que resolver, ni una pregunta que haya que responder. La vida es un misterio, como la Trinidad es un misterio, que hay que contemplar, admirar y saborear (como una sinfonía), y de ese Misterio formamos parte. Todos, quien más quien menos, todos tenemos alguna experiencia que por sí sola justifica nuestra vida; pero ni eso hace falta, porque ya nos justifica Dios con su amor. Hay algo, sin embargo, que no debemos olvidar nunca, y es que únicamente vivimos cuando descubrimos el tesoro por el que estamos dispuestos a morir, ese certificado de nuestra calidad de vida.
Todos los ríos cantan y enseñan la misma canción: “la fuente de todo el sufrimiento humano es considerar permanente lo que por esencia es pasajero”. El misterio de la vida no es otro que aprender a usar los bienes materiales sin perder de vista los eternos y haciendo realidad el Reinado de Dios en medio de las ocupaciones y el trabajo en este mundo, en el amor y la familia, y la convivencia en la vida de cada día.
Que pueda Cristo decir de mí: “Este es mi cuerpo”. Y Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida, nos susurra al oído: Presta tu adoración en el templo del momento presente. Aunque es posible que en nuestro victimismo no nos creamos dignos, por eso debemos aprender a contemplar nuestro pecado para ver que el arrepentimiento alcanza su plenitud cuando uno consigue agradecer incluso sus propios pecados.
¿Qué canto querrías que tu corazón cantara cuando vayas a morir? ¿Nos atreveríamos a cantarlo ahora? Deberíamos… Porque si nos hemos de atrever a volver a nacer, no debemos huir de lo desconocido; pues cada día, de algún modo, vivimos una pequeña muerte y una pequeña resurrección. ¿Quién puede reclamar el mérito de habernos enseñado a amar? ¿Jesucristo…? Seguro que sí.
¿Es nuestro amor a Dios lo bastante firme como para que podamos enfrentarnos a Él? También estos momentos, a veces, suelen ser propicios para ello…, sin dejar de ser una acción de gracias…, pese a todo, pese a tanto.
La oscuridad revela la ardiente belleza de la llama. La muerte revela el frágil encanto de la vida. Por eso necesitamos que nuestro camino sea el verdadero. ¿Y cómo lo sabremos?... Cuando seas capaz de entregar libremente tus manos y pies para ser clavados, y tu corazón para ser atravesado y desangrado, entonces conocerás, al fin, el sabor de la vida y la liberación.
Para conseguir una auténtica felicidad, hay que liberarla de las trampas: la principal es quizá la que afirma que sólo se puede ser feliz en los momentos luminosos de la vida; que en la felicidad nunca caben las lágrimas. Pero es posible una alegría profunda. Hecha de risas y lágrimas, capaz de vivirse en los momentos de euforia y de fiesta, pero también en las horas más oscuras. Es posible un gozo con raíces hondas, que se disfruta en los días radiantes, pero que no se apaga sin más ante la dificultad y la zozobra. Es posible la alegría, también de noche. Es posible, en fin, una felicidad liberada de la tiranía de sentirse bien a toda costa. ¿Puede haber alegría escondida en el dolor?...
El misticismo –que está al alcance de todos, porque siempre es un don de Dios- es sentir agradecimiento por todo…, (también por lo que nos arrebatan, sobre todo por eso…).

(…al fin y al cabo, qué es la iluminación sino darse cuenta, ser consciente del espíritu que nace en toda carne…/.)

jueves, 6 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 10




Cap. X: Del castigo del cuerpo

1Hay muchos que, cuando pecan o reciben una injuria, con frecuencia acusan al enemigo o al prójimo. 2Pero no es así, porque cada uno tiene en su poder al enemigo, es decir, al cuerpo, por medio del cual peca. 3Por eso, bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que tiene siempre cautivo a tal enemigo entregado en su poder, y se guarda sabiamente de él; 4porque, mientras haga esto, ningún otro enemigo, visible o invisible, podrá dañarle.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 11




Cap. XI: Que nadie se altere por el pecado de otro

1Al siervo de Dios nada debe desagradarle, excepto el pecado. 2Y de cualquier modo que una persona peque, si por esto el siervo de Dios se turba y se encoleriza, y no por caridad, atesora para sí una culpa (cf. Rom 2,5). 3El siervo de Dios que no se encoleriza ni se conturba por cosa alguna, vive rectamente sin propio. 4Y bienaventurado aquel que no retiene nada para sí, devolviendo al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 12




Cap. XII: De cómo conocer el espíritu del Señor

1Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: 2si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, 3sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 13




Cap. XIII: De la paciencia

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. 2Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 14




Cap. XIV: De la pobreza de espíritu

1Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). 2Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, 3pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. 4Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 15





Cap. XV: De la paz

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). 2Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 16




Cap. XVI: De la limpieza del corazón

1Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). 2Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor Dios vivo y verdadero.