EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 7 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 1





Cap. I: Del cuerpo del Señor

1Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí. 2Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. 3Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. 4Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). 5El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). 6Por eso no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). 7Pero ni el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra manera que el Espíritu Santo. 8De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. 9Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan, 10como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); 11y: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55). 12De donde el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. 13Todos los otros que no participan del mismo espíritu y se atreven a recibirlo, comen y beben su condenación (cf. 1 Cor 11,29).
14De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal 4,3). 15¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). 16Ved que diariamente se humilla (cf. Fil 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) vino al útero de la Virgen; 17diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; 18diariamente desciende del seno del Padre (cf. Jn 1,18) sobre el altar en las manos del sacerdote. 19Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. 20Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, 21así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. 22Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20).


VERSIÓN DE DIOS (Pedro Casaldáliga)

En la oquedad de nuestro barro breve
el mar sin nombre de su luz no cabe.
Ninguna lengua a su Verdad se atreve.
Nadie lo ha visto a Dios. Nadie lo sabe.

Mayor que todo dios, nuestra sed busca,
se hace menor que el libro y la utopía,
y, cuando el Templo en su esplendor lo ofusca,
rompe, infantil, el vientre de María.

El Unigénito venido a menos
transpone la distancia en un vagido;
calla la Gloria y el Amor explana;

Sus manos y sus pies de tierra llenos,
rostro de carne y sol del Escondido,


¡versión de Dios en pequeñez humana!



El signo del Pan que da la vida 

«En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,54-55).
Jesús sabe muy bien que esto les incomoda a algunos de sus seguidores. Pero, ¿qué hace Él? ¿Trata de explicarles el misterio? ¿Les ofrece una interpretación teológica? No, dice simplemente:
«El Espíritu es el que da vida; la carne de nada aprovecha. Las palabras que yo os he dicho, son Espíritu y Vida» (Jn 6,63).
En otras palabras, Jesús pide a sus seguidores simplemente que lo reciban en sus palabras. Solamente si aceptan el misterio de lo que Él les dice podrán experimentar la realidad de la que les está hablando
Jesús podría haber dicho igualmente: "¡Mirad, no hay manera de que vayáis a ser capaces de comprender este misterio! Limitaos a aceptarlo porque yo os lo pido. Quiero que creáis que al daros este pan y este vino me estoy dando a mí mismo. Si lo hacéis así, me encontrareis realmente presente en la Eucaristía, tanto si podéis explicarlo como si no".
Nadie puede jamás explicar un misterio plenamente. ¿Quién puede hoy explicar completamente el misterio humano de enamorarse? ¿Por qué pensamos entonces que tenemos que ser capaces de explicar un misterio divino?
Comprender cómo Cristo se nos hace presente en la Eucaristía no es nuestro problema. Es problema de Dios. Pero nosotros no hemos de resolver el problema de Dios. Sólo hemos de aceptar su promesa de estar presente para nosotros al partir el pan y al compartir el vino. Una vez que lo hacemos así, una vez que decimos que sí a su promesa de auto-entrega, nos abrimos a nosotros mismos a la posibilidad de experimentar la promesa divina.
¡Nos cuesta tanto tratar con el misterio! Tenemos una predisposición filosófica en contra de aceptar nada a menos que podamos explicarlo. No queremos aceptar que debe haber misterios que no comprendemos, que debe haber problemas que no podemos resolver.
Dios, sin embargo, no es un problema para resolver, sino un misterio para ser vivido, una realidad que hay que experimentar. Y un misterio no es un rompecabezas en el que haya que separar las piezas y volverlas a juntar, sino una verdad tan grande que sólo podemos tocar a la vez una parte de ella. Tenemos que ponernos a encontrarla pasito a pasito, conociendo de ella algunos aspectos a través de nuestra implicación en el misterio, sin esperar que vayamos a comprender nunca todo el dibujo. No se puede nunca asir un misterio; sólo podemos dejarnos asir por él.
Esa clase de renuncia, esa clase de entrega es necesaria si hemos de recibir el don de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Porque nosotros no podemos hacer que Jesús se nos haga presente. Nosotros no podemos manipular al Señor. Sólo podemos decir que sí, que estamos dispuestos, si Dios nos lo garantiza. Como dijo Jesús a sus discípulos: "Nadie puede aceptarme, nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede" (Jn 6,65).

(La Biblia y su espiritualidad; R.Rohr, SalTerrae)

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 2





Cap. II: Del mal de la propia voluntad

1Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). 2Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino a la obediencia, no pecó. 3Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él; 4y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la manzana de la ciencia del mal. 5De donde es necesario que sufra la pena.

Adán, Eva y el árbol: la Ley

            Tal como se nos describe en el relato de Adán y Eva, la humanidad sólo puede realizarse en el espacio de una Ley que configura el mundo tal y como lo quiere Dios. Esta Ley (la prohibición de no comer de un árbol entre los demás dados, de Gn 2,17) reflejaría, en primer lugar, que la realidad del hombre (de todo hombre) no puede identificarse con la totalidad de lo real. En segundo lugar, el que haya alguien que pueda dar esta Ley manifiesta, al tener poder para hacerlo, que en su origen nada pertenece al hombre, todo le es dado.
            Esto quiere decir que la realidad humana no es autogenerada, sino recibida. El hombre (cada hombre) no es toda la realidad, sobre todo no es ni puede ser origen de sí mismo. En este contexto y sólo en él, reconociendo su origen, puede realizarse el hombre en la imitación de Dios, Señor de la creación: de esta manera, todo es suyo. En este sentido, la Ley será, en el proyecto de Dios de constitución de la realidad, un espacio para la fe, para la libertad y para la realización de la vida -en este orden-.
            Aceptar la Ley (la no abarcabilidad de su ser por él mismo, aceptar el ser originado) es acoger la verdad última de la realidad, de la humanidad y su posible realización. Se trata de aceptar la lógica de la creación, su sabiduría íntima. Frente a eso “mentira es lo que oculta mi propio fundamento, no dejando que yo viva en transparencia. Mentira es que pretenda ser yo solo, rechazando así la gracia que me funda y acompaña la existencia (...) No me amo como soy, no quiero realizarme como derivado o dependiente”.
            Vivir de esta Ley es para el hombre vivir en una receptividad fundante de su actividad, se trata de acoger el señorío sobre la realidad primeramente como criaturas, no como creadores. La Ley es el espacio de la fe en Dios creador. Esta fe nos introduce en la misma estructura de la realidad, pero a esta verdad sólo se accede por la confianza, no por el saber propio que el hombre pueda conseguir (como dice la serpiente).
            El pecado será el rechazo de la fe, de la fe en la mediación de esta Ley. Es lógico que aparezca aquí la serpiente, signo de la tentación. Ésta existe siempre en la decisión que funda mi identidad. Está ahí manifestando que hay un hiato entre lo que estoy llamado a ser y el ser desde el que puedo elegirlo. Está ahí como memoria de lo que en nuestro interior es el reverso de nuestra llamada a ser hombres a imagen de Dios.
            Este hiato ha de ser transcendido en la imitación de Dios en dos aspectos que la misma estructura de la creación refleja: el primero la dinámica creativa de Dios, es decir, su darse hacia fuera; el segundo la dinámica sabática de Dios, es decir, la autorrepresión de su poder creativo para dejar espacio a lo distinto.
            La imitación (elemento estructural del hombre) que tendría que formarse en esta dinámica va a ser pervertida (de-formada) al sospechar de Dios, al ver en él a alguien celoso de la vida propia. De esta forma la humanidad va a distorsionar su ser imagen de Dios al imitarle en lo que no es: apropiación envidiosa del ser. “La criatura que lo tiene todo de Dios, quiere ser por sí misma. En una mala imitación de Dios (San Agustín) convierte su vocación en tentación”. El hombre queda preso de la falsa percepción de la presencia de Dios. Eva imita “sin darse cuenta el fantasma de su propia envidia”.
            La lógica del don ha sido trastocada por la de la apropiación, tal y como surge de la no superación del hiato que debería sacarnos de la indiferencia desde la que somos engendrados hacia una identidad diferenciada y agradecida. Ahora vivimos en una obsesión por la identidad que nos ata a un conflicto permanente con el otro.
            La envidia y la mentira se entrelazan en el pecado de los orígenes. La mentira va a crear una realidad distinta. Cuando se acepta la mentira, se resitúan todos los elementos de la realidad. En este sentido la mentira es creadora de una realidad inexistente y no proyectada por Dios. “Descubrimos en qué grado la envidia de la serpiente subvierte el orden hasta las raíces del ser, llega a ser negación de sí. Comprendemos, al mismo tiempo, por qué el pecado se emplaza tan próximo a la creación, ya que no es otra cosa que el rechazo de ser creado, fundado en otro que no sea uno mismo. Es una especie de auto-decreación”. “El pecado se presenta así como voluntad de matar a Dios acusándolo de ser enemigo de nuestra vida”. Es la creación humana, sin Dios. Se juntan así mentira, envidia y asesinato en un mismo acontecimiento poliédrico que describirá san Juan cuando acuse al diablo de ser homicida y mentiroso desde los orígenes (Jn 8, 44).
            La puerta del paraíso se ha cerrado. El hombre ha construido su propio mundo expulsando a Dios de él. Dios ha quedado encerrado en el paraíso que quiso para el hombre y donde el hombre no ha entrado.


            Frente a la complacencia primera de Dios al mirar la realidad, nos encontramos al final de la acción humana con la repulsa divina a una tierra sometida por la per-versión humana. Es el itinerario que va desde el estribillo “vio Dios que era bueno” que cierra cada uno de los días de la creación, hasta su arrepentimiento por haber creado el mundo al verlo lleno de mal, violencia e injusticia (Gn 6, 5-6.11.13; 8,21). El no querer morir, que no es sino la falta de fe en el origen (el creador y su sacramento, el modelo), el miedo a dejarle sitio asumiendo una pequeña muerte simbólica para acceder a la propia identidad, han creado un hombre sometido a la sospecha y la envidia. Esta situación, sin embargo, se va a ensanchar aún más hacia el asesinato.

(La humanidad re-encontrada en Cristo; F.García Martínez, PUPS.) 

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 3





Cap. III: De la perfecta obediencia

1Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33); 2y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). 3Deja todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en manos de su prelado. 4Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia.
5Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio a cumplir con obras las cosas que son del prelado. 6Pues ésta es la obediencia caritativa (cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo.
7Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. 8Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. 9Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida (cf. Jn 15,13) por sus hermanos.
10Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26,11; 2 Pe 2,22); 11éstos son homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 4




Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía


1No he venido a ser servido, sino a servir, dice el Señor (cf. Mt 20,28). 2Aquellos que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa prelacía tanto, cuanto si hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies a los hermanos. 3Y cuanto más se turban por la pérdida de la prelacía que por la pérdida del oficio de lavar los pies, tanto más acumulan en la bolsa para peligro de su alma (cf. Jn 12,6).  


¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...¡La corona de espina del servicio! -se lamentaba aquel Provincial- ¡Cómo duele!... ¡Sobre todo cuando te la quitan!!!

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 5




Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor

1Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza (cf. Gn 1,26) según el espíritu. 2Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. 3Y aun los demonios no lo crucificaron, sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y pecados. 4¿De qué, por consiguiente, puedes gloriarte? 5Pues, aunque fueras tan sutil y sabio que tuvieras toda la ciencia (cf. 1 Cor 13,2) y supieras interpretar todo género de lenguas (cf. 1 Cor 12,28) e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas cosas puedes gloriarte; 6porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría. 7De igual manera, aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas, de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; 8por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades (cf. 2 Cor 12,5) y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27).



¿NACIÓ JESÚS PARA QUE LE MATARAN?

Dicho de otra manera: ¿la muerte de Jesús estaba prefijada de antemano por Dios mismo y, por tanto, lo fundamental es que Jesús muriera para que Dios pudiera perdonarnos?
Jesús situó toda su existencia a la luz de la voluntad de Dios. Ésta era el alimento que le daba identidad. Jesús quería que todo su ser expresara esta misma voluntad de Dios (Jn 4,34). No se trata de que Dios tenga una voluntad concreta para cada momento de la vida histórica de Jesús como si todo estuviera prefijado de antemano. Jesús debía expresar humanamente su voluntad originaria, radical. Dicho con otras palabras, debía encarnar el designio eterno de Dios para el mundo a través de los acontecimientos que fueran sucediendo en el encuentro de las libertades de Jesús y los hombres. Jesús tratará de mostrar con sus gestos, sus palabras, sus sentimientos... lo que Dios mismo desde siempre quiere para el hombre y así desvelar el 'misterio escondido desde antes de la fundación del mundo' (Mt 13,35).
Jesús se comprenderá a sí mismo como aquel que ha venido para que los hombres 'tengan vida y la tengan en abundancia' (Jn 10,10). Para que comprendan que la alianza que Dios ha hecho con ellos nace de un amor fontal que no queda roto por la traición humana, y que su misericordia es perdón que renueva al hombre y lo lleva a la fuente de su ser, posibilitando que se reconstruya sobre el cimiento firme del amor irrevocable de Dios. Para que comprenda que la voluntad de Dios es discreta y dialogal, que se hace presente sin robar la libertad, sino situando ésta ante sus más altas posibilidades. Pero al vivir sólo de esta voluntad de Dios se situará en conflicto con el mundo que no quiere vivir de ella y así será marginado, rechazado y expulsado de él.
Jesús vivió habituado por esta amor originario, permanentemente ofrecido a todos, discreto y paciente de Dios, que sabe incluso padecer para convencer. Vivió con libertad frente a todo lo que pudiera oscurecer este amor oponiéndose y enfrentándose a todo lo que en el mundo estuviera cimentado fuera de él, ya fuese el poder político, el poder religioso, las relaciones entre los hermanos...
Nuestro mundo, él lo sabía, vivía inconscientemente parasitado por el miedo, la sospecha, el rencor, la envidia y la codicia. Como Jeremías y otros antiguos profetas, él sabía que el corazón del hombre estaba endurecido y no es fácilmente convencido por el amor, ya que los intereses creados no están a salvo si el amor se hace ley universal (Jn 2,24-25). En un mundo así, el amor de Dios sólo puede decirse del todo aceptando no ser acogido y manteniéndose en fidelidad a sí mismo. Y esta voluntad de Dios de que el hombre vea su rostro fiel y amante incluso cuando es despreciado, es lo que Jesús aceptó para sí.
La misión última de Jesús fue entonces hacer de su cuerpo, que estaba creado para el amor, un signo de esa voluntad radical de Dios también al ser acusado injustamente, rechazado mayoritariamente (por acción u omisión) y odiado con la fuerza de un asesinato. La obediencia que lleva a Jesús a la muerte no es la aceptación de un castigo impuesto por Dios, sino la ofrenda de su cuerpo como lugar donde el hombre pueda ver que Dios mismo no le rechaza ni siquiera cuando esto le suponga sufrimiento y muerte, como lugar para mostrar que el amor divino se niega a ser otra cosa distinta que puro amor.
Las palabras puestas por los evangelistas en boca de Jesús en Getsemaní y en la Cruz,manifiestan su misterio interior. Manifiestan que su vida se alimentaba de esta voluntad hasta coincidir con ella aún en condiciones de amargura. Manifiestan a Cristo como reflejo verdadero y último de aquel amor divino que sabe sufrir si es necesario para dar al amado la posibilidad de volver. La obediencia que lleva a Jesús a la muerte es la vivencia en condiciones de rechazo de un amor siempre en acto, de un amor que no se niega a sí mismo ni siquiera cuando es rechazado (Jn 12, 27-28).
Es éste el amor de Dios del que Jesús vive, que Jesús revela y que Jesús entrega al hombre de una vez para siempre. Un amor que no quiere la muerte de nadie, sino que acepta incluso la suya para sellar la identidad más profunda de su vida y enseñar al hombre a no tener miedo ni sospechar de él. Ésta es al lógica de aquellas palabras, de las más hermosas y terribles de san Pablo: «¿Qué más podemos añadir?: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no iba a darnos todas las demás cosas juntas con él?» (Rm 8,31-32).
Por eso hay que decir que Jesús no nació para dejarse matar, sino para vivir el amor de Dios delante de los hombres y convencerles, incluso si en el extremo no lo aceptaban, de que este amor es la eterna fuente siempre despierta de la vida de la vida plena de los hombres. Manantial inagotable abierto ahora en la misma entraña de la historia, en la carne humana del Hijo de Dios (Jn 7, 37-38).
(Jesús, el Cristo siempre vivo; F.G.Martínez, CCS)

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 6




Cap. VI: De la imitación del Señor

1Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. 2Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. 3De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 7




Cap. VII: Que el buen obrar siga a la ciencia

1Dice el Apóstol: La letra mata, pero el espíritu vivifica (2 Cor 3,6). 2Son matados por la letra aquellos que únicamente desean saber las palabras solas, para ser tenidos por más sabios entre los otros y poder adquirir grandes riquezas que dar a consanguíneos y amigos. 3Y son matados por la letra aquellos religiosos que no quieren seguir el espíritu de la divina letra, sino que desean más bien saber únicamente las palabras e interpretarlas para los otros. 4Y son vivificados por el espíritu de la divina letra aquellos que no atribuyen al cuerpo toda la letra que saben y desean saber, sino que, con la palabra y el ejemplo, la devuelven al altísimo Señor Dios, de quien es todo bien.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 8




Cap. VIII: Del pecado de envidia, que se ha de evitar

1Dice el Apóstol: Nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo (1 Cor 12,3); 2y: No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno (Rom 3,12). 3Por consiguiente, todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice y hace en él, incurre en el pecado de blasfemia, porque envidia al mismo Altísimo (cf. Mt 20,15), que dice y hace todo bien.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 9



Cap. IX: Del amor

1Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, [haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian] (Mt 5,44). 2En efecto, ama de verdad a su enemigo aquel que no se duele de la injuria que le hace, 3sino que, por amor de Dios, se consume por el pecado del alma de su enemigo. 4Y muéstrele su amor con obras.


Con que facilidad nos deja la muerte sin palabras. De pronto no sabemos qué decir. Vivimos muchas veces fluctuando entre la luz de Dios y las tinieblas, olvidando que Dios ama la vida en el fracaso, en lo que nosotros creemos fracaso, tanto como en el éxito. A veces bastaría con que nos detuviésemos un instante para escuchar el cántico que entonaron los ángeles el día de nuestro nacimiento, para darnos cuenta de que la vida eterna está aquí. La vida eterna es ahora. Pero nos da miedo esta evidencia, como la de reconocer que la soledad es compañía, aunque se tienen que haber atravesado muchos desiertos para que nos sea dado descubrir esto. ¿Quién no ha sentido alguna vez la más profunda soledad, incluso rodeado de una multitud? ¿Y quién, en la más profunda soledad, no se ha sentido a veces parte de todo el universo, siempre en compañía?
No volvemos a ser los mismos después de haber estado expuestos a los rigores de la soledad, que tanto se parecen a la muerte. Pero se trata de otra prueba con la que debemos atrevernos si queremos seguir creciendo en el viaje de nuestra vida; como percibir que la admiración es la esencia de la contemplación. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué es lo que no nos atrevemos a mirar? ¿Por qué decimos con tanta facilidad “yo eso no lo entiendo”, cuando lo que de verdad estamos queriendo decir es “yo por esa puerta no quiero entrar”? Pues vaya que si entraremos, sorprendiéndonos a nosotros mismos, para descubrir que allí está Dios esperándonos, para reconfortarnos y quitarnos todos los miedos, para hacernos verdaderamente libres. ¿Por qué nos cuesta tanto despojarnos?...
La aceptación momentánea de todo tal como es –morir, en cualquier momento- vale más que mil años de piedad. A veces, bastaría con que hiciésemos del tiempo nuestro aliado, aunque siempre lo es, incluso cuando creemos tenerlo en contra. Apenas podemos saber lo que sucederá en el futuro, pero ya hemos visto su belleza y su significado: como una vaca pastando en un prado.
Para el cristiano la vida no es un problema que haya que resolver, ni una pregunta que haya que responder. La vida es un misterio, como la Trinidad es un misterio, que hay que contemplar, admirar y saborear (como una sinfonía), y de ese Misterio formamos parte. Todos, quien más quien menos, todos tenemos alguna experiencia que por sí sola justifica nuestra vida; pero ni eso hace falta, porque ya nos justifica Dios con su amor. Hay algo, sin embargo, que no debemos olvidar nunca, y es que únicamente vivimos cuando descubrimos el tesoro por el que estamos dispuestos a morir, ese certificado de nuestra calidad de vida.
Todos los ríos cantan y enseñan la misma canción: “la fuente de todo el sufrimiento humano es considerar permanente lo que por esencia es pasajero”. El misterio de la vida no es otro que aprender a usar los bienes materiales sin perder de vista los eternos y haciendo realidad el Reinado de Dios en medio de las ocupaciones y el trabajo en este mundo, en el amor y la familia, y la convivencia en la vida de cada día.
Que pueda Cristo decir de mí: “Este es mi cuerpo”. Y Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida, nos susurra al oído: Presta tu adoración en el templo del momento presente. Aunque es posible que en nuestro victimismo no nos creamos dignos, por eso debemos aprender a contemplar nuestro pecado para ver que el arrepentimiento alcanza su plenitud cuando uno consigue agradecer incluso sus propios pecados.
¿Qué canto querrías que tu corazón cantara cuando vayas a morir? ¿Nos atreveríamos a cantarlo ahora? Deberíamos… Porque si nos hemos de atrever a volver a nacer, no debemos huir de lo desconocido; pues cada día, de algún modo, vivimos una pequeña muerte y una pequeña resurrección. ¿Quién puede reclamar el mérito de habernos enseñado a amar? ¿Jesucristo…? Seguro que sí.
¿Es nuestro amor a Dios lo bastante firme como para que podamos enfrentarnos a Él? También estos momentos, a veces, suelen ser propicios para ello…, sin dejar de ser una acción de gracias…, pese a todo, pese a tanto.
La oscuridad revela la ardiente belleza de la llama. La muerte revela el frágil encanto de la vida. Por eso necesitamos que nuestro camino sea el verdadero. ¿Y cómo lo sabremos?... Cuando seas capaz de entregar libremente tus manos y pies para ser clavados, y tu corazón para ser atravesado y desangrado, entonces conocerás, al fin, el sabor de la vida y la liberación.
Para conseguir una auténtica felicidad, hay que liberarla de las trampas: la principal es quizá la que afirma que sólo se puede ser feliz en los momentos luminosos de la vida; que en la felicidad nunca caben las lágrimas. Pero es posible una alegría profunda. Hecha de risas y lágrimas, capaz de vivirse en los momentos de euforia y de fiesta, pero también en las horas más oscuras. Es posible un gozo con raíces hondas, que se disfruta en los días radiantes, pero que no se apaga sin más ante la dificultad y la zozobra. Es posible la alegría, también de noche. Es posible, en fin, una felicidad liberada de la tiranía de sentirse bien a toda costa. ¿Puede haber alegría escondida en el dolor?...
El misticismo –que está al alcance de todos, porque siempre es un don de Dios- es sentir agradecimiento por todo…, (también por lo que nos arrebatan, sobre todo por eso…).

(…al fin y al cabo, qué es la iluminación sino darse cuenta, ser consciente del espíritu que nace en toda carne…/.)

jueves, 6 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 10




Cap. X: Del castigo del cuerpo

1Hay muchos que, cuando pecan o reciben una injuria, con frecuencia acusan al enemigo o al prójimo. 2Pero no es así, porque cada uno tiene en su poder al enemigo, es decir, al cuerpo, por medio del cual peca. 3Por eso, bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que tiene siempre cautivo a tal enemigo entregado en su poder, y se guarda sabiamente de él; 4porque, mientras haga esto, ningún otro enemigo, visible o invisible, podrá dañarle.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 11




Cap. XI: Que nadie se altere por el pecado de otro

1Al siervo de Dios nada debe desagradarle, excepto el pecado. 2Y de cualquier modo que una persona peque, si por esto el siervo de Dios se turba y se encoleriza, y no por caridad, atesora para sí una culpa (cf. Rom 2,5). 3El siervo de Dios que no se encoleriza ni se conturba por cosa alguna, vive rectamente sin propio. 4Y bienaventurado aquel que no retiene nada para sí, devolviendo al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 12




Cap. XII: De cómo conocer el espíritu del Señor

1Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: 2si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, 3sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 13




Cap. XIII: De la paciencia

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. 2Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 14




Cap. XIV: De la pobreza de espíritu

1Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). 2Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, 3pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. 4Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 15





Cap. XV: De la paz

1Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). 2Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 16




Cap. XVI: De la limpieza del corazón

1Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). 2Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor Dios vivo y verdadero.