EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

jueves, 28 de enero de 2016

SAN MARCOS 4,21-25

Evangelio según san Marcos 4,21-25
En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: «¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga». Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».

...Marcos interrumpe la narración que recoge las parábolas para introducir estos tres dichos populares, probablemente con la intención de motivar a vivir lo que las parábolas proponen.
El primero hace referencia a la luz, cuya naturaleza es alumbrar: no puede no hacerlo. El segundo afirma que, gracias a ella, lo que antes nos quedaba oculto, puede ser descubierto. Y el tercero es una invitación a acoger, como "tierra buena", la semilla-palabra de Jesús, ya que de esa misma actitud depende el crecimiento.
La luz no pude no alumbrar. Del mismo modo, la persona que vive en conexión con su verdadera identidad iluminará a los demás -no hace falta ser doctor para eso-. No porque se lo proponga, a través de un esfuerzo voluntarista, sino por sí misma. De hecho, si estamos atentos, cualquier persona puede iluminarnos porque, en último término, nuestra identidad es luz. Esto explica que todos podamos ser "maestros" de todos. "Ser maestro" (dar luz) no es un título que alguien adquiere de una vez para siempre, sino una consecuencia de la propia luz que nos constituye.
En ausencia de luz, estamos a oscuras y caminamos a ciegas: es la ignorancia que perpetúa el sufrimiento. Por el contrario, en la medida en que empezamos a "despertar", percibimos como todo se va iluminando progresivamente, y ello hace que, aunque aparentemente nada haya cambiado, veamos todo de un modo nuevo.
La "medida" con la que la Vida se nos regala la ponemos nosotros mismos porque parece que todo el universo se rige por esta ley: recibimos lo que entregamos. Quien esconde su " talento" -decía Jesús en otra ocasión-, lo anula y se priva de su beneficio y bendición. Por el contrario, cuando lo ponemos en acción, nos regala frutos insospechados (Mt 25,14-30). En realidad, se nos ha dado todo, -"todo es gracia"- al hacernos conscientes de ello y "cooperar" en su desarrollo, parece como si cada vez nos dieran más; por el contrario, si nos instalamos, nos parecerá que perdemos incluso lo que ya creíamos haber alcanzado.

...Jesús recurre al absurdo para que se graben mejor sus palabras: lo mismo que el destino de la luz es lucir desde lo alto, iluminar y permitir la visión, el oído lo tenemos para escuchar y para entrar en comunicación con los demás. Tan absurdo como esconder una luz debajo de la cama sería encerrarse en lo ya sabido, o creer que no necesitamos las palabras de los demás. Sobre todo, de esa Palabra que viene a caldear nuestra vida y a sacarnos de la oscuridad.


miércoles, 27 de enero de 2016

LA GRAN REVOLUCIÓN

LA GRAN REVOLUCIÓN

Y llegó la gran revolución, con su cambio completamente radical. Pero la ideología de la revolución política no cambió más que las apariencias. Hubo violencia, como desde el inicio de los tiempos, y el poder pasó de un partido a otro; pero cuando el humo se disipó y los cuerpos de todos los muertos fueron enterrados, unos como héroes y otros como malditos, la situación resultó ser esencialmente la misma de antes: en el poder había una minoría de fuertes que explotaban a todos los demás, en nombre de la revolución, para sus fines personales. La codicia, la crueldad, la lujuria, la ambición, la avaricia y la hipocresía eran las mismas de antes. Hasta el día en que, por fin, llegó la gran revolución, con su cambio completamente radical..../.

lunes, 25 de enero de 2016

FUNES, EL MEMORIOSO

FUNES, EL MEMORIOSO
«La memoria fue muy valorada por las grandes culturas como resistencia ante el devenir del tiempo. No el recuerdo de simples acontecimientos, tampoco esa memoria que sirve para almacenar información en las computadoras: hablo de la necesidad de cuidar y transmitir las primigenias verdades. En las comunidades arcaicas, mientras el padre iba en busca de alimento y las mujeres se dedicaban a la alfarería o al cuidado de los cultivos, los chiquitos, sentados, sentados sobre las rodillas de sus abuelos, eran educados en su sabiduría; no en el sentido que le otorga a esta palabra la civilización cientificista, sino aquella que nos ayuda a vivir y a morir; la sabiduría de esos consejeros que, en general, eran analfabetos, pero, como un día me dijo el gran poeta Senghor, en Dakar: "La muerte de uno de esos ancianos es lo que parta ustedes sería el incendio de una biblioteca de pensadores y poetas". En aquellas tribus, la vida poseía un valor sagrado y profundo, y sus ritos, no sólo hermosos sino misteriosamente significativos, consagraban los hechos fundamentales de la existencia: el nacimiento, el amor, el dolor y la muerte. En el pueblo de campo donde nací, antes de irnos a dormir, existía la costumbre de pedir que nos despertaran diciendo: "Recuérdenme a las seis". Siempre me asombró aquella relación que se hacía entre la memoria y la continuación de la existencia.

(-Ernesto Sábato)

domingo, 24 de enero de 2016

LA PASIÓN

LA PASIÓN
¿Cómo vivió Jesús ese tiempo en manos de quienes estaban en su contra? Una afirmación  suya puede darnos la respuesta: «Se acerca la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que cada uno de vosotros se irá a lo suyo y a mí me dejaréis solo. Aunque yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo». (Jn 16,32)
«Jesús había dejado atrás cualquier previsión y defensa, abandonando su existencia al Padre que lo enviaba y conducía. Sabía que no necesitaba preocuparse aunque estuviera en medio de la contradicción, el dolor, el fracaso o la muerte: el Padre estaba "a favor suyo", y él estaba seguro de que lo recogería al final extremo de la noche. Esta confianza suya inaugura la existencia creyente, y Jesús ha sido el primero en recorrerla».
Detrás de él vamos nosotros, apoyados en su misma tranquila audacia, que nos permite arriesgar nuestra confianza: «Si Dios está a favor nuestro, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros; ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, -"un Vaticano lleno de víboras queriendo comerse a Francisco"-, la espada? Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. Y estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,31-39)

«Ya ves, lo intenté todo,
recorrí todos los caminos,
pero nunca pude encontrar a un amigo
que me amase más que tú.
Bebí en todas las fuentes, saboreé las uvas,
pero nunca probé vino más dulce que tú.
Leí cientos de códices eruditos:
en  cada letra sólo te veía a ti.
Borré la caligrafía con mis lágrimas,
y la página resplandeciente
se convirtió en tu espejo.
Escuché tu voz en cada soplo de brisa rumorosa:
la nieve, la hierba,
no eran sino hermosísimos velos
que cubrían tu rostro.
Me sumergí en un océano sin orilla:
las perlas luminosas sólo te reflejaban a ti.

Luego vino la tempestad:
el jardín de mi corazón
tiritaba helado, esparcidas sus hojas.
Se hizo desierto
y nube yerma,
y silencio.
Y, de repente,
el sol a medianoche: Tú»

(-Rumi)

viernes, 22 de enero de 2016

LA VIRGINIDAD DE MARÍA


LA VIRGINIDAD DE MARÍA
«Todo el Antiguo Testamento está animado por la paradoja del poder del débil, de la exaltación del pobre, de la fecundidad de la estéril, y esta paradoja alcanza su forma más violenta en el "escándalo de la Cruz", esa "debilidad de Dios más fuerte que los hombres" (1 Cor 1,23). Lucas no describe en María una forma heroica de la virtud de la castidad: lo que ve en ella es una fe y una esperanza radicales, totalmente despojadas de confianza en la criatura, totalmente abandonadas a Dios. La virginidad de María no tiene tanto de virtud moral -"como tanto le gusta al pensamiento griego"- cuanto teologal; manifiesta más una actitud ante Dios que un esfuerzo de purificación. Representa el ser humano que no cuenta con sus propias fuerzas, y puede ser comparada con el vacío sobre el que el Espíritu planeaba en los orígenes».
(Louis Legrand)

«Ante ti mi oración, una letanía de nadas:
-El cuenco de un odre, NADA.
- El vacío de una casa, NADA.
-El orificio de una flauta, NADA.
-El silencio de una partitura, NADA
-El domingo en la semana, NADA.

Viento sagrado, sopla sobre mí.
Hace mucho que no tenías semejante flauta
para llenarla de música».

(Anónimo)

miércoles, 20 de enero de 2016

Mt 23,37

¡Jerusalén, Jerusalén, la que asesina a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!  (Mt 23,37)

domingo, 10 de enero de 2016

ACEPTACIÓN

ACEPTACIÓN...
«La gracia nos toca cuando nos hallamos angustiados y no tenemos reposo. Nos alcanza cuando caminamos por el valle sombrío de una vida vacía y desprovista de sentido. Nos invade cuando sentimos que nuestra alienación es más profunda, porque hemos arruinado otra vida... Nos toca cuando la insatisfacción de nosotros mismos, nuestra indiferencia, nuestra debilidad, nuestra hostilidad, nuestra falta de rectitud y nuestro comportamiento se nos han hecho insoportables. Nos toca cuando, año tras año, nuestro deseo de una vida perfecta no se ve satisfecho, cuando nuestras inventadas tensiones siguen esclavizándonos como han venido haciendo durante decenios, cuando la desesperación destruye toda alegría y todo gozo. A veces, en uno de esos momentos, una ráfaga de luz atraviesa nuestras tinieblas, y es como si una voz nos liberase: "Tú eres aceptado. Tú eres aceptado por alguien más grande que tú y cuyo nombre no conoces. No preguntes ahora cuál es ese nombre; tal vez lo descubras más tarde. No trates ahora de hacer nada; tal vez lo hagas mucho más adelante. Acepta simplemente el hecho de que eres aceptado". Cuando esto nos ocurre, experimentamos lo que es la gracia. Después de semejante experiencia, tal vez no seamos mejores que antes. Pero todo ha quedad transformado. En ese momento, la gracia triunfa sobre el pecado, y la reconciliación supera el abismo de la alienación. Y nada se exige para esta experiencia: ningún presupuesto, moral o intelectual; no se pide más que la aceptación».

(-Paul Tillich-)

sábado, 9 de enero de 2016

Semillas de Contemplación

Semillas de contemplación
Cada momento y cada acontecimiento de la vida de todas y cada una de las personas sobre la tierra siembra algo en su alma. Pues del mismo modo que el viento arrastra miles de semillas aladas, así también cada momento lleva consigo semillas de vitalidad espiritual que se posan imperceptiblemente en las mentes y voluntades de los seres humanos. La mayoría de estas innumerables semillas perecen y se pierden, porque los hombres no están preparados para recibirlas, pues tales semillas sólo pueden brotar en la tierra buena de la libertad, la espontaneidad y el amor.
Esto no es nuevo. Hace mucho tiempo que Cristo nos dijo en la parábola del sembrador: "La semilla es la Palabra de Dios".
...Y en todas las situaciones de la vida la "voluntad de Dios" se nos manifiesta, no como una mera orden externa de una ley impersonal, sino más bien como una invitación interior de un amor personal.
¡Es tanto lo que depende de nuestra idea de Dios..! Sin embargo, ninguna idea de Él, por muy pura y perfecta que sea, es adecuada para expresar a Dios como realmente es. Nuestra idea de Dios suele hablar más de nosotros mismos que de Él.

Pero, ¿cómo puede recibir las semillas de la libertad si amo la esclavitud, si me arranco los ojos en nombre de "mi libertad" porque mi ignorancia ha decidido que este es el camino de la luz? ¿Y cómo puede estimar el deseo de Dios si estoy lleno de un deseo diferente y contrario? Dios no puede plantar su libertad en mí, porque soy un prisionero y ni tan siquiera deseo ser liberado. ¿Puede haber algo más triste que eso pájaros nacidos en cautividad, acostumbrados a cerrar su jaula desde dentro?... (Thomas Merton & Cía.)

jueves, 7 de enero de 2016

LA CONTEMPLACIÓN /Thomas Merton)


LA CONTEMPLACIÓN
La contemplación es la más alta expresión de la vida intelectual y espiritual del ser humano. Es la vida misma, plenamente despierta, totalmente activa y completamente consciente de que está viva. Es prodigio espiritual. Es espontáneo temor reverencial ante el carácter sagrado de la vida, del ser. Es gratitud por la vida, el conocimiento y el ser. Es una comprensión profunda del hecho de que, en nosotros, la vida y el ser proceden de una Fuente invisible, transcendente e infinitamente abundante. La contemplación es, por encima de todo, la conciencia de la realidad de esa Fuente. Conoce la Fuente de una manera oscura e inexplicable, pero con una certeza que va más allá de la razón y de la simple fe. Pues la contemplación es un género de visión espiritual a la que aspiran la razón y la fe por su misma naturaleza, porque sin ella amabas permanecen siempre necesariamente incompletas. No obstante, la contemplación no es visión, porque ve "sin ver" y conoce "sin conocer". Es una profundidad de fe más honda, un conocimiento tan profundo que no puede ser captado en imágenes ni en palabras, ni siquiera en conceptos claros. Puede ser sugerida por palabras, por símbolos, pero en el mismo momento en que la mente contemplativa trata de indicar lo que conoce, retira lo que ha dicho y niega lo que ha afirmado. Pues en la contemplación conocemos por "desconocimiento". O, mejor dicho, conocemos más allá de todo saber o "no saber".
La poesía, la música y el arte tienen algo en común con la experiencia contemplativa. Pero la contemplación va más allá de la intuición estética, más allá del arte y más allá de la poesía. De hecho está también más allá de la filosofía y más allá de la teología especulativa. Resume, trasciende y consuma todo ello y, sin embargo, al mismo tiempo parece que, en cierto modo, lo reemplaza y lo niega. L a contemplación está siempre más allá de nuestro conocimiento, más allá de nuestras luces,, más allá de los sistemas, más allá de las explicaciones, más allá del discurso, más allá del diálogo y más allá de nuestro propio yo. Para entrar en el ámbito de la contemplación debemos, en cierto sentido, morir; pero esta muerte es en realidad la entrada a una vida más elevada. Es una muerte por amor a la vida, que nos hace abandonar todo lo que podemos conocer o atesorar como vida, como pensamiento, como experiencia, como gozo, como ser.
Y por eso parece que la contemplación reemplaza y descarta cualquier otra forma de intuición y experiencia -ya sea en el arte, en la filosofía, en la teología, en la liturgia o en los niveles ordinarios del amor y la creencia-. Naturalmente, este rechazo es sólo aparente. La contemplación es y tiene que ser compatible con todas estas cosas, ya que es su realización más elevada. Pero en la experiencia real de la contemplación todas las demás experiencias se pierden momentáneamente: "mueren" para nacer de nuevo en un nivel de vida más elevado.
Dicho de otro modo, la contemplación tiende hacia el conocimiento e incluso hacia la experiencia del Dios trascendente e inexpresable. Conoce a Dios porque parece que Lo toca. O, mejor dicho, Lo conoce como si hubiera sido invisiblemente tocado por Él... Tocado por Aquel que no tiene manos, pero es la Realidad pura y la fuente de todo lo que es real. Por eso la contemplación es un repentino don de toma de conciencia, un despertar a lo Real en el que todo es real. una comprensión viva del Ser infinito que está en la raíz de nuestro ser limitado, una comprensión de nuestra realidad contingente recibida como regalo de Dios, como don gratuito de su amor. Éste es el contacto existencial de que hablamos cuando empleamos la metáfora de "ser tocado por Dios".  
La contemplación es también la respuesta a una llamada: una llamada de Aquel que no tiene voz y, sin embargo, habla de todo lo que existe y, por encima de todo, habla en las profundidades de nuestro propio ser, ya que nosotros somos sus palabras. Pero somos palabras destinadas a responderle a Él, a ser Su eco e incluso, de alguna manera a contenerlo y significarlo. La contemplación es este eco. Es una profunda resonancia en el centro más íntimo de nuestro espíritu, donde nuestra vida pierde su voz autónoma y resuena con la majestad y la misericordia de Dios vivo y escondido. Él se responde a Sí mismo en nosotros, y esta respuesta es la vida divina, la creatividad divina que renueva todas las cosas. Nosotros nos convertimos en el eco y la respuesta de Dios. Es como si Dios, al crearnos, nos hubiera hecho una pregunta y, al despertarnos a la contemplación, respondiera a esa pregunta, de modo que el contemplativo es al mismo tiempo pregunta y respuesta. La vida de contemplación implica dos niveles de conciencia: primero, conciencia de la pregunta y, segundo, conciencia de la respuesta. Aunque constituyan dos niveles distintos y totalmente diferentes, en realidad son conciencia de la misma cosa. La pregunta es, ella misma, la respuesta. Y nosotros somos ambas cosas. Pero no podemos saberlo hasta que hemos entrado en el segundo nivel de conciencia. Despertamos, no para encontrar una respuesta absolutamente distinta de la pregunta, sino para comprender que la pregunta es su propia respuesta. Y todo esto se resume en una conciencia -no una proposición, sino una experiencia, a saber: "YO SOY".
La contemplación a la que me refiero no es filosófica. No es la conciencia estática de esencias metafísicas percibidas como objetos espirituales, inmutables y eternos. No es la contemplación de ideas abstractas. Es la percepción religiosa de Dios a través de mi vida en Dios o por medio de la "filiación", como afirma el Nuevo Testamento: "En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... El Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios"; "A todos los que la recibieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios"... Y por eso la contemplación a la que me refiero es un don religioso y trascendente. No es algo que podamos conseguir solos, gracias al esfuerzo intelectual o el perfeccionamiento de nuestras facultades naturales. No es una especie de autohipnosis, resultado de la concentración en nuestro ser espiritual interior. No es el fruto de nuestros esfuerzos. Es el don de Dios, que, en Su misericordia, completa la escondida y misteriosa obra de la creación en nosotros iluminando nuestras mentes y nuestros corazones, despertando en nosotros la conciencia de que somos palabras pronunciadas en Su única Palabra y que el Espíritu Creador (Creator Spiritus) habita en nosotros, y nosotros en Él. Que somos "en Cristo" y que Cristo vive en nosotros. Que la vida natural en nosotros ha sido completada, elevada, transformada y consumada en Cristo por el Espíritu Santo. La contemplación es la conciencia y la comprensión e incluso, en cierto sentido, la experiencia de lo que creen oscuramente todos los cristianos: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí".

Por consiguiente, la contemplación es más que una consideración de verdades abstractas sobre Dios, más incluso que una meditación afectiva sobre las cosas que creemos. Es el despertar, la iluminación y la asombrosa comprensión intuitiva por los que el amor obtiene la certeza de la intervención creadora y dinámica de Dios en nuestra vida diaria. Así pues, la contemplación no "encuentra" simplemente una idea clara de Dios, Lo encierra dentro de los límites de esa idea y Lo mantiene allí como un prisionero al que siempre puede volver. Todo lo contrario: la contemplación es llevada por Dios a Su reino, Su misterio, Su libertad. Es un conocimiento puro y virginal, pobre en conceptos, más pobre todavía en razonamientos, pero capaz, por su misma pobreza y pureza, de seguir a la Palabra "dondequiera que vaya". 
(Thomas Merton, trapense)

Gaudium et Spes nº 22

Gaudium et Spes.- nº 22
            El misterio del hombre, sólo en el misterio del Verbo Encarnado se esclarece plenamente. Porque Adán, el primer hombre, es figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor.

            Cristo, nuevo Adán, al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación.

miércoles, 6 de enero de 2016

LA ENFERMEDAD DEL ORGULLO ESPIRITUAL

LA ENFERMEDAD DEL ORGULLO ESPIRITUAL
Peculiar realidad que penetra en el corazón de ¿los santos?
y devora su santidad antes de que esté madura.
Hay algo de este gusano en el corazón de todos los religiosos.
En cuanto realizan algo que saben que es bueno a los ojos de Dios,
tienden a apropiarse de esa realidad y hacerla suya.
Tienden a destruir sus virtudes reivindicándolas para sí
y revistiendo la íntima ilusión de sí mismos
con valores que pertenecen a Dios.
¿Quién puede escapar al secreto deseo de respirar una atmósfera
diferente de la del resto de los seres humanos?
¿Quién puede hacer obras buenas sin buscar en ellas
alguna agradable distinción del común de los pecadores del mundo?
¿Y la foto? Ninguna obra buena sin su correspondiente fotografía.
¡Política de la santidad! Quizá el primer rostro que alcancemos a distinguir
cuando creamos entrar en el cielo.
Esta enfermedad es aún más peligrosa
cuando consigue aparecer como humildad.
Cuando un orgulloso se cree humilde es un caso perdido.
Supongamos que alguien ha hecho muchas cosas
que a su  naturaleza le resultaba difícil aceptar.
Ha superado pruebas difíciles, ha trabajado mucho
y, por la gracia de Dios, ha llegado a poseer
un hábito de fortaleza y abnegación gracias al cual, finalmente,
el trabajo y los sufrimientos se hacen llevaderos.
es razonable pensar que su conciencia esté en paz.
Pero, antes d que pueda percatarse de ello,
la limpia paz de una voluntad unida a Dios
se convierte en la complacencia, encantada de haberse conocido,
de una voluntad que ama su propia excelencia.
El placer que siente en su corazón cuando realiza cosas difíciles
y consigue hacerlas bien, le dice secretamente: "Soy un santo".
Incluso, parece que otros reconocen que es diferente de ellos.
Lo admiran -¡qué facilidad de palabra, aunque no diga nada!-
o, quizá. lo evitan -¡el dulce homenaje de los pecadores!-.
El placer se convierte en un fuego devorador.
El calor de ese fuego es muy semejante al amor de Dios,
porque es alimentado por las mismas virtudes
que mantienen la llama de la caridad.
Arde en el fuego de la admiración de sí mismo,
pero piensa: "Es el fuego del amor de Dios".
Piensa que su orgullo es el Espíritu Santo.
El dulce calor del placer
se convierte en el criterio de todas sus obras.
El gusto que encuentra en los actos que lo hacen admirable
a sus propios ojos le llevan a ayunar, a orar, a ocultarse en la soledad,
a escribir muchos libros -¡pintar muchos cuadros!-
o construir iglesias y hospitales o a fundar mil organizaciones.
Y cuando consigue lo que quiere,
piensa que su sentimiento de satisfacción
es la unción del Espíritu Santo.
Y la secreta voz del placer canta en su corazón:
"No soy como los demás hombres" (Lc 18,9-14).
Una vez que comienza a avanzar por este camino,
no hay límites para el mal que,
llevado de la satisfacción de sí mismo,
puede hacer en nombre de Dios y de Su amor y para Su gloria.
Está tan satisfecho de sí mismo
que ya no puede tolerar el consejo de otra persona
-o las órdenes de un superior-.
Cuando alguien se opone a sus deseos,
junta humildemente las manos y parece aceptarlo por el momento,
pero en su corazón dice: "Soy perseguido por hombres mundanos,
incapaces de comprender a quien está guiado por el Espíritu de Dios.
Con los santos siempre ha sido así".
Y, habiéndose hecho un mártir,
es diez veces más testarudo que antes.
Cuando tal persona se cree que es un profeta
o un mensajero de Dios, o que tiene la misión de reformar el mundo,
las consecuencias son terribles...
Es capaz de destruir la religión
y hacer que el nombre de Dios resulte odioso para todos.
«De alguna manera, tengo que buscar mi identidad
no sólo en Dios, sino también en los otros.
Jamás podre encontrarme a mí mismo
si me aíslo del resto de la humanidad
como si perteneciese a una especie diferente,
o clase superior».

(Thomas Merton & Cía.)