EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

miércoles, 8 de abril de 2020

JUEVES SANTO 2020


JUEVES SANTO   Ex 12,1-8.11-14; Co 11,23-26; Jn 13,1-15
Antes de que le amarren las manos y los pies con cuerdas y con clavos, Jesús quiere poner el gesto que mejor represente, lo que siente en ese momento de angustia y de confusión: comer la gran fiesta de la Pascua con sus amigos. Era la celebración del pueblo esclavo que fue liberado por Dios de la opresión de un gran imperio. En aquel tiempo Dios envió a Moisés para su misión con el pueblo judío. Ahora Dios se envió a sí mismo en el Hijo para la liberación de todos los pueblos.
El instinto de sacrificar es el reconocimiento profundo de que algo siempre tiene que morir para que algo mayor pueda nacer. Comenzó con sacrificios humanos (Abraham e Isaac), de ahí nos trasladamos al animal, y gradualmente nos vamos acercando a lo que realmente tiene que ser sacrificado -nuestro bien amado ego- ¡el cual guardamos y protegemos como un lindo corderito casero! Sin embargo, en el arte de sacrificar, vemos actualmente como algunos siguen inventando métodos nuevos y “accidentales”. Hay muchos modos de estar “enfermos”, y ahí lo dejamos…
Siempre somos "nosotros", en nuestra juventud, en nuestra belleza, en nuestro poder y sobreprotección, los que debemos ser entregados. De no ser así, nunca creceremos, y nunca seremos lo suficientemente grandes para "comer" el Misterio de Dios y del Amor. Se trata realmente de "pasar al otro lado", a la otra dimensión de la fe y de la vida. Y esto nunca sucede sin que algo "muera en las dimensiones anteriores". Este es un verdadero rito de un día muy significativo que reúne todos los mensajes absolutamente esenciales que muchas veces se evitan -el sufrimiento necesario, el verdadero compartir, la intimidad divina y el amor del que sirve-.
El gesto que el Señor nos invita a dejarnos hacer es un gesto puramente gratuito, que brota del deseo del amor y no de la necesidad de reconocimiento. Un gesto que purifica nuestro modo de servir y nos iguala a todos. Pero, “la gratuidad es un sentido que hemos perdido, por eso hemos perdido también el sentido de Dios”. Sólo cuando soy capaz de recibir de balde estoy en condiciones de poder ofrecer gratis también.
Hoy, somos incitados a vivir dos mandatos que son inseparables y complementarios: “Haced esto en memoria mía” (la cena); “lo que yo he hecho hacedlo también vosotros” (el servicio).
La persona es un ser lleno de necesidades: amor, seguridad, pan, reconocimiento. Los humanos luchamos a muerte para "llenar" nuestra "vaciedad". A veces "vaciando" a los otros (y tal vez lamentando: "que mal me sabe, perdona, te he pisoteado para poder subir"). Basta con prestar atención a nuestras pequeñas envidias y a nuestras grandes guerras. Basta con mirar a los grupos económicos, a las sociedades, a los países, a los bloques... Así dividimos el mundo en dos grupos: "los Señores", los que pisan fuerte, los que viven a cuenta del honor y riqueza de los otros. Y "los Siervos", los que han de vivir sirviendo, mendigando, humillándose..., comprando el derecho a existir.
La revolución cristiana: el Señor se "llena", "vaciándose". Esta es la revolución cristiana: ya no es necesario "vaciar" al otro para sentirse "señor", nadie es un esclavo que tenga que regalar a otro su plenitud, de manera servil, para poder subsistir. Todos somos iguales, porque todos tenemos a Dios a nuestros pies.
Pedro no sabe entender. "No me lavarás los pies jamás en la vida".
El evangelista Juan sabe que la comunidad no lo acaba de entender. "¿Entendéis lo que he hecho?, vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo que soy el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros tenéis que lavaros unos a otros". Si el cristiano funciona así, dice Jesús, será bienaventurado: el Reino habrá llegado a nosotros.
Lavatorio de pies y Eucaristía son dos signos de lo que acontecerá mañana: un hombre que se entrega del todo a los otros para alimentarlos (pan), para alegrarlos (vino); que se entrega a fondo perdido sin que le quede ya nada, hasta la muerte, si fuera necesario, como de hecho lo fue.
El gesto no es sólo lavar los pies; el gesto es abajarse. Esta es la lección de Jesús: Dios está abajo, porque el lugar más bajo es el más universal.
Que el Señor y la Virgen de las Maravillas nos iluminen en este momento de “pandemia” y nos hagan capaces de contemplar la profundidad de su amor para con nosotros.  QUE ASÍ SEA…

miércoles, 1 de abril de 2020

MORIRÁS DE MUERTE



MORIRÁS DE MUERTE   

Es frecuente que en los conventos
se preparen para la muerte.

Nosotros no tenemos tiempo de hacerlo,
pero, a pesar de todo, estamos sabiamente preparados.

Es la vida la que nos prepara para morir
y conoce bien su oficio.
Basta con escucharla, verla, seguirla…

Ella nos explica la muerte poco a poco,
o de golpe, según qué días.
Unas veces, sin hacernos ningún daño.
Otras, dislocándonos de dolor.
Unas veces, subrayando
nuestras pequeñas muertes cotidianas,
otras, golpeándonos con la muerte de aquellos
a los que amamos más que a nosotros mismos.

La muerte se aprende cuando, al peinarnos por la mañana,
se nos caen los cabellos;
cuando perdemos el diente que nos ha dolido tanto tiempo;
cuando se nos forman patas de gallo;
cuando podemos decir,
al contar algunos pequeños recuerdos,
“hace diez o veinte o treinta años…”;
cuando cada año vienen con unas flores
a desearnos feliz cumpleaños,
unas flores que tienen un ligero aire de cementerio
y que celebran ese año menos
antes del último de nuestros años.

La muerte se aprende en cada encuentro
con quienes nos conservan nuestra infancia
y para los cuales seguimos siendo pequeños;
la memoria que flaquea;
la inmovilidad progresiva…;
aspectos humanos ocupados de antemano por la muerte.
Cada vez que volvemos al país de nuestra juventud,
se reduce la lista de las visitas a los vivos
y se alarga la visita a las tumbas.

La muerte se aprende en cada adiós definitivo
a los seres queridos.
Porque, aun cuando la fe y la esperanza unidas,
e incluso nuestra caridad para con ellos,
afirman nuestra alegría por saber que han llegado,
nosotros nos quedamos con nuestra sangre que protesta,
con nuestra carne abierta, herida,
nuestra carne,
a la que parece que han matado una gran parte,
y ese horror de la tierra, de la tiniebla y del frío,
que hizo llorar al propio Jesús.
La muerte se aprende cierta noche entre la vigilia y el sueño.
Nos revela que está al acecho,
acurrucada dentro de nosotros,
nos echa su aliento a la cara como para irnos habituando,
y nos sorprende tener tanta necesidad de valor.

No es preciso ser poeta para aprender la muerte,
cada noche, cada octubre,
con el viejo perro al que hay que sacrificar,
y esos extraños pequeños cadáveres de ratones y lagartos,
aplastados sobre el asfalto por las ruedas de los coches.

La vida es nuestra maestra de muerte.
Pero, a su vez, la muerte se convierte en maestra de vida
para nosotros que conocemos la penitencia humana.

Como la madre que sufre el alumbramiento de lo que nace,
como el padre suda para alimentar al niño que vive,
así llevamos nuestra muerte
empezada
y pronto terminada
como nuestro propio y definitivo alumbramiento.

Pero se trata de nacer bien cada vez que morimos,
de nacer un poco cuando morimos un poco,
y de nacer mucho cuando morimos mucho.
Se trata, en este trato con la muerte,
de aprender a tratar con la vida.
Se trata de virar hacia lo eterno,
como el negativo de una película,
en el que todo lo negro se vuelve blanco.

Se trata de abrir nuestros ojos de la fe
allí donde nuestros propios ojos están cegados.

Del mismo modo que al mirar nuestro jardín
no nos consterna el amarillear de una brizna de hierba,
interesémonos lo bastante por los “siglos de los siglos”
como para que el tiempo de nuestra vida nos sea indiferente
y para que todo lo que amamos esté ya transferido
a una eternidad tranquila.
Así aprenderemos a morir de muerte
para vivir de auténtica vida.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl)

lunes, 23 de marzo de 2020

VIVIR NO REQUIERE TIEMPO


VIVIR NO REQUIERE TIEMPO… 
Para hacer comprender que lo que más cuenta en el Evangelio no es el tiempo, serían necesarias multitud de comparaciones.
Entre las personas que se aman, el tiempo que se tarda en decirlo es a veces muy corto; cada cual tiene que marchar a su trabajo o a otra obligación; y ese trabajo o esa obligación no conservarán sino el eco de esas pocas palabras dichas en unos cuantos minutos.
Si hemos perdido a alguien a quien amábamos y encontramos una carta que nos revela algo de su vida, nos parece que hemos encontrado un tesoro, y ocupa nuestro espíritu como si de eso se tratara.
Y si por casualidad esas notas se refieren a lo que esa persona pensaba respecto de nosotros o deseaba que hiciéramos, se convertirán en nuestra preocupación dominante.
Si cuando éramos pequeños perdimos a un padre o a un hermano mayor al que hemos conocido a través de sus escritos, sus notas, sus últimos deseos…, el encuentro con uno de sus amigos que nos habla de él, que lo hace revivir con sus anécdotas, que nos cuenta lo que hacía y cómo lo hacía, será un acontecimiento capital en nuestra vida y ocupara nuestras reflexiones durante mucho tiempo.
El Evangelio es un poco todo esto para nosotros, o al menos debe serlo.
Si queremos estudiarlo desde el punto de vista de la historia o de la crítica, nos exigirá tiempo; si queremos profundizar en lo que vincula la doctrina de la Iglesia con ciertos pasajes del Evangelio, también esto nos exigirá algún tiempo.
Pero si en el Evangelio buscamos -lo que no nos impide buscar el resto- algo del Señor vivo que aún no conocemos: profundizar en su palabra, en su pensamiento, en su modo de actuar, en lo que quiere de nosotros…, en suma, profundizar más en él mismo -ese “él mismo” que buscamos allí donde nos dice que está y que nunca nos parece suficiente-, no es tiempo lo que necesitamos para encontrarlo; o, más exactamente, lo que necesitaremos será, en cierto modo, todo nuestro tiempo.
Vivir, en efecto, no requiere tiempo: vivimos todo el tiempo; y el Evangelio, sea lo que sea para nosotros, debe ser, ante todo, vida. Para que hagan su obra de vida en nosotros, tenemos que llevar en nuestro interior las palabras del Evangelio que hemos leído, orado y tal vez estudiado todo el tiempo que precisen para que su luz nos ilumine y vivifique…/…

…/… Sobre la muerte que nos mata, san Pablo nos habla de “la carne” como un modo de vida que no lo es, porque no es la verdadera. Aunque se nos venga a la boca la palabra “resurrección”, no estamos hablando de una vida más allá de la muerte sino de “otra cosa”…
Somos “carne”, es verdad: somos barro, fragilidad, limitación, finitud, cansancio, error y fracaso. Somos deseo, y deseo permanentemente frustrado porque, aunque vivamos dejándonos llevar de “lo que me apetece”, esa aparente vida sólo conduce al vacío, el aburrimiento y la desesperanza de lo que siempre se termina. Esclavos de la vida, estamos amarrados en los vendajes que nos atan, aplastados por la losa de la insatisfacción. Queremos “otra vida” pero nos atan los deseos del dinero, de la comodidad, de la vida fácil y segura, del comer y del beber, de los números que cantan, de la ley y la norma externa, de la seguridad y de lo establecido. Estamos divididos entre el deseo de libertad y la necesidad de poseer, de ver y de tocar.
En realidad, lo que buscamos es más liberación que inmortalidad. Liberación de todos los dinamismos que tienen como único objeto la satisfacción de nuestro ser individual. Incluso en medio del amor, somos conscientes de que no sabemos, o no podemos, amar de verdad porque muchas veces sólo nos amamos a nosotros mismos…
Por eso Jesús no habla de inmortalidad sino de resurrección, liberación de aquello que, pareciéndonos dar vida, sólo nos da muerte, insatisfacción, fracaso, vacío. Ya Sócrates, Platón y los filósofos antiguos creían en la inmortalidad. También los hijos de Israel, aunque muy tardíamente. También Jesús creía en la inmortalidad. Pero la resurrección es otra cosa. Resucitar es volver a nacer a una vida diferente, a unos nuevos valores, a un nuevo ser y modo de vivir.
Y para eso hay que matar la muerte matando, en mí y en los demás, los dinamismos del egoísmo, del individualismo, de los deseos incontrolados, de la búsqueda del yo sin los demás.
Por eso es necesario morir para resucitar. Sólo la carne dominada da vida. Morir al yo es nacer al nosotros, a la fraternidad, la solidaridad, la alegría del compartir, de la amistad profunda. El fracaso que nos machaca es solo la muerte de un yo herido, que da dolor. También Jesús lloró. Y, sin embargo, esa muerte, era y es la oportunidad para otro modo de vivir que es liberación, “resurrección”.
Si miramos el espectáculo de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestras relaciones y de las ofertas de vida que nos promete el mercado, el consumo, la globalización y el simple desarrollo de la tecno-ciencia, ¡es muy poco lo que se nos promete! Es tan sólo la satisfacción de todo aquello que es pura y solo biología. Y nada más. El deseo más hondo está muerto o sepultado. Pero vivir de otra manera es ir contracorriente y hay que aceptar la aparente muerte que nos mata por el desprecio, el aislamiento social, la burla y hasta la persecución si nos negamos a seguir la corriente de lo que el “sentido común” parece que nos pide.
El bautismo nos devuelve a la vida. Porque es liberación. Es anticipo de verdadera resurrección. Entramos y nos sumergimos en el baño, en el agua que nos impide respirar y nos ahoga: es el “hombre viejo” que muere. ¡Bendita muerte porque sólo con ella puede nacer el “hombre nuevo” que somos! Muriendo al yo, que nos encierra, nos asimilamos a Jesús, el “hombre para los demás” y “resucitamos” con Él a una nueva vida, que es la Vida de Dios, la Vida del Amor, la Vida de la Libertad, la Vida del Espíritu. “Yo soy la resurrección y la vida”, dice Jesús. “Yo soy”… el Pastor de tu vida, la Puerta, la Luz, el Agua; el Camino, la Verdad y la Vida…
Hoy se nos pregunta por qué vivimos, hacia dónde apunta todo lo que deseamos y adquirimos, dónde está puesto nuestro “tesoro”, y si estamos dispuestos a “morir” a lo inútil, y aceptar la contradicción social, para vivir como cristiano la nueva vida del bautismo. ¿Quieres resucitar? ¿Quieres ser “persona-tijera” para cortar los vendajes de muertos en vida que nos rodean?.../…

.../… Algunas personas necesitan colirios para sus ojos, pues se les resecan, otros tienen en los ojos manantiales que parecen saltar hasta la vida eterna, y se los tienen que estar secando continuamente. En ocasiones el dolor puede llegar a secarnos el lacrimal y hasta el corazón y hacer que adoptemos ante la vida una actitud de rencor por creernos sometidos a un gratuito castigo, que creemos sufrir sólo nosotros, que no vemos que los otros sufran, y nos atrevemos a maldecir a un Dios en el que ya hemos dejado de creer, pero en el que -¿puede darse mayor desesperación?- reconocemos también la única puerta de nuestra esperanza, cuando todavía nos atrevemos a esperar, contra toda esperanza. Demasiadas lágrimas -¿pero, cuándo son demasiadas?- también pueden hacernos no ver bien ni contemplar la verdadera realidad de la vida.
Es cierto que a veces utilizamos nuestros cinco sentidos únicamente para comprar papel higiénico, necesario, contingente. Pero, si no tuviésemos siempre tanta prisa para dar el pésame, también dispondríamos de tiempo para la “resurrección”, que sucede ‘aquí’ pero que nos obliga a ‘ir más allá’. No hay cadenas comparables a las que forjan “la ignorancia y el miedo”, especialistas en matar toda fe en la esperanza que nos descubre el amor…
…Algún día, y ese día, no lo dudemos, llegará, nos será dado descubrir, que vivir no requiere tiempo, que la eternidad también era esto…
…pero, nosotros, sin saberlo, siempre queríamos estar en otra parte…/.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl & JLS, SJ & cía., OFM)

jueves, 12 de marzo de 2020

EL MAESTRO SUFRIMIENTO


EL MAESTRO SUFRIMIENTO

Con que facilidad nos deja la muerte sin palabras. De pronto no sabemos qué decir. Vivimos muchas veces fluctuando entre la luz de Dios y las tinieblas, olvidando que Dios ama la vida en el fracaso, en lo que nosotros consideramos fracaso, tanto como en el éxito. Nos cuesta creerlo, pero la vida eterna está aquí. La vida eterna es ahora. Pero nos da miedo esta evidencia.
No deja de ser curioso que justamente en aquello que no nos atrevemos a mirar esté Dios esperándonos, para reconfortarnos y quitarnos todos los miedos, para hacernos verdaderamente libres.
La aceptación momentánea de todo tal como es –morir, por ejemplo- vale más que mil años de piedad. A veces, bastaría con que hiciésemos del tiempo nuestro aliado, aunque siempre lo es, incluso cuando creemos tenerlo en contra. Para el cristiano la vida no es un problema que haya que resolver, ni una pregunta que haya que responder. La vida es un misterio, con un fondo difícil de ver, que a veces se manifiesta como abismo, quizá de inimaginable miseria, pero en el que también nos persigue el amor de Dios.
Si nos atreviésemos a despertar nos daríamos cuenta de que la fuente de todo el sufrimiento humano es considerar permanente lo que por esencia es pasajero; y se nos olvida que Dios nos ha propuesto un plan de amor interminable. Que pueda Cristo decir de mí: “Este es mi cuerpo”. Y Él, que es el camino, la verdad y la vida, nos susurra al oído: Deberías aprender a contemplar tus pecados para ver que el arrepentimiento alcanza su plenitud cuando uno consigue agradecer hasta sus propios pecados. Porque hay puertas a las que sólo podemos llamar para agradecer… En Getsemaní Cristo nos enseña a pedir “que se haga tu voluntad, no la mía”.
La oscuridad revela la ardiente belleza de la llama que, abrazada al tronco, lo ilumina y consume. Para conseguir una auténtica felicidad, hay que liberarla de las trampas: la principal es quizá la que afirma que sólo se puede ser feliz en los momentos luminosos de la vida; que en la felicidad nunca caben las lágrimas. Pero es posible una alegría profunda. Hecha de risas y lágrimas, capaz de vivirse en los momentos de euforia y de fiesta, pero también en las horas más oscuras. Es posible un gozo con raíces hondas, que se disfruta en los días radiantes, pero que no se apaga sin más ante la dificultad y la zozobra. Es posible la alegría, también de noche, en la noche oscura. Es posible, en fin, una felicidad liberada de la tiranía de sentirse bien a toda costa.
¿Por qué nos da miedo la muerte? Si al bebé, en la oscuridad del útero materno, se le dijera que fuera hay un mundo de luz, con altas montañas, grandes mares, onduladas llanuras, hermosos jardines en flor, arroyos de aguas frescas y cristalinas, un cielo cuajado de relucientes estrellas y un sol naciente, y tú, frente a todas estas maravillas, sigues encerrado en esta oscuridad. Igual que el nonato no sabe nada de estas maravillas, tampoco nosotros creemos nada de esto, cuando nos enfrentamos a la muerte… por eso tenemos miedo. Alguien podría decir que la muerte no puede ser luz porque es el final de todo, pero… ¿Cómo puede ser el final de algo que no tiene principio? La vida no es algo entre dos vacíos, sino entre dos plenitudes. Así pues, no podemos estar tristes en esta “noche de bodas” de nuestro matrimonio con la eternidad.
Es cierto que a veces parecen caer sobre nosotros un conjunto exagerado de sufrimientos. No lo entendemos, por más vueltas que le demos. Prácticamente todo el que intenta acercarse a Dios de manera realista, instalar la lógica de la fe en su vida, ser verdadero discípulo de Cristo, pasa un día u otro por esta clase de pruebas. No son dolores estándar, sino que están “hechos a la medida” de cada uno. Sin pasar por aquí no creo que se pueda creer en Dios, esperar en Dios, amar a Dios desinteresadamente, sin amarse a sí mismo egoístamente.
En esos momentos no se nos pide ser muy fuertes. No se le pide al trigo ser fuerte cuando se le muele, sino que deje que el molino lo haga harina. Es raro que en esos momentos comprendamos qué utilidad puede tener ese sufrimiento. Sólo tiene la apariencia de una monstruosa contradicción, no reconocemos la cruz en él. Es solamente después cuando llegamos a comprender que por ese sufrimiento “llegamos a ser lo que verdaderamente somos”.
Pero, actualmente, en determinados medios y ambientes, comienza a darse un silencio total con respecto a Dios. Por una extraña sustitución, la creación ocupa el “espacio” del Creador. Este silencio parece no alertarnos. Un peligro mayor se acerca a la Iglesia sin hacer ruido. El peligro de un tiempo, de un mundo en el que Dios ya no será negado ni combatido, sino excluido, donde será impensable -ninguna pobreza humana es semejante a esta-. Un mundo en el que querremos gritar su nombre, pero en el que entonces [nosotros] no podremos lanzar ese grito, porque ya no tendremos sitio donde poner los pies.
Todo ser humano, independientemente de su ideología política, de su religión, es primero, ante todo, nuestro hermano de creación. Este estado de ‘hermano’ ordena para nosotros las reacciones tanto lúcidas como severas que podamos tener cara a él. Pero ni la formación política más eficiente puede destruir a la persona que Dios ha creado. A ella nos tenemos que dirigir, cualesquiera que sean las deformaciones o desviaciones que tenga que haber soportado. Su corazón es un corazón humano, aquel al que Cristo se dirigió y al que quiere hablar a través de nosotros.
Y si creéis que no estáis en orden, que no sois del todo dignos, pese a todo, no olvidéis nunca, nunca, nunca... que las puertas de la misericordia del cielo -o del corazón de Dios, tanto da- no se cerrarán, aunque no haya ni un justo sobre la tierra. Aunque nos cueste creerlo, el DON no nos es arrebatado nunca-jamás…
Por todo, hoy Jesús se acerca a nosotros como antaño se acercó a la casa de Marta y María y nos pregunta: a la vista de la muerte que parece matar toda vida y todo amor, “¿Creéis, crees que yo soy la resurrección y la vida?”
Si creemos, se romperán las ataduras de la muerte y la vida empezará a ser eterna, pues para eso hemos nacido, para el eterno amor de Dios…
(M.D. & cía., OFM)            

jueves, 5 de marzo de 2020

NUESTROS DESIERTOS, Madeliene Delbrêl


NUESTROS DESIERTOS   

Cuando amamos, nos gusta estar juntos,
y cuando estamos juntos, nos gusta hablar.
Cuando amamos, resulta molesto
tener siempre mucha gente alrededor.
Cuando amamos, nos gusta escuchar al otro,
solo,
sin otras voces que nos estorben.

Por eso, los que aman a Dios
han amado siempre el desierto;
y por eso, a los que le aman,
Dios no puede negárselo.

Y estoy segura, Dios mío, de que me amas
y de que en esta vida tan saturada,
atrapada por todos lados por la familia,
los amigos y todos los demás,
no puede faltarme ese desierto
en el que se te encuentra.

Nunca vamos al desierto sin atravesar muchas cosas,
sin estar fatigados por un largo camino,
sin apartar la mirada de su horizonte de siempre.

Los desiertos se ganan, no se regalan.
Los desiertos de nuestra vida no se los arrancaremos
al secreto de nuestras horas humanas
más que violentando nuestras costumbres, nuestras perezas.
Es difícil, pero esencial para nuestro amor.

Largas horas de somnolencia no valen lo que diez minutos de verdadero sueño.
Lo mismo ocurre con la soledad contigo.
Varias horas de falsa soledad son para el alma menos reposo que un instante en tu presencia.

No se trata de aprender a perder el tiempo.
Hay que aprender a estar solo cada vez que la vida nos reserva una pausa.
Y la vida está llena de pausas que podemos o descubrir o malgastar.
En el más pesado y sombrío de los días,
¡qué emoción al prever
todos esos encuentros desgranados…!

¡Qué alegría saber que podemos levantar los ojos
hacia tu único rostro,
mientras espesa la papilla,
mientras el teléfono da comunicando,
mientras esperamos en la parada del autobús
que no llega,
mientras subimos la escalera,
mientras vamos al fondo del jardín a buscar
unas ramitas de perifollo para terminar la ensalada…!

¡Que extraordinario paseo será la vuelta en metro esta noche
cuando no se pueda distinguir a la gente que encontremos por la acera!
¡Qué paso hacia ti los retrasos de un marido, de los amigos, de los hijos que esperamos!
Toda prisa por lo que no llega suele ser signo de un desierto.
Pero nuestros desiertos tienen sólidas defensas,
aunque que no sean más que nuestras impaciencias,
nuestros ensueños vagabundos,
nuestro torpor
a la espera de unas vacaciones.

Pues así estamos hechos, y no podemos
preferirte sin un pequeño combate,
y tú, nuestro Bien Amado,
serás siempre comparado
con esta fascinación,
con esta obsesión agotadora de nuestras bagatelas.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl)

domingo, 1 de marzo de 2020

INTERFRANCISCANA. ESTEPA. MARZO 2020

 ¿¿¿QUÉ ESTÁS MIRANDO???
EVANGELIZAR A TRAVÉS DEL ARTE
Interfranciscana: ESTEPA, 7 de Marzo 2020

PAISAJES INTERIORES

MORIR DE VIDA
Seguro que todos conocéis el final del Evangelio según san Marcos (el de 16,8; no el añadido 16, 9-20): “Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo…”
No es en modo alguno un final catártico, sino provocador y desasosegante para cualquier lector. Allí, el componente clave del reencuentro, no se inserta en el desenlace, sino que se lleva hasta el final, o mejor, se suspende ese final dejándolo abierto…, el reencuentro será personal o no será.
Esta apertura deja entrar el tiempo, asume la incertidumbre como dato del futuro inmediato, los riesgos, el temor, y focaliza la felicidad de forma innovadora en el marco de la vida, de la realidad, y no en la construcción artificial de un supuesto e ideal estado de duradera felicidad (es decir, un final perfectamente cerrado, que ya no exija otra cosa que cerrar el libro, y olvidarlo).
El final abierto de Marcos nos deja con la boca abierta, porque a nosotros nos gusta el orden, que unas cosas vayan detrás de otras, y este final pone en primer plano la importancia de la no linealidad, la apertura y la emergencia de novedad como datos de la vida.
Este paradigma contesta la perfección, en beneficio de la plenitud. La psicología profunda contempla estas dos posibilidades de comprensión e interpretación. La línea hermenéutica de análisis junguiano -en cierto modo contra el psicoanálisis freudiano- se decanta por el principio de plenitud al observar las propiedades abiertas de la vida y del individuo.
Si la perfección supone lo cerrado y completo, la plenitud por su parte implica lo abierto y, en correlación con ello, una sana y positiva percepción de lo imperfecto. Si a los seres vivos corresponde la capacidad de crecimiento, evolución por continuidad o por salto cualitativo y cambio, es claro que su principio rector no puede ser el ideal de perfección predeterminada.
En cambio, el principio de plenitud o plenificación parece responder mejor a su naturaleza narrativa. El final abierto del Evangelio según San Marcos se sitúa por tanto en este ámbito, o lo que es lo mismo, pone en cuestión críticamente, nuestras construcciones sobre la muerte, la vida y el más allá, sobre las representaciones mentales y sociales de la resurrección. Desafía los supuestos del sentido común en la época en que sitúa la historia de Jesús y en nuestra propia época, en la que esos mismos supuestos ya han entrado en crisis.
La condición enigmática del relato de Marcos continúa después de él... (M. Navarro)
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LAS CIUDADES INVISIBLES es un libro de ficción escrito por Italo Calvino. Se trata una colección de descripciones de ciudades fantásticas que son contadas por el viajero Marco Polo al rey de los tártaros Kublai Kan. Las descripciones son similares a pequeños cuentos con temáticas como el deseo, la muerte o los símbolos, entre otros. Al principio es Marco Polo quien describe las ciudades, pero llega un momento en el que es Kublai Kan el que las imagina y las describe y Marco Polo debe decirle si las conoce, si existen. Hoy yo haré de Kublai Kan, y os describiré unos cuadros, sin solución de continuidad, que al final diré dónde podéis buscar y encontrar:

…¿NON PLUS ULTRA?... (¿NADA MÁS ALLÁ?)
Mucho antes de la revolución copernicana en Europa, los astrónomos chinos vieron nuevas estrellas que los astrónomos europeos no veían, aunque ambos observaban el firmamento con instrumentos más o menos parecidos. Las creencias cosmológicas chinas “no excluían el cambio celeste” y, por tanto, esperaban encontrar “estrellas nuevas”. La cosmología ptolemaica de los europeos excluía la posibilidad de semejante cambio. No esperaban ver algo nuevo y, por consiguiente, no lo veían.                                           
“Buscad y hallaréis…”
«¿Y qué es un artista?, le preguntaron a Tonino Fiore una noche en El Paso, una de las pocas noches que lo prefirió al Savoy. Pues un artista, muchacho, a veces “un artista es alguien que hace cosas inolvidables, como los místicos, inspiradas por aquellas otras que oculta porque son simplemente imperdonables”. Y además, no olvides, que también a veces, dependiendo del tiempo, de los lugares y de los animales que los habiten, el talento sirve de poco si careces de la inteligencia necesaria para disimularlo».
Esta es otra página de Alpreidelmar -donde pasan esas cosas que por no existir nunca suceden siempre- titulada “Nocturno”, que me recuerda mis noches en El Paso, un bar en la carretera de San Miguel, en la isla de Ibiza, en cuyo rincón de la barra, cerca de la puerta de las rayas del tigre, tuve mi personal confesionario alrededor de nueve años.
De algún modo tenía que empezar. Así que una cosa está clara, “si disimular el talento es un arte, el mundo está plagado de artistas”, y yo no sé decir si eso es algo bueno.
Decía mi madre: «ya está con el vicio del ‘pintau’, ¡vaya vicio que tiene!». ¡Tira por ahí, aunque sea a apedrear perros! Y es que yo, con un cuaderno y mi caja de lápices de colores ‘Alpino’ me subía a la ‘cámara’ y era capaz de olvidarme hasta de comer. Mi madre y mis hermanas se preocupaban por mi socialización, y no lo hacían precisamente en silencio. Con todo, mis dos primeros cuadros al óleo, los enmarcó mi madre. (Omito deliberadamente mi primera compra de óleo).

LA LOCURA DEL PROFETA
Sentir la llamada de Dios es saber que ya siempre vamos a estar al margen de eso que llaman la normalidad de la vida, los que a sí mismos se consideran normales, esos -entre los que también nos encontramos nosotros durante tanto tiempo- que en su humildad se pusieron de acuerdo en definirse a sí mismos como “homo sapiens” (hombres sabios, pensantes, con lo que quiera significar eso). Hay puertas que, lo sepamos o no, se atraviesan para siempre en un sentido sin retorno, …o no. El agua de la locura del pozo en el centro de la plaza de la tribu se queda sin efecto sobre nosotros: ‘cuento’.
Así que, al amparo de nuestra vocación, de nuestra respuesta a la llamada divina que no será sino camino, con una absoluta carencia de mapas, tendremos que comenzar por aceptar, como Jeremías, que cuando no se rían de nosotros, será porque están pensando en matarnos, o en liquidarnos de algún modo, sobre todo los nuestros, esos a los que tanto escandaliza una luz que no sea la propia. Por lo cual, en tanto que portadores de la salvación, o la salud, también tendremos que reconocernos poseídos por la enfermedad -¿acaso no se acusó a Jesús también de loco?-.
El único modo de no sufrir esta enfermedad es reconocer que se padece, sólo de ese modo dejaremos de sufrirla.
Para llevar a otros la salud lo primero es comenzar reconociendo la propia enfermedad. Y en ese camino, difícilmente alcanzaremos a la persona sin pasar por la pelea con el monstruo o la bestia, es decir, sin bajar a mirar aquello que de ninguna manera queremos ver. Así que lo primero, paciencia: razón e intuición irán de la mano. No hay necesidad de alargar los procesos… ¡el satori tiene su propio ritmo!, lo que algunos les cuesta años, otros lo alcanzan en un instante. La abundancia de locos no niega la existencia de gente con la cabeza bien amueblada, y el mundo sigue girando porque pese a todo hay más gente buena que los que están en proceso de llegar a serlo.
Así pues, en nuestro viaje, tenemos que comenzar aceptando que a veces no se trata tanto de la meta como del camino. Más que dónde se esté importa cómo se está.
Y si alguien nos dice que las aguas más calmas suelen ser las más podridas, le recordaremos que es sobre estas podridas aguas donde crecen las flores de loto.

TARDE, OTRA VEZ, TARDE…
Siempre vamos con demasiada prisa, por eso es importante permitirnos un tiempo para reflexionar, a solas. Perdamos por un instante la distracción externa, el miedo, si es posible, y tratemos de percibir con sinceridad qué es nuestra vida, qué estamos haciendo de ella. Sin comparar, sin huir al futuro ni adormecernos con lo que fue, sin compensar, abandonándonos sencillamente a lo que ahora tenemos entre las manos; y preguntémonos: «Si hoy muriese, ¿estaría satisfecho?»
Personalmente, recuerdo que en aquel instante, en aquel día de divino agradecimiento, al igual que el salmista preguntaba: “¿Quién reconoce sus propios errores? Perdóname, Señor, mis pecados ocultos”. La más profunda sabiduría humana nos avisa: “no ver ya las culpas, el enmudecimiento de la conciencia en ámbitos tan numerosos de la vida, es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa que uno está aún en condiciones de reconocer como tal”. Es cierto que hubo un tiempo en el que aseguraba “Dios soy yo”, creí después que soberbiamente, hasta que me fue dado descubrir que era cierto, que en ello no había sino ‘reconocimiento’. En la India cuando uno llega a reconocerse como Dios la gente lo felicita -¡por fin te has dado cuenta!-, aquí los encerramos; así que si te has dado cuenta será mejor que no se note demasiado, y ni se te ocurra manifestarlo. Los sacerdotes van a ser tus principales enemigos.
¡Una mujer, la Magdalena, fue la primera en predicar la Resurrección de Jesucristo, a los Apóstoles! Les pilló a pie cambiado…, y no parece que se haya olvidado ‘la afrenta’; parece que siguen sin ser dignas de la predicación, ni de la administración de sacramentos. A mi favor diré que muchas mujeres predican a través de mí: Dolores, Simone, Mariola, Madeleine…
Usualmente minimizamos esta breve reflexión, sobre la muerte, no porque le tengamos miedo a la muerte sino por miedo a aceptar nuestra frustración vigente. No es fácil ver con claridad que hemos estado huyendo toda la vida, y aun viéndolo, ser capaces de aceptar que así es. Nos mentimos demasiado y con demasiada facilidad, pero no está tan claro que consigamos engañarnos.
Debemos ser capaces de abandonar ese campo de juego de la más siniestra forma de admiración que es la envidia.
Si estamos llamados a reconocer cada instante de nuestra vida, hay un instante llamado muerte, y a la muerte hay que hacerla presente. Somos eternos, pero de otro modo, y no podemos tener demasiado claro hacia dónde vamos. Si bien es cierto que cuanto mayor sea nuestra incapacidad ante la vida, más negaremos la muerte. La mejor preparación para la muerte es la conciencia de vivir teniendo presente que vamos a morir -caminar con la visión de nuestro cadáver enfrente, que decía san Bernardo-; pero que eso nada tiene que ver con el final de la vida. Se nos olvida, eso sí, que nada fortalece tanto el presente y su vivencia como la esperanza que no es posible sin la fe en sus nupcias con el amor. Esa es la verdadera conciencia con la que se puede atravesar cualquier puerta…
…Porque si hay una experiencia que une a los seres humanos en unos mismos sentimientos y emociones, esta es la de la muerte. En primer lugar la muerte de los nuestros, de los que hemos conocido y amado, de los que nos dieron la vida, de aquellos con los que hemos andado un buen trecho del camino y a los que hemos tenido ya que despedir. En segundo lugar está nuestra propia muerte, que sabemos llegará.
Ambos sentimientos no son ajenos. El recuerdo de nuestros difuntos nos hace también pensar en el significado de nuestra vida mortal: hacia donde caminamos, qué nos espera, qué hacer para recorrer el camino con acierto.
Los esfuerzos de la ciencia médica han contribuido a una mayor duración de la vida, y también a una mayor calidad de ésta. Pero hay algo más que la longevidad o la salud: un tono en la vida que nace de otra fuente. Lo descubren las sugerentes palabras del libro de la Sabiduría: una vida fecunda no se mide por el número de años vividos, sino por la manera en que se han vivido: la prudencia, la limpieza, haber agradado a Dios, son los auténticos frutos de una vida. Vivir en buena medida cuanto hemos recibido de Dios. No se trata por tanto de añadir años a la vida, como vida a los años, solemos decir.
Ciertamente, ya en la vida nos vamos ejercitando en morir. Nadie nos libra de las muertes, menores y mayores que morimos en medio de la vida. Dejamos una etapa para comenzar otra. El proceso de crecimiento nos hace salir de unos momentos para ir a la búsqueda de otros, para explorar nuevos caminos. Perder y ganar, son las "mareas" de toda vida humana. Vamos modificando nuestra conducta, soportamos dolencias y enfermedades; despedimos personas, lugares y puestos que llegaron a ser queridos; dejamos actividades profesionales.
Y cómo no hablar de las situaciones de muerte que se dan dentro de las relaciones humanas. Sus nombres son múltiples: desengaño, desconfianza, fracaso. También con ellas decimos adiós a proyectos, amistades e ilusiones.
Comúnmente nadie queda dispensado de estas experiencias tan dolorosas como necesarias. En ellas es importante mirar retrospectivamente al pasado con gratitud y no clavar siempre los ojos en lo que se acaba de perder. Al fin y al cabo ¿qué tienes que no te hayan dado?...
El episodio de la muerte de Jesús nos recuerda que sólo hacemos fecunda nuestra vida cuando la entregamos. Conocemos las palabras de Jesús: "Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto". El morir forma parte de la vida. Quien únicamente se ocupa de que le vaya bien a él, malgasta su vida: querría ser feliz a toda costa, pero echa a perder su felicidad. En cambio, si vivimos por algo mayor, por Dios, por la persona de Jesús, si orientamos nuestra vida hacia una meta más grande, nos llenamos de vida.
Eso es lo que ha ocurrido en nuestro bautismo. Por él hemos participado del destino de Jesús. Nuestra existencia ha sido transformada: somos sacerdotes, profetas y reyes. No queremos malgastar nuestra vida. Todo lo que pone trabas a nuestra vida ha sido enterrado en el bautismo a fin de que podamos ser personas nuevas. Ciertamente, la tendencia a falsear nuestra vida, a tratar mal a los demás, nos puede dominar siempre: ¡Ay, la corona de espinas del servicio, cómo duele…, sobre todo cuando te la quitan! Pero en Cristo tenemos la posibilidad de vivir como personas amadas por Dios y, a partir de ahí, como personas capaces de amar a otros. Así entendemos hoy las palabras de Pablo: somos ciudadanos del cielo: vivimos en el mundo, pero el mundo ya no tiene poder sobre nosotros.
Nuestra meditación sobre la muerte debe convertirse en un estímulo para la vida. Pensar en la muerte nos hace desprendernos de nuestras rutinas, de nuestro "ir tirando" simplemente. Nos hace dejar lo inauténtico y banal para desplegar en nosotros lo más auténtico. Así podremos experimentar lo que significa estar con Cristo, ser ciudadanos del cielo, y podremos experimentar la resurrección ya en esta vida.
“Para ello necesitamos una gran confianza. La confianza nos es dada. No hay un don mayor. Te hace amar la lluvia tanto como el Sol que sale después. Comprendes que no hay enemigos, que incluso quizá no haya muerte. Comprendes lo incomprensible, aunque no sepas cómo formularlo… Tener confianza en la vida (que es tan dura, por otra parte) es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro. En lo profundo de la vida, que no es el mundo, no hay nada peligroso” (Ch. Bobin).

EN OTRO ORDEN DE COSAS…
Imagino que conocéis el dicho de que “cuando el sabio señala la luna, el idiota se queda mirando al dedo”, o el otro que afirma que “mil perros ladrándole a una sombra la convierten en una realidad”. La razón que nos evitará volvernos locos se puede transformar en una auténtica locura si no entiende que, a veces, donde no alcanzan los sentidos tendremos que echar mano de la fe, si bien eso no evitará que en cualquier momento tengamos que ‘poder dar razón de nuestra esperanza’. Y esto, sin amor, es un camino que ni se inicia…
Esto del arte no es un asunto fácil “en tanto que camino espiritual de autoconocimiento”, pero si además pretendemos “Evangelizar” con él, hoy por hoy, en el comienzo del siglo XXI la cosa se complica, “porque nadie puede llevar a nadie donde él no ha estado”, es decir, que difícilmente podremos transmitir unas vivencias que no hayamos tenido, e incluso lográndolo, eso no significa que los otros las vayan a percibir si no manejan el mismo código, y aun manejándolo, si no están en la misma longitud de onda. La música, la literatura, las artes plásticas, el teatro, el cine, los videojuegos…¡nadie ha matado tanto como las nuevas generaciones!... Me diréis que son muertes virtuales, claro, pero es que seguimos matando mucho: y el “galo moribundo”, o la “muerte de Sardanápalo”, o las películas sobre los “campos de concentración nazis”, las guerras de todo tipo, o la literatura y el teatro que puedan denunciar todo esto, o alabarlo…, ¿Lo alimentan, lo detienen?... Suele decirse que los que no conocen la historia se condenan a repetirla -no estamos lejos de eso-, y los que conocen la historia se condenan a contemplar cómo la repiten los que no la conocen.
Muchas religiosas y religiosos en Ruanda no salían de su asombro cuando las matanzas entre hutus y tutsis: los chicos a los que estaban catequizando se iban a participar en los enfrentamientos a machetazos. ¿Quién conoce la naturaleza del poder?... ¿De dónde arranca tanta envidia?...
Tras aceptar este compromiso, de venir aquí y hablar sobre “Pintura y Evangelización”, que se supone que es lo mío, me di cuenta de que no debía haberlo hecho. No me apetece daros una clase de historia de la pintura religiosa franciscana, y la verdad es que yo no sé por qué pinto, o quizá ahora sí lo sé, porque no me recuerdo sin pintar ni por qué diablos comencé. ¡Ay de la obra de arte que no nos lleve a preguntarnos por el autor! Creo que la frase es de Ciorán.
El autor, el sabio, el profeta, el artista, todos tiene que haber realizado su personal camino interior. Porque no importa dónde vayas, el camino siempre es interior, y será la manera de caminar la que determine la meta, aunque esto habría que aclararlo un poco más, si bien es cierto que a veces un exceso de claridad ciega más que ilumina: es la paradoja de los predicadores que no se explican por qué no se convierten los que los escuchan –“no suelen verse el ombligo”-.
Todos nacemos teniendo experiencias de “vacío”: esos momentos de tu vida en los que sientes que te mueres y ya está: ¡Ni tan siquiera te has dado tiempo para preguntarte por el motivo de tu viaje! ¡Lo que darías en ese momento por poder cantar aunque sólo fuese una canción desesperada!... -y es que vivir como un aristócrata y pretender ser comunista sólo puede llevar a la desesperación-.
Personalmente yo inicié mi camino de búsqueda a través del “arte de pintar”: quizá en un principio para impresionar a las chicas -cuando en mi inocencia creía ser inteligente-, quizá después con la intención de hacer caja -muchas veces fui tentado, y más lamenté en ocasiones no haber tenido la indecencia de caer-, pero, como nos recuerda el profeta Isaías 55, 8-9: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos…”.
Hace años, en un aula de 1º de BUP de la Universidad Laboral de Málaga, sostuve contra todos, en el aula, que el artista no puede evitar serlo -una vez que despierta a la bestia-, y se lo reconozcan o no él seguirá creando sin saber decir por qué: yo pensaba así entonces…, ahora lo entiendo, pero no lo voy a explicar, porque los misterios no se explican, profundizamos en ellos, más, y más, y más…
Algún amigo, en cierta ocasión, calificó mi vida como una locura -él, al contrario que yo, sí terminó la carrera de psicología, se hizo psicoanalista y murió-; me decía que esos saltos de unos niveles de percepción a otros, sin red, como si careciese de toda esperanza, a él lo dejaban fuera de juego. Pero, después se manifestarían como aciertos, porque, siempre sentí que ‘ALGUIEN’ se ocupaba de mí, y que era precisamente la esperanza la que me empujaba a todos esos saltos, dados por amor en su estado más puro, aunque entonces lo ignorase, y por los que, sin saberlo, fui llevado a la fe, porque ese fue el camino que a Él mejor le pareció para mí. Quizá pecaba de individualismo, pero, tal como lo veían en aquel entonces, no podía arriesgar otra vida que la mía.
De este modo terrible me encontré con que había realizado mis sueños a una edad demasiado temprana, ¿qué otra cosa me quedaba sino morir de una vez?... Lo más triste es que durante el viaje, al menos así lo sentía, pese a la realización de mis sueños, había perdido algo importante, y lo peor de todo era que no sabía decir qué…
Por aquel tiempo hablaba mucho con mi amigo Lao Tsé que se empeñaba en recordarme una y otra vez:

TAO TE KING - LXXXI
Las palabras que dicen la verdad no son hermosas,
las palabras hermosas no dicen la verdad.
El mérito no quiere persuadir,
la persuasión carece de mérito.
El sabio no es culto,
y el culto no es sabio.
El sabio no acumula posesiones.
Tanto más posee
cuanto más hace por los demás,
y cuanto más da a los otros,
tanto más tiene.
El TAO del Cielo es alentar sin perjudicar.
el TAO del Sabio es obrar sin rivalizar.
(Lao Tsé, traducción de R. Wilhelm)

Con estas palabras se cierra uno de los libros de espiritualidad más sublime de la civilización humana, creo yo, vamos. Y, según parece, el viejo Lao Tsé, no veía que la belleza y la verdad tuviesen mucho que ver, al menos en el campo de las palabras. De hecho, esta fue una de las acusaciones primeras contra el cristianismo: “la bajeza y fealdad de sus escritos”, -¡ay, Agustín!- presentando a un Crucificado como Dios. Esto que era un escándalo entonces, gracias a Dios parece que vuelve a ser un escándalo también actualmente –“parece que al cristianismo le va mejor que lo persigan, que el hecho de que lo aplaudan”-. ¿Por qué una de las primeras cosas que nos descubren los nacionalismos -que en Europa ya han provocado dos guerras mundiales muy exterminadoras- es a una Iglesia Nacionalista? Así pues, cuando un sistema corrupto os aplauda, tentaos la ropa, porque estáis participando de él: formáis parte de la corrupción, pero no os daréis cuenta, y esa es la señal de que estáis dentro.
“Estas palabras que dicen la verdad no son agradables de escuchar, no vemos su belleza”. Va a tener razón Lao Tsé.
Tampoco Jesús de Nazaret parece muy partidario de la bella construcción del Templo que parece maravillar a sus discípulos: “Llegará el día en que no quedará piedra sobre piedra” (Mc 13,1-4; Mt 24, 1-2; Lc 21, 5-7).
Pero no nos detengamos aquí, vamos a profundizar un poco, vamos a atrevernos a descubrir algo que todavía puede ser peor. Perdón si alguien cree que me estoy pasando de optimista, pero como decía el escorpión que acababa de picarle a la rana que le ayudaba a atravesar el río: “es mi naturaleza”.

Si buscamos comprender qué es el ser humano y, más concretamente, cómo funcionan los mecanismos de su deseo (teoría mimética: aprendemos imitando) y de su organización social (mecanismo expiatorio: el chivo expiatorio), tendremos que echar mano de la antropología de René Girad. Hans Urs von Balthasar, teólogo, dijo que cualquiera que en el siglo XXI quisiera estudiar y hacer teología debía comenzar por la Antropología de René Girard.
(Blog: http://RENEGIRARDPICTURES.blogspot.com)

Contexto, método y contenido de la antropología de René Girard: nos centraremos en los núcleos fundamentales de su pensamiento antropológico que nos servirán de guía:
-                      El deseo mimético como realidad que configura el acceso del ser humano a su identidad propia y, a la vez, parece abocarlo a generar (a través del deseo de apropiación) una frustración en sus relaciones al provocar rivalidades miméticas continuas (¿Neuronas Espejo?...).
-                      La violencia unificadora o el mecanismo victimal que consigue organizar socialmente las rivalidades humanas deteniendo una violencia destructiva (crisis sacrificiales) a través de una violencia unánime y restringida (hacia un solo culpable). Un mecanismo donde adviene a la humanidad el primer concepto de lo sagrado.
-                      El desconocimiento o ignorancia (méconnaissance) de los mecanismos tanto del deseo mimético como del mecanismo victimal por parte del ser humano, que lo mantiene atado a la rivalidad provocada por el primero y a la violencia escondida del segundo. No se trata tanto de no conocer la realidad como de conocerla erróneamente.

Para nuestro autor el conocimiento de esta situación se ha hecho posible en la cultura occidental por las influencias de las ‘escrituras judeocristianas’ que han revelado la verdad del ser humano y su sociedad a partir de la recuperación de las víctimas (mostrando su inocencia en el proceso que las expulsa). Se inicia en ellas una nueva antropología y una nueva teología en estrecha conexión. Las Escrituras judeocristianas narran la historia desde el punto de vista de las víctimas.
(El libro -tesis doctoral-: “La humanidad re-encontrada en Cristo”, Francisco García Martínez. Salmanticensis)

Y entonces, en una mañana de domingo al sol, en el centro de la isla de Ibiza, en Santa Gertrudis, frente a una iglesia en la que todavía no había entrado, así de nula era mi curiosidad, leyendo el periódico de los “perfectos ateos católicos” -en el suplemento de Babelia, en la crítica a un libro, cuyo autor no recuerdo-, me fue dado leer el aviso del ángel a la Iglesia de Éfeso en el Apocalipsis 2, 2-4: “Conozco tus obras y tus trabajos, y sé que sufres pacientemente por mi causa: y que no puedes soportar a los malvados y que sometiste a prueba a los que se llamaban a sí mismos apóstoles y los hallaste mentirosos. Tienes paciencia y has sufrido por mi Nombre sin desfallecer. Pero tengo en contra tuya que has perdido tu amor del principio”.
¿Cuál había sido mi amor del principio? Si ni tan siquiera eso lo tenía del todo claro, ¿cómo iba a experimentar la sensación de pérdida? Pero el asunto me llamó especialmente la atención porque precisamente en aquel instante de mi vida, aquellas palabras, en aquel contexto, yo las había sentido como “dichas especialmente para mí”, de hecho, mire a los lados, disimulando, esperando encontrarme con la mirada de alguien que a todas luces no había dejado de pensar en mí. No vi a nadie entonces…, ni tampoco ahora veo mucho más; pero yo, especialista en ‘mutaciones’ no puedo negar lo evidente: ¡estaba al otro lado de la carretera!, no sé si por voluntad propia o porque alguien me había llevado hasta allí -esto segundo comenzaba a manifestarse de una manera preocupante-.
Perdonad que abrevie el proceso revelatorio, pero tratando de recuperar mi amor del principio pretendí llegar al inicio del tiempo, al fin del mundo: ¡Eso es fácil, pensé! El fin de la tierra lo tenemos aquí en España, en Galicia: “Finisterre”. Así que busqué en una guía de monasterios-hoteles, que me dejó una amiga: Convento Franciscano de Louro-Muros, a cincuenta kilómetros del cabo Finisterre. Llamé para alquilar una habitación para una semana o diez días… (¡¡¡Mis planes no son vuestros planes!!!). Ni que decir tiene que se ha convertido en la semana más larga de mi vida. También a Ibiza me fui para quince días o un mes, y estuve nueve años.
Siendo ya fraile -por la gracia de Dios- también tuve la experiencia del cáncer que puedo resumir con un poema de Agustín de Foxa –“Melancolía de desaparecer”-, que fui transformando durante la quimioterapia-:

            MELANCOLÍA DE DESAPARECER     
 Agustín de Foxa
                        Y pensar que después que yo me muera
                        aún surgirán mañanas luminosas,
                        que bajo un cielo azul, la primavera,
                        indiferente a mi mansión postrera,
                        encarnará en la seda de las rosas.
                       Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
                        sobre mis huesos danzará la vida,
                        y que habrá nuevos cielos de escarlata,
                        bañados por la luz del sol poniente,
                        y noches llenas, de esa luz de plata
                        que inundaba mi vieja serenata,
                        cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.
                       Y pensar que no puedo en mi egoísmo,
                        llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja.
                        Que he de marchar yo solo hacia el abismo,
                        y que la luna brillará lo mismo
                        y ya no la veré desde mi caja.
                       
MUTACIÓN EN: ALEGRÍA ¿DE DESAPARECER?... por Fr. Miguel Castellanos Sotos, tras tres meses de quimioterapia en el verano del 2005, en Ourense.

                       Gracias, porque después que yo me muera
                        aún surgirán mañanas luminosas,
                        que bajo un cielo azul, la primavera,
                        iluminando mi mansión postrera,
                        encarnará en la seda de las rosas.
                       Gracias, porque desnuda, azul, altiva
                        sobre mis huesos danzará la vida,
                        y que habrá nuevos cielos de escarlata,
                        bañados por la luz del sol poniente,
                        y noches llenas, de esa luz de plata,
                        que aún inunda mi vieja serenata,
                        al dulce canto de Dios bajo mi frente.
                        Gracias, porque no puedo en mi egoísmo,
                        llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja.
                        Que no es morir marchar hacia el abismo,
                        gracias, la luna brillará lo mismo
                        y ya no la veré desde mi caja...
                        ... posiblemente ya ni desde el cielo,
                        que anuncia la divina sinfonía,
                        un poco más arriba, tras el velo
                        verde de la esperanza, donde el duelo
                        del tránsito se colma de alegría.

Según parece, algunas cosas no las terminamos de entender nunca, y quizá está bien que así sea, no darle toda la importancia al lóbulo izquierdo del cerebro. Recuerdo que de niño tuve una intuición que escribí en varios lugares como horizonte sobre el que encauzar mi vida: “Debo alcanzar, en mi vida, lo máximo que pueda alcanzar un hombre”. Después de tanto tiempo me está siendo dado descubrir que lo máximo que puede alcanzar un hombre no es algo que se deba conquistar por su voluntarismo -al fin y al cabo, ¿qué tienes que no hayas recibido?-, sino que es GRACIA DE DIOS que tenemos que aprender a recibir y transformar en semillas que debemos sembrar para que también en otros termine fructificando la GRACIA. Semillas que llevarán, posiblemente, todos los defectos de nuestras pasiones humanas, pero también, cómo no, todo lo positivo de nuestra pasión divina. Así, nuestra oración no estaría de más que fuese siempre algo más o menos como esto: “¿Por qué te empeñas en quererme tanto?”…

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