EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

jueves, 23 de julio de 2015

ORACIÓN CONTEMPLATIVA...



ORACIÓN CONTEMPLATIVA...
...No te aflijas cuando no recibas inmediatamente de Dios
el objeto de tu súplica,
pues Él quiere hacerte un bien mayor todavía
por tu perseverancia en permanecer junto a Él en la oración.
¿Qué hay más sublime, en efecto, que conversar con Dios
y recogerse en íntimo trato con Él?
.../...
Cuando el intelecto se haya despojado del antiguo ser
y la gracia lo haya revestido del ser nuevo,
contemplará su estado, en el momento de la oración
semejante a un zafiro y con el color del cielo.
Es lo que los antiguos, a los que Él se manifestó sobre la montaña,
llamaron el "lugar de Dios".…./. (Evagrio Póntico)

miércoles, 22 de julio de 2015

LA SENDA HACIA EL PENSAMIENTO NO DUAL (RR)



LA SENDA HACIA EL PENSAMIENTO NO DUAL

«Hay una clase de existencia en la que las epifanías y el trajín cotidiano, la muerte y la vida, Dios y no Dios -todas estas aparentes antinomias- se mezclan y se convierten en una sola conciencia. Yo disto mucho de darme cuenta de todo esto por mí mismo, pero me estoy poniendo las lentillas para intentar verlo».  [Christian Wiman (poeta y autor de Mi abismo luminoso)].

¿Cómo aprender a alejarnos del pensamiento dualista? ¿Cómo aprender el pensamiento no dualista o la contemplación?
Es una buena pregunta, pues efectivamente es algo que tenemos que aprender. El pensamiento dualista se da tan por supuesto en el mundo accidental que lo llamamos pensamiento sin más, y durante la mayor parte de los cinco últimos siglos las Iglesias occidentales se han olvidado de la enseñanza sistemática de la contemplación. No es extraño, pues, que estemos divididos en treinta mil grupos que nos llamamos cristianos. Y es que perdimos la mente y el corazón superiores, o al menos la capacidad para acceder a ellos. No es de extrañar que Jesús dijera: "Mirad, pues, cómo escucháis" (Lc 8,18).
Todos nos hemos educado en el pensamiento dualista. Creemos que lo que caracteriza a una persona inteligente o racional es su habilidad para hacer distinciones. A la mayoría de nuestros profesores de universidad les encanta, en efecto, realizar distinciones y enseñarnos a hacer lo mismo. Está claro que hemos perdido la antigua tradición según la cual hay algunas cosas anteriores a -e incluso más importantes que- saber hacer distinciones. ¡De hecho, el establecer distinciones, entre otras cosas forma precisamente parte del problema! Las distinciones se hacen en su mayor parte en la mente, o con palabras, y esto tiene sin duda muchísimos aspectos positivos y necesarios; pero también encierra cierta falta de verdad, pues es realmente bueno ver las semejanzas e identidades profundas de las cosas antes que distinguir tal aspecto de otro. A mí me gusta decir que debemos empezar siempre por el "sí" y nunca por el "no".
Las antiguas religiones ya vieron que su tarea principal era enseñar a la gente la manera de pensar alternativa, la cual podríamos llamar con los nombres de chamanismo, adivinación, rabdomancia (radiestesia -sensibilidad especial-, vara-agua)... La práctica de esta otra manera de pensar la llamaríamos ahora meditación, contemplación o simplemente oración. Yo estoy convencido de que era esto lo que significaba en los orígenes la palabra oración. Hay que usar un procesador distinto: no se procesa plenamente el momento juzgándolo, analizándolo, diferenciándolo; no hay por qué convertirlo en algo distinto, opuesto. Hay que respetar todas las cosas por ser exactamente lo que son en vez de catalogarlas con la mente, según los gustos y aversiones de cada cual. Hemos de dejar que se refleje como en un espejo limpio, sin ninguna distorsión añadida (léase sin ningún "juicio").
Yo creo que la gente que vivió en siglos pasados, mayormente en sociedades agrarias, antes de la invención de la imprenta, y de la enorme proliferación de las palabras, tenía un acceso mucho más fácil al pensamiento no dual. Ahora tenemos unas mentes con destellos estroboscópicos (estroboscopio: instrumento que permite ver como lentos o inmóviles objetos que se mueven de forma rápida y periódica, mediante su observación intermitente -típico cielo en el que las nubes corren a una velocidad increíble, o se detienen), lo que nos dificulta el acceso a la mente contemplativa. Ahora cuesta más trabajo encontrar un espejo limpio, y es sin duda por eso por lo que es tan importante seguir trabajando. Pero a muy pocos se les ha enseñado cómo hacerlo.
El catolicismo -y aún más la ortodoxia oriental- tiene una larga tradición de enseñanza de la contemplación; sin embargo, son los protestantes quienes más a menudo me invitan a enseñarla. Es porque saben que no saben. Saben que nunca la tuvieron a lo largo de su historia o de su tradición. Para entonces ya se había perdido. Pero los católicos estamos en una situación peor: creemos que por conocer la palabra contemplación ya sabemos practicarla. Incluso las órdenes religiosas contemplativas católicas han dejado de enseñarla a sus miembros, lo cual constituye una gravísima pérdida. Muchos han sentido por ello una gran frustración, aunque algunos la han aprendido en virtud de la gracia, de la caridad y del sufrimiento.
Los cristianos católicos y los ortodoxos tenemos que recuperar la tradición de esta conciencia alternativa. ¡Pero los más tradicionalistas de hoy son muy poco tradicionales! Conocen muy poco de la Gran Tradición, más allá de los últimos cuatrocientos o quinientos años; generalmente los últimos cien años, o los que llevan viviendo. Eso es lo que ocurre cuando se adopta una postura defensiva frente a los otros: se organiza la vida alrededor de cosas externas y nada esenciales, y se evitan las cosas interiores o que resultan subversivas para el propio ego.
Primero debemos saber que tenemos esta tradición contemplativa. Está muy presente en los Padres y Madres del Desierto, en el cristianismo celta, en al Filocalia y en Evagrio el Monje de la Iglesia oriental, así como en la historia monástica de todas las antiguas órdenes, que a veces la enseñaron de manera directa o indirecta (Dionisio, Juan Casiano, el famoso monasterio de san Víctor de París, Buenaventura y Francisco de Osuna). La mayor parte de nuestros místicos, siguieron esta tradición contemplativa, ejemplificándola más que expresando con palabras lo que había ocurrido. Tal vez esa sea una de las razones por las que la perdimos, y por las que es tan importante una buena enseñanza teológica y espiritual.
Sabemos que la conciencia no dual se enseñó de manera sistemática hasta los siglos XI y XII, sobre todo entre los benedictinos y los cistercienses. Los primeros franciscanos fueron beneficiarios de esta comprensión más antigua; los dominicos de la Renania la ejemplificaron maravillosamente, y los carmelitas recuperaron buena parte de ella abrevándose en su antigua historia en el Monte Carmelo, en Palestina. Su máxima expresión la tenemos por supuesto en el siglo XVI, en esa especie de supernovas que son Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, quienes tuvieron que volver a enseñar la contemplación corriendo grandes riesgos personales.
Pero, después de las luchas de la Reforma, y de la hiperracionalización de la Ilustración (en los siglos XVII y XVIII), nos volvimos sumamente defensivos y nos empeñamos en demostrar que éramos mejores que los otros y que podíamos salir triunfadores de cualquier debate. Así, adoptamos una forma más racional de pensar, envuelta en piadosas palabras cristianas. A partir de entonces presentamos nuestras doctrinas de una manera dualista, argumentativa y apologética. Ya no existía la conciencia no dual, sino un pensamiento enteramente dualista en torno a las doctrinas cristianas. La mayoría de los sacerdotes se educaron de esta manera hasta los años sesenta del siglo pasado, cuando por fin llegaron las esperadas reformas del Vaticano II.
En este punto, tras casi cinco siglos de no enseñar sistemáticamente o de no comprender la contemplación, tuvimos que buscar escuelas, profesores, libros... a fin de desarrollar una práctica que nos ayudara a comprender la vieja mente. La mayoría de nosotros creía que los contemplativos eran simplemente unos tipos introvertidos, silenciosos, a los que les gustaba mucho orar. Eso nos dejaba  fuera de juego a nosotros, tan extrovertidos y activos. Pero una vez que comenzamos a conocer la mente contemplativa, nos dimos cuenta de que era, por así decir, la manera natural de ver (¡y la habíamos desaprendido!) Es una manera completamente natural, como vemos en los niños de menos de 6 o 7 años, pues a esta edad ya empiezan a juzgar, analizar y distinguir unas cosas de otras.
En mi caso, yo experimenté la contemplación por primera vez antes de aprender bien a nombrarla o de reconocerla como tal. Yo me creía a veces un franciscano ingenuo o bobo por no tomar suficientemente en serio mi intelecto.. Sin embargo, había muchas personas inteligentes en la Iglesia que se sentían francamente poco espirituales. No sé cómo decirlo de otra manera. Gracias a las enseñanzas de Thomas Merton, en los últimos veinticinco años la contemplación ha cobrado nueva fuerza en muchos de nosotros. Dejándome guiar por varios profesores, por varias tradiciones, empecé a nombrar y comprender mi propia experiencia. Cuando algo es así de verdadero, uno sabe con total seguridad que muchas personas ya lo han descubierto, aunque empleen distinto vocabulario y tengan diferentes puntos de vista.
Yo creo que el acceso a la mente contemplativa es fruto de mucho sufrimiento y de mucha caridad. Estas personas descubren simplemente que piensan de manera no dual, no oposicional, no argumentativa. Disfrutan de la paz interior de Dios. Saben que por fin pueden disfrutar de Dios, de la vida, de sí mismas, sin necesidad de debates intelectuales. es un lugar muy agradable para vivir. Leamos a este respecto Filipenses 2, 1-5, un pasaje en el que la mente no dual está en pleno despliegue e impulsa a san Pablo a citar el maravilloso himno de los versos 6-11, donde aconseja tener la misma mente o los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Yo creo que la mente contemplativa es la mente de Cristo. (RR)

¿SE ENCUENTRA LA FELICIDAD EN LA SENDA DEL MISTICISMO?



¿SE ENCUENTRA LA FELICIDAD EN LA SENDA DEL MISTICISMO?

He aquí una imagen que muchos han ofrecido antes que yo: no se coge una mariposa cazándola; no, sino que nos sentamos en silencio y la mariposa se posa entonces sobre nuestros hombros. No encontramos la felicidad buscándola directamente, pues eso nos deja demasiado autocentrados; en este caso todo sigue girando alrededor de nosotros, aunque no lo sepamos todavía. "Hoy voy a ser feliz", pensamos. Sin duda hemos tenido días así, en los que nos damos cuenta de que estamos esforzándonos demasiado en conseguir algo. Eso indica que somos demasiado conscientes de nosotros mismos, demasiado intencionales. La consciencia del ego sigue estando al timón de la nave.
Recordemos lo que dije antes sobre el viejo cerebro mamífero. El contento profundo es algo en lo que entramos, no algo hacia lo que tendamos conscientemente de manera porfiada. ¿No hemos notado lo rápido que pasa la felicidad producida por algo que hemos alcanzado demasiado deprisa? Lo que solemos hacer entonces es crear otra meta supuestamente más elevada. Existe una sensación de inquietud -ý de derrota- inherente a la búsqueda consciente de la felicidad. La felicidad se mueve más bien en el ámbito del regalo y de la sorpresa, como una paloma que se posa o como una lengua de fuego, y sin duda es por eso por lo que empleamos estas metáforas para referirnos al Espíritu Santo.
La felicidad se define muy a menudo de una manera egoísta, y de este modo nunca podrá funcionar mucho tiempo. Primero, como niños definimos la felicidad de una manera fundamentalmente sensorial, como una comida que gusta mucho, una habitación de hotel estupenda o una experiencia sexual maravillosa. Lo cual es perfectamente comprensible. Pero todas estas cosas, por sí mismas, no nos hacen felices. Si no introducimos la felicidad en la habitación del hotel no podremos ser felices. Solamente estaremos a gusto unos minutos. Pero si ya estamos contentos y felices, entonces, aunque estemos en una habitación mediocre, o incluso en una habitación cochambrosa, seremos capaces de decir: "Hoy me siento feliz y contento".
A veces, las cosas sencillas pueden brindarnos una mayor y más profunda felicidad precisamente por saber que estamos abrevándonos de un pozo y un río más profundos, a los que podemos tener acceso en todo momento sin necesidad de una comida en un restaurante de lujo o de una experiencia sexual fantástica.
La felicidad es siempre un don fruto de haber buscado primero la unión o el amor. «Si el amor es nuestra meta real y constante, nunca podremos fracasar realmente», y la felicidad vendrá de manera mucho más fácil y natural. Por favor, pensemos en esto, y veremos que es cierto.
La meta purificadora del misticismo es nada menos que la unión divina. La meta de la oración es la unión divina, la unión con lo que es, con el momento, con nosotros mismos, con lo divino, es decir, con todo. Cosas tales como estar sanos, crecer y vivir felices son sin duda maravillosos subproductos de la oración, pero no deben ser nuestra preocupación primordial, pues eso contaminaría el proceso. No nos empeñemos en que la meta del misticismo o de la oración sea nuestra felicidad personal. Esto constituiría el punto de referencia ("quiero ser feliz"). La purificación de la motivación es algo absolutamente fundamental. Pero sin duda por no haber insistido suficientemente en esto nos topamos con mucho esfuerzo eclesial que no es sino puro interés personal disfrazado (como una prima de seguros a todo riesgo), sin   nada que ver con el verdadero amor de Dios.
En mi calidad de sacerdote, soy consciente de que la mayor parte de las oraciones oficiales de la liturgia sacramental católica son más o menos de este tenor: "Ojalá vaya al cielo". ¿No me creéis? Comprobadlo. ¡Ah, como si no hubiera en el mundo preocupaciones más importantes o necesidades más acuciantes que mi eterna "cobertura" personal! No entiendo cómo los sacerdotes siguen recitando día tras día una oraciones tan autocentradas e individualistas. Si es verdadera la máxima lex orandi, lex credendi (el contenido de la oración es el  contenido de la fe), no hemos de extrañarnos de que el pueblo cristiano saque una nota tan baja en preocupación por el sufrimiento del mundo, y haya amparado tantas guerras e injusticias en esta tierra. ¡Es que no le enseñamos a orar!
Si buscamos la unión con Dios y con todas las cosas, a buen seguro que se posará la mariposa con suavidad y firmeza sobre nuestros hombros. Entonces la felicidad vendrá como un maravilloso corolario y conclusión, como un don, como un rico glasé sobre la tarta -ahora bien horneada- de la vida en toda su extensión. (RR)

martes, 21 de julio de 2015

LA SENDA MÍSTICA Y LA VIDA COTIDIANA...



LA SENDA MÍSTICA Y LA VIDA COTIDIANA

Tenemos que aprender a hablar del "misticismo de la vida cotidiana". Tenemos que abandonar la costumbre de hacer del misticismo algo que solamente se puede dar entre célibes, ascetas y monjes. El paso siguiente puede hacernos caer en la plenitud...
Es precisamente lo que Francisco procuró hacer: llevar de nuevo la vida religiosa a las calles, al laicado, a la parroquia normal, a los que siempre se ha intentado que parezcan ciudadanos de un reino de tercera clase.
Necesitamos que se nos ofrezca un nuevo sistema operativo. No importa lo que hagáis, no podéis acercaros a vuestro trabajo cotidiano, a vuestro quehacer cotidiano, a vuestra familia... con la que yo llamo una mente dualista, una mente enjuiciadora, comparativa, competitiva, en la que la mayoría de nosotros estamos tan bien entrenados, hasta tal punto que creemos que es la única mente que existe.
Jesús se refiere también a esta mente enjuiciadora. Por ejemplo cuando dice: "No juzguéis" (Mt 7,1). Tal vez deberíamos decir simplemente: "No encasilléis, no pongáis etiquetas". Es una manera de controlar, y a menudo una manera de jugar a ser superiores. La mente enjuiciadora trata de conocerlo todo comparándolo con cualquier otra cosa. Pero comenzar así es empezar dando un primer paso negativo. Dicha mente dista mucho de conocer las cosas en sí mismas y para sí mismas. Estos intentos de conocer -intentos de bajo nivel- nunca nos acercarán a la experiencia mística. Por eso los grandes maestros espirituales siempre tienen alguna forma de "no juzgar". La mente enjuiciadora es demasiado autorreferencial y cierra de golpe cualquier horizonte que esté abierto.
La primera palabra con la que se designó esta mente diferente, esta consciencia alternativa, pues verdaderamente no se trata de otra cosa que eso, fue simplemente la oración. Esta palabra ha sido tan mal empleada y tan trivializada que ha acabado significando solamente la oración rogativa, la oración leída, la oración social (litúrgica) o la oración recitada. Siento decir que a los católicos se nos conoce a menudo por esto, por aprender fórmulas y recitar fórmulas y más fórmulas. Muchos de nosotros tuvimos que dejar de usar la palabra oración y usar en su lugar la palabra contemplación para que los demás supieran que estábamos hablando de algo distinto.
No estoy diciendo que la oración con fórmulas sea una equivocación, sino que eso no es lo que enseñaron los Padres y Madres del Desierto durante los primeros trescientos o cuatrocientos años de cristianismo. No es el sentido original de la oración. Esto lo podemos ver en las numerosas y largas retiradas de Jesús a la soledad del desierto, y en el hecho de que los discípulos tienen que pedirle insistentemente que les enseñe lo que nosotros llamamos el Padrenuestro (Lc 11,2). No es por la oración en el templo o por la oración social por lo que se conoce a Jesús, aunque desde luego no se oponía a ella, a menos que se volviera demasiado ritualista, legalista o transaccional, cuando vemos que arroja a los mercadores del templo. El evangelio dice que Jesús y los discípulos "cantaban juntos los salmos" (Mc 14,26; Mt 26,30), es decir el hallel o los salmos 113-118, que abrían y cerraban la Cena de Pascua.
La oración es mirar desde o con una perspectiva diferente, no con ojos comparadores, competidores, juzgadores, etiquetadores o analizadores sino receptores del momento en su completitud e incompletitud presentes. Esto es lo que queremos decir por contemplación. Se necesitan muchos años de práctica para abandonar nuestro pensamiento normalmente dualista y permitir que una oración no dual, receptiva, se convierta en nuestro modo de consciencia primario.
Para muchos la oración sigue limitándose a recitar el Padrenuestro y el Avemaría: y no pretendemos menospreciar estas oraciones, especialmente cuando son el fruto hablado de una oración profunda. Pero conozco a muchos católicos que han recitado el Padrenuestro y el Avemaría toda su vida, a sacerdotes que han dicho (sin celebrar) misa toda su vida.., y no saben orar. Con esto no pretendo emitir un juicio contra ellos, pues nadie les enseñó otra cosa. Es más bien el fruto de una tristeza profunda porque sé que, sin acceso a la corriente más profunda, sus vidas, su celibato, su ministerio tendrán más que ver con la función que con la unción, por citar las palabras del papa Francisco pronunciadas recientemente ante un grupo de sacerdotes.
El objetivo de la oración, como convendrá cualquier buen cristiano, es darnos acceso a Dios y permitirnos escuchar realmente a Dios, si no es presuntuoso hablar en estos términos. Pero, sobre todo, oramos para poder experimentar por nosotros mismos la Presencia constante, interior. En realidad, nosotros no oramos, sino que es la oración la que viene a nosotros (Rom 8,27-27); nosotros nos limitamos a permitirla, y a disfrutarla.
La única manera de hacer esto es trabajar para mantener el campo abierto, sí, para permanecer abiertos a la gracia. ¡Qué paradoja tan grande! Sin embargo, esto no significa que la gracia no pueda irrumpir en cualquier momento y lugar. De hecho, esto es lo que más suele ocurrir. Pero queremos disfrutar de los frutos de la gracia las veinticuatro horas del día y no únicamente de vez en cuando.
Si procedemos con el hemisferio izquierdo del cerebro, ese que lo mide y lo racionaliza todo, si procedemos con la mente enjuiciadora, calculadora, dualista, no tendremos acceso al Espíritu Santo porque lo único que entrará entonces es lo que ya creemos, eso con lo que ya estamos de acuerdo, eso que no nos amenaza. Y Dios es por definición lo desconocido, lo siempre misterioso, lo que está más allá. Así, si no estamos preparados para más, para el misterio, ¡cómo vamos a estar preparados para Dios! Nuestra válvula de admisión estará completamente estancada e hiperprotegida.
La contemplación es un pensamiento no dual; se da cuando no dividimos el campo del momento entre lo que ya conocemos y lo que ya no conocemos, como si fuera algo totalmente equivocado, herético o pecaminoso. Mucho me temo que el pensamiento dualista es el modo corriente de pensar; por supuesto, las pruebas las podemos encontrar casi en todas partes, especialmente en la religión y en la política. Por eso no podemos hablar de manera significativa en estos campos divididos.

El silencio es un lugar de residencia que es a la vez horizontal, al permitir la conexión con la ecceidad (Escoto) y la singularidad de toda cosa, pero también, y al mismo tiempo, es vertical: nos permite encontrar, a través de esas cosas, puertas abiertas a lo eterno. El silencio despeja el ruido que proyectamos a todas las cosas y permite a cada cosa individual estar en, estar para, e incluso estar a parte, de manera que podemos ver la luz y la vida que revela. Esto es siempre la puerta a eso -y a más-. Lo uno es la ventana a través de la cual podemos ver lo múltiple. Si es verdad aquí, pronto será también verdad en todas partes.
El silencio atrae el significado. Si pasamos una hora entera en silencio, será difícil no escribir un poema.
En el silencio, todo se torna real. Todo merece un poema. El silencio revela la plenitud del ahora en vez de esperar y querer siempre más, en vez de esperar que ocurra lo siguiente, lo más interesante... que es: "AHORA".  (RR & Cía)