EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

miércoles, 29 de abril de 2015

EL PROFETA



¿QUIÉN LLAMA?...
Dios envía profetas en todas las épocas, pero siempre se les rechaza porque la Palabra de Dios es una espada de doble filo. En ocasiones reconforta pero, a menudo, es una palabra que inquieta.
Los profetas están entre nosotros y la predican tal cual es, diciendo la inquietante Palabra que la gente no desea escuchar. Si te parece que la Palabra de Dios no ha satisfecho tus expectativas o no ha cambiado tu vida es que todavía no la has escuchado. Si no te ha llamado a morir, a dar tu vida, a olvidarte de ti mismo, no la has escuchado. Si no te ha llamado a donde no quieres ir, no has oído la voz de los profetas ni la Palabra que habla por su mediación.

martes, 28 de abril de 2015

SALMO 41 (42)



SALMO 41(42)
Como busca la cierva
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?
Las lágrimas son mi pan
noche y día,
mientras todo el día me repiten:
"¿Dónde está tu Dios?"
Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.
¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
espera en Dios, que volverás a alabarlo:
"Salud de mis rostro, Dios mío".
Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.
Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.
De día el Señor
me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.
Diré a Dios: "Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando, sombrío,
hostigado por mi enemigo?"
Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
"¿Dónde está tu Dios?"
¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
"Salud de mis rostro, Dios mío".

¿QUIÉN ES PRIMERO?...




¿QUIÉN ES PRIMERO?...
Y entonces dejamos de ser fieles a Dios para, sólo, servirnos a nosotros mismos. Nos convertimos en un fin en nosotros mismos.
Nada, en este mundo, es un fin en sí mismo; ni aún la Iglesia. Sólo Dios es el fin. Cualquier otra cosa es, sólo, un medio para llegar a ese fin. Sólo Dios es capaz de salvarnos. Nada más puede salvarnos. Ni la ley; ni la Biblia, ni el Papa, ni los sacramentos, ni aún la propia Iglesia. La Iglesia es un regalo que nos hace Dios y, a través del cual, podremos oír la Palabra y alcanzar la salvación. Cuando nosotros convertimos los medios en fines, estamos olvidando esta verdad. Pensamos que ante todo colocamos a Dios pero realmente lo que hacemos es anteponernos, nosotros, a Dios.
Jesús comprendió esto perfectamente. Si la Iglesia es el Nuevo Israel, como decimos de vez en cuando, debemos recordar que Jesús creció en el Viejo Israel, el primer Pueblo de Dios y, ni aún Jesús, nunca puso en primer lugar a Israel. En primer lugar siempre puso a Dios. Siempre predicó sobre Yhwh; el amor del Padre y la fidelidad a ese amor. No predicó sobre Israel. No obstante nunca hizo de menos a Israel. Amó a Israel. De la misma manera nosotros nunca debemos anteponer la Iglesia a Dios. Debemos buscar primero el Reino de Dios y su Justicia. No obstante no debemos combatir a la Iglesia, a menos que ella se esté autoproclamando "ídolo". Debemos amar a la Iglesia. Dios ama a la Iglesia hoy, tal y como, en su tiempo, amó a Israel.
Y si nosotros amamos a la Iglesia, debemos amarla tal como es, porque así es como la ama Dios. No debemos amarla como si fuera la de hace 50 años. Esa Iglesia ya ha desaparecido. Tampoco debemos amar a la Iglesia como si fuera la de dentro de 50 años. Esa Iglesia aún no existe. La única Iglesia que existe es la Iglesia de hoy, y el único amor verdadero a la Iglesia debe ser para la gente que la compone ahora.
Esto no quiere decir que aceptemos la institución a ciegas. Ése es, precisamente, el error que cometió Israel. Debemos tener bien presente que nuestras instituciones, nuestras leyes, nuestras costumbres, nuestros credos e, incluso, nuestros sacramentos, no son un fin en sí mismos. Muchas veces cuando la gente hace o dice cosas, de un modo distinto de aquel como nosotros las hacemos, la criticamos. Los judíos desprecian a los samaritanos, pero el Señor dijo que, incluso, los samaritanos son buenos.
La verdad que nos revelan las Escrituras no es una verdad "institucionalizada". La verdad que transmiten las Escrituras es una verdad "personalizada"; la verdad de una relación entre personas. Es una relación de amor, en la cual participamos, no solamente con las Personas Divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) sino también, con cada una de las personas con las que nos encontramos. En esta relación de amor participa la verdad. Es la verdad sobre Dios y la verdad sobre nosotros mismos. En esta relación de amor se nos salva de depender totalmente de nuestras instituciones y de todo aquello que no es Dios. En esta verdad se nos hace libres. (RR)

sábado, 18 de abril de 2015

LAS PROMESAS DE DIOS



LAS PROMESAS DE DIOS
A pesar de todas tus dudas, de todos tus miedos, la promesa que el Señor te hace es la misma que, en su tiempo, hizo a Israel. La misma que hizo a Moisés. Entrégate totalmente en manos del Señor y Dios te apoyará. Dios te alimentará. Dios te dará la vida. Dios saciará tu corazón con el amor.
Al igual que los israelitas descubrirás que el desierto no está tan desierto. El camino hacia la tierra prometida lleva a la vida, aún en medio de los espejismos del desierto. Cuando menos lo esperes te encontrarás con un oasis. Tal como dicen las Escrituras, Dios hará florecer el desierto.
O quizá, como Moisés, puedas encontrar que no vas a llegar, en el sentido de arribar. Dios te puede conferir la Tierra Prometida aún antes de que llegues a ella. Puedes vivir en el Reino, incluso antes de su advenimiento. Si buscas el Reino de Dios sobre todas las cosas, todas las cosas se te darán por añadidura. (RR)