EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

jueves, 6 de agosto de 2020

19º domingo T. O. Mt 14, 22-33



19.º domingo T.O., Mt 14, 22-33

 

Toda vida es un rescate, por parte de Dios, del caos; y en eso, de algún modo, consiste nuestra vida de oración, en dejarnos rescatar por Dios, sobre todo de nuestras falsas imágenes de Él, y de nuestros abismos. Tanto Moisés como Elías tenían una especial relación de intimidad con Yhwh, hasta el punto de que en el mismo lugar (el monte Horeb o Sinaí) ambos, con unos siglos de diferencia, tuvieron que aceptar que la forma de manifestación de Yhwh la decidía Él y no ellos (un problema que todavía hoy arrastran demasiados). Moisés tuvo que conformarse con ver su espalda, cuando pedía “ver su rostro” -y es que todavía tenía trabajo en esta vida-, y Elías tuvo que aceptar que más que en lo tremendo y fascinante, como a él le gustaba, Yhwh prefiere mostrarse en el silencio de una brisa suave, en un tenue y silencioso susurro, casi imperceptible.

Los milagros de Jesús que nos cuentan los Evangelios fueron considerados durante siglos como una prueba de su divinidad. Ni siquiera sus enemigos en vida cuestionaban que realizara portentos, sino que le acusaban de hacerlos con el poder del Maligno. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, por influencia del ‘racionalismo ilustrado’ -esa caterva de ignorantes apesebrados que creían haber llegado a la cima de la ciencia, como otros hoy tratan de salvarnos de un virus que nadie ha aislado para demostrar su existencia, pero en el que tenemos que creer porque ellos lo dicen, esos que surten de pastillas de “dióxido de cloro” los macutos de sus soldados “marines” para que se curen en las guerras biológicas, pero que prohíben ese mismo “dióxido de cloro” a la población civil-, los milagros se convirtieron, para la mentalidad occidental, en un problema que había que explicar “racionalmente”, pues eran interpretados como ‘una violación de las inquebrantables leyes de la naturaleza’ que el mismo Dios habría establecido; de acuerdo al estado de la ciencia de entonces, dado que con la física cuántica del siglo XXI y la “teoría de cuerdas”, las leyes de la naturaleza no parecen ser ni tan inquebrantables, ni tener límites de ningún tipo.

Parece ser que la ciencia comienza a ser tan subjetiva como el abandono y la soledad: mientras Jesús se abandona a su intimidad con Dios en la oración, los apóstoles se sienten abandonados en la barca a un viento contrario. Cuando vuelvan a encontrarse los apóstoles comprenderán lo que comprendieron Moisés y Elías, y quizá aun nos falte a nosotros comprender.

Los discípulos no saben cómo interpretar aquella visión, piensan que puede ser un fantasma. Ante su temor, Jesús les transmite ánimo y paz a través de su palabra. Y Pedro, como en otras ocasiones, recurre a la autoridad del Maestro y le pide poder ir junto a él, aunque ello suponga algo tan imposible como caminar sobre el agua. Al principio todo va bien, porque Pedro tiene puesta toda su confianza en el mandato de Jesús: “Ven”. Esa confianza le hace capaz de caminar sobre las aguas. Pero la fuerza del viento le asusta, surgen las dudas y comienza a hundirse. Pedro de nuevo recurre a su Maestro, le pide que le salve, y Jesús le rescata del peligro. “¿Por qué has dudado?” le pregunta Jesús. ¿Nos dejaremos arrastrar por esta ingeniería social de esos pobres poderosos, que no pueden evitar morirse, olvidándonos de Dios? ¿Por qué se paga a los medios de comunicación para que difundan un mensaje oficial que se ha de tomar por verdadero? ¿Es preciso politizar todas las áreas de la vida para que todos nos volvamos igualmente estúpidos? ¿Cobra la verdad?...

La finalidad del relato bíblico no es hacer un reportaje de lo sucedido. La Escritura tiene un sentido profundo, que va más allá de lo que literalmente dice el texto. Es evidente: el mero hecho de que Jesús y Pedro caminen sobre el agua, por sí solo no genera mucho más que fascinación o desconcierto. La cuestión es qué nos está diciendo el hecho sobre Jesús, sobre sus discípulos, y sobre nuestra relación con él: ¿Ante qué Dios arrodillaremos nuestra esperanza?...

La Palabra de Jesús nos saca de la parálisis del miedo y, si confiamos en él, nos hace capaces de caminar sobre las dificultades, por grandes que estas sean. Siempre escucha nuestra oración y nos auxilia, aunque nos ahoguen las dudas y solo nos quede fe para pedir ayuda.

No es algo tan malo, ya que saberse necesitado de Dios lo podemos considerar el principio de la sabiduría… ¡Quien se salva sabe, y quien no se salva no sabe nada!

Si bien es cierto que “siempre somos salvados”…

 

domingo, 12 de julio de 2020

LA VISITACIÓN, Lc 1, 39-45


LA VISITACIÓN
Evangelio según san Lucas 1,39-45
En aquellos días se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó lleva de espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¡de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!

jueves, 30 de abril de 2020

VIOLACIÓN Y ABORTO




VIOLACIÓN Y ABORTO

«¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho. Sin comparecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido (Isaías 49,15)».

Abortos en España en 2019 (casi 96.000; unos 20 por violación -ya uno es un verdadero drama-; las cifras son escandalosas).

«Toda violación conlleva un triple asesinato: el biológico, por la cosificación que se hace de la persona; el mental, porque en medio de todo ese terrible drama aparecen los entendidos aconsejando el asesinato como terapia; y el espiritual que conlleva la destrucción del alma.
Hay que ser un verdadero hijo de la más ciega ignorancia para aconsejar que la mejor terapia para superar una violación es convertir a la madre en asesina. De ese modo, no solo se mancilla el cuerpo biológico, se consigue también pudrir la mente y, ya metidos en esa espiral de violencia en la que la mujer se siente presa, espiritualmente consumirá y destrozará su alma. Gran triunfo para los violadores y los terapeutas, hijos de la muerte.
Si verdaderamente somos hijos de la luz, hijos del día, no podemos sino preguntarnos: ¿Podemos crear bien del mal? O, ¿no tenemos frente al mal otra posibilidad que convertirnos en lo peor? Cristo-Jesús es el Maestro: no respondió al mal con lo peor, absorbió el mal y lo transformó en bien.
Creo que lo que Jesús nos enseña es que, ‘si invertimos nuestra energía en elegir el bien, en vez de fomentar la energía negativa y en gran parte ilusoria de rechazar lo malo, superaremos el mal de un modo mucho mejor y no devendremos malos nosotros mismos’. Eso es exactamente lo que él hace en la cruz, y eso es lo que debe infundirnos valentía para creer que ello forma parte del núcleo de su mensaje. Es fundamental que no se nos olvide nunca que "la mejor crítica de lo malo es poner en práctica algo mejor".
Más que de ninguna otra forma, así es como Jesús reformó las leyes de la religión y socavó la base de toda conducta violenta, excluyente y punitiva. Se convirtió en la víctima perdonadora, a fin de que nosotros dejáramos de ocasionar víctimas. Se convirtió en el falsamente acusado, para que así ponderáramos con cuidado a quién acusamos.
La ejecución de Jesús es un juicio sobre cuán ciegos podemos llegar a ser todos cuando disfrutamos de las ventajas y los privilegios del poder, sobre la vida de otros más débiles. El ‘poder malo’ -que siempre conlleva la condena y la muerte-, que ‘siempre’ elimina a sus oponentes, mató a Jesús. En vida de Jesús, ese ‘poder malo’ era ejercido tanto por el imperio romano como por los sumos sacerdotes judíos, pero los nombres se pueden cambiar en cualquier época y cualquier cultura, a veces hasta por los propios.
Si la madre acepta convertirse en poderosa-asesina creyendo que así superará su trauma, caerá en otros mucho peores, porque habrá aceptado convertirse en víctima a todos los niveles, alcanzando la peor versión de sí misma. Reconozco que esta es una de esas situaciones en las “hay que llegar a la curva derrapando”. Hay muchos matrimonios que desean tener hijos y no pueden conseguirlos naturalmente, por eso están encantados de poder adoptar.
La decisión, ante lo que no tiene vuelta atrás, es si preferimos pasar por la vida como un “zombi” -no siendo otra cosa que sepultureros-, o siendo manantial de vida, pese a todo…
Tras atravesar la línea, viene el trabajo de ponerles nombre y hablar con ellos, pues no han muerto, están en el Reino de la Gracia, en Dios, y allí solo se puede amar…, también a su mamá, sobre todo a ella…».

jueves, 12 de marzo de 2020

EL MAESTRO SUFRIMIENTO


EL MAESTRO SUFRIMIENTO

Con que facilidad nos deja la muerte sin palabras. De pronto no sabemos qué decir. Vivimos muchas veces fluctuando entre la luz de Dios y las tinieblas, olvidando que Dios ama la vida en el fracaso, en lo que nosotros consideramos fracaso, tanto como en el éxito. Nos cuesta creerlo, pero la vida eterna está aquí. La vida eterna es ahora. Pero nos da miedo esta evidencia.
No deja de ser curioso que justamente en aquello que no nos atrevemos a mirar esté Dios esperándonos, para reconfortarnos y quitarnos todos los miedos, para hacernos verdaderamente libres.
La aceptación momentánea de todo tal como es –morir, por ejemplo- vale más que mil años de piedad. A veces, bastaría con que hiciésemos del tiempo nuestro aliado, aunque siempre lo es, incluso cuando creemos tenerlo en contra. Para el cristiano la vida no es un problema que haya que resolver, ni una pregunta que haya que responder. La vida es un misterio, con un fondo difícil de ver, que a veces se manifiesta como abismo, quizá de inimaginable miseria, pero en el que también nos persigue el amor de Dios.
Si nos atreviésemos a despertar nos daríamos cuenta de que la fuente de todo el sufrimiento humano es considerar permanente lo que por esencia es pasajero; y se nos olvida que Dios nos ha propuesto un plan de amor interminable. Que pueda Cristo decir de mí: “Este es mi cuerpo”. Y Él, que es el camino, la verdad y la vida, nos susurra al oído: Deberías aprender a contemplar tus pecados para ver que el arrepentimiento alcanza su plenitud cuando uno consigue agradecer hasta sus propios pecados. Porque hay puertas a las que sólo podemos llamar para agradecer… En Getsemaní Cristo nos enseña a pedir “que se haga tu voluntad, no la mía”.
La oscuridad revela la ardiente belleza de la llama que, abrazada al tronco, lo ilumina y consume. Para conseguir una auténtica felicidad, hay que liberarla de las trampas: la principal es quizá la que afirma que sólo se puede ser feliz en los momentos luminosos de la vida; que en la felicidad nunca caben las lágrimas. Pero es posible una alegría profunda. Hecha de risas y lágrimas, capaz de vivirse en los momentos de euforia y de fiesta, pero también en las horas más oscuras. Es posible un gozo con raíces hondas, que se disfruta en los días radiantes, pero que no se apaga sin más ante la dificultad y la zozobra. Es posible la alegría, también de noche, en la noche oscura. Es posible, en fin, una felicidad liberada de la tiranía de sentirse bien a toda costa.
¿Por qué nos da miedo la muerte? Si al bebé, en la oscuridad del útero materno, se le dijera que fuera hay un mundo de luz, con altas montañas, grandes mares, onduladas llanuras, hermosos jardines en flor, arroyos de aguas frescas y cristalinas, un cielo cuajado de relucientes estrellas y un sol naciente, y tú, frente a todas estas maravillas, sigues encerrado en esta oscuridad. Igual que el nonato no sabe nada de estas maravillas, tampoco nosotros creemos nada de esto, cuando nos enfrentamos a la muerte… por eso tenemos miedo. Alguien podría decir que la muerte no puede ser luz porque es el final de todo, pero… ¿Cómo puede ser el final de algo que no tiene principio? La vida no es algo entre dos vacíos, sino entre dos plenitudes. Así pues, no podemos estar tristes en esta “noche de bodas” de nuestro matrimonio con la eternidad.
Es cierto que a veces parecen caer sobre nosotros un conjunto exagerado de sufrimientos. No lo entendemos, por más vueltas que le demos. Prácticamente todo el que intenta acercarse a Dios de manera realista, instalar la lógica de la fe en su vida, ser verdadero discípulo de Cristo, pasa un día u otro por esta clase de pruebas. No son dolores estándar, sino que están “hechos a la medida” de cada uno. Sin pasar por aquí no creo que se pueda creer en Dios, esperar en Dios, amar a Dios desinteresadamente, sin amarse a sí mismo egoístamente.
En esos momentos no se nos pide ser muy fuertes. No se le pide al trigo ser fuerte cuando se le muele, sino que deje que el molino lo haga harina. Es raro que en esos momentos comprendamos qué utilidad puede tener ese sufrimiento. Sólo tiene la apariencia de una monstruosa contradicción, no reconocemos la cruz en él. Es solamente después cuando llegamos a comprender que por ese sufrimiento “llegamos a ser lo que verdaderamente somos”.
Pero, actualmente, en determinados medios y ambientes, comienza a darse un silencio total con respecto a Dios. Por una extraña sustitución, la creación ocupa el “espacio” del Creador. Este silencio parece no alertarnos. Un peligro mayor se acerca a la Iglesia sin hacer ruido. El peligro de un tiempo, de un mundo en el que Dios ya no será negado ni combatido, sino excluido, donde será impensable -ninguna pobreza humana es semejante a esta-. Un mundo en el que querremos gritar su nombre, pero en el que entonces [nosotros] no podremos lanzar ese grito, porque ya no tendremos sitio donde poner los pies.
Todo ser humano, independientemente de su ideología política, de su religión, es primero, ante todo, nuestro hermano de creación. Este estado de ‘hermano’ ordena para nosotros las reacciones tanto lúcidas como severas que podamos tener cara a él. Pero ni la formación política más eficiente puede destruir a la persona que Dios ha creado. A ella nos tenemos que dirigir, cualesquiera que sean las deformaciones o desviaciones que tenga que haber soportado. Su corazón es un corazón humano, aquel al que Cristo se dirigió y al que quiere hablar a través de nosotros.
Y si creéis que no estáis en orden, que no sois del todo dignos, pese a todo, no olvidéis nunca, nunca, nunca... que las puertas de la misericordia del cielo -o del corazón de Dios, tanto da- no se cerrarán, aunque no haya ni un justo sobre la tierra. Aunque nos cueste creerlo, el DON no nos es arrebatado nunca-jamás…
Por todo, hoy Jesús se acerca a nosotros como antaño se acercó a la casa de Marta y María y nos pregunta: a la vista de la muerte que parece matar toda vida y todo amor, “¿Creéis, crees que yo soy la resurrección y la vida?”
Si creemos, se romperán las ataduras de la muerte y la vida empezará a ser eterna, pues para eso hemos nacido, para el eterno amor de Dios…
(M.D. & cía., OFM)