EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

miércoles, 16 de enero de 2019

MUTACIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS





BAGATELAS TEOLÓGICAS...
Isaac de Nínive ( ca 650) considerando la economía de los misterios y de la Cruz en que murió el Hijo de Dios, dice:
«No debemos pensar que tuvo otro motivo sino el dar a conocer al mundo el amor que le tiene, a fin de que el mundo sea cautivado por su amor; y se manifestase así, por la muerte del Hijo de Dios, la máxima fuerza del Reino, que es el amor. En modo alguno ocurrió la muerte de nuestro Dios para redimirnos de nuestros pecados, ni por otro motivo, sino tan sólo para que el mundo experimentase el amor que Dios tiene a la creación». La remisión de los pecados podía haberla hecho de otros modos. Pero se sometió a la cruz, aunque no era necesario, lo cual se comprende cuando oímos de su boca, «tanto amó Dios al mundo que le dio a su unigénito Hijo, para poner en marcha el plan de su instauración. Y ¿no nos da vergüenza el despojar de esta idea al misterio de la economía del Señor y a la muerte de Cristo y a su venida al mundo y se la atribuyamos a la razón de ser en la redención de nuestros pecados?». En ese caso, si no fuésemos pecadores no habría venido el Señor ni hubiese muerto el Señor… «Decir que el Verbo de Dios asumió nuestro cuerpo por los pecados del mundo, es ver tan sólo ‘lo exterior de la Escritura’». Con ello se privaría a los hombres y a los ángeles de grandes bienes. «¿Y por qué vituperar al pecado que nos trajo tantos bienes?», cuales son la pasión y muerte del Señor para librarnos de la condenación… «Todas estas maravillas habría que atribuirlas al pecado, pues, de no estar sujetos a su esclavitud, careceríamos de todas ellas… No es así. Lejos de nosotros el contemplar la economía (de gracia) del Señor y los misterios tan eficaces para darnos confianza, ‘como si fuésemos niños. Sería quedarse en la superficie de las Escrituras’ que de ellos hablan».

MEDITACIONES





viernes, 7 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 1





Cap. I: Del cuerpo del Señor

1Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí. 2Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. 3Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. 4Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). 5El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). 6Por eso no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). 7Pero ni el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra manera que el Espíritu Santo. 8De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. 9Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan, 10como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); 11y: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55). 12De donde el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. 13Todos los otros que no participan del mismo espíritu y se atreven a recibirlo, comen y beben su condenación (cf. 1 Cor 11,29).
14De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal 4,3). 15¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). 16Ved que diariamente se humilla (cf. Fil 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) vino al útero de la Virgen; 17diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; 18diariamente desciende del seno del Padre (cf. Jn 1,18) sobre el altar en las manos del sacerdote. 19Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. 20Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, 21así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. 22Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20).


VERSIÓN DE DIOS (Pedro Casaldáliga)

En la oquedad de nuestro barro breve
el mar sin nombre de su luz no cabe.
Ninguna lengua a su Verdad se atreve.
Nadie lo ha visto a Dios. Nadie lo sabe.

Mayor que todo dios, nuestra sed busca,
se hace menor que el libro y la utopía,
y, cuando el Templo en su esplendor lo ofusca,
rompe, infantil, el vientre de María.

El Unigénito venido a menos
transpone la distancia en un vagido;
calla la Gloria y el Amor explana;

Sus manos y sus pies de tierra llenos,
rostro de carne y sol del Escondido,


¡versión de Dios en pequeñez humana!



El signo del Pan que da la vida 

«En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,54-55).
Jesús sabe muy bien que esto les incomoda a algunos de sus seguidores. Pero, ¿qué hace Él? ¿Trata de explicarles el misterio? ¿Les ofrece una interpretación teológica? No, dice simplemente:
«El Espíritu es el que da vida; la carne de nada aprovecha. Las palabras que yo os he dicho, son Espíritu y Vida» (Jn 6,63).
En otras palabras, Jesús pide a sus seguidores simplemente que lo reciban en sus palabras. Solamente si aceptan el misterio de lo que Él les dice podrán experimentar la realidad de la que les está hablando
Jesús podría haber dicho igualmente: "¡Mirad, no hay manera de que vayáis a ser capaces de comprender este misterio! Limitaos a aceptarlo porque yo os lo pido. Quiero que creáis que al daros este pan y este vino me estoy dando a mí mismo. Si lo hacéis así, me encontrareis realmente presente en la Eucaristía, tanto si podéis explicarlo como si no".
Nadie puede jamás explicar un misterio plenamente. ¿Quién puede hoy explicar completamente el misterio humano de enamorarse? ¿Por qué pensamos entonces que tenemos que ser capaces de explicar un misterio divino?
Comprender cómo Cristo se nos hace presente en la Eucaristía no es nuestro problema. Es problema de Dios. Pero nosotros no hemos de resolver el problema de Dios. Sólo hemos de aceptar su promesa de estar presente para nosotros al partir el pan y al compartir el vino. Una vez que lo hacemos así, una vez que decimos que sí a su promesa de auto-entrega, nos abrimos a nosotros mismos a la posibilidad de experimentar la promesa divina.
¡Nos cuesta tanto tratar con el misterio! Tenemos una predisposición filosófica en contra de aceptar nada a menos que podamos explicarlo. No queremos aceptar que debe haber misterios que no comprendemos, que debe haber problemas que no podemos resolver.
Dios, sin embargo, no es un problema para resolver, sino un misterio para ser vivido, una realidad que hay que experimentar. Y un misterio no es un rompecabezas en el que haya que separar las piezas y volverlas a juntar, sino una verdad tan grande que sólo podemos tocar a la vez una parte de ella. Tenemos que ponernos a encontrarla pasito a pasito, conociendo de ella algunos aspectos a través de nuestra implicación en el misterio, sin esperar que vayamos a comprender nunca todo el dibujo. No se puede nunca asir un misterio; sólo podemos dejarnos asir por él.
Esa clase de renuncia, esa clase de entrega es necesaria si hemos de recibir el don de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Porque nosotros no podemos hacer que Jesús se nos haga presente. Nosotros no podemos manipular al Señor. Sólo podemos decir que sí, que estamos dispuestos, si Dios nos lo garantiza. Como dijo Jesús a sus discípulos: "Nadie puede aceptarme, nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede" (Jn 6,65).

(La Biblia y su espiritualidad; R.Rohr, SalTerrae)

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 2





Cap. II: Del mal de la propia voluntad

1Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). 2Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino a la obediencia, no pecó. 3Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él; 4y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la manzana de la ciencia del mal. 5De donde es necesario que sufra la pena.

Adán, Eva y el árbol: la Ley

            Tal como se nos describe en el relato de Adán y Eva, la humanidad sólo puede realizarse en el espacio de una Ley que configura el mundo tal y como lo quiere Dios. Esta Ley (la prohibición de no comer de un árbol entre los demás dados, de Gn 2,17) reflejaría, en primer lugar, que la realidad del hombre (de todo hombre) no puede identificarse con la totalidad de lo real. En segundo lugar, el que haya alguien que pueda dar esta Ley manifiesta, al tener poder para hacerlo, que en su origen nada pertenece al hombre, todo le es dado.
            Esto quiere decir que la realidad humana no es autogenerada, sino recibida. El hombre (cada hombre) no es toda la realidad, sobre todo no es ni puede ser origen de sí mismo. En este contexto y sólo en él, reconociendo su origen, puede realizarse el hombre en la imitación de Dios, Señor de la creación: de esta manera, todo es suyo. En este sentido, la Ley será, en el proyecto de Dios de constitución de la realidad, un espacio para la fe, para la libertad y para la realización de la vida -en este orden-.
            Aceptar la Ley (la no abarcabilidad de su ser por él mismo, aceptar el ser originado) es acoger la verdad última de la realidad, de la humanidad y su posible realización. Se trata de aceptar la lógica de la creación, su sabiduría íntima. Frente a eso “mentira es lo que oculta mi propio fundamento, no dejando que yo viva en transparencia. Mentira es que pretenda ser yo solo, rechazando así la gracia que me funda y acompaña la existencia (...) No me amo como soy, no quiero realizarme como derivado o dependiente”.
            Vivir de esta Ley es para el hombre vivir en una receptividad fundante de su actividad, se trata de acoger el señorío sobre la realidad primeramente como criaturas, no como creadores. La Ley es el espacio de la fe en Dios creador. Esta fe nos introduce en la misma estructura de la realidad, pero a esta verdad sólo se accede por la confianza, no por el saber propio que el hombre pueda conseguir (como dice la serpiente).
            El pecado será el rechazo de la fe, de la fe en la mediación de esta Ley. Es lógico que aparezca aquí la serpiente, signo de la tentación. Ésta existe siempre en la decisión que funda mi identidad. Está ahí manifestando que hay un hiato entre lo que estoy llamado a ser y el ser desde el que puedo elegirlo. Está ahí como memoria de lo que en nuestro interior es el reverso de nuestra llamada a ser hombres a imagen de Dios.
            Este hiato ha de ser transcendido en la imitación de Dios en dos aspectos que la misma estructura de la creación refleja: el primero la dinámica creativa de Dios, es decir, su darse hacia fuera; el segundo la dinámica sabática de Dios, es decir, la autorrepresión de su poder creativo para dejar espacio a lo distinto.
            La imitación (elemento estructural del hombre) que tendría que formarse en esta dinámica va a ser pervertida (de-formada) al sospechar de Dios, al ver en él a alguien celoso de la vida propia. De esta forma la humanidad va a distorsionar su ser imagen de Dios al imitarle en lo que no es: apropiación envidiosa del ser. “La criatura que lo tiene todo de Dios, quiere ser por sí misma. En una mala imitación de Dios (San Agustín) convierte su vocación en tentación”. El hombre queda preso de la falsa percepción de la presencia de Dios. Eva imita “sin darse cuenta el fantasma de su propia envidia”.
            La lógica del don ha sido trastocada por la de la apropiación, tal y como surge de la no superación del hiato que debería sacarnos de la indiferencia desde la que somos engendrados hacia una identidad diferenciada y agradecida. Ahora vivimos en una obsesión por la identidad que nos ata a un conflicto permanente con el otro.
            La envidia y la mentira se entrelazan en el pecado de los orígenes. La mentira va a crear una realidad distinta. Cuando se acepta la mentira, se resitúan todos los elementos de la realidad. En este sentido la mentira es creadora de una realidad inexistente y no proyectada por Dios. “Descubrimos en qué grado la envidia de la serpiente subvierte el orden hasta las raíces del ser, llega a ser negación de sí. Comprendemos, al mismo tiempo, por qué el pecado se emplaza tan próximo a la creación, ya que no es otra cosa que el rechazo de ser creado, fundado en otro que no sea uno mismo. Es una especie de auto-decreación”. “El pecado se presenta así como voluntad de matar a Dios acusándolo de ser enemigo de nuestra vida”. Es la creación humana, sin Dios. Se juntan así mentira, envidia y asesinato en un mismo acontecimiento poliédrico que describirá san Juan cuando acuse al diablo de ser homicida y mentiroso desde los orígenes (Jn 8, 44).
            La puerta del paraíso se ha cerrado. El hombre ha construido su propio mundo expulsando a Dios de él. Dios ha quedado encerrado en el paraíso que quiso para el hombre y donde el hombre no ha entrado.


            Frente a la complacencia primera de Dios al mirar la realidad, nos encontramos al final de la acción humana con la repulsa divina a una tierra sometida por la per-versión humana. Es el itinerario que va desde el estribillo “vio Dios que era bueno” que cierra cada uno de los días de la creación, hasta su arrepentimiento por haber creado el mundo al verlo lleno de mal, violencia e injusticia (Gn 6, 5-6.11.13; 8,21). El no querer morir, que no es sino la falta de fe en el origen (el creador y su sacramento, el modelo), el miedo a dejarle sitio asumiendo una pequeña muerte simbólica para acceder a la propia identidad, han creado un hombre sometido a la sospecha y la envidia. Esta situación, sin embargo, se va a ensanchar aún más hacia el asesinato.

(La humanidad re-encontrada en Cristo; F.García Martínez, PUPS.) 

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 3





Cap. III: De la perfecta obediencia

1Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33); 2y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). 3Deja todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en manos de su prelado. 4Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia.
5Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio a cumplir con obras las cosas que son del prelado. 6Pues ésta es la obediencia caritativa (cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo.
7Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. 8Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. 9Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida (cf. Jn 15,13) por sus hermanos.
10Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26,11; 2 Pe 2,22); 11éstos son homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 4




Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía


1No he venido a ser servido, sino a servir, dice el Señor (cf. Mt 20,28). 2Aquellos que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa prelacía tanto, cuanto si hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies a los hermanos. 3Y cuanto más se turban por la pérdida de la prelacía que por la pérdida del oficio de lavar los pies, tanto más acumulan en la bolsa para peligro de su alma (cf. Jn 12,6).  


¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...¡La corona de espina del servicio! -se lamentaba aquel Provincial- ¡Cómo duele!... ¡Sobre todo cuando te la quitan!!!