EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

miércoles, 8 de abril de 2020

JUEVES SANTO 2020


JUEVES SANTO   Ex 12,1-8.11-14; Co 11,23-26; Jn 13,1-15
Antes de que le amarren las manos y los pies con cuerdas y con clavos, Jesús quiere poner el gesto que mejor represente, lo que siente en ese momento de angustia y de confusión: comer la gran fiesta de la Pascua con sus amigos. Era la celebración del pueblo esclavo que fue liberado por Dios de la opresión de un gran imperio. En aquel tiempo Dios envió a Moisés para su misión con el pueblo judío. Ahora Dios se envió a sí mismo en el Hijo para la liberación de todos los pueblos.
El instinto de sacrificar es el reconocimiento profundo de que algo siempre tiene que morir para que algo mayor pueda nacer. Comenzó con sacrificios humanos (Abraham e Isaac), de ahí nos trasladamos al animal, y gradualmente nos vamos acercando a lo que realmente tiene que ser sacrificado -nuestro bien amado ego- ¡el cual guardamos y protegemos como un lindo corderito casero! Sin embargo, en el arte de sacrificar, vemos actualmente como algunos siguen inventando métodos nuevos y “accidentales”. Hay muchos modos de estar “enfermos”, y ahí lo dejamos…
Siempre somos "nosotros", en nuestra juventud, en nuestra belleza, en nuestro poder y sobreprotección, los que debemos ser entregados. De no ser así, nunca creceremos, y nunca seremos lo suficientemente grandes para "comer" el Misterio de Dios y del Amor. Se trata realmente de "pasar al otro lado", a la otra dimensión de la fe y de la vida. Y esto nunca sucede sin que algo "muera en las dimensiones anteriores". Este es un verdadero rito de un día muy significativo que reúne todos los mensajes absolutamente esenciales que muchas veces se evitan -el sufrimiento necesario, el verdadero compartir, la intimidad divina y el amor del que sirve-.
El gesto que el Señor nos invita a dejarnos hacer es un gesto puramente gratuito, que brota del deseo del amor y no de la necesidad de reconocimiento. Un gesto que purifica nuestro modo de servir y nos iguala a todos. Pero, “la gratuidad es un sentido que hemos perdido, por eso hemos perdido también el sentido de Dios”. Sólo cuando soy capaz de recibir de balde estoy en condiciones de poder ofrecer gratis también.
Hoy, somos incitados a vivir dos mandatos que son inseparables y complementarios: “Haced esto en memoria mía” (la cena); “lo que yo he hecho hacedlo también vosotros” (el servicio).
La persona es un ser lleno de necesidades: amor, seguridad, pan, reconocimiento. Los humanos luchamos a muerte para "llenar" nuestra "vaciedad". A veces "vaciando" a los otros (y tal vez lamentando: "que mal me sabe, perdona, te he pisoteado para poder subir"). Basta con prestar atención a nuestras pequeñas envidias y a nuestras grandes guerras. Basta con mirar a los grupos económicos, a las sociedades, a los países, a los bloques... Así dividimos el mundo en dos grupos: "los Señores", los que pisan fuerte, los que viven a cuenta del honor y riqueza de los otros. Y "los Siervos", los que han de vivir sirviendo, mendigando, humillándose..., comprando el derecho a existir.
La revolución cristiana: el Señor se "llena", "vaciándose". Esta es la revolución cristiana: ya no es necesario "vaciar" al otro para sentirse "señor", nadie es un esclavo que tenga que regalar a otro su plenitud, de manera servil, para poder subsistir. Todos somos iguales, porque todos tenemos a Dios a nuestros pies.
Pedro no sabe entender. "No me lavarás los pies jamás en la vida".
El evangelista Juan sabe que la comunidad no lo acaba de entender. "¿Entendéis lo que he hecho?, vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo que soy el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros tenéis que lavaros unos a otros". Si el cristiano funciona así, dice Jesús, será bienaventurado: el Reino habrá llegado a nosotros.
Lavatorio de pies y Eucaristía son dos signos de lo que acontecerá mañana: un hombre que se entrega del todo a los otros para alimentarlos (pan), para alegrarlos (vino); que se entrega a fondo perdido sin que le quede ya nada, hasta la muerte, si fuera necesario, como de hecho lo fue.
El gesto no es sólo lavar los pies; el gesto es abajarse. Esta es la lección de Jesús: Dios está abajo, porque el lugar más bajo es el más universal.
Que el Señor y la Virgen de las Maravillas nos iluminen en este momento de “pandemia” y nos hagan capaces de contemplar la profundidad de su amor para con nosotros.  QUE ASÍ SEA…

miércoles, 1 de abril de 2020

MORIRÁS DE MUERTE



MORIRÁS DE MUERTE   

Es frecuente que en los conventos
se preparen para la muerte.

Nosotros no tenemos tiempo de hacerlo,
pero, a pesar de todo, estamos sabiamente preparados.

Es la vida la que nos prepara para morir
y conoce bien su oficio.
Basta con escucharla, verla, seguirla…

Ella nos explica la muerte poco a poco,
o de golpe, según qué días.
Unas veces, sin hacernos ningún daño.
Otras, dislocándonos de dolor.
Unas veces, subrayando
nuestras pequeñas muertes cotidianas,
otras, golpeándonos con la muerte de aquellos
a los que amamos más que a nosotros mismos.

La muerte se aprende cuando, al peinarnos por la mañana,
se nos caen los cabellos;
cuando perdemos el diente que nos ha dolido tanto tiempo;
cuando se nos forman patas de gallo;
cuando podemos decir,
al contar algunos pequeños recuerdos,
“hace diez o veinte o treinta años…”;
cuando cada año vienen con unas flores
a desearnos feliz cumpleaños,
unas flores que tienen un ligero aire de cementerio
y que celebran ese año menos
antes del último de nuestros años.

La muerte se aprende en cada encuentro
con quienes nos conservan nuestra infancia
y para los cuales seguimos siendo pequeños;
la memoria que flaquea;
la inmovilidad progresiva…;
aspectos humanos ocupados de antemano por la muerte.
Cada vez que volvemos al país de nuestra juventud,
se reduce la lista de las visitas a los vivos
y se alarga la visita a las tumbas.

La muerte se aprende en cada adiós definitivo
a los seres queridos.
Porque, aun cuando la fe y la esperanza unidas,
e incluso nuestra caridad para con ellos,
afirman nuestra alegría por saber que han llegado,
nosotros nos quedamos con nuestra sangre que protesta,
con nuestra carne abierta, herida,
nuestra carne,
a la que parece que han matado una gran parte,
y ese horror de la tierra, de la tiniebla y del frío,
que hizo llorar al propio Jesús.
La muerte se aprende cierta noche entre la vigilia y el sueño.
Nos revela que está al acecho,
acurrucada dentro de nosotros,
nos echa su aliento a la cara como para irnos habituando,
y nos sorprende tener tanta necesidad de valor.

No es preciso ser poeta para aprender la muerte,
cada noche, cada octubre,
con el viejo perro al que hay que sacrificar,
y esos extraños pequeños cadáveres de ratones y lagartos,
aplastados sobre el asfalto por las ruedas de los coches.

La vida es nuestra maestra de muerte.
Pero, a su vez, la muerte se convierte en maestra de vida
para nosotros que conocemos la penitencia humana.

Como la madre que sufre el alumbramiento de lo que nace,
como el padre suda para alimentar al niño que vive,
así llevamos nuestra muerte
empezada
y pronto terminada
como nuestro propio y definitivo alumbramiento.

Pero se trata de nacer bien cada vez que morimos,
de nacer un poco cuando morimos un poco,
y de nacer mucho cuando morimos mucho.
Se trata, en este trato con la muerte,
de aprender a tratar con la vida.
Se trata de virar hacia lo eterno,
como el negativo de una película,
en el que todo lo negro se vuelve blanco.

Se trata de abrir nuestros ojos de la fe
allí donde nuestros propios ojos están cegados.

Del mismo modo que al mirar nuestro jardín
no nos consterna el amarillear de una brizna de hierba,
interesémonos lo bastante por los “siglos de los siglos”
como para que el tiempo de nuestra vida nos sea indiferente
y para que todo lo que amamos esté ya transferido
a una eternidad tranquila.
Así aprenderemos a morir de muerte
para vivir de auténtica vida.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl)

lunes, 23 de marzo de 2020

VIVIR NO REQUIERE TIEMPO


VIVIR NO REQUIERE TIEMPO… 
Para hacer comprender que lo que más cuenta en el Evangelio no es el tiempo, serían necesarias multitud de comparaciones.
Entre las personas que se aman, el tiempo que se tarda en decirlo es a veces muy corto; cada cual tiene que marchar a su trabajo o a otra obligación; y ese trabajo o esa obligación no conservarán sino el eco de esas pocas palabras dichas en unos cuantos minutos.
Si hemos perdido a alguien a quien amábamos y encontramos una carta que nos revela algo de su vida, nos parece que hemos encontrado un tesoro, y ocupa nuestro espíritu como si de eso se tratara.
Y si por casualidad esas notas se refieren a lo que esa persona pensaba respecto de nosotros o deseaba que hiciéramos, se convertirán en nuestra preocupación dominante.
Si cuando éramos pequeños perdimos a un padre o a un hermano mayor al que hemos conocido a través de sus escritos, sus notas, sus últimos deseos…, el encuentro con uno de sus amigos que nos habla de él, que lo hace revivir con sus anécdotas, que nos cuenta lo que hacía y cómo lo hacía, será un acontecimiento capital en nuestra vida y ocupara nuestras reflexiones durante mucho tiempo.
El Evangelio es un poco todo esto para nosotros, o al menos debe serlo.
Si queremos estudiarlo desde el punto de vista de la historia o de la crítica, nos exigirá tiempo; si queremos profundizar en lo que vincula la doctrina de la Iglesia con ciertos pasajes del Evangelio, también esto nos exigirá algún tiempo.
Pero si en el Evangelio buscamos -lo que no nos impide buscar el resto- algo del Señor vivo que aún no conocemos: profundizar en su palabra, en su pensamiento, en su modo de actuar, en lo que quiere de nosotros…, en suma, profundizar más en él mismo -ese “él mismo” que buscamos allí donde nos dice que está y que nunca nos parece suficiente-, no es tiempo lo que necesitamos para encontrarlo; o, más exactamente, lo que necesitaremos será, en cierto modo, todo nuestro tiempo.
Vivir, en efecto, no requiere tiempo: vivimos todo el tiempo; y el Evangelio, sea lo que sea para nosotros, debe ser, ante todo, vida. Para que hagan su obra de vida en nosotros, tenemos que llevar en nuestro interior las palabras del Evangelio que hemos leído, orado y tal vez estudiado todo el tiempo que precisen para que su luz nos ilumine y vivifique…/…

…/… Sobre la muerte que nos mata, san Pablo nos habla de “la carne” como un modo de vida que no lo es, porque no es la verdadera. Aunque se nos venga a la boca la palabra “resurrección”, no estamos hablando de una vida más allá de la muerte sino de “otra cosa”…
Somos “carne”, es verdad: somos barro, fragilidad, limitación, finitud, cansancio, error y fracaso. Somos deseo, y deseo permanentemente frustrado porque, aunque vivamos dejándonos llevar de “lo que me apetece”, esa aparente vida sólo conduce al vacío, el aburrimiento y la desesperanza de lo que siempre se termina. Esclavos de la vida, estamos amarrados en los vendajes que nos atan, aplastados por la losa de la insatisfacción. Queremos “otra vida” pero nos atan los deseos del dinero, de la comodidad, de la vida fácil y segura, del comer y del beber, de los números que cantan, de la ley y la norma externa, de la seguridad y de lo establecido. Estamos divididos entre el deseo de libertad y la necesidad de poseer, de ver y de tocar.
En realidad, lo que buscamos es más liberación que inmortalidad. Liberación de todos los dinamismos que tienen como único objeto la satisfacción de nuestro ser individual. Incluso en medio del amor, somos conscientes de que no sabemos, o no podemos, amar de verdad porque muchas veces sólo nos amamos a nosotros mismos…
Por eso Jesús no habla de inmortalidad sino de resurrección, liberación de aquello que, pareciéndonos dar vida, sólo nos da muerte, insatisfacción, fracaso, vacío. Ya Sócrates, Platón y los filósofos antiguos creían en la inmortalidad. También los hijos de Israel, aunque muy tardíamente. También Jesús creía en la inmortalidad. Pero la resurrección es otra cosa. Resucitar es volver a nacer a una vida diferente, a unos nuevos valores, a un nuevo ser y modo de vivir.
Y para eso hay que matar la muerte matando, en mí y en los demás, los dinamismos del egoísmo, del individualismo, de los deseos incontrolados, de la búsqueda del yo sin los demás.
Por eso es necesario morir para resucitar. Sólo la carne dominada da vida. Morir al yo es nacer al nosotros, a la fraternidad, la solidaridad, la alegría del compartir, de la amistad profunda. El fracaso que nos machaca es solo la muerte de un yo herido, que da dolor. También Jesús lloró. Y, sin embargo, esa muerte, era y es la oportunidad para otro modo de vivir que es liberación, “resurrección”.
Si miramos el espectáculo de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestras relaciones y de las ofertas de vida que nos promete el mercado, el consumo, la globalización y el simple desarrollo de la tecno-ciencia, ¡es muy poco lo que se nos promete! Es tan sólo la satisfacción de todo aquello que es pura y solo biología. Y nada más. El deseo más hondo está muerto o sepultado. Pero vivir de otra manera es ir contracorriente y hay que aceptar la aparente muerte que nos mata por el desprecio, el aislamiento social, la burla y hasta la persecución si nos negamos a seguir la corriente de lo que el “sentido común” parece que nos pide.
El bautismo nos devuelve a la vida. Porque es liberación. Es anticipo de verdadera resurrección. Entramos y nos sumergimos en el baño, en el agua que nos impide respirar y nos ahoga: es el “hombre viejo” que muere. ¡Bendita muerte porque sólo con ella puede nacer el “hombre nuevo” que somos! Muriendo al yo, que nos encierra, nos asimilamos a Jesús, el “hombre para los demás” y “resucitamos” con Él a una nueva vida, que es la Vida de Dios, la Vida del Amor, la Vida de la Libertad, la Vida del Espíritu. “Yo soy la resurrección y la vida”, dice Jesús. “Yo soy”… el Pastor de tu vida, la Puerta, la Luz, el Agua; el Camino, la Verdad y la Vida…
Hoy se nos pregunta por qué vivimos, hacia dónde apunta todo lo que deseamos y adquirimos, dónde está puesto nuestro “tesoro”, y si estamos dispuestos a “morir” a lo inútil, y aceptar la contradicción social, para vivir como cristiano la nueva vida del bautismo. ¿Quieres resucitar? ¿Quieres ser “persona-tijera” para cortar los vendajes de muertos en vida que nos rodean?.../…

.../… Algunas personas necesitan colirios para sus ojos, pues se les resecan, otros tienen en los ojos manantiales que parecen saltar hasta la vida eterna, y se los tienen que estar secando continuamente. En ocasiones el dolor puede llegar a secarnos el lacrimal y hasta el corazón y hacer que adoptemos ante la vida una actitud de rencor por creernos sometidos a un gratuito castigo, que creemos sufrir sólo nosotros, que no vemos que los otros sufran, y nos atrevemos a maldecir a un Dios en el que ya hemos dejado de creer, pero en el que -¿puede darse mayor desesperación?- reconocemos también la única puerta de nuestra esperanza, cuando todavía nos atrevemos a esperar, contra toda esperanza. Demasiadas lágrimas -¿pero, cuándo son demasiadas?- también pueden hacernos no ver bien ni contemplar la verdadera realidad de la vida.
Es cierto que a veces utilizamos nuestros cinco sentidos únicamente para comprar papel higiénico, necesario, contingente. Pero, si no tuviésemos siempre tanta prisa para dar el pésame, también dispondríamos de tiempo para la “resurrección”, que sucede ‘aquí’ pero que nos obliga a ‘ir más allá’. No hay cadenas comparables a las que forjan “la ignorancia y el miedo”, especialistas en matar toda fe en la esperanza que nos descubre el amor…
…Algún día, y ese día, no lo dudemos, llegará, nos será dado descubrir, que vivir no requiere tiempo, que la eternidad también era esto…
…pero, nosotros, sin saberlo, siempre queríamos estar en otra parte…/.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl & JLS, SJ & cía., OFM)

jueves, 12 de marzo de 2020

EL MAESTRO SUFRIMIENTO


EL MAESTRO SUFRIMIENTO

Con que facilidad nos deja la muerte sin palabras. De pronto no sabemos qué decir. Vivimos muchas veces fluctuando entre la luz de Dios y las tinieblas, olvidando que Dios ama la vida en el fracaso, en lo que nosotros consideramos fracaso, tanto como en el éxito. Nos cuesta creerlo, pero la vida eterna está aquí. La vida eterna es ahora. Pero nos da miedo esta evidencia.
No deja de ser curioso que justamente en aquello que no nos atrevemos a mirar esté Dios esperándonos, para reconfortarnos y quitarnos todos los miedos, para hacernos verdaderamente libres.
La aceptación momentánea de todo tal como es –morir, por ejemplo- vale más que mil años de piedad. A veces, bastaría con que hiciésemos del tiempo nuestro aliado, aunque siempre lo es, incluso cuando creemos tenerlo en contra. Para el cristiano la vida no es un problema que haya que resolver, ni una pregunta que haya que responder. La vida es un misterio, con un fondo difícil de ver, que a veces se manifiesta como abismo, quizá de inimaginable miseria, pero en el que también nos persigue el amor de Dios.
Si nos atreviésemos a despertar nos daríamos cuenta de que la fuente de todo el sufrimiento humano es considerar permanente lo que por esencia es pasajero; y se nos olvida que Dios nos ha propuesto un plan de amor interminable. Que pueda Cristo decir de mí: “Este es mi cuerpo”. Y Él, que es el camino, la verdad y la vida, nos susurra al oído: Deberías aprender a contemplar tus pecados para ver que el arrepentimiento alcanza su plenitud cuando uno consigue agradecer hasta sus propios pecados. Porque hay puertas a las que sólo podemos llamar para agradecer… En Getsemaní Cristo nos enseña a pedir “que se haga tu voluntad, no la mía”.
La oscuridad revela la ardiente belleza de la llama que, abrazada al tronco, lo ilumina y consume. Para conseguir una auténtica felicidad, hay que liberarla de las trampas: la principal es quizá la que afirma que sólo se puede ser feliz en los momentos luminosos de la vida; que en la felicidad nunca caben las lágrimas. Pero es posible una alegría profunda. Hecha de risas y lágrimas, capaz de vivirse en los momentos de euforia y de fiesta, pero también en las horas más oscuras. Es posible un gozo con raíces hondas, que se disfruta en los días radiantes, pero que no se apaga sin más ante la dificultad y la zozobra. Es posible la alegría, también de noche, en la noche oscura. Es posible, en fin, una felicidad liberada de la tiranía de sentirse bien a toda costa.
¿Por qué nos da miedo la muerte? Si al bebé, en la oscuridad del útero materno, se le dijera que fuera hay un mundo de luz, con altas montañas, grandes mares, onduladas llanuras, hermosos jardines en flor, arroyos de aguas frescas y cristalinas, un cielo cuajado de relucientes estrellas y un sol naciente, y tú, frente a todas estas maravillas, sigues encerrado en esta oscuridad. Igual que el nonato no sabe nada de estas maravillas, tampoco nosotros creemos nada de esto, cuando nos enfrentamos a la muerte… por eso tenemos miedo. Alguien podría decir que la muerte no puede ser luz porque es el final de todo, pero… ¿Cómo puede ser el final de algo que no tiene principio? La vida no es algo entre dos vacíos, sino entre dos plenitudes. Así pues, no podemos estar tristes en esta “noche de bodas” de nuestro matrimonio con la eternidad.
Es cierto que a veces parecen caer sobre nosotros un conjunto exagerado de sufrimientos. No lo entendemos, por más vueltas que le demos. Prácticamente todo el que intenta acercarse a Dios de manera realista, instalar la lógica de la fe en su vida, ser verdadero discípulo de Cristo, pasa un día u otro por esta clase de pruebas. No son dolores estándar, sino que están “hechos a la medida” de cada uno. Sin pasar por aquí no creo que se pueda creer en Dios, esperar en Dios, amar a Dios desinteresadamente, sin amarse a sí mismo egoístamente.
En esos momentos no se nos pide ser muy fuertes. No se le pide al trigo ser fuerte cuando se le muele, sino que deje que el molino lo haga harina. Es raro que en esos momentos comprendamos qué utilidad puede tener ese sufrimiento. Sólo tiene la apariencia de una monstruosa contradicción, no reconocemos la cruz en él. Es solamente después cuando llegamos a comprender que por ese sufrimiento “llegamos a ser lo que verdaderamente somos”.
Pero, actualmente, en determinados medios y ambientes, comienza a darse un silencio total con respecto a Dios. Por una extraña sustitución, la creación ocupa el “espacio” del Creador. Este silencio parece no alertarnos. Un peligro mayor se acerca a la Iglesia sin hacer ruido. El peligro de un tiempo, de un mundo en el que Dios ya no será negado ni combatido, sino excluido, donde será impensable -ninguna pobreza humana es semejante a esta-. Un mundo en el que querremos gritar su nombre, pero en el que entonces [nosotros] no podremos lanzar ese grito, porque ya no tendremos sitio donde poner los pies.
Todo ser humano, independientemente de su ideología política, de su religión, es primero, ante todo, nuestro hermano de creación. Este estado de ‘hermano’ ordena para nosotros las reacciones tanto lúcidas como severas que podamos tener cara a él. Pero ni la formación política más eficiente puede destruir a la persona que Dios ha creado. A ella nos tenemos que dirigir, cualesquiera que sean las deformaciones o desviaciones que tenga que haber soportado. Su corazón es un corazón humano, aquel al que Cristo se dirigió y al que quiere hablar a través de nosotros.
Y si creéis que no estáis en orden, que no sois del todo dignos, pese a todo, no olvidéis nunca, nunca, nunca... que las puertas de la misericordia del cielo -o del corazón de Dios, tanto da- no se cerrarán, aunque no haya ni un justo sobre la tierra. Aunque nos cueste creerlo, el DON no nos es arrebatado nunca-jamás…
Por todo, hoy Jesús se acerca a nosotros como antaño se acercó a la casa de Marta y María y nos pregunta: a la vista de la muerte que parece matar toda vida y todo amor, “¿Creéis, crees que yo soy la resurrección y la vida?”
Si creemos, se romperán las ataduras de la muerte y la vida empezará a ser eterna, pues para eso hemos nacido, para el eterno amor de Dios…
(M.D. & cía., OFM)            

jueves, 5 de marzo de 2020

NUESTROS DESIERTOS, Madeliene Delbrêl


NUESTROS DESIERTOS   

Cuando amamos, nos gusta estar juntos,
y cuando estamos juntos, nos gusta hablar.
Cuando amamos, resulta molesto
tener siempre mucha gente alrededor.
Cuando amamos, nos gusta escuchar al otro,
solo,
sin otras voces que nos estorben.

Por eso, los que aman a Dios
han amado siempre el desierto;
y por eso, a los que le aman,
Dios no puede negárselo.

Y estoy segura, Dios mío, de que me amas
y de que en esta vida tan saturada,
atrapada por todos lados por la familia,
los amigos y todos los demás,
no puede faltarme ese desierto
en el que se te encuentra.

Nunca vamos al desierto sin atravesar muchas cosas,
sin estar fatigados por un largo camino,
sin apartar la mirada de su horizonte de siempre.

Los desiertos se ganan, no se regalan.
Los desiertos de nuestra vida no se los arrancaremos
al secreto de nuestras horas humanas
más que violentando nuestras costumbres, nuestras perezas.
Es difícil, pero esencial para nuestro amor.

Largas horas de somnolencia no valen lo que diez minutos de verdadero sueño.
Lo mismo ocurre con la soledad contigo.
Varias horas de falsa soledad son para el alma menos reposo que un instante en tu presencia.

No se trata de aprender a perder el tiempo.
Hay que aprender a estar solo cada vez que la vida nos reserva una pausa.
Y la vida está llena de pausas que podemos o descubrir o malgastar.
En el más pesado y sombrío de los días,
¡qué emoción al prever
todos esos encuentros desgranados…!

¡Qué alegría saber que podemos levantar los ojos
hacia tu único rostro,
mientras espesa la papilla,
mientras el teléfono da comunicando,
mientras esperamos en la parada del autobús
que no llega,
mientras subimos la escalera,
mientras vamos al fondo del jardín a buscar
unas ramitas de perifollo para terminar la ensalada…!

¡Que extraordinario paseo será la vuelta en metro esta noche
cuando no se pueda distinguir a la gente que encontremos por la acera!
¡Qué paso hacia ti los retrasos de un marido, de los amigos, de los hijos que esperamos!
Toda prisa por lo que no llega suele ser signo de un desierto.
Pero nuestros desiertos tienen sólidas defensas,
aunque que no sean más que nuestras impaciencias,
nuestros ensueños vagabundos,
nuestro torpor
a la espera de unas vacaciones.

Pues así estamos hechos, y no podemos
preferirte sin un pequeño combate,
y tú, nuestro Bien Amado,
serás siempre comparado
con esta fascinación,
con esta obsesión agotadora de nuestras bagatelas.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl)