EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

viernes, 17 de enero de 2020

2º domingo T.O.; Jn 1,29-34


2º DOMINGO del TIEMPO ORDINARIO      Jn 1, 29-34

“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (…) Yo le he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Es lo que nos asegura Juan Bautista. Así que durante este año, cada domingo que nos preguntemos: ¿quién es este hombre? no hemos de olvidar que ya se nos ha dado de antemano la respuesta: el Hijo de Dios, el enviado para quitar el pecado del mundo. En los Evangelios se escriben los hechos y dichos de Jesús desde la fe en Él, y para que nosotros lleguemos a esa fe.
Esta fe que los evangelistas pretenden transmitirnos se hace presente a lo largo de los cuatro evangelios: Jesús, el carpintero de Nazaret, es “el hombre lleno del Espíritu”, y así es como se le presenta en el Jordán. Claro que alguno puede preguntarse: ¿Y qué tiene que ver ser el Hijo De Dios con quitar el pecado del mundo? Esta pregunta contiene la respuesta en su mismo planteamiento, porque el pecado del ser humano consiste precisamente en eso: “en no querer reconocerse como Hijo de Dios”, en empeñarse en ser su propio origen, cosa que ya se ve que es naturalmente imposible.
Recordemos que cuando Dios puso a Adán y Eva en el paraíso les dio una Ley (la prohibición de comer de un árbol entre los demás dados) que venía a decirles, en primer lugar, que la realidad del ser humano no puede identificarse con la totalidad de lo real, y en segundo lugar, que el que haya alguien que pueda dar esta Ley manifiesta, al tener poder para hacerlo, que en su origen nada pertenece al ser humano, todo le es dado.
 Negar esto, por una equivocada percepción de la realidad y por el afán de posesión que surge de ella, lleva al ser humano a ponerse en guerra contra todos, en los que no ve sino rivales y enemigos, haciendo así espacio en él al diablo, porque curiosamente “en nuestra vida, todo el espacio que le quitamos a Dios se lo concedemos al demonio”.
La presencia del Espíritu en Jesús le hace entregarse radicalmente al Reino, al anuncio de la Buena Noticia, y esta entrega la llevará a una consecuencia tal que asumirá la muerte y muerte de cruz como culminación de su entrega a la Misión que el Padre le ha confiado.
Este hombre lleno de Espíritu, entregado incondicionalmente a su Misión hasta la muerte, se lanza a su trabajo: predicar y curar, es decir, hacer presente el Reino y denunciar el anti-reino. El Reino es conocimiento y luz. El anti-reino es error y oscuridad. La plenitud del ser humano se da por el conocimiento de Dios y de sí mismo, y por la liberación de sus esclavitudes, de su incapacidad de hacer el bien atraído por el señuelo del mal, que siempre se presenta con apariencia de bien. Jesús rompe la condición pecadora del ser humano porque le da conocimiento de Dios y de sí mismo, y le hace capaz (por la fuerza del conocimiento mismo) de superar sus esclavitudes, su servidumbre respecto al mal: donde su miseria espiritual les hace olvidar “su hambre esencial” que les lleva a morir de inanición en toda una dimensión de su ser, la de aquel que padece una soledad inhumana al estar privado de su relación más esencial, la divina: su relación con Dios.
Así quita Jesús el pecado del mundo: iluminando, saciando, curando, limpiando. Por ello, toda la actividad de Jesús que iremos contemplando en los domingos siguientes son imágenes del “trabajo del Espíritu”. Jesús habla, explica con parábolas a Dios y la vida humana, hace accesible a cualquiera, a la gente más sencilla, el misterio de lo divino y lo humano, y cura, devuelve la vista, pone en pie, libera de esclavitudes diabólicas… En esas acciones, siempre a favor del esclavizado, y en esas palabras siempre reveladoras de la cercanía de Dios y de la dignidad del ser humano, reconocemos que en el carpintero de Nazaret está soplando como un huracán el Espíritu de Dios.
Como el Bautista reconoció en Jesús a “el Hijo”, deberíamos hoy, nosotros, en nuestra oración privada, hacer un acto de reconocimiento de Jesús. Hagámoslo sencillamente, con humildad, simplemente mirando a Jesús, a todo lo que conocemos de Jesús: sus andanzas por Galilea, sus palabras, sus curaciones, su valor al enfrentarse a la muerte… Sintamos en todo ello cómo el Espíritu le hace comportarse como Hijo, viviendo de los criterios y valores de las Bienaventuranzas, estando en las cosas de su Padre, siendo siempre un “Misterio escondido en Dios”.

lunes, 13 de enero de 2020

Evangelio según san Mateo, 11, 25-30




LA REACCIÓN DE LOS SENCILLOS (Mt 11, 25-30)
El pasaje contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación. En la primera el protagonismo es del Padre; en la segunda, del Hijo (Jesús); en la tercera, de nosotros.

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él y la cataloga en dos grupos. El de los “sabios y entendidos” y el de los “ignorantes”. Los sabios no siempre fueron estimados en tiempos antiguos, sobre todo por los profetas. “¡Ay de los que se tiene por sabios y se creen inteligentes!” (Is 5,21). “Fracasará la sabiduría de sus sabios y se eclipsará la prudencia de sus prudentes!” (Is 29,14). “No se gloríe el sabio de su saber” (Jr 9,22). Naturalmente otros autores gran importancia a la sabiduría, ya que la veían como don de Dios. Daniel, en interesante contraste con lo que dice Jesús, alaba a Dios porque “Él da sabiduría a los sabios y ciencia a los expertos” (Dan 2,21). Esta misma mentalidad es la que predomina en tiempos de Jesús entre los autores apocalípticos, los esenios de Qumrán y los rabinos: los misterios de Dios se conocen por revelación suya o por el estudio de la Torá.
Frente a esta mentalidad, la afirmación de Jesús de que Dios oculta estas cosas a los sabios y las revela a la gente sencilla resulta polémica y de gran novedad. En el contexto, los sabios y entendidos son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Por eso se permiten criticar a Juan y a Jesús.
Por otra parte, está el grupo de la gente ignorante, sencilla, sin prejuicios, a la que Dios puede revelar algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… la comunidad de Mateo. Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque como, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.
La diversa reacción de los dos grupos podríamos atribuirla a factores humanos: estudio, carácter, educación. Para Jesús, ha sido Dios Padre quien ha ocultado “estas cosas” a unos y las ha revelado a otros. Afortunadamente, Jesús no fue jesuita ni dominico. En caso contrario se habría enzarzado en una disputa, tan terrible como inútil, sobre la predestinación y la gracia. Él no discute, bendice al Padre; eso le ha parecido mejor, y él respeta su decisión y la alaba, por extraña que parezca.

Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en el poder de Jesús y en lo que puede revelarnos. “Todo me lo ha encomendado mi Padre”. ¿Qué le ha encomendado? Algunos relacionan esta frase con el final del evangelio, donde Jesús afirma: “Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra” (Mt 28,18). En el contexto actual significa que todo lo que hace y dice no es por iniciativa propia, sino por encargo de Dios. El cuarto evangelio concreta los dos poderes más grandes que el Padre le ha dado: juzgar y dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Las personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.
Hay en el v.27 algo sorprendente: al Padre podemos conocerlo porque Jesús nos lo revela;  pero al Hijo sólo lo conoce el Padre, y no se dice que esté dispuesto a revelárnoslo. Jesús es “un misterio escondido en Dios”. El lector del evangelio debe recordar esta advertencia. Se preguntará a menudo quién es Jesús, se sorprenderá de lo que dice y hace, podrá entusiasmarse con su persona, estar dispuesto a seguirlo, estudiar cada una de sus palabras. Pero nunca podrá decir que lo conoce plenamente. Será siempre un misterio, por más libros de cristología que se escriban.

Invitación. A pesar de lo anterior, aunque Jesús ha dicho que nadie conoce al Hijo sino el Padre, ahora él se da a conocer diciendo lo que hace y lo que es. Lo que hace es dar respiro a los cansados y agobiados por el yugo de las leyes y normas que imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitía. La forma de encontrar respiro es acudir a Jesús, cargar con su yugo y aprender de él. Aquí no se habla de cargar con la cruz y del posible martirio, sino de todo lo contrario, porque el yugo es suave, pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos siguientes (las espigas arrancadas en sábado y la mano curada en sábado), centrados en la observancia del sábado. Pero Jesús pide también que aprendamos de él, que es “manso y humilde de corazón”. El término “manso” lo hemos encontrado en la bienaventuranza de “los mansos” o “no violentos” (Mt 5,5); aquí encajaría bien en el sentido de no violencia religiosa. Frente a los fariseos, duros e inmisericordes con el pecador, Jesús se porta mansamente, como ha hecho con Mateo y sus amigos pecadores. Con su mansedumbre y humildad Jesús es modelo para la gente sencilla a la que el Padre se revela. Imitándolo a él se encuentra el reposo.
Estos versículos tienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela “estas cosas”, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiario es el ser humano que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana. Esto quedará claro en los episodios que siguen.

(El evangelio de Mateo, un drama con final feliz. José Luis Sicre, Verbo Divino)

domingo, 15 de diciembre de 2019

CONVERSACIONES CON LAO TSÉ


MUTACIONES: TUI, EL LAGO, LA HIJA MENOR
(Conversaciones con Lao Tsé)

Principio y fundamento de la alegría como atributo personal significa que la verdad, la fuerza y la firmeza interior se manifiestan hacia afuera mediante la suavidad y la dulzura; claro que, se requiere también como necesaria la constancia. Así se adopta la postura correcta ante Dios y las personas. Cuando por la amabilidad conquistamos a los que podríamos llamar buscadores, ellos asumirán todas las circunstancias penosas, y no se arredrarán ni tan siquiera ante el poder de la muerte. Así de grande es el poder de la alegría.
Algunos caminos nos obligan a ir más allá de los opuestos mentales a los que tan acostumbrada está la mente dualista, entonces nos es dado descubrir que somos como un profundo lago. La situación externa de nuestra vida, y lo que allí ocurra, es como la superficie del lago. A veces está en calma, otras veces agitada, dependiendo de los ciclos y estaciones. Sin embargo, en lo profundo, el lago siempre permanece inalterado. Debemos ser conscientes de la totalidad del lago, no sólo de la superficie, y estar en contacto con nuestra propia profundidad, que permanece absolutamente quieta. No nos resistimos al cambio aferrándonos mentalmente a ninguna situación. Nuestra paz interna no depende de ello. Habitamos en el Ser -inmutable, intemporal, inmortal- y ya no dependemos del mundo externo, de las formas eternamente cambiantes, para sentirnos felices o satisfechos. Puedes disfrutar de las formas, jugar con ellas, crear nuevas formas apreciar la belleza de las cosas…, pero no necesitas apegarte a nada.
Una de las prácticas espirituales más poderosas es la de meditar profundamente en la mortalidad de las formas físicas, incluida la propia. A esto se le llama “morir antes de morir”. Entra en esta práctica profundamente. Tu forma física se está disolviendo, deja de ser. Después llega un momento en que todas las formas mentales o pensamientos también mueren. Sin embargo, ‘tú’, la presencia divina que eres, sigue estando allí. Radiante, plenamente despierto. ‘Nada real ha muerto jamás; sólo los nombres, las formas y las ilusiones’.
‘La realización de la dimensión inmortal’, tu verdadera naturaleza, es el otro lado de la compasión. Desde el sentimiento profundo ahora reconoces tu propia inmortalidad, y a través de la tuya, también la de todas las demás criaturas. En cuanto a la forma, compartes la mortalidad y la precariedad. En cuanto al ser, compartes la vida radiante, eterna. Estos son los dos aspectos de la compasión. En la compasión, los sentimientos aparentemente opuestos de tristeza y alegría se funden en uno y se transmutan en una profunda ‘paz interna’. Es la ‘paz de Dios’, uno de los sentimientos más nobles que los seres humanos podemos sentir, que tiene una gran cualidad sanadora y un tremendo poder transformador. Pero la verdadera compasión es bastante rara. Tener un alto grado de empatía por el sufrimiento de otro ser humano requiere, ciertamente, un alto grado de conciencia, pero ésta es sólo una de las caras de la compasión. No lo es todo. La verdadera compasión va más allá de la empatía o de la simpatía, y no despierta hasta que la tristeza se funde con la alegría, la alegría de Ser más allá de la forma, la alegría de la vida eterna.
Recuerda que tu percepción del mundo es un reflejo de tu estado de conciencia. No estás separado del mundo. No hay un mundo objetivo ahí afuera. Tu conciencia crea el mundo que habitas a cada momento. Una de las grandes comprensiones aportadas por la física moderna es la de la unidad entre el observador y lo observado: ‘la persona que dirige el experimento -la conciencia observante- no puede separarse del fenómeno observado, y si miras de otra forma, el fenómeno observado se comportará de manera diferente’. Si crees, a nivel profundo, en la separación y en la lucha por la supervivencia, entonces verás esa creencia reflejada a tu alrededor por todas partes, y tus percepciones estarán gobernadas por el miedo. Vives en un mundo de muerte donde los cuerpos luchan, se matan y se devoran unos a otros.
Nos toca despertar de nuestra identificación con la forma, porque nos jugamos algo importante. Entonces ya no estarás ligado a este mundo, a este nivel de realidad. «Puedes sentir sus raíces de lo No-Manifestado, y así eres libre del mundo manifestado. Puedes seguir disfrutando de los placeres efímeros del mundo, pero ya no temes perderlos y tampoco necesitas aferrarte a ellos. Aunque puedes disfrutar de los placeres sensoriales, el ansia de experiencia sensorial desaparece, como también desaparece la búsqueda constante de gratificación psicológica, que es alimento para el ego. Estás en contacto con algo infinitamente mayor que cualquier placer, mayor que cualquier cosa manifestada».
En cierto sentido ya no necesitas del mundo. Ni siquiera necesitas que sea distinto de como es. Sólo en este punto eres capaz de sentir verdadera compasión y de ayudar eficazmente a los demás en el nivel de las causas. Sólo los que han trascendido el mundo pueden crear un mundo mejor.
La naturaleza dual de la verdadera compasión es conciencia del vínculo común de la mortalidad y la inmortalidad que compartimos. En este nivel profundo, la compasión se convierte en sanación en su sentido más amplio. En ese estado, tu influencia sanadora no se basa fundamentalmente en el hacer, sino en el ser. Mucha gente no se da cuenta de que la “salvación” no está ni puede estar en las cosas que hacen, poseen o logran. [En “Sabiduría de un pobre”, donde narra algunos aspectos de la psicología de san Francisco de Asís y su relación con Dios, dice E. Leclerq: “El hombre no se salva por sus obras, por muy buenas que sean. Es preciso que se haga él mismo obra de Dios… Entonces se hace niño y juega el juego divino de la creación.  Puede mirar con igual corazón al sol y a la muerte. Con la misma gravedad y la misma alegría”]. Los que se dan cuenta de ello se sienten a menudo cansados del mundo y se deprimen: Si nada puede darme la verdadera satisfacción, ¿queda algo por lo que merezca la pena luchar? ¿Para qué intentar nada? El profeta del AT debió haber llegado a esta misma conclusión cuando escribió: “He visto todo lo que se hace bajo el sol, y todo es vanidad y atrapar vientos” (Qo). Cuando llegas a este punto, estás a un paso de la desesperación, y también a un paso de la iluminación .“Es hora de dejarle a Dios ser Dios”.
Todas las personas con las que entres en contacto se sentirán tocadas por tu presencia y afectadas por la paz que emanas, seas consciente de ello o no. Cuando estás plenamente presente y la gente que te rodea muestra una conducta inconsciente, no sientes la necesidad de reaccionar a ella porque no le concedes el carácter de realidad. “Tu paz es tan profunda y vasta que cualquier cosa que no sea paz desaparece en su seno como si nunca hubiera existido”. Esto rompe los ciclos de acción y reacción. Los animales, los árboles y las flores sentirán tu paz y responderán a ella. Enseñas mediante tu ser, demostrando la paz de Dios. Te conviertes en la “luz del mundo”, una emanación de conciencia pura, y por tanto eliminas el sufrimiento de raíz. Eliminas la inconsciencia del mundo.



miércoles, 27 de noviembre de 2019

¡¡¡COMO NO TE COMPRENDO, TIENES QUE ESTAR EQUIVOCADO!!!



...¡¡¡CÓMO NO TE COMPRENDO, TIENES QUE ESTAR EQUIVOCADO!!!...
Desde el propio nivel de desarrollo espiritual, sólo se puede alcanzar a comprender a las personas que están sólo un poco más allá que uno mismo. Algunos teóricos dicen que uno no se puede estirar más que un paso sobre el propio nivel de conciencia, y que eso ocurre en un día bueno. A causa de esta limitación, los que están en niveles más profundos (o "más altos"), más allá del propio, invariablemente aparecen como equivocados, pecadores, heréticos, peligrosos y aún merecedores de ser eliminados. ¿De qué otra manera podemos explicar el que los profetas tan a menudo fueran asesinados, que los verdaderamente santos fueran marginados como ingenuos, y la existencia de las más bien abundantes actitudes racistas, autoprotectoras y belicosas de personas que se consideran civilizadas? Se puede ser "civilizado" y, con todo, estar juzgando desde una postura enteramente egocéntrica de un estado inicial de desarrollo. De hecho, una de las mejores cubiertas de personas muy narcisistas es ser educado, sonriente y del todo civilizado. Me han dicho que Hitler amaba a los animales y la música clásica, sobre todo Wagner [...quizá por eso, como dice W. Allen, cada vez que escuchamos a Wagner -la Valquiria- nos entran ganas de invadir Polonia].
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Si el cambio y el crecimiento no están programados en la propia espiritualidad, si no hay advertencias serias sobre el efecto negador del miedo y el fanatismo, la religión terminará, por venerar el statu quo y proteger la postura presente del yo y las ventajas personales... ¡como si fueran Dios! Aunque el primer mensaje predicado por Jesús es claramente: !¡Cambiad!" (como en Mc 1,15 y Mt 4,17), cuando dijo a sus oyentes que se "convirtieran", lo que literalmente significa "cambiad vuestra mente", no ha influido fuertemente en la historia cristiana. Esta resistencia al cambio es tan corriente, de hecho, que es casi lo que esperamos de las personas religiosas, que tienden a que les guste mucho más el pasado que el futuro o el presente. Todos podemos concluir que gran parte de la religión organizada está viviendo dentro de los puntos de la "primera mitad de la vida", lo que normalmente coincide con el lugar en que en cualquier cultura está la mayoría de las personas. Todos recibimos y transmitimos lo que nuestras gentes están dispuestas a oír, y la mayoría de las personas no son "pioneros". Sin embargo, la inteligencia de los animales se determina por su capacidad de cambiar y adaptar su conducta en respuesta a circunstancias nuevas. Los que no lo hacen se extinguen.
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Este esquema de resistencia es tan claro y aun destructivo para Jesús que hace que resuene en uno de sus dichos menos amables: "No echéis a los perros lo santo ni tiréis perlas a los cerdos porque las hollarán y luego se volverán contra vosotros y os despedazarán" (Mt 7,6). Podríamos ahorrarnos muchos disgustos o acusaciones sabiendo cuándo, dónde, a quién y cómo hablar sobre cosas espiritualmente maduras. Haríamos mejor en ofrecer lo que cada cual está dispuesto a oír estirándolo sólo un poquito. Ken Wilber dice que la mayoría de nosotros sólo quiere poner en cuestión el cinco por ciento de nuestra presente información sobre cualquier punto... ¡incluso en un buen día! Sospecho que los profetas son esos a quienes no les importa si la gente está dispuesta a escuchar su mensaje. Lo dicen porque tiene que decirse y porque es verdad.
Si no hay una autoridad sabia capaz de protegerlos y hacer real lo que dicen, la mayor parte de las personas proféticas o sabias, y casi todos sus "tempranos clientes", casi son "despedazados". Su sabiduría suena como una locura peligrosa, como la mayor parte del Sermón de la Montaña de Jesús, como Gandhi le sonaba a la Gran Bretaña, Martin Luther King a la América blanca, Nelson Mandela a la holandesa y reformada Sudáfrica, Harriet Tubman a las Hijas de la Revolución Americana, y las monjas norteamericanas al patriarcado católico.
.../... (RR. & Cía.)

jueves, 3 de octubre de 2019

SAN FRANCISCO DE ASÍS


DONDE NACEN LOS RÍOS

Hay algo que nos lleva a la condición de vivir “allí donde nacen los ríos”, es decir, en una dimensión diferente, trascendente a la de nuestra experiencia terrena.
Cuando de algún modo, en el viaje de nuestra vida, hemos encontrado lo que hay que encontrar, nos damos cuenta de que no es de este mundo, donde todas las cosas son efímeras. Nada nos evitará las lágrimas, pero éstas pueden ser de muchos tipos: dolor, tristeza, alegría… Hay una victoria trágica en la vida de cada persona, un triunfo que nos llega a través de la imagen del fracaso, o de lo que hasta entonces consideramos fracaso; es la paradoja de la vida espiritual.
Vista desde los condicionamientos de este mundo, la vida bien podríamos definirla como un viaje trágico, un verdadero fracaso, pese a todo, que termina con la derrota de la muerte. Pero la misma frase es ambigua: porque la que parece que nos derrota, termina siendo la derrotada. Nadie podrá entender esto sin pasar por aquí.
Pero, el triunfo del que hablamos “no es de este mundo”, porque el nacimiento espiritual que nos es concedido a través de la muerte, visto desde el nivel mundano de la mente ordinaria, es como una muerte. Y lo cierto es que no puede ser de otra manera.
A veces nos atascamos en la idea de que verdaderamente todo es inútil. Pero, esto sólo es así desde la perspectiva de una visión inmadura de la vida, de la búsqueda y de lo que haya de ser encontrado al final. El fracaso egoico -el fracaso del yo- como evento central de un camino que es inherentemente un camino de autoaniquilación es, por supuesto, un éxito. Por eso es apropiado que nuestra última victoria semeje un fracaso: “¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Debemos comprender la verdad de la impermanencia. No nos vamos con las manos vacías. No somos el mismo que nació e inició el viaje, somos, al final, personas distintas, con la sensación de que, pese a todo, el viaje, ha valido la pena…, y continúa, de un modo sólo accesible a los ojos del corazón.
Así como el fuego en su evanescencia evoca la vida, hay una aparente inmutabilidad que sugiere la muerte, pero muerte en un sentido de algo que trasciende a la muerte misma: una permanencia que no es de este mundo, donde todo es impermanente, pero donde también es posible un conocimiento de lo impermanente, una sabiduría o una conciencia más allá de todo lo transitorio. La vida no es algo que se termine nunca…
Hay viajes que nos descubren al final que la “otra orilla” en cuya búsqueda partimos no era otra que aquella que habíamos dejado atrás, sólo que iluminada por la conciencia de la muerte.
De una manera velada, toda nuestra vida nos remite al hecho paradójico de que el viaje no necesita hacerse y que, sin embargo, nadie puede saber esto plenamente sin haberlo realizado.
Es entonces cuando nos es dado conocer el por qué de las lágrimas y de la paz.

martes, 1 de octubre de 2019

NO TENGÁIS MIEDO


NO TENGÁIS MIEDO 
“No tengáis miedo”, nos dice Jesús una y otra vez en los evangelios. Se trata de una advertencia que podemos aplicar a todas las situaciones de miedo paralizante que nos podemos encontrar en la vida.
El miedo es un sentimiento que surge en la persona ante un estímulo que interpreta como peligroso para su subsistencia. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto primero es defender la vida biológica; sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza. Este miedo es natural y sería inútil luchar contra él. Pero el ser humano puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar sus posibilidades de verdadera humanidad. Este miedo artificial en lugar de defender aniquila. Este miedo es lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.
¿Por qué tenemos miedo? Anhelamos colmar nuestro déficit de ser, intentamos conseguirlo, pero surge en nosotros el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. Creemos ser lo que no somos y quedamos enganchados a ese falso “yo”: de ahí nuestro miedo a la muerte. No hemos descubierto lo que realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente. Jesús nos dice: “La verdad os hará libres”. Por algunos miedos nos convertimos en creadores de máscaras que nos tranquilizan y a las que terminamos confundiendo con nosotros. Si conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para esos miedos. Hay que seguir profundizando en el autoconocimiento.
Si Jesús nos invita a no tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. Dios no es la garantía de que todo va a salir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso.
La confianza no surge de un voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es en nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está en mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí no es una pérdida, sino una ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios y no tengo nada que temer.
Hablar de la confianza en Dios, nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de confiar en un ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera, aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. Por grande que sean el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para la confianza y la alegría -aunque no por ello podremos evitar las lágrimas-.
Si de verdad me creo que, visto desde Dios, todo es uno, entonces surgirá en mí un sentimiento de total seguridad de total confianza, en lo que soy y en lo que yo significo para Dios. Lo mismo que descubriré lo que Dios significa para mí. Esta experiencia no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos. Jesús nos invita a no tener miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de nosotros mismos.
Todos los miedos se resumen en el miedo a morir. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. Temer la muerte es temer perder todo eso. Por tanto, es un contrasentido intentar alcanzar la plenitud de la vida y seguir temiendo la muerte. En el evangelio está muy claro. Aunque te quiten la vida, lo que te arrebatan es lo que no es esencial para ti.
Pasamos buena parte de la vida buscando caminos, ensayando senderos, dibujando horizontes y soñando con proyectos hasta que un buen día nos damos cuenta de que es el camino quien nos busca a nosotros, que el camino no había que inventarlo, sino simplemente descubrirlo. Que la vida nos ofrece lo necesario para entrar en esa patria a la que Jesús llama Padre y a la que todos aspiramos.