EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

sábado, 17 de agosto de 2019

domingo 20º T.O. Lc 12, 49-53


20º  DOMINGO  T. O.  Lc 12, 49-53

LA PAZ COMO ARTE DE LA INTERRUPCIÓN 

La paz de la que habla el Nuevo Testamento no es fácil de conseguir: sólo se alcanza a través de un rodeo: “¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No paz, os digo, sino división. En adelante habrá en una familia, divididos: tres contra dos, dos contra tres. Se opondrán padre a hijo e hijo a padre, madre a hija e hija a madre, suegra a nuera y nuera a suegra” (Lc 12, 51-53). El conflicto y la irritación son ineludibles porque la toma radical de partido hace saltar también los lazos familiares. Jesús ve a todas luces en la respectiva tradición familiar la causa principal del nepotismo y el estancamiento, la causa principal de que una y otra vez nada cambie. Aquí habla incluso de un odio necesario: “Si alguien acude a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío (Lc 14,26).
¿Dónde reside aquí la lógica? ¿Cómo va a surgir la paz allí donde se siembra la discordia? Jesús se percata con mirada incorruptible de que fenómenos en sí tan positivos como son las relaciones estrechas, el parentesco de sangre y el compañerismo pueden desarrollar también una dinámica negativa, en concreto cuando sofocan en el algodón de la camarilla la necesaria realización de aquello que la verdad ordena.
Para estar cerca de Jesús en este punto basta con que observemos la ausencia de redención, más aún, el verdadero infierno consiste en que todo se limite a continuar por siempre como era hasta ahora. Solamente a través de ‘la interrupción de lo eternamente idéntico’ se abrirá la puerta por la que podrá entrar el Mesías. Porque en el marco de lo eternamente idéntico surge una inmensa carga de obligaciones para el individuo frente a los demás. Y eso significa que uno ya no puede hacer con libertad lo que requiere el momento.
Aquí Jesús actúa como persona que interrumpe el curso de las cosas: es fuego que ilumina, sí, pero que también consume. Jesús tiene precisamente una gran sensibilidad para el ahora. A la capacidad de reaccionar a lo que pide el momento la denomina “vigilancia” y exhorta reiteradamente a superar por medio de ella la somnolencia que a diario se nos cuela a hurtadillas. Para él, el medio para lograr esto es la oración. Poder reaccionar conforme a la voluntad de Dios en la hora de la necesidad requiere un grado de libertad que conocemos por –y exigimos a- los servicios médicos de urgencias.
Por consiguiente, la separación de la familia, algo a lo que Jesús llama desavenencia y odio, no es un fin en sí, sino una condición ‘sine qua non’ de la libertad, la independencia y la vigilancia. Si se dan estas actitudes y mis relaciones con los demás no se hallan determinadas por mil y un miramientos y cargas heredadas del pasado, entonces puede surgir algo nuevo que merezca el nombre de paz. Hace poco alguien afirmó: “Hemos entrado en el tercer milenio a través de una puerta de fuego”. Nada nuevo, pues: todo continúa como antes. Ahora bien, esto es justo lo contrario de la puerta por la que el Mesías entrará en el mundo: ‘la interrupción de la violencia’.
Jesús destruye, por tanto, la paz aparente que no merece ser llamada “paz” y tiene una concepción característica, muy distintiva, de la verdadera paz, a saber, “que ésta presupone la capacidad de reaccionar de manera auténtica en la hora de la necesidad”. El buen samaritano es ejemplo de ello. El sacerdote y el levita pasan de largo ante la víctima del asalto, ora porque tienen obligaciones que cumplir, ora porque se les mete en la cabeza que aquí existe peligro de contaminación ritual. El único que está abierto a la llamada humanitaria que brota directamente de la situación es el samaritano, quien no tiene nada que perder. No sólo ayuda al herido, sino que, conforme a las palabras de Jesús, crea paz en tanto en cuanto supera la distancia y la enemistad entre samaritanos y judíos, y deviene prójimo, esto es, hermano para el judío.


domingo, 11 de agosto de 2019

SEMILLAS PARA LA ESPERANZA Mt 103,1-23


Del Evangelio según san Mateo 13, 1-23
SEMILLAS PARA LA ESPERANZA
A este momento de la vida de Jesús corresponde la enseñanza de las parábolas sobre las semillas: del sembrador, de la semilla que crece por sí sola, del grano de mostaza... Corresponden a un momento de crisis del ministerio de Jesús. Jesús empieza a hablar de las semillas, como símbolo del porqué de su esperanza, a pesar del realismo, cuando comienza a cundir el desaliento entre los suyos; cuando emergen los desánimos y surgen preguntas como éstas: ¿Por qué la muchedumbre que, en una primera etapa, se agolpaba junto a ti, Señor, ha comenzado a cansarse y ya no te sigue? ¿Por qué el número de fieles discípulos que continuamos a tu lado no aumenta? ¿Por qué el Reino que predicas, y que dices que ya ha comenzado, no crece o, al menos nosotros no lo vemos crecer? ¿Por qué las autoridades religiosas desconfían de Ti y el pueblo no se convierte? ¿Por qué todo parece seguir igual?
Son preguntas similares a las que nosotros hemos formulado tantas veces: ¿por qué la Palabra de Dios -si verdaderamente es Palabra de Dios- no arrolla al mundo, no lo cambia en un abrir y cerrar de ojos? ¿Por qué nuestro apostolado tiene tan poco fruto y hay tanta desproporción entre el esfuerzo que invertimos y lo que cosechamos? ¿Por qué nuestro mensaje no es atractivo? ¿Por qué la gente no corresponde inmediatamente, de tal manera que lo comprenda con prontitud, lo asimile y lo ponga en práctica?
En fin, todas estas preguntas, que, a veces, nos queman, podemos resumirlas en ésta: ¿por qué va así el Reino de Dios y no hay una inmediata correspondencia entre el poder de la Palabra y su realización? Ante estas preguntas que parecían propiciar el desaliento, comienza Jesús a hablar de las semillas para levantar la esperanza.

Parábolas para la esperanza
Las parábolas -que tienen a la semilla como protagonista común- nos dan, cada una con sus matices propios, la respuesta a esta pregunta fundamental. ¿por qué la Palabra de Dios no produce fruto inmediatamente y no transforma al mundo, a los demás, a mí mismo?
1.- La parábola del sembrador -que hoy hemos leído, y con la que se abre "el discurso en parábolas" de Jesús del evangelio de san Mateo- trae este mensaje: la Palabra de Dios no produce frutos automáticamente. Porque el Reino es propuesta de un Dios que es Amor, no imposición. Y, como propuesta amorosa, corre el riesgo de la no aceptación. Y es que el misterio del Reino no puede interpretarse con categorías de eficacia (basta poner los medios para obtener los resultados adecuados); porque es un misterio de diálogo personal; de un Amor que busca una respuesta amorosa y, por tanto, libre. Y, de esta manera, la Palabra de Dios asume el riesgo de que se la coman los pájaros (es la semilla al borde del camino; es decir, la palabra escuchada pero no entendida, que no llega al corazón y se queda en la epidermis) o del secarse sin raíces entre las piedras (que cae en un corazón inconstante y, tras el primer entusiasmo, se disuelve ante las dificultades o de quedar ahogada por las espinas (por los afanes de la vida y la seducción de las riquezas).
En conclusión: la Palabra no produce automáticamente fruto sino humildemente, y, aunque es divina, se adapta a las condiciones del terreno o, mejor, acepta las respuestas que da el terreno, y que muchas veces son negativas. Pero cuando la tierra es buena y fértil, produce un fruto abundante que puede llegar hasta un treinta, un sesenta o incluso un ciento por uno.
Así Jesús les explica a los apóstoles por qué Él predica y su palabra no es eficaz. En realidad, la Palabra no es ineficaz; lo que falla muchas veces es la acogida. Esta parábola pretende ser la justificación de Jesús ante los suyos, que quieren un éxito más grande, casi automático.
2.- Con la parábola de la semilla que crece por sí sola quiere decir a los apóstoles que la Palabra da fruto a su tiempo. Hay que tener confianza, porque la Palabra sembrada va adelante por sí misma. Hay, pues, que sembrarla con valentía, no permanecer inactivos con el pretexto de que el terreno no sirve y que hay que esperar mejores condiciones; no hay que creer que somos los dueños de la Palabra.
La primera parábola da una enseñanza de realismo -mucha porción de semilla se pierde y hay que contar con ello-, y ésta enseña, una confianza absoluta en que la Palabra, por sí misma, dará fruto. Sólo hay que sembrarla con audacia, paciencia y perseverancia.
3.- La parábola del grano de mostaza se dirige a unos discípulos preocupados porque el grupo de seguidores sigue siendo pequeño, no se desarrolla; discípulos inquietos porque mucha gente no toma en serio al Maestro.
Jesús les dice: "No tengáis prisa. El Reino de Dios comienza con poco, dejad que las cosas se desarrollen al ritmo de la "paciencia de Dios". De las pequeñas semillas, de esos comienzos casi imperceptibles, brotará el Reino hasta llegar a su plenitud". De este modo Jesús pide a los discípulos un cheque en blanco: "Tened confianza absoluta en Mí. ¡Seguidme! Vosotros percibís que las cosas no marchan como os habíais imaginado; creíais tener un Maestro que atraía multitudes. Esto no es así. Y no depende de mí. Depende del hecho de que el Reino tiene la estructura de una propuesta de persona a persona; pero el Reino es poder de Dios y, por tanto, se desarrolla y crece. De lo poco Dios producirá lo mucho; de lo poquísimo, se lograrán cosas inmensas".
Así, Jesús educa a los suyos para que cierren los ojos a lo que parece realidad porque se ve y los abran a lo que realmente existe. Y lo que realmente existe es la realidad misteriosa del reino de Dios, que está fermentando silenciosamente, sin que nos demos cuenta, y dará fruto a su tiempo. "¡El que tenga ojos para ver, que vea; el que tenga oídos para oír, que oiga!", repetirá Jesús. esto nos lo dice también a nosotros. Con sus parábolas de las semillas, Jesús nos enseña 1) a abrir los ojos para ver lo invisible; 2) a sembrar.

Ojos para ver
Jesús nos invita a "vivir de fe". Y esto significa no vivir en la superficie sino taladrarla hasta llegar allí donde crecen las semillas del Reino y donde se puede oír su clamor. Con las parábolas de las semillas, Jesús nos enseña a mirar más hondo, para descubrir lo que es "invisible a los ojos": que el mundo está habitado por la presencia viva, amorosa, crítica e interpelante de un Dios de infinita y amorosa paciencia.

Sembrar
Decía Jesús, con sus parábolas sobre las semillas, que hay que sembrar con audacia y perseverancia, sin esperar a que existan mejores condiciones para la siembra. Lo nuestro, por lo tanto, es sembrar. Y sembrar con generosidad. San Pablo, que tanto habló también de las semillas, nos recuerda: "El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; y el siembra generosamente, generosamente cosechará" (2 Cor 9,6).
Sembremos la "Palabra que crece sola" y las obras del Espíritu que habita en nosotros (Rom 8,11). Porque cuando sembramos la Palabra y los "frutos del Espíritu"  (Ga 5,22): amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad…, el Reino crece.
Si tuviéramos esos "ojos de fe" que no se quedan en la superficie, sino que llegan hasta el Misterio Acogedor que habita nuestro mundo y nuestra historia, veríamos y oiríamos el despertar de las semillas del Reino. Porque en este mundo nuestro, tan áspero y tan osco, que parece tan dejado de la mano de Dios, las semillas del Reino se van abriendo. En él, hay semillas de amor, de fidelidad, de paciencia, de gozo, de mansedumbre..., a pesar de todos los eriales y de todos los desolados desiertos que las circundan. Si miramos a nuestro alrededor -y también a lo largo y ancho de nuestra vida-, apreciaremos que hemos conocido y conocemos a muchas personas que, con entrega paciente, su bondad abierta, su afabilidad contagiosa, su lucha por la justicia y la paz... están sembrando las semillas del Reino.
Actuemos también nosotros así. Salgamos a sembrar. "En el movimiento de Jesús no necesitamos cosechadores. Lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, llenar las iglesias, imponer nuestra fe religiosa. Lo que nos hace falta son sembradores. Seguidores de Jesús que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión. Ésta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por cosechar a la paciente labor de sembrar. Jesús nos dejó en herencia la parábola del sembrador, no la del cosechador".
Pero, al salir a sembrar, recordemos la enseñanza de Jesús sobre las semillas. Él nos dijo:
1.- Que las semillas crecen de noche, mientras el hombre duerme. Y es Dios quien las hace fructificar. Pongamos nosotros las semillas sin desanimarnos -aunque no las veamos crecer al ritmo que quisiéramos- y dejemos que sea Él quien las haga florecer.
2.- Que las semillas deben pudrirse -morir- para dar fruto, vida. Toda semilla tiene cierto sabor a cruz. Las semillas del Reino que podamos sembrar también darán a nuestras vidas un cierto talante de sacrificio y de cruz. Pero así, nuestras vidas crucificadas -para dar vida, hay que dar de la propia vida- estarán al servicio del crecimiento del Reino.
3.- Que las semillas son diminutas, casi sin importancia. Son como el grano de mostaza. También el amor, la fidelidad, la mansedumbre o la paz que pongamos en el mundo nos pueden parecer pequeños y sin valía. Sin embargo, el grano de mostaza crece y crece hasta fructificar en un arbusto gigante. También las pequeñas semillas del Reino que podamos sembrar en nuestro mundo crecerán hasta que Dios sea todo en todos, comunión total.

Nosotros, que sabemos, con fe pascual, que la entrega de la vida de Jesús, su muerte, fue la semilla primeriza de una gran cosecha, iniciada irreversiblemente en su Resurrección, sembremos con esperanza. Apoyados en Jesús -Él es nuestra esperanza (1Tim 1,1)-, invirtamos en el amor, esta siembra nunca se pierde.

(No recuerdo el nombre del autor@)

¿Te ladran los perros?...2019


...¿TE LADRAN LOS PERROS?... 2019
El camino hacia mi tesoro -¡lo que estoy llamado a ser!- también pasa por el diálogo con los perros furiosos, es decir, el diálogo con mis pasiones, mis pulsiones, mis problemas, miedos y heridas, con todo lo que ladra dentro de mí y amenaza con tragarse mis energías.
Una espiritualidad desde arriba empezaría por encerrar los perros en una torre y se haría construir al lado un bonito chalet de ideas. Pero siempre habría que vivir allí preocupados ante la posibilidad de que un día los perros pudieran escaparse y devorar al primero que se encontraran por delante. Habría que vivir además en angustia permanente ante la posibilidad de emboscadas de las diversas concupiscencias, ante las tentaciones, constante espiritual en la vida de las personas piadosas. Y, sobre todo, quedaría uno aislado de la vida. “Todo lo que se reprime o se aparca queda restado de la vitalidad”. Los furiosos perros ladradores están plenos de vitalidad. Si los encerramos quedamos privados de su energía, necesaria para llegar a Dios y al encuentro de nosotros mismos. La torre, en la que nos encontramos con los perros, es un símbolo de maduración humana; la torre hunde sus cimientos en la tierra y se eleva al cielo. Es redonda, símbolo de la totalidad. Si por un elevado idealismo encerramos y atamos los perros ladradores, nos condenamos a vivir en tensión permanente por miedo a que un día se suelten y salgan. Muchas veces huimos de nosotros mismos, nos da pánico mirarnos al interior por miedo a ver allí un peligroso perro. Pero cuanto más encadenemos los perros más furiosos se vuelven. Se trata, por tanto, de armarse de valor y penetrar en la torre y allí, en paz, dialogar confiadamente con ellos (no por miedo de pensamientos anulados por actos: al fin y al cabo los esfínteres pueden ser liberadores de heces o de tensiones, y moralizar la biología no suele llevar precisamente al paraíso. A nadie amenaza más el orgullo que al que cree encontrarse en un estado de perfección, disponiendo de los medios más idóneos para recibir a Dios. Y si sucumbe a él, entonces es peor que el asesino en serie que no ha tenido las oportunidades del monje. Se prostituye espiritualmente, lo cual es infinitamente peor que hacerlo corporalmente. Debe, pues, ser consciente de que, entre los que se arrastran por el fango, hay quienes son, o llegarán a ser, mejores que él, y cuya santidad brillará en este mundo o en el otro: “He visto almas impuras que se arrojaban hasta el paroxismo en el ‘eros’ físico. La experiencia misma de ese ‘eros’ los llevó al cambio… Por eso, Cristo, hablando de la casta prostituta, no dice que ella había tenido miedo, sino que había amado mucho, y que había podido fácilmente superar el amor con el amor). Pronto nos descubrirán el secreto del tesoro que guardan. Ese tesoro puede ser un nuevo impulso de vida, un nuevo estilo de autenticidad personal, la nueva manera de ser yo mismo hasta completar la imagen que Dios se ha formado de mí.

Trigo y cizaña
Liberados por Dios, no estamos bajo el dominio de los príncipes de este mundo. No se alza ningún juicio contra un mundo que fuese ‘fuente’ de mal. El mundo todo lo más es ambivalente. Él solo tiene que ser liberado, si se puede hablar así. Ni siquiera su cizaña puede ser arrancada (Mt 13,24-30): bien porque no lo sea más que a los ojos de nuestra impaciencia sin discernimiento; bien porque, incluso separada del trigo, no deja de guardar en ella misma un principio válido que permanece y cuya economía ignoramos (¿con qué derecho antropocéntrico determinamos que una hierba es una mala hierba? ¿en qué cabeza cabe salir al campo a ilegalizar plantas?); bien porque incluso la cizaña más cualificada como mala hierba pueda, ser convertida de arriba abajo, como un Saulo en un Pablo, precisamente porque su naturaleza básica no está corrompida.
(El Cosmos. Adolphe Gesché)


domingo, 4 de agosto de 2019

I CHING


Para una versión del "I CHING"
-EL LIBRO DE LAS MUTACIONES-
[Corrigiendo a J.L. Borges]

¿Si fuese el porvenir irrevocable
como el rígido ayer, no habría una cosa
que no fuera una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable?
¿Cuyo libro es el tiempo? ¿Quién se aleja
de su casa ya ha vuelto? ¿Nuestra vida
sólo es la senda futura y recorrida?
¿Es el azar quien teje la madeja?
No te arredres. La ergástula es oscura.
La firme trama no es de incesante hierro,
porque en algún recodo de tu encierro
descubrirás una luz, una hendidura.
Aunque el camino ¿fatal? fuera enhebrando,
entre las grietas Dios seguirá creando.../.

martes, 30 de julio de 2019

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN


LA NUEVA EVANGELIZACIÓN 2019  
La nueva pastoral vocacional

-¡Arriba las manos! ¡Dame lo que tengas de valor antes de que te meta cuatro tiros!
-¿Un atraco? ¿Y entras en una iglesia franciscana? ¿Y te diriges al confesionario?...
-¡Que te calles! ¡Qué todos los frailes sois ‘mu’ falsos! ¡Que se os llena la boca con cosas como: “Todo amanecer se engendra en la oscuridad de la noche”, ‘nos ha jodio’, y al peral, cuando le dejan, da peras! Otras como “flores en primavera, frutos en verano, hojas en otoño y fría nieve en invierno”, ¿es que por decir lo evidente os transformáis en cagadores de nata? ¡Que te voy a meter los cuatro tiros sin necesidad de que me des ‘na’!
-Puesto que ya me has condenado, imagino que tendré derecho al ‘porrillo’ antes del fusilamiento…,  que vamos a ver si vas tú a ser menos que los militares, que conceden ese especial pitillo a los condenados, que eso que tienes en la mano es una ‘nueve milímetros parabellum’…
-¡Qué ‘porrillo’ tío! ¡Un cigarrillo y vas que te matas! ¡Qué te voy a matar yo!... ¿y cómo conoces tú el calibre de la pipa?...
-¡Es que yo hice la ‘mili’! ¿No traes nada liado, que armas, desesperación y drogas suelen ir juntas?… Y además ya sabes lo perjudicial que es el tabaco para la salud.
-¡Yo no he venido a que me confieses! ¡Y deja de calentarme la cabeza, que te descerrajo ahora mismo el cargador! Y en fin, sí, traigo uno ‘liao’, y como te voy a matar, no me importa que te lo fumes.
-Pero no aquí, ¡hombre de Dios!, vamos a la sacristía, que a esta hora comienzan a aparecer algunas feligresas y no estaría bien que se encontrasen con este espectáculo.
-¡No me comas la cabeza! ¡Vamos a la sacristía y terminemos con esto de una vez!¡Mira que esta ‘maría’ es de cosecha propia!
…Y allí, en la sacristía, como empezó pegándole él, comenzamos a hablar de lo humano y de lo divino y de todo lo demás (lo demás era que llevaba más de uno ‘liao’, y como en las sacristías vino tampoco falta)… y a mí que me da por hablar, y en ese estado, con línea directa, sabiendo que el próximo paso, que sería el último, serían cuatro tiros…, yo no sé qué diría y qué no diría, pero finalmente le escuché decirme:
-Entonces, ¿a ti cuatro tiros te dejan en la gloria?...
-¡Hombre, no por merecimiento! ¡Por oficio, tampoco! ¡Será por gracia, o no será!
-¿Y se puede vivir así, aceptando la posibilidad de la muerte a cada instante?...
-¿Se puede vivir de otra manera?... Creo que era san Bernardo de Claraval el que decía que para una vida en plenitud y sin engaños no había como representarse a cada instante la vista del propio cadáver.
…Algo tuvo que suceder, porque lo último que recuerdo es que terminé mandándolo al ‘maestro de postulantes’, en nuestro convento de San Diego de Canedo, en Puenteareas, porque el muchacho estaba en la edad. Me dejó la pistola, la ‘maría’, el tabaco, el papel…
-¡El Señor es mi pastor, nada me falta!

[Pdta. “Sin sentido del humor tampoco se podrá entrar en el cielo”]


(La oración de la rata; Tony del Maillo, Editorial Ciruela).



lunes, 8 de julio de 2019

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA , Mt 5-7


EL SERMÓN DE LA MONTAÑA (Mt 5-7)

El Sermón de la Montaña es un exponente de cómo la atención al trabajo interior es al mismo tiempo una apertura a la alteridad. Este estadio se corresponde con el código moral del Evangelio, el cual se presenta como una extensión del Decálogo de Moisés, dado también en una montaña. Jesús no suprime los mandamientos de la Primera Alianza (Mt 5,17-20), que considera como una ‘ética de mínimos’, sino que trata de aumentar el campo de donación: no se trata sólo de no matar, sino ni siquiera de enfadarse o de insultar a un hermano (Mt 5,21-26); no es cuestión sólo de no cometer adulterio, sino de no desear con la mirada (Mt 5,27-30); ya no se trata únicamente de no jurar en nombre de Dios, sino de no jurar en nombre de nada (Mt 5,33-37); no es sólo cuestión de no mentir, sino de dar plena veracidad a nuestros síes y nuestros noes (Mt 5,37); no se trata sólo de no robar, sino de no atesorar y, a cambio, confiar (Mt 6,25-34). En definitiva, el comportamiento ético consiste en alcanzar la conciencia de que los demás son como yo: “Todo lo que deseéis que os hagan los demás, hacedlo vosotros por ellos. Esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). Estamos ante el mismo tipo de pauta que dio Confucio cuando fue interrogado sobre el significado del ‘jên’ (bondad, benevolencia, humildad): “No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan a vosotros”.

En el hinduismo, tal serenidad de comportamiento se alcanza mediante el ejercicio de la acción desinteresada o la “inacción en la acción” (naishkarmya karman), que es lo propio del Karma Yoga, es decir, de “la unión a Dios por medio de la acción”. Tal vez se trate de la aportación más característica del Bhagavad Gîtâ. La clave está en no desear autocentradamente:
“La persona que se mantiene igual en la censura que en la alabanza, silenciosa, satisfecha de todo, sin hogar, llena de una firme resolución, es querida por Mí” (BG 12,19).

A este respecto pueden verse las Admoniciones de san Francisco de Asís: 12, 13, 14, 15, 19, 22, 23.
Nº XII: De cómo conocer el espíritu del Señor.- Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres.
Nº XIII: De la paciencia.- Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más.
Nº XIV: De la pobreza de espíritu.- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).
Nº XV: De la paz.- Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.
Nº XIX: Del humilde siervo de Dios.- Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más. ¡Ay de aquel religioso que ha sido puesto en lo alto por los otros, y por su voluntad no quiere descender! Y bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no es puesto en lo alto por su voluntad, y siempre desea estar bajo los pies de los otros.
Nº XXII: De la corrección.- Bienaventurado el siervo que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. Bienaventurado el siervo que, reprendido, benignamente asiente, con vergüenza se somete, humildemente confiesa y gozosamente satisface. Bienaventurado el siervo que no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, cuando no incurrió en culpa.
Nº XXIII: De la humildad.- Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores. Bienaventurado el siervo que permanece siempre bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra.

“El hombre de buena voluntad, que muestra simpatía y compasión por todas las criaturas, que, libre de todo egoísmo, ya no concibe pensamientos como ‘yo’ o ‘mío’, dotado de una paz estable, permanece en armonía tanto en los momentos de placer como en los de desdicha, manteniendo una actitud continua de perdón hacia toda ofensa […], este hombre en verdad me ama, al igual que Yo le amo a él” (BG 12, 13-14).
“El que se aparta de la acción pero no aparta su mente de la avidez de los sentidos, vive en la ilusión y es un falso seguidor del yoga. Pero el que, manteniendo sus sentidos bajo control y libre de apego, se entrega al camino del Karma Yoga, este es en verdad un gran hombre […]. En este mundo todos somos esclavos de la acción, a menos que se convierta en adoración […]. Realiza tus acciones con pureza, libres de la esclavitud del deseo” (BG 3,6-7.9).
“Actúa sin apego y realiza el trabajo que debas hacer, pues el hombre cuyo trabajo es puro, obtiene sin duda lo Supremo” (BG 3,19).
La finalidad de la acción desinteresada, libre de todo apego (BG 3,9), es colaborar con la solidaridad cósmica en el mantenimiento del orden y ritmo del mundo (lokasamgraha): “Del mismo modo que el ignorante ejecuta sus acciones apegado al resultado de ellas, el sabio trabaja desinteresadamente para el bien de la humanidad” (BG 3,25).

Al respecto podemos leer en el Tao Te King, LXIV:
Lo que aún está quieto es fácil de coger.
Lo que aún no se manifiesta es fácil de tener en cuenta.
Lo que aún es frágil se puede quebrar con facilidad.
Lo que aún es pequeño se puede dispersar fácilmente.
Hay que influir en lo que no existe todavía.
Hay que ordenar lo que aún no está desordenado.
Un árbol cuyo grosor es de una braza,
nace de un tallo fino como un cabello.
Una torre de nueve plantas
no se levantará con un montículo de tierra.
Un viaje de mil millas
empieza con un solo paso.
Actuar es estropear.
Retener es perder.

El Sabio no actúa, y así no estropea nada.
No se aferra, y nada pierde.
La gente se ocupa de sus asuntos,
y siempre, poco antes de acabar,
lo estropean todo.
Si se cuidara tanto el final como el principio,
no habría asuntos arruinados.

Lo que el Sabio desea es no tener deseos.
No valora los bienes de difícil alcance,
aprende el No-aprender.
Se vuelve y ve aquello en que la gente no repara.
Así, favorece el curso natural de las cosas,
y no se arriesga a actuar.
(Lao Tsé, traducción de R. Wilhelm).

Dice Dôgen (s. XII), maestro zen:
“El gran camino no es difícil, pero es incompatible con él escoger y seleccionar. Sin rechazo ni apego, el camino es evidente. Pero la más mínima diferencia produce una distancia como del cielo a la tierra. Si se quiere captar el aquí y ahora, no ha de haber preferencia ni aversión”.

Son palabras sorprendentemente cercanas a la noción ignaciana de la indiferencia:
“Me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta…” (EE 166).

Encontramos casi los mismos términos en el Bhagavad Gîtâ:
“Sólo cuando el alma encuentre la paz, la persona estará en paz. Tanto si hace frío como calor, en el placer como en el dolor, tanto en la gloria como en la desgracia, él siempre está unido a Él” (BG 6,7).
Este estado no se puede confundir con la insensibilidad o la apatía, sino que es una libertad soberana respecto a las apetencias y rechazos del ‘ego’. “El hombre que ha renunciado al fruto de sus acciones está siempre contento y libre de toda dependencia, y aunque interviene en la acción, él no actúa” (BG 4,20).


domingo, 7 de julio de 2019

TORERO CÓSMICO


TORERO CÓSMICO
«Torear es tener un misterio que contar, y contarlo». (Rafael, el Gallo).

El pensamiento de René Girard
Este autor, a lo largo de su itinerario, ha buscado comprender qué es el ser humano y, más concretamente, cómo funcionan los mecanismos de su deseo (teoría mimética) y de su organización social (mecanismo expiatorio).

Los núcleos fundamentales de su pensamiento antropológico son: 
A.- El ‘deseo mimético’ como realidad que configura el acceso del ser humano a su identidad propia y, a la vez, parece abocarlo a generar (a través del ‘deseo de apropiación’) una frustración en sus relaciones al provocar ‘rivalidades miméticas’ continuas.
B.- La ‘violencia unificadora’ o el ‘mecanismo victimal’ que consigue organizar socialmente las rivalidades humanas deteniendo una violencia destructiva (‘crisis sacrificiales’) a través de una violencia unánime y restringida (hacia un solo culpable). Un mecanismo donde adviene a la humanidad el primer concepto de lo sagrado.
C.- El ‘desconocimiento’ o ‘ignorancia (méconnaissance) de los mecanismos tanto del deseo mimético como del mecanismo victimal por parte del ser humano, que lo mantiene atado a la rivalidad provocada por el primero y a la violencia escondida del segundo. No se trata tanto de no conocer la realidad como de conocerla erróneamente.