EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 24 de mayo de 2019

6º domingo de Pascua, Jn 14, 23-29


6º DOMINGO DE PASCUA, Jn 14, 23-29


Cuando descubramos, precisamente, que la persona es lo importante del camino, entonces nuestro camino habrá llegado a puerto, pues “el Padre y el Hijo han venido al ser humano y han hecho morada en él”. Cuando eso suceda, ya no será necesario ningún camino, ninguna religión, ningún templo…,“Santuario no vi ninguno, porque su santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.

 «Lo que entre un 60 y un 80 por ciento de las personas se imaginan hoy bajo el concepto de Dios, gracias a Dios, no existe».

«No es por la forma en que una persona habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas, como se puede discernir mejor si su alma ha permanecido en el fuego del amor de Dios. Ahí no es posible ningún engaño. Hay falsas imitaciones del amor de Dios, pero no de la transformación que él realiza en el alma».

Estamos tan acostumbrados a hablar y a escuchar hablar de la bondad de Dios en los últimos tiempos que nos ha pasado como antaño oyendo hablar de la justicia de Dios, aunque al contrario. Si entonces Dios para ser justo se había convertido en poco menos que en un implacable y terrorífico perseguidor de pecadores para enviarlos de cabeza al infierno, hoy lo hemos convertido en poco menos que un ‘oso amoroso’ que proporciona paz psíquica y afecto vivencial. Y todo porque dejamos crecer la vida de Dios en nosotros de forma salvaje, sin amaestrarla con la vida de Jesús, que es su verdadero jardinero. La idea de Dios se convierte así en una planta carnívora que nos devora con miles de exigencias y culpabilidades o en una flor con que adornar nuestros días para que den apariencia de bellos o tranquilos.
Jesús sin embargo nos ofrece una palabra que juzga a Dios en nosotros. Que dice cuando este Dios de nuestras vidas es verdadero o no. Sólo quien se acerca a la Palabra de Dios que es Jesús mismo aprende a distinguirle poco a poco. Aprende a discernir su presencia en el mundo más allá de si a veces parece desaparecer. Aprende a discernir su exigencia que lo abarca todo, que lo pide todo, pero con una paciencia que acepta y asume nuestra fragilidad. Aprende a discernir cómo nace la vida eterna que Dios da en esta historia mortal que es la de cada uno de nosotros y de los nuestros.
“El que guarda mi palabra mi Padre lo amará”, dice Jesús, y no se trata de que Dios no nos ame de antemano, sino que este amor queda oculto y sin eficacia cuando cubrimos su presencia con imágenes falsas que, llenas de los prejuicios, están muertas para amar. Para encontrar el amor de Dios hay que acercarse a Jesús, a su Palabra, acogerla como la pronuncia con su vida y querer adaptarse a ella. De esta manera vamos siendo uno con Cristo y Dios irá manifestando su presencia de vida en nosotros para bien de todos.
No basta ya, si es que alguna vez bastó, con tener devoción al Cristo de mis amores, al de esta ermita, o de aquella cofradía o de mi pueblo. Hay que padecer a Cristo, hay que hacerse disponibles a los caminos que traza. Y no basta hacerlo de memoria, como si ya lo conociéramos, hay que dejarle espacio para que nos hable y nos habite, hay que dejar espacio a la lectura o a la escucha del Evangelio. Si no, Cristo será un amuleto tan inútil y falso como los que nos venden en las ferias. La palabra que hoy pronuncia Jesús es clara y dice así: “el que no me ama no cumple mis palabras”, pero podríamos decir: “que nadie diga que me ama si no cumple mis palabras”. Pues bien, el que tenga oídos que oiga.

miércoles, 16 de enero de 2019

MUTACIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS





BAGATELAS TEOLÓGICAS...
Isaac de Nínive ( ca 650) considerando la economía de los misterios y de la Cruz en que murió el Hijo de Dios, dice:
«No debemos pensar que tuvo otro motivo sino el dar a conocer al mundo el amor que le tiene, a fin de que el mundo sea cautivado por su amor; y se manifestase así, por la muerte del Hijo de Dios, la máxima fuerza del Reino, que es el amor. En modo alguno ocurrió la muerte de nuestro Dios para redimirnos de nuestros pecados, ni por otro motivo, sino tan sólo para que el mundo experimentase el amor que Dios tiene a la creación». La remisión de los pecados podía haberla hecho de otros modos. Pero se sometió a la cruz, aunque no era necesario, lo cual se comprende cuando oímos de su boca, «tanto amó Dios al mundo que le dio a su unigénito Hijo, para poner en marcha el plan de su instauración. Y ¿no nos da vergüenza el despojar de esta idea al misterio de la economía del Señor y a la muerte de Cristo y a su venida al mundo y se la atribuyamos a la razón de ser en la redención de nuestros pecados?». En ese caso, si no fuésemos pecadores no habría venido el Señor ni hubiese muerto el Señor… «Decir que el Verbo de Dios asumió nuestro cuerpo por los pecados del mundo, es ver tan sólo ‘lo exterior de la Escritura’». Con ello se privaría a los hombres y a los ángeles de grandes bienes. «¿Y por qué vituperar al pecado que nos trajo tantos bienes?», cuales son la pasión y muerte del Señor para librarnos de la condenación… «Todas estas maravillas habría que atribuirlas al pecado, pues, de no estar sujetos a su esclavitud, careceríamos de todas ellas… No es así. Lejos de nosotros el contemplar la economía (de gracia) del Señor y los misterios tan eficaces para darnos confianza, ‘como si fuésemos niños. Sería quedarse en la superficie de las Escrituras’ que de ellos hablan».