EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

domingo, 15 de diciembre de 2019

CONVERSACIONES CON LAO TSÉ


MUTACIONES: TUI, EL LAGO, LA HIJA MENOR
(Conversaciones con Lao Tsé)

Principio y fundamento de la alegría como atributo personal significa que la verdad, la fuerza y la firmeza interior se manifiestan hacia afuera mediante la suavidad y la dulzura; claro que, se requiere también como necesaria la constancia. Así se adopta la postura correcta ante Dios y las personas. Cuando por la amabilidad conquistamos a los que podríamos llamar buscadores, ellos asumirán todas las circunstancias penosas, y no se arredrarán ni tan siquiera ante el poder de la muerte. Así de grande es el poder de la alegría.
Algunos caminos nos obligan a ir más allá de los opuestos mentales a los que tan acostumbrada está la mente dualista, entonces nos es dado descubrir que somos como un profundo lago. La situación externa de nuestra vida, y lo que allí ocurra, es como la superficie del lago. A veces está en calma, otras veces agitada, dependiendo de los ciclos y estaciones. Sin embargo, en lo profundo, el lago siempre permanece inalterado. Debemos ser conscientes de la totalidad del lago, no sólo de la superficie, y estar en contacto con nuestra propia profundidad, que permanece absolutamente quieta. No nos resistimos al cambio aferrándonos mentalmente a ninguna situación. Nuestra paz interna no depende de ello. Habitamos en el Ser -inmutable, intemporal, inmortal- y ya no dependemos del mundo externo, de las formas eternamente cambiantes, para sentirnos felices o satisfechos. Puedes disfrutar de las formas, jugar con ellas, crear nuevas formas apreciar la belleza de las cosas…, pero no necesitas apegarte a nada.
Una de las prácticas espirituales más poderosas es la de meditar profundamente en la mortalidad de las formas físicas, incluida la propia. A esto se le llama “morir antes de morir”. Entra en esta práctica profundamente. Tu forma física se está disolviendo, deja de ser. Después llega un momento en que todas las formas mentales o pensamientos también mueren. Sin embargo, ‘tú’, la presencia divina que eres, sigue estando allí. Radiante, plenamente despierto. ‘Nada real ha muerto jamás; sólo los nombres, las formas y las ilusiones’.
‘La realización de la dimensión inmortal’, tu verdadera naturaleza, es el otro lado de la compasión. Desde el sentimiento profundo ahora reconoces tu propia inmortalidad, y a través de la tuya, también la de todas las demás criaturas. En cuanto a la forma, compartes la mortalidad y la precariedad. En cuanto al ser, compartes la vida radiante, eterna. Estos son los dos aspectos de la compasión. En la compasión, los sentimientos aparentemente opuestos de tristeza y alegría se funden en uno y se transmutan en una profunda ‘paz interna’. Es la ‘paz de Dios’, uno de los sentimientos más nobles que los seres humanos podemos sentir, que tiene una gran cualidad sanadora y un tremendo poder transformador. Pero la verdadera compasión es bastante rara. Tener un alto grado de empatía por el sufrimiento de otro ser humano requiere, ciertamente, un alto grado de conciencia, pero ésta es sólo una de las caras de la compasión. No lo es todo. La verdadera compasión va más allá de la empatía o de la simpatía, y no despierta hasta que la tristeza se funde con la alegría, la alegría de Ser más allá de la forma, la alegría de la vida eterna.
Recuerda que tu percepción del mundo es un reflejo de tu estado de conciencia. No estás separado del mundo. No hay un mundo objetivo ahí afuera. Tu conciencia crea el mundo que habitas a cada momento. Una de las grandes comprensiones aportadas por la física moderna es la de la unidad entre el observador y lo observado: ‘la persona que dirige el experimento -la conciencia observante- no puede separarse del fenómeno observado, y si miras de otra forma, el fenómeno observado se comportará de manera diferente’. Si crees, a nivel profundo, en la separación y en la lucha por la supervivencia, entonces verás esa creencia reflejada a tu alrededor por todas partes, y tus percepciones estarán gobernadas por el miedo. Vives en un mundo de muerte donde los cuerpos luchan, se matan y se devoran unos a otros.
Nos toca despertar de nuestra identificación con la forma, porque nos jugamos algo importante. Entonces ya no estarás ligado a este mundo, a este nivel de realidad. «Puedes sentir sus raíces de lo No-Manifestado, y así eres libre del mundo manifestado. Puedes seguir disfrutando de los placeres efímeros del mundo, pero ya no temes perderlos y tampoco necesitas aferrarte a ellos. Aunque puedes disfrutar de los placeres sensoriales, el ansia de experiencia sensorial desaparece, como también desaparece la búsqueda constante de gratificación psicológica, que es alimento para el ego. Estás en contacto con algo infinitamente mayor que cualquier placer, mayor que cualquier cosa manifestada».
En cierto sentido ya no necesitas del mundo. Ni siquiera necesitas que sea distinto de como es. Sólo en este punto eres capaz de sentir verdadera compasión y de ayudar eficazmente a los demás en el nivel de las causas. Sólo los que han trascendido el mundo pueden crear un mundo mejor.
La naturaleza dual de la verdadera compasión es conciencia del vínculo común de la mortalidad y la inmortalidad que compartimos. En este nivel profundo, la compasión se convierte en sanación en su sentido más amplio. En ese estado, tu influencia sanadora no se basa fundamentalmente en el hacer, sino en el ser. Mucha gente no se da cuenta de que la “salvación” no está ni puede estar en las cosas que hacen, poseen o logran. [En “Sabiduría de un pobre”, donde narra algunos aspectos de la psicología de san Francisco de Asís y su relación con Dios, dice E. Leclerq: “El hombre no se salva por sus obras, por muy buenas que sean. Es preciso que se haga él mismo obra de Dios… Entonces se hace niño y juega el juego divino de la creación.  Puede mirar con igual corazón al sol y a la muerte. Con la misma gravedad y la misma alegría”]. Los que se dan cuenta de ello se sienten a menudo cansados del mundo y se deprimen: Si nada puede darme la verdadera satisfacción, ¿queda algo por lo que merezca la pena luchar? ¿Para qué intentar nada? El profeta del AT debió haber llegado a esta misma conclusión cuando escribió: “He visto todo lo que se hace bajo el sol, y todo es vanidad y atrapar vientos” (Qo). Cuando llegas a este punto, estás a un paso de la desesperación, y también a un paso de la iluminación .“Es hora de dejarle a Dios ser Dios”.
Todas las personas con las que entres en contacto se sentirán tocadas por tu presencia y afectadas por la paz que emanas, seas consciente de ello o no. Cuando estás plenamente presente y la gente que te rodea muestra una conducta inconsciente, no sientes la necesidad de reaccionar a ella porque no le concedes el carácter de realidad. “Tu paz es tan profunda y vasta que cualquier cosa que no sea paz desaparece en su seno como si nunca hubiera existido”. Esto rompe los ciclos de acción y reacción. Los animales, los árboles y las flores sentirán tu paz y responderán a ella. Enseñas mediante tu ser, demostrando la paz de Dios. Te conviertes en la “luz del mundo”, una emanación de conciencia pura, y por tanto eliminas el sufrimiento de raíz. Eliminas la inconsciencia del mundo.



miércoles, 27 de noviembre de 2019

¡¡¡COMO NO TE COMPRENDO, TIENES QUE ESTAR EQUIVOCADO!!!



...¡¡¡CÓMO NO TE COMPRENDO, TIENES QUE ESTAR EQUIVOCADO!!!...
Desde el propio nivel de desarrollo espiritual, sólo se puede alcanzar a comprender a las personas que están sólo un poco más allá que uno mismo. Algunos teóricos dicen que uno no se puede estirar más que un paso sobre el propio nivel de conciencia, y que eso ocurre en un día bueno. A causa de esta limitación, los que están en niveles más profundos (o "más altos"), más allá del propio, invariablemente aparecen como equivocados, pecadores, heréticos, peligrosos y aún merecedores de ser eliminados. ¿De qué otra manera podemos explicar el que los profetas tan a menudo fueran asesinados, que los verdaderamente santos fueran marginados como ingenuos, y la existencia de las más bien abundantes actitudes racistas, autoprotectoras y belicosas de personas que se consideran civilizadas? Se puede ser "civilizado" y, con todo, estar juzgando desde una postura enteramente egocéntrica de un estado inicial de desarrollo. De hecho, una de las mejores cubiertas de personas muy narcisistas es ser educado, sonriente y del todo civilizado. Me han dicho que Hitler amaba a los animales y la música clásica, sobre todo Wagner [...quizá por eso, como dice W. Allen, cada vez que escuchamos a Wagner -la Valquiria- nos entran ganas de invadir Polonia].
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Si el cambio y el crecimiento no están programados en la propia espiritualidad, si no hay advertencias serias sobre el efecto negador del miedo y el fanatismo, la religión terminará, por venerar el statu quo y proteger la postura presente del yo y las ventajas personales... ¡como si fueran Dios! Aunque el primer mensaje predicado por Jesús es claramente: !¡Cambiad!" (como en Mc 1,15 y Mt 4,17), cuando dijo a sus oyentes que se "convirtieran", lo que literalmente significa "cambiad vuestra mente", no ha influido fuertemente en la historia cristiana. Esta resistencia al cambio es tan corriente, de hecho, que es casi lo que esperamos de las personas religiosas, que tienden a que les guste mucho más el pasado que el futuro o el presente. Todos podemos concluir que gran parte de la religión organizada está viviendo dentro de los puntos de la "primera mitad de la vida", lo que normalmente coincide con el lugar en que en cualquier cultura está la mayoría de las personas. Todos recibimos y transmitimos lo que nuestras gentes están dispuestas a oír, y la mayoría de las personas no son "pioneros". Sin embargo, la inteligencia de los animales se determina por su capacidad de cambiar y adaptar su conducta en respuesta a circunstancias nuevas. Los que no lo hacen se extinguen.
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Este esquema de resistencia es tan claro y aun destructivo para Jesús que hace que resuene en uno de sus dichos menos amables: "No echéis a los perros lo santo ni tiréis perlas a los cerdos porque las hollarán y luego se volverán contra vosotros y os despedazarán" (Mt 7,6). Podríamos ahorrarnos muchos disgustos o acusaciones sabiendo cuándo, dónde, a quién y cómo hablar sobre cosas espiritualmente maduras. Haríamos mejor en ofrecer lo que cada cual está dispuesto a oír estirándolo sólo un poquito. Ken Wilber dice que la mayoría de nosotros sólo quiere poner en cuestión el cinco por ciento de nuestra presente información sobre cualquier punto... ¡incluso en un buen día! Sospecho que los profetas son esos a quienes no les importa si la gente está dispuesta a escuchar su mensaje. Lo dicen porque tiene que decirse y porque es verdad.
Si no hay una autoridad sabia capaz de protegerlos y hacer real lo que dicen, la mayor parte de las personas proféticas o sabias, y casi todos sus "tempranos clientes", casi son "despedazados". Su sabiduría suena como una locura peligrosa, como la mayor parte del Sermón de la Montaña de Jesús, como Gandhi le sonaba a la Gran Bretaña, Martin Luther King a la América blanca, Nelson Mandela a la holandesa y reformada Sudáfrica, Harriet Tubman a las Hijas de la Revolución Americana, y las monjas norteamericanas al patriarcado católico.
.../... (RR. & Cía.)

jueves, 3 de octubre de 2019

SAN FRANCISCO DE ASÍS


DONDE NACEN LOS RÍOS

Hay algo que nos lleva a la condición de vivir “allí donde nacen los ríos”, es decir, en una dimensión diferente, trascendente a la de nuestra experiencia terrena.
Cuando de algún modo, en el viaje de nuestra vida, hemos encontrado lo que hay que encontrar, nos damos cuenta de que no es de este mundo, donde todas las cosas son efímeras. Nada nos evitará las lágrimas, pero éstas pueden ser de muchos tipos: dolor, tristeza, alegría… Hay una victoria trágica en la vida de cada persona, un triunfo que nos llega a través de la imagen del fracaso, o de lo que hasta entonces consideramos fracaso; es la paradoja de la vida espiritual.
Vista desde los condicionamientos de este mundo, la vida bien podríamos definirla como un viaje trágico, un verdadero fracaso, pese a todo, que termina con la derrota de la muerte. Pero la misma frase es ambigua: porque la que parece que nos derrota, termina siendo la derrotada. Nadie podrá entender esto sin pasar por aquí.
Pero, el triunfo del que hablamos “no es de este mundo”, porque el nacimiento espiritual que nos es concedido a través de la muerte, visto desde el nivel mundano de la mente ordinaria, es como una muerte. Y lo cierto es que no puede ser de otra manera.
A veces nos atascamos en la idea de que verdaderamente todo es inútil. Pero, esto sólo es así desde la perspectiva de una visión inmadura de la vida, de la búsqueda y de lo que haya de ser encontrado al final. El fracaso egoico -el fracaso del yo- como evento central de un camino que es inherentemente un camino de autoaniquilación es, por supuesto, un éxito. Por eso es apropiado que nuestra última victoria semeje un fracaso: “¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Debemos comprender la verdad de la impermanencia. No nos vamos con las manos vacías. No somos el mismo que nació e inició el viaje, somos, al final, personas distintas, con la sensación de que, pese a todo, el viaje, ha valido la pena…, y continúa, de un modo sólo accesible a los ojos del corazón.
Así como el fuego en su evanescencia evoca la vida, hay una aparente inmutabilidad que sugiere la muerte, pero muerte en un sentido de algo que trasciende a la muerte misma: una permanencia que no es de este mundo, donde todo es impermanente, pero donde también es posible un conocimiento de lo impermanente, una sabiduría o una conciencia más allá de todo lo transitorio. La vida no es algo que se termine nunca…
Hay viajes que nos descubren al final que la “otra orilla” en cuya búsqueda partimos no era otra que aquella que habíamos dejado atrás, sólo que iluminada por la conciencia de la muerte.
De una manera velada, toda nuestra vida nos remite al hecho paradójico de que el viaje no necesita hacerse y que, sin embargo, nadie puede saber esto plenamente sin haberlo realizado.
Es entonces cuando nos es dado conocer el por qué de las lágrimas y de la paz.

martes, 1 de octubre de 2019

NO TENGÁIS MIEDO


NO TENGÁIS MIEDO 
“No tengáis miedo”, nos dice Jesús una y otra vez en los evangelios. Se trata de una advertencia que podemos aplicar a todas las situaciones de miedo paralizante que nos podemos encontrar en la vida.
El miedo es un sentimiento que surge en la persona ante un estímulo que interpreta como peligroso para su subsistencia. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto primero es defender la vida biológica; sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza. Este miedo es natural y sería inútil luchar contra él. Pero el ser humano puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar sus posibilidades de verdadera humanidad. Este miedo artificial en lugar de defender aniquila. Este miedo es lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.
¿Por qué tenemos miedo? Anhelamos colmar nuestro déficit de ser, intentamos conseguirlo, pero surge en nosotros el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. Creemos ser lo que no somos y quedamos enganchados a ese falso “yo”: de ahí nuestro miedo a la muerte. No hemos descubierto lo que realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente. Jesús nos dice: “La verdad os hará libres”. Por algunos miedos nos convertimos en creadores de máscaras que nos tranquilizan y a las que terminamos confundiendo con nosotros. Si conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para esos miedos. Hay que seguir profundizando en el autoconocimiento.
Si Jesús nos invita a no tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. Dios no es la garantía de que todo va a salir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso.
La confianza no surge de un voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es en nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está en mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí no es una pérdida, sino una ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios y no tengo nada que temer.
Hablar de la confianza en Dios, nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de confiar en un ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera, aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. Por grande que sean el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para la confianza y la alegría -aunque no por ello podremos evitar las lágrimas-.
Si de verdad me creo que, visto desde Dios, todo es uno, entonces surgirá en mí un sentimiento de total seguridad de total confianza, en lo que soy y en lo que yo significo para Dios. Lo mismo que descubriré lo que Dios significa para mí. Esta experiencia no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos. Jesús nos invita a no tener miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de nosotros mismos.
Todos los miedos se resumen en el miedo a morir. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. Temer la muerte es temer perder todo eso. Por tanto, es un contrasentido intentar alcanzar la plenitud de la vida y seguir temiendo la muerte. En el evangelio está muy claro. Aunque te quiten la vida, lo que te arrebatan es lo que no es esencial para ti.
Pasamos buena parte de la vida buscando caminos, ensayando senderos, dibujando horizontes y soñando con proyectos hasta que un buen día nos damos cuenta de que es el camino quien nos busca a nosotros, que el camino no había que inventarlo, sino simplemente descubrirlo. Que la vida nos ofrece lo necesario para entrar en esa patria a la que Jesús llama Padre y a la que todos aspiramos.

jueves, 29 de agosto de 2019

LA TEOLOGÍA DE LA PARADOJA


LA TEOLOGÍA DE LA PARADOJA

“Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Mt 19, 25-26).
“Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 11,10)

El arte de acompañar a la gente en el camino espiritual es un arte ‘mayéutico’, “de comadrona”, así llamaba Sócrates a su ‘cura de almas’, a su método de hacer que el alumno llegue personalmente a la verdad ayudado por las preguntas del acompañante, inspirándose para acuñar el término en el oficio de partera de su madre; es preciso ayudar a la persona concreta, sin ninguna manipulación, para que en su situación singular encuentre su camino, madurando hasta dar a luz una solución sobre la que sea capaz de asumir la responsabilidad. “La Ley es clara”, pero la vida es compleja y ambigua; a veces la verdadera respuesta es el valor y la paciencia de ‘perseverar en la pregunta’.
Sobre el tema de los acontecimientos pascuales cada cristiano ha escuchado muchísimas reflexiones y homilías, pero ¿se ha convertido realmente la Pascua en la auténtica clave que nos abre la comprensión de nuestra vida y de la situación actual de la Iglesia? Solemos evocar bajo el concepto de ‘cruz’ más bien nuestras dificultades personales, como la vejez o la enfermedad; sin embargo, la idea de que ‘también en nosotros, en la Iglesia, en nuestra fe, en nuestras seguridades tiene que “morir” mucho, que ser crucificado, para abrirle espacio al Resucitado’ es para muchos de nosotros los cristianos, me temo, completamente lejana.
Si confesamos “la fe pascual, en cuyo centro está la paradoja de la victoria por medio de la absurda derrota”, ¿por qué tenemos tanto miedo a las propias derrotas, incluyendo la demostrable debilidad del cristianismo en el mundo actual? ¿No nos habla Dios a través de estos hechos, de modo similar a como habló mediante el relato que rememoramos al leer el Evangelio pascual?
Sí, cierta forma de religión, a la que nos habíamos habituado, está muriendo, es verdad. Las épocas de crisis y las épocas de renovación son parte de la historia de las religiones y de la historia del cristianismo; sólo está realmente muerta una religión que no atraviesa cambios, que se ha salido de ese ritmo de la vida. 
Los Evangelios comienzan a ser ‘evangelio’, buena noticia (euangelion), anuncio liberador de la salvación, ‘con el anuncio de la resurrección’: de aquello que hasta entonces hasta a los mismos discípulos les parecía increíble. No es de extrañar: es, desde luego, “imposible”, al menos en el sentido de que algo así no reside ni en las posibilidades de la capacidad humana ni en el entendimiento del ser humano, de que es algo radicalmente distinto a todo lo que conocemos por experiencia nosotros o cualquier persona. Y es que la resurrección de Jesús no es, en el sentido bíblico y teológico, la “vivificación de un cadáver”: resucitación, vuelta al estado original, a este mundo y a esta vida que terminará de nuevo con la muerte; a los autores neotestamentarios, y en especial a Pablo, les importa que no confundamos estas cosas. La “resurrección de Cristo” no es ningún otro ‘milagro’ de la serie de prodigios a los que ya está acostumbrado cada lector de la Biblia; con este concepto (si lo prefieren, imagen, metáfora..., pues cada discurso sobre Dios depende de imágenes y metáforas) quiere decirse ‘mucho más’. Por eso este anuncio -el evangelio de la Resurrección- exige de nosotros una respuesta mucho más radical que simplemente el formarnos una determinada opinión sobre lo que pasó con el cadáver de Jesús; es necesario ante todo hacer algo con nuestra propia vida: también nosotros hemos de experimentar una profunda transformación, en palabra de Pablo “morir con Cristo y resucitar de nuevo de entre los muertos”. La fe en la resurrección incluye el valor de “cargar con la cruz” y la decisión de “vivir en una vida nueva”; sólo entonces, si el acontecimiento del que habla el relato pascual transforma nuestra existencia, se convierte para nosotros en ‘evangelio’, en palabra “llena de vida y fuerza”.
Es posible leer el relato de la Pascua de dos modos absolutamente diferentes. Bien como ‘drama en dos actos’, en cuyo primer acto un hombre justo e inocente es condenado y ejecutado, siendo en el siguiente, el segundo, resucitado y aceptado por Dios. O como un drama en un acto, en el que ambas versiones del relato se desarrollan simultáneamente.
Esa primera lectura significa que la “resurrección” es un ‘final feliz’ y entonces todo el relato es un típico mito o un cuento optimista que acaba bien. Semejante relato puedo escucharlo y pensar que más o menos así habrá sido (algo que la gente confunde con la “fe”), o juzgar que no debió ser así, que aquello no pasó de esa manera… o no pasó en absoluto (y esto lo confunden con la “falta de fe”).
Sin embargo, sólo la segunda lectura, la “paralela”, es lectura ‘con los ojos de la fe’. Fe significa aquí por supuesto dos cosas: por una parte, la ‘comprensión de que se trata de una paradoja’ (de que esa segunda capa del relato, la “resurrección”, es la ‘reinterpretación’ de la primera, no su feliz desenlace posterior), y, por otra parte, ‘la decisión de unir este relato con el relato de la propia vida’. Esto significa “entrar en el relato”: y a su luz entender de nuevo y vivir de forma nueva la propia vida, ser capaz de cargar con su carácter paradójico, no tener miedo de las paradojas que trae la vida.
En esta segunda forma de lectura del mensaje del relato pascual no hay “optimismo” (‘opinión’ de que todo acabará bien, de algún modo), sino ‘esperanza’: capacidad de “reinterpretar” hasta lo que no termina bien (pues toda la vida humana puede ser vista como una “enfermedad incurable, que termina necesariamente con la muerte”), para poder aceptar la realidad y su carga y perseverar en esa situación, aguantar, y, si es posible, ser, además, útil a los demás.
En nuestra proclamación del anuncio de la resurrección “no puede quedar silenciado el grito del Crucificado”, pues, si no, en lugar de la teología cristiana de la resurrección ofrecemos un banal “mito de la victoria”.
La fe en la Resurrección no debe trivializar lo trágico de la vida humana, no nos posibilita zafarnos de la carga del misterio (incluido el misterio del sufrimiento y de la muerte), no tomar en serio a los que luchan con dificultad por mantener la esperanza, a los que soportan “la fatiga y el calor del día” de los desiertos exteriores e interiores de nuestro mundo.
…///…
Uno de los amigos fieles y discípulos de Sigmund Freud, el teólogo protestante Oskar Pfister, respondió a su maestro a la pregunta de si, como cristiano creyente, podía ser tolerante con respecto a su ateísmo: “Si considero que usted es mucho mejor que su falta de fe y yo mucho peor de lo que mi fe exige, juzgo que la diferencia entre nosotros al fin y al cabo no es tan grande, y no veo motivo por el que no pudiéramos tolerarnos”.

(Tomáš Halík)


viernes, 23 de agosto de 2019

JESÚS Y LAS MUJERES...


JESÚS Y LAS MUJERES…

Su madre en las bodas de Caná: le cuenta lo que les pasa a los novios -que no les queda vino-, Jesús protesta arguyendo que aún no ha llegado su hora, pero María no le hace ni caso, y les dice a los sirvientes que hagan lo que él les diga. Y ahí está el tío, dándole cuerda al reló…
(Mt 15, 21,28).- "Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.» Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» «Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija." 
Jesús estaba acostumbrado a vivir de la escucha de la Palabra de su Padre y en esta escena Él le comunica su voluntad a través de la fe e insistencia de una pobre mujer pagana. En el comienzo del encuentro, Jesús parece convencido de que Dios no le envía más que a las ovejas perdidas de Israel -¡vamos, que parece un ignaronacionalista cualquiera!-; al final, descubre gracias a la mujer que su envío abarca también a los paganos y alejados del pueblo de la Alianza. Dios sigue comunicándonos su voluntad también a través de aquellos que nunca hubiéramos pensado que eran portadores de su Palabra.
Por ello, muchas personas se escandalizan de las elecciones que Dios va haciendo a lo largo de la historia. El pueblo de Israel se consideró siempre pueblo elegido. ¿Tiene Dios acepción de pueblos? La comunidad cristiana se considera agraciada con el don de la fe. ¿Es que Dios es arbitrario y caprichoso, a unos les da fe y a otros se la niega? ¿No es la salvación para todos? Conviene tener muy claro que la fe y la elección no son privilegios que Dios otorga, sino “responsabilidades y misión” que Dios encomienda. Israel y la Iglesia están llamados a ser mediadores de salvación para toda la humanidad. Jesús parece forzar la escena para que la cananea insista humildemente en su derecho a participar de los bienes de la salvación, a pesar de ser extranjera (¡Cómo nos cuesta un Jesús al que le enseñen!). Pero la escena termina abriendo la salvación a todo el que cree: “Mujer, qué grande es tu fe”.
Y lo más curioso, Jesús es corregido y se deja corregir, por una pobre mujer cananea, una gentil, una “don nadie”. Aquí nos vendría muy bien una meditación acerca de cómo reaccionamos nosotros cuando nos corrigen, y además con razón.

domingo, 11 de agosto de 2019

SEMILLAS PARA LA ESPERANZA Mt 103,1-23


Del Evangelio según san Mateo 13, 1-23
SEMILLAS PARA LA ESPERANZA
A este momento de la vida de Jesús corresponde la enseñanza de las parábolas sobre las semillas: del sembrador, de la semilla que crece por sí sola, del grano de mostaza... Corresponden a un momento de crisis del ministerio de Jesús. Jesús empieza a hablar de las semillas, como símbolo del porqué de su esperanza, a pesar del realismo, cuando comienza a cundir el desaliento entre los suyos; cuando emergen los desánimos y surgen preguntas como éstas: ¿Por qué la muchedumbre que, en una primera etapa, se agolpaba junto a ti, Señor, ha comenzado a cansarse y ya no te sigue? ¿Por qué el número de fieles discípulos que continuamos a tu lado no aumenta? ¿Por qué el Reino que predicas, y que dices que ya ha comenzado, no crece o, al menos nosotros no lo vemos crecer? ¿Por qué las autoridades religiosas desconfían de Ti y el pueblo no se convierte? ¿Por qué todo parece seguir igual?
Son preguntas similares a las que nosotros hemos formulado tantas veces: ¿por qué la Palabra de Dios -si verdaderamente es Palabra de Dios- no arrolla al mundo, no lo cambia en un abrir y cerrar de ojos? ¿Por qué nuestro apostolado tiene tan poco fruto y hay tanta desproporción entre el esfuerzo que invertimos y lo que cosechamos? ¿Por qué nuestro mensaje no es atractivo? ¿Por qué la gente no corresponde inmediatamente, de tal manera que lo comprenda con prontitud, lo asimile y lo ponga en práctica?
En fin, todas estas preguntas, que, a veces, nos queman, podemos resumirlas en ésta: ¿por qué va así el Reino de Dios y no hay una inmediata correspondencia entre el poder de la Palabra y su realización? Ante estas preguntas que parecían propiciar el desaliento, comienza Jesús a hablar de las semillas para levantar la esperanza.

Parábolas para la esperanza
Las parábolas -que tienen a la semilla como protagonista común- nos dan, cada una con sus matices propios, la respuesta a esta pregunta fundamental. ¿por qué la Palabra de Dios no produce fruto inmediatamente y no transforma al mundo, a los demás, a mí mismo?
1.- La parábola del sembrador -que hoy hemos leído, y con la que se abre "el discurso en parábolas" de Jesús del evangelio de san Mateo- trae este mensaje: la Palabra de Dios no produce frutos automáticamente. Porque el Reino es propuesta de un Dios que es Amor, no imposición. Y, como propuesta amorosa, corre el riesgo de la no aceptación. Y es que el misterio del Reino no puede interpretarse con categorías de eficacia (basta poner los medios para obtener los resultados adecuados); porque es un misterio de diálogo personal; de un Amor que busca una respuesta amorosa y, por tanto, libre. Y, de esta manera, la Palabra de Dios asume el riesgo de que se la coman los pájaros (es la semilla al borde del camino; es decir, la palabra escuchada pero no entendida, que no llega al corazón y se queda en la epidermis) o del secarse sin raíces entre las piedras (que cae en un corazón inconstante y, tras el primer entusiasmo, se disuelve ante las dificultades o de quedar ahogada por las espinas (por los afanes de la vida y la seducción de las riquezas).
En conclusión: la Palabra no produce automáticamente fruto sino humildemente, y, aunque es divina, se adapta a las condiciones del terreno o, mejor, acepta las respuestas que da el terreno, y que muchas veces son negativas. Pero cuando la tierra es buena y fértil, produce un fruto abundante que puede llegar hasta un treinta, un sesenta o incluso un ciento por uno.
Así Jesús les explica a los apóstoles por qué Él predica y su palabra no es eficaz. En realidad, la Palabra no es ineficaz; lo que falla muchas veces es la acogida. Esta parábola pretende ser la justificación de Jesús ante los suyos, que quieren un éxito más grande, casi automático.
2.- Con la parábola de la semilla que crece por sí sola quiere decir a los apóstoles que la Palabra da fruto a su tiempo. Hay que tener confianza, porque la Palabra sembrada va adelante por sí misma. Hay, pues, que sembrarla con valentía, no permanecer inactivos con el pretexto de que el terreno no sirve y que hay que esperar mejores condiciones; no hay que creer que somos los dueños de la Palabra.
La primera parábola da una enseñanza de realismo -mucha porción de semilla se pierde y hay que contar con ello-, y ésta enseña, una confianza absoluta en que la Palabra, por sí misma, dará fruto. Sólo hay que sembrarla con audacia, paciencia y perseverancia.
3.- La parábola del grano de mostaza se dirige a unos discípulos preocupados porque el grupo de seguidores sigue siendo pequeño, no se desarrolla; discípulos inquietos porque mucha gente no toma en serio al Maestro.
Jesús les dice: "No tengáis prisa. El Reino de Dios comienza con poco, dejad que las cosas se desarrollen al ritmo de la "paciencia de Dios". De las pequeñas semillas, de esos comienzos casi imperceptibles, brotará el Reino hasta llegar a su plenitud". De este modo Jesús pide a los discípulos un cheque en blanco: "Tened confianza absoluta en Mí. ¡Seguidme! Vosotros percibís que las cosas no marchan como os habíais imaginado; creíais tener un Maestro que atraía multitudes. Esto no es así. Y no depende de mí. Depende del hecho de que el Reino tiene la estructura de una propuesta de persona a persona; pero el Reino es poder de Dios y, por tanto, se desarrolla y crece. De lo poco Dios producirá lo mucho; de lo poquísimo, se lograrán cosas inmensas".
Así, Jesús educa a los suyos para que cierren los ojos a lo que parece realidad porque se ve y los abran a lo que realmente existe. Y lo que realmente existe es la realidad misteriosa del reino de Dios, que está fermentando silenciosamente, sin que nos demos cuenta, y dará fruto a su tiempo. "¡El que tenga ojos para ver, que vea; el que tenga oídos para oír, que oiga!", repetirá Jesús. esto nos lo dice también a nosotros. Con sus parábolas de las semillas, Jesús nos enseña 1) a abrir los ojos para ver lo invisible; 2) a sembrar.

Ojos para ver
Jesús nos invita a "vivir de fe". Y esto significa no vivir en la superficie sino taladrarla hasta llegar allí donde crecen las semillas del Reino y donde se puede oír su clamor. Con las parábolas de las semillas, Jesús nos enseña a mirar más hondo, para descubrir lo que es "invisible a los ojos": que el mundo está habitado por la presencia viva, amorosa, crítica e interpelante de un Dios de infinita y amorosa paciencia.

Sembrar
Decía Jesús, con sus parábolas sobre las semillas, que hay que sembrar con audacia y perseverancia, sin esperar a que existan mejores condiciones para la siembra. Lo nuestro, por lo tanto, es sembrar. Y sembrar con generosidad. San Pablo, que tanto habló también de las semillas, nos recuerda: "El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; y el siembra generosamente, generosamente cosechará" (2 Cor 9,6).
Sembremos la "Palabra que crece sola" y las obras del Espíritu que habita en nosotros (Rom 8,11). Porque cuando sembramos la Palabra y los "frutos del Espíritu"  (Ga 5,22): amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad…, el Reino crece.
Si tuviéramos esos "ojos de fe" que no se quedan en la superficie, sino que llegan hasta el Misterio Acogedor que habita nuestro mundo y nuestra historia, veríamos y oiríamos el despertar de las semillas del Reino. Porque en este mundo nuestro, tan áspero y tan osco, que parece tan dejado de la mano de Dios, las semillas del Reino se van abriendo. En él, hay semillas de amor, de fidelidad, de paciencia, de gozo, de mansedumbre..., a pesar de todos los eriales y de todos los desolados desiertos que las circundan. Si miramos a nuestro alrededor -y también a lo largo y ancho de nuestra vida-, apreciaremos que hemos conocido y conocemos a muchas personas que, con entrega paciente, su bondad abierta, su afabilidad contagiosa, su lucha por la justicia y la paz... están sembrando las semillas del Reino.
Actuemos también nosotros así. Salgamos a sembrar. "En el movimiento de Jesús no necesitamos cosechadores. Lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, llenar las iglesias, imponer nuestra fe religiosa. Lo que nos hace falta son sembradores. Seguidores de Jesús que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión. Ésta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por cosechar a la paciente labor de sembrar. Jesús nos dejó en herencia la parábola del sembrador, no la del cosechador".
Pero, al salir a sembrar, recordemos la enseñanza de Jesús sobre las semillas. Él nos dijo:
1.- Que las semillas crecen de noche, mientras el hombre duerme. Y es Dios quien las hace fructificar. Pongamos nosotros las semillas sin desanimarnos -aunque no las veamos crecer al ritmo que quisiéramos- y dejemos que sea Él quien las haga florecer.
2.- Que las semillas deben pudrirse -morir- para dar fruto, vida. Toda semilla tiene cierto sabor a cruz. Las semillas del Reino que podamos sembrar también darán a nuestras vidas un cierto talante de sacrificio y de cruz. Pero así, nuestras vidas crucificadas -para dar vida, hay que dar de la propia vida- estarán al servicio del crecimiento del Reino.
3.- Que las semillas son diminutas, casi sin importancia. Son como el grano de mostaza. También el amor, la fidelidad, la mansedumbre o la paz que pongamos en el mundo nos pueden parecer pequeños y sin valía. Sin embargo, el grano de mostaza crece y crece hasta fructificar en un arbusto gigante. También las pequeñas semillas del Reino que podamos sembrar en nuestro mundo crecerán hasta que Dios sea todo en todos, comunión total.

Nosotros, que sabemos, con fe pascual, que la entrega de la vida de Jesús, su muerte, fue la semilla primeriza de una gran cosecha, iniciada irreversiblemente en su Resurrección, sembremos con esperanza. Apoyados en Jesús -Él es nuestra esperanza (1Tim 1,1)-, invirtamos en el amor, esta siembra nunca se pierde.

(No recuerdo el nombre del autor@)

¿Te ladran los perros?...2019


...¿TE LADRAN LOS PERROS?... 2019
El camino hacia mi tesoro -¡lo que estoy llamado a ser!- también pasa por el diálogo con los perros furiosos, es decir, el diálogo con mis pasiones, mis pulsiones, mis problemas, miedos y heridas, con todo lo que ladra dentro de mí y amenaza con tragarse mis energías.
Una espiritualidad desde arriba empezaría por encerrar los perros en una torre y se haría construir al lado un bonito chalet de ideas. Pero siempre habría que vivir allí preocupados ante la posibilidad de que un día los perros pudieran escaparse y devorar al primero que se encontraran por delante. Habría que vivir además en angustia permanente ante la posibilidad de emboscadas de las diversas concupiscencias, ante las tentaciones, constante espiritual en la vida de las personas piadosas. Y, sobre todo, quedaría uno aislado de la vida. “Todo lo que se reprime o se aparca queda restado de la vitalidad”. Los furiosos perros ladradores están plenos de vitalidad. Si los encerramos quedamos privados de su energía, necesaria para llegar a Dios y al encuentro de nosotros mismos. La torre, en la que nos encontramos con los perros, es un símbolo de maduración humana; la torre hunde sus cimientos en la tierra y se eleva al cielo. Es redonda, símbolo de la totalidad. Si por un elevado idealismo encerramos y atamos los perros ladradores, nos condenamos a vivir en tensión permanente por miedo a que un día se suelten y salgan. Muchas veces huimos de nosotros mismos, nos da pánico mirarnos al interior por miedo a ver allí un peligroso perro. Pero cuanto más encadenemos los perros más furiosos se vuelven. Se trata, por tanto, de armarse de valor y penetrar en la torre y allí, en paz, dialogar confiadamente con ellos (no por miedo de pensamientos anulados por actos: al fin y al cabo los esfínteres pueden ser liberadores de heces o de tensiones, y moralizar la biología no suele llevar precisamente al paraíso. A nadie amenaza más el orgullo que al que cree encontrarse en un estado de perfección, disponiendo de los medios más idóneos para recibir a Dios. Y si sucumbe a él, entonces es peor que el asesino en serie que no ha tenido las oportunidades del monje. Se prostituye espiritualmente, lo cual es infinitamente peor que hacerlo corporalmente. Debe, pues, ser consciente de que, entre los que se arrastran por el fango, hay quienes son, o llegarán a ser, mejores que él, y cuya santidad brillará en este mundo o en el otro: “He visto almas impuras que se arrojaban hasta el paroxismo en el ‘eros’ físico. La experiencia misma de ese ‘eros’ los llevó al cambio… Por eso, Cristo, hablando de la casta prostituta, no dice que ella había tenido miedo, sino que había amado mucho, y que había podido fácilmente superar el amor con el amor). Pronto nos descubrirán el secreto del tesoro que guardan. Ese tesoro puede ser un nuevo impulso de vida, un nuevo estilo de autenticidad personal, la nueva manera de ser yo mismo hasta completar la imagen que Dios se ha formado de mí.

Trigo y cizaña
Liberados por Dios, no estamos bajo el dominio de los príncipes de este mundo. No se alza ningún juicio contra un mundo que fuese ‘fuente’ de mal. El mundo todo lo más es ambivalente. Él solo tiene que ser liberado, si se puede hablar así. Ni siquiera su cizaña puede ser arrancada (Mt 13,24-30): bien porque no lo sea más que a los ojos de nuestra impaciencia sin discernimiento; bien porque, incluso separada del trigo, no deja de guardar en ella misma un principio válido que permanece y cuya economía ignoramos (¿con qué derecho antropocéntrico determinamos que una hierba es una mala hierba? ¿en qué cabeza cabe salir al campo a ilegalizar plantas?); bien porque incluso la cizaña más cualificada como mala hierba pueda, ser convertida de arriba abajo, como un Saulo en un Pablo, precisamente porque su naturaleza básica no está corrompida.
(El Cosmos. Adolphe Gesché)


martes, 30 de julio de 2019

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN


LA NUEVA EVANGELIZACIÓN 2019  
La nueva pastoral vocacional

-¡Arriba las manos! ¡Dame lo que tengas de valor antes de que te meta cuatro tiros!
-¿Un atraco? ¿Y entras en una iglesia franciscana? ¿Y te diriges al confesionario?...
-¡Que te calles! ¡Qué todos los frailes sois ‘mu’ falsos! ¡Que se os llena la boca con cosas como: “Todo amanecer se engendra en la oscuridad de la noche”, ‘nos ha jodio’, y al peral, cuando le dejan, da peras! Otras como “flores en primavera, frutos en verano, hojas en otoño y fría nieve en invierno”, ¿es que por decir lo evidente os transformáis en cagadores de nata? ¡Que te voy a meter los cuatro tiros sin necesidad de que me des ‘na’!
-Puesto que ya me has condenado, imagino que tendré derecho al ‘porrillo’ antes del fusilamiento…,  que vamos a ver si vas tú a ser menos que los militares, que conceden ese especial pitillo a los condenados, que eso que tienes en la mano es una ‘nueve milímetros parabellum’…
-¡Qué ‘porrillo’ tío! ¡Un cigarrillo y vas que te matas! ¡Qué te voy a matar yo!... ¿y cómo conoces tú el calibre de la pipa?...
-¡Es que yo hice la ‘mili’! ¿No traes nada liado, que armas, desesperación y drogas suelen ir juntas?… Y además ya sabes lo perjudicial que es el tabaco para la salud.
-¡Yo no he venido a que me confieses! ¡Y deja de calentarme la cabeza, que te descerrajo ahora mismo el cargador! Y en fin, sí, traigo uno ‘liao’, y como te voy a matar, no me importa que te lo fumes.
-Pero no aquí, ¡hombre de Dios!, vamos a la sacristía, que a esta hora comienzan a aparecer algunas feligresas y no estaría bien que se encontrasen con este espectáculo.
-¡No me comas la cabeza! ¡Vamos a la sacristía y terminemos con esto de una vez!¡Mira que esta ‘maría’ es de cosecha propia!
…Y allí, en la sacristía, como empezó pegándole él, comenzamos a hablar de lo humano y de lo divino y de todo lo demás (lo demás era que llevaba más de uno ‘liao’, y como en las sacristías vino tampoco falta)… y a mí que me da por hablar, y en ese estado, con línea directa, sabiendo que el próximo paso, que sería el último, serían cuatro tiros…, yo no sé qué diría y qué no diría, pero finalmente le escuché decirme:
-Entonces, ¿a ti cuatro tiros te dejan en la gloria?...
-¡Hombre, no por merecimiento! ¡Por oficio, tampoco! ¡Será por gracia, o no será!
-¿Y se puede vivir así, aceptando la posibilidad de la muerte a cada instante?...
-¿Se puede vivir de otra manera?... Creo que era san Bernardo de Claraval el que decía que para una vida en plenitud y sin engaños no había como representarse a cada instante la vista del propio cadáver.
…Algo tuvo que suceder, porque lo último que recuerdo es que terminé mandándolo al ‘maestro de postulantes’, en nuestro convento de San Diego de Canedo, en Puenteareas, porque el muchacho estaba en la edad. Me dejó la pistola, la ‘maría’, el tabaco, el papel…
-¡El Señor es mi pastor, nada me falta!

[Pdta. “Sin sentido del humor tampoco se podrá entrar en el cielo”]


(La oración de la rata; Tony del Maillo, Editorial Ciruela).



lunes, 8 de julio de 2019

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA , Mt 5-7


EL SERMÓN DE LA MONTAÑA (Mt 5-7)

El Sermón de la Montaña es un exponente de cómo la atención al trabajo interior es al mismo tiempo una apertura a la alteridad. Este estadio se corresponde con el código moral del Evangelio, el cual se presenta como una extensión del Decálogo de Moisés, dado también en una montaña. Jesús no suprime los mandamientos de la Primera Alianza (Mt 5,17-20), que considera como una ‘ética de mínimos’, sino que trata de aumentar el campo de donación: no se trata sólo de no matar, sino ni siquiera de enfadarse o de insultar a un hermano (Mt 5,21-26); no es cuestión sólo de no cometer adulterio, sino de no desear con la mirada (Mt 5,27-30); ya no se trata únicamente de no jurar en nombre de Dios, sino de no jurar en nombre de nada (Mt 5,33-37); no es sólo cuestión de no mentir, sino de dar plena veracidad a nuestros síes y nuestros noes (Mt 5,37); no se trata sólo de no robar, sino de no atesorar y, a cambio, confiar (Mt 6,25-34). En definitiva, el comportamiento ético consiste en alcanzar la conciencia de que los demás son como yo: “Todo lo que deseéis que os hagan los demás, hacedlo vosotros por ellos. Esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). Estamos ante el mismo tipo de pauta que dio Confucio cuando fue interrogado sobre el significado del ‘jên’ (bondad, benevolencia, humildad): “No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan a vosotros”.

En el hinduismo, tal serenidad de comportamiento se alcanza mediante el ejercicio de la acción desinteresada o la “inacción en la acción” (naishkarmya karman), que es lo propio del Karma Yoga, es decir, de “la unión a Dios por medio de la acción”. Tal vez se trate de la aportación más característica del Bhagavad Gîtâ. La clave está en no desear autocentradamente:
“La persona que se mantiene igual en la censura que en la alabanza, silenciosa, satisfecha de todo, sin hogar, llena de una firme resolución, es querida por Mí” (BG 12,19).

A este respecto pueden verse las Admoniciones de san Francisco de Asís: 12, 13, 14, 15, 19, 22, 23.
Nº XII: De cómo conocer el espíritu del Señor.- Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres.
Nº XIII: De la paciencia.- Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más.
Nº XIV: De la pobreza de espíritu.- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).
Nº XV: De la paz.- Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.
Nº XIX: Del humilde siervo de Dios.- Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más. ¡Ay de aquel religioso que ha sido puesto en lo alto por los otros, y por su voluntad no quiere descender! Y bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no es puesto en lo alto por su voluntad, y siempre desea estar bajo los pies de los otros.
Nº XXII: De la corrección.- Bienaventurado el siervo que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. Bienaventurado el siervo que, reprendido, benignamente asiente, con vergüenza se somete, humildemente confiesa y gozosamente satisface. Bienaventurado el siervo que no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, cuando no incurrió en culpa.
Nº XXIII: De la humildad.- Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores. Bienaventurado el siervo que permanece siempre bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra.

“El hombre de buena voluntad, que muestra simpatía y compasión por todas las criaturas, que, libre de todo egoísmo, ya no concibe pensamientos como ‘yo’ o ‘mío’, dotado de una paz estable, permanece en armonía tanto en los momentos de placer como en los de desdicha, manteniendo una actitud continua de perdón hacia toda ofensa […], este hombre en verdad me ama, al igual que Yo le amo a él” (BG 12, 13-14).
“El que se aparta de la acción pero no aparta su mente de la avidez de los sentidos, vive en la ilusión y es un falso seguidor del yoga. Pero el que, manteniendo sus sentidos bajo control y libre de apego, se entrega al camino del Karma Yoga, este es en verdad un gran hombre […]. En este mundo todos somos esclavos de la acción, a menos que se convierta en adoración […]. Realiza tus acciones con pureza, libres de la esclavitud del deseo” (BG 3,6-7.9).
“Actúa sin apego y realiza el trabajo que debas hacer, pues el hombre cuyo trabajo es puro, obtiene sin duda lo Supremo” (BG 3,19).
La finalidad de la acción desinteresada, libre de todo apego (BG 3,9), es colaborar con la solidaridad cósmica en el mantenimiento del orden y ritmo del mundo (lokasamgraha): “Del mismo modo que el ignorante ejecuta sus acciones apegado al resultado de ellas, el sabio trabaja desinteresadamente para el bien de la humanidad” (BG 3,25).

Al respecto podemos leer en el Tao Te King, LXIV:
Lo que aún está quieto es fácil de coger.
Lo que aún no se manifiesta es fácil de tener en cuenta.
Lo que aún es frágil se puede quebrar con facilidad.
Lo que aún es pequeño se puede dispersar fácilmente.
Hay que influir en lo que no existe todavía.
Hay que ordenar lo que aún no está desordenado.
Un árbol cuyo grosor es de una braza,
nace de un tallo fino como un cabello.
Una torre de nueve plantas
no se levantará con un montículo de tierra.
Un viaje de mil millas
empieza con un solo paso.
Actuar es estropear.
Retener es perder.

El Sabio no actúa, y así no estropea nada.
No se aferra, y nada pierde.
La gente se ocupa de sus asuntos,
y siempre, poco antes de acabar,
lo estropean todo.
Si se cuidara tanto el final como el principio,
no habría asuntos arruinados.

Lo que el Sabio desea es no tener deseos.
No valora los bienes de difícil alcance,
aprende el No-aprender.
Se vuelve y ve aquello en que la gente no repara.
Así, favorece el curso natural de las cosas,
y no se arriesga a actuar.
(Lao Tsé, traducción de R. Wilhelm).

Dice Dôgen (s. XII), maestro zen:
“El gran camino no es difícil, pero es incompatible con él escoger y seleccionar. Sin rechazo ni apego, el camino es evidente. Pero la más mínima diferencia produce una distancia como del cielo a la tierra. Si se quiere captar el aquí y ahora, no ha de haber preferencia ni aversión”.

Son palabras sorprendentemente cercanas a la noción ignaciana de la indiferencia:
“Me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta…” (EE 166).

Encontramos casi los mismos términos en el Bhagavad Gîtâ:
“Sólo cuando el alma encuentre la paz, la persona estará en paz. Tanto si hace frío como calor, en el placer como en el dolor, tanto en la gloria como en la desgracia, él siempre está unido a Él” (BG 6,7).
Este estado no se puede confundir con la insensibilidad o la apatía, sino que es una libertad soberana respecto a las apetencias y rechazos del ‘ego’. “El hombre que ha renunciado al fruto de sus acciones está siempre contento y libre de toda dependencia, y aunque interviene en la acción, él no actúa” (BG 4,20).