EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

domingo, 9 de junio de 2019

LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA


LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA

                    El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe».
            El cual respondió: «Heme aquí preparado».
            «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.
            Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
            Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.
            También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
            Pero ¿cuál es la verdadera alegría?
            Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.
            Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.
            Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.
            E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.
            Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.
            Y él responde: No lo haré.
            Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
            Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

En dos palabras, lo que Francisco le está diciendo al hermano León, tras ser rechazados por ser confundidos con unos ladrones o pordioseros, es que deben alegrarse y bendecir a sus hermanos que los han rechazado, porque les habrían ayudado a recordar que todo es gracia y que nada se merece y así se habrían acercado al amor desposeído de Cristo crucificado.

Veamos lo que el Bhagavad Gitá nos dice al respecto:
“El que no está apegado a las cosas exteriores encuentra dentro de sí toda la alegría. Su gozo es constante y eterno, pues su alma ha encontrado la unión con Brahman -el Dios creador, masculino, que constituye junto con ‘Vishnú’ y ‘Shiva’, la manifestación ‘Trimurti’ del Ser Supremo hindú-” (BG 5,21).
“Aquel que antes de abandonar este mundo, estando todavía en el cuerpo físico, consigue superar los impulsos del deseo y de la pasión: este es un auténtico yogui y su dicha es permanente” (BG 5,23).
“Una vez que le ha sido revelada la luz interior, su alegría y su dicha provienen de su interior. Con seguridad este yogui alcanza el ‘nirvana’ en el que, haciéndose uno con Dios, ha de morar para siempre” (BG 5,24).
“Aquellos santos, ya libres de pecado, cuyas almas han superado toda duda y se encuentran en armonía, pronto alcanzan el ‘nirvana’; y su gozo es tal que se hace incomparable” (BG 5,25; 6,20.27.28.30.31).


Así mismo lo expresa Rumi:
“Somos gente feliz sin oro ni riquezas,
permanecemos tranquilos en el dolor y mansos ante el miedo,
felices y sumisos hasta la última revolución del firmamento.
No creas que estamos, como tú, solamente medio contentos”.

También aparece en la experiencia espiritual del neoplatonismo:
“El alma que se ha transformado en el Bien lo dice silenciosamente, saboreando la alegría […] de haber vuelto a ser lo que había sido en los orígenes. Aquello de lo que antes se enorgullecía -cargos, poder, riqueza, belleza y ciencia- ahora lo desprecia y reconoce que los seguiría llamando ‘bienes’ si no hubiera encontrado algo mejor. El alma ya no teme ningún sufrimiento, ya que toda ella está tomada por la contemplación. Y si alguna cosa perdiera, lo aceptaría con gusto, para estar sola ante el Bien. Hasta tal punto es su alegría” (Plotino, Enéada VI, 34,29-39). Podemos contemplar aquí el paralelismo con la experiencia de san Pablo, el cual, después de haber enumerado sus prestigiosos antecedentes como judío, dice: “Todas estas cosas, que eran para mí ganancias, las he considerado pérdidas a causa de Cristo Jesús, mi Señor, por quien me dejé despojar de todo, y todo lo tengo por basura a cambio de ganara Cristo y ser hallado en Él” (Flp 3, 7-9).

Todavía con más vehemencia, escribirá Shankara:
“Es imposible expresar con palabras o concebir con la mente la majestad del Océano del Supremo Brahman, repleto de néctar, la Dicha del ser (Ananda); me mente, que era una fracción infinitesimal, como un granizo se derritió en aquel océano y quedó disuelta. Ahora, mi mente está completamente satisfecha de aquella esencia de la Dicha (Ananda). ¿Dónde desapareció el universo? ¿Quién se lo llevó? ¿En qué se diluyó? Hace un rato que se le veía. ¿Dejó de existir? ¡Qué maravilla! En el Océano de Brahman, lleno del néctar de la Dicha Absoluta (Ananda), ¿qué es detestable, qué es aceptable, quien es el segundo y qué es diferente? En este estado supremo, nada veo, nada oigo, nada conozco; sólo existo como el Ser, la Dicha Eterna (Ananda), distinto del resto”.
Ananda (scrt): felicidad, plenitud, beatitud. Uno de los tres rasgos de la Realidad absoluta en el hinduismo, junto con Sat y Cit. Suele ser la terminación de los nombres de los swamis. También es el nombre de uno de los discípulos de Buda.
Cit (scrt): conciencia, inteligencia, intelecto.
Sat (scrt): ser, verdad.

En los textos de las primeras comunidades cristianas aparece con frecuencia este gozo como signo de la cercanía de la plenitud de los tiempos:
“Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa” (Jn 15,11).
“Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: alegraos. No os inquieté4is por nada, sino orad en toda ocasión en acción de gracias” (Flp 4,6).

Esta plenitud no proviene del olvido de lo que está inacabado en el mundo ni lo comporta, sino que se transforma en dinamismo de esperanza en su acabamiento: “La creación entera espera anhelante la manifestación de los hijos de Dios” (Rom 8,22). “Saltáis de gozo aunque por el momento tengáis que sufrir diversas pruebas” (1Pe 1,6). A su vez la esperanza lleva al agradecimiento, como fruto de la certeza de que “todo acabará bien”, aunque sea por los desconcertantes caminos del despojo.
Ahora bien, lo que permite distinguir este gozo y esta confianza de lo que podría ser una mera evasión o descone4xión de la realidad está en su capacidad de transformar el entorno. No es una alegría ensimismada ni que anestesie, sino que contiene la lucidez que veíamos en e4l rasgo anterior y suscita la entrega: felices (makairoi) los pobres de espíritu, felices los compasivos, felices los que tienen hambre y sed de justicia, felices los que luchan por la paz, felices los que son perseguidos… (Mt 5,3-12). Una felicidad, pues, lúcida y activa que busca hacerse carne e historia en el mundo.

El signo de la entrega
En definitiva, el signo de que se ha llegado a la Fuente de donde emana toda forma de vida y de pensamiento, de manifestación y recogimiento, de palabra y silencio, es la capacidad de convertir el autocentramiento en donación. Y así podremos orar:
«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo unión,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Oh Maestro, que no busque yo tanto
ser consolado, como consolar,
ser comprendido, como comprender,
ser amado, como amar.
Porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna. Amén».

Podemos encontrar en muchos textos budistas rasgos casi exactos de esta oración:

“En este mundo, el odio nunca cesa a través del odio;
sólo cesa a través del amor.
Esta es una ley eterna” (Dhammapada 1,5).

“Conquista al hombre airado mediante el amor.
Conquista al hombre de mala voluntad mediante la bondad.
Conquista al avaro mediante la generosidad.
Conquista al mentiroso mediante la verdad” (Dhammapada 17, 223).

En el nombre de los demás sufíes, Ibn Arabi dirá:

“A través del Amor, la piedra dura se torna blanda como la manteca.
A través del Amor, la ansiedad se convierte en alegría.
A través del Amor, los vampiros se convierten en ángeles.
A través del Amor, la enfermedad se convierte en salud.
A través del amor, la ira se convierte en misericordia”

Y Rumi:

“Excepto el amor intenso, excepto ese Amor,
no tengo otro trabajo;
salvo el Amor tierno,
no siembro otra semilla.
Soy todo Amor, todo Amor.
Soy todo espíritu a través de tu Espíritu.
Estoy lleno de amor.
Encendido como un árbol en llamas”.

Tukaram, santo hindú del s. XVII, utiliza también la imagen del árbol, pero esta vez no inflamado en llamas, sino desprendiendo perfume:

“Igual que la madera de sándalo hace fragantes a los otros árboles,
el santo hace santos a los demás en este mundo”.

El aroma surge cuando la corteza se rasga. La herida se convierte en bendición para el agresor. Y es que
“La entrega libera”. “Así la rama de sándalo perfuma suavemente la hoja de la espada que la corta”.
Tal frase procede de un texto anónimo hindú datado en el segundo milenio antes de nuestra era, procedente de los valles de Cachemira. Un exponente más de la auténtica experiencia religiosa universal de que “el ser no es para reservarlo sino para ofrecerlo”. En la tradición cristiana, la liberación del mundo está identificada todavía con otro árbol: el de l a Cruz. En ella, el Hombre-Dios entrega al Espíritu ofreciéndose a Sí mismo (Jn 19,30) El Paraíso se restaura cuando, en lugar de arrebatar el fruto de las personas y de las cosas, nos convertimos en ese fruto. Por ello, consideramos que la Eucaristía es el sacramento de la Vida: porque es Pan ofrecido que convierte en capacidad de entrega a los que participan de él.
Del mismo modo liberan el mundo cuantos hacen de su vida un ofrecimiento. Así dejan pasar lo que es Dios: puro Don de Sí, Amor que no se reserva a Sí mismo. El Uno, al ofrecerse, se difracta en lo individual-diverso. Y la diversidad individualizada, al participar conscientemente en esta entrega, se reincorpora al Uno. La renuncia a todo poder, a toda voluntad de autoafirmación, es lo que permite a lo múltiple ser la manifestación armónica del Uno y al Uno manifestarse en la forma que le concede cada ser.
En palabras de san Macario, monje cristiano del siglo IV:

“Los que se han hecho Uno con el Espíritu
se han convertido totalmente en Luz, totalmente en espíritu,
totalmente en gozo, totalmente en reposo, totalmente en amor,
totalmente en compasión, totalmente en dulzura y bondad.
Para decirlo de algún modo, tales personas han sido anegadas
en el océano de las virtudes del Espíritu
de la misma manera que una piedra está rodeada de agua
en el fondo del mar”.

(J.M.R. & cía.)

domingo, 2 de junio de 2019

CLAMO. ¡VIOLENCIA!


CLAMO. ¡VIOLENCIA!

A veces, desde otras culturas, podemos escuchar las objeciones de que el cristianismo está fascinado por la violencia y pone la fealdad del sufrimiento en el pedestal donde otros ponen a personajes sonrientes; quien así se manifiesta no hace sino poner su ignorancia como pauta de conducta acerca de nuestra religión y sus símbolos. Pero, cuando son precisamente los que han crecido en una cultura impregnada por el cristianismo, los que piden que se quiten los crucifijos de escuelas y todo tipo de espacios públicos porque nadie está obligado a soportar tan terrible escena, no puedo evitar preguntarme cómo han podido ser tan bien educados para malentender tan absolutamente el mensaje de la cruz.
¡Porque el cristianismo verdaderamente ‘no celebra la violencia’! Simplemente no censura el hecho de que la violencia es parte de nuestro mundo y de que cayó sobre nuestro Salvador. Claro, que en un mundo tan bien educado como el nuestro, alguien ha debido extender la leyenda urbana de que basta con cerrar los ojos para que la violencia desaparezca. Tantos años de educación, de la buena, para terminar adoptando las actitudes del avestruz, que tan sabiamente esconde la cabeza en la arena para escapar del peligro.
Lo que el cristianismo nos dice con la cruz es que la violencia ‘no tiene ni puede tenerla última palabra’, que Jesús prefirió dejarse matar violentamente a utilizarla o aprobarla. La fe cristiana dice que la violencia, después de que Cristo la cargue sobre sí, no se alza ya como un absurdo desgarrador, sino que fue transformada interiormente por el sentido que Él l e dio a su pasión y muerte. la cruz no es a la postre una “manifestación” de violencia, sufrimiento y muerte, sino, por el contrario, un anuncio del amor que es “más fuerte que la muerte”, es un homilía sobre la fuerza de la esperanza que relativiza e ironiza a la misma muerte: “¿Dónde está muerte tu aguijón, dónde tu victoria?”.
¡No se puede, pues, adulterar así el sentido de la cruz, arrancar así el símbolo de su contexto! El Evangelio no narra el relato de la cruz como una historia de terror, en la que el sufrimiento y el horror tienen su finalidad en sí mismos, en la que son instrumentos para conseguir un agradable y excitante estremecimiento de los nervios. La imagen de la cruz y el sufrimiento apunta hacia un horizonte más amplio… ¡Y ese es el tema!
Hoy por hoy, por el terrible exceso de nuestra ignorancia, es como si la cruz, el sufrimiento y la sangre hayan pasado a ocupar el primer plano de tal modo que parece que han dejado de apuntar hacia ese contexto y horizonte más amplio del mensaje pascual, como ocultándolo. En nuestro tiempo la violencia fascina precisamente por su autofinalidad, por no apuntar sino hacia sí misma.
La muerte violenta es siempre horrible, pero las ejecuciones y las guerras en todo su horror tenían al menos ‘una meta’. Por supuesto, los bombardeos aéreos sobre territorio enemigo con abundantes bajas civiles previsibles han supuesto superar ciertos límites en la historia de las matanzas, pero también esto tenía una cierta lógica -aunque difícil de justificar-, siempre se distinguía de algún modo el frente de guerra, nuestro territorio y el territorio del enemigo. Pero para los asesinos-suicidas, que ponen explosivos en diferentes lugares de metrópolis internacionales, por los que puede pasar ‘cualquiera’, incluido algunos de sus correligionarios políticos y religiosos, sus paisanos y sus mujeres y niños, ahora ‘todo el mundo es territorio enemigo’. ¿En qué paraíso quieren despertarse esos que con esa tradición perversa de mártires hacen del mundo un infierno? En 2004, los terroristas eligieron escuelas como su objetivo y a niños como sus rehenes. Si la palabra ‘diabólico’ tiene todavía algún sentido para nosotros, entonces no vacilaremos en utilizarla para designar actos semejantes.
¡Lo demoníaco es la inversión de lo sagrado, no lo olvidemos! Cuando en la Ilustración la religión se identificó con la esfera de lo “razonable y moral”, lo ‘sagrado’ -ese ‘mysterium tremendum et fascinans’-, eso ante lo que a la razón le entra vértigo, se retrajo para escapar a dos únicos escondites: la violencia y la sexualidad.
Quizá esto nos ayude a entender por qué precisamente la sexualidad y la violencia son temas centrales de los relatos que, llenos de imágenes sugestivas, trucos fílmicos y técnicas de ordenador, son vertidos en el subconsciente de millones de personas de nuestra civilización tarde tras tarde, noche tras noche. La gente, que, por lo demás, ha perdido el contacto con lo sagrado, adivina aquí inconscientemente la posibilidad de superar la esfera de lo racional, de procurarse un pedacito de éxtasis, de salir de la cotidianidad de cada día. ¡Miren alguna vez con atención los ojos de los niños que pasan horas diarias en la curiosa masturbación mental de los juegos de ordenador que les permiten identificarse ‘sin mojarse’ con los placeres de los asesinos!
La presión de la cotidianidad, la amenaza del estereotipo y el aburrimiento, la experiencia de que todo vuelve a hacerse habitual en unos instantes, lleva a una constante intensificación de los experimentos y a la superación ‘ad absurdum’ de límites que ayer eran considerados todavía incuestionables. Y, en un determinado momento, el juego traspasa las fronteras del mero juego, la cosquilleante vivencia del asesinato, intentado mil veces para divertirse en los juego de ordenador o visto sin aliento en las películas de catástrofes o de acción, se desliga del mundo de la fantasía sobrecargada, escapa por la frontera indefinible entre la virtualidad y la realidad. La violencia baila en la escuela y en las calles, mete a todos en el juego, el terrorista y la víctima son roles intercambiables que al final combinan muy bien. ¡Todo está permitido!
No, no tengo la panacea para el dolor de la violencia. Llevo esta herida de nuestro mundo a mis meditaciones sobre el viacrucis. Sí, a veces al cerrar los ojos mientras lo rezo, aparecen todas esas escenas violentas que de un modo u otro se han ido almacenando en mi memoria. Pero no, el Jesús en e4l que creo no es ningún héroe de Hollywood, un campeón en la categoría del sufrimiento. Su resurrección no puede ser captada por el ojo de la cámara, sucede a más profundidad, en esa capa indestructible de la realidad que se llama esperanza.
“Que el sufrimiento es la roca del ateísmo, ya lo han dicho demasiados, en la Biblia es Job su mejor representante”. Después siguen siendo muchos los que han llegado a la opinión, cara a cara al sufrimiento, de que tenían que tachar de su visión del mundo la “hipótesis Dios”. Bueno, tachémosla: pero ¿ha disminuido con ello la cantidad de sufrimiento del mundo? ¿O sólo ha disminuido la fuerza de la esperanza y el mal ha recibido más oportunidades, no sólo de vencer en el mundo externo, sino de propinarle al corazón humano una dentellada de cinismo y desesperación?
La fe, que puede ser nuestra aliada en el combate contra el mal de la violencia, contra el sufrimiento y el cinismo, no puede producir explicaciones baratas; de ella, sin embargo, tiene que manar esperanza.
La esperanza es un don que Dios le ha otorgado a su creación; es la capacidad de captar la situación como siempre abierta.
El viacrucis termina cuando el cuerpo muerto de aquel que no retrocedió ante las fuerzas de la violencia y de la muerte es depositado en el regazo de su madre y luego en el seno de la tierra; pero María, que había creído que “para Dios no hay nada imposible”, sigue siendo en esa hora oscura una lámpara de esperanza: contra toda expectativa creerá, incluso en este momento, que Dios todavía no ha dicho su última palabra.
Muchas representaciones modernas del viacrucis añaden a las catorce imágenes clásicas todavía la resurrección, como última estación: le doy la preferencia a la versión clásica: ésta insinúa que estamos todavía “en medio del relato”, que la resurrección no es simplemente otra de esas estaciones: es otra dimensión, en la que podemos entrar solamente en modo esperanza. Sin embargo, justamente esta esperanza es la clave de sentido de todo el relato.
Cuando por fin sepamos contar el relato pascual, no como una historia sangrienta para despertar sentimientos de culpa, sino de modo que en nuestra homilía sea evidente esa contagiosa fuerza de la esperanza, entonces la gente no quitará espantada los crucifijos de las paredes, porque entenderán su mensaje. Cuando sepamos vivir este mensaje de un modo verosímil, entonces ni se le permitirá a la violencia ni podrá -ni en las películas ni en la real- ‘tener la última palabra’. Si Dios quiere.

(Tomáš Halík & cía.)