EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

sábado, 19 de septiembre de 2020

domingo 25º T.O. Mt 20, 1-6

25º domingo, T. O.   Mt 20, 1-6              

La parábola que hoy escuchamos en el evangelio nos resulta escandalosa, porque parece favorecer una injusticia social, o al menos un cierto despotismo en el amo de la viña a la hora de pagar a los jornaleros. Hoy nadie aceptaría que uno que trabaja la mitad del tiempo que otro, cobre igual. En nuestro mundo no entra demasiado el perdón, o la generosidad, o la gratuidad. En Dios, sí.

Mis caminos no son vuestros caminos, nos dice el Señor a través del oráculo del profeta Isaías. Jesús lo muestra en una parábola intencionadamente impactante, para conseguir que sus oyentes rectifiquen eventualmente su idea de la justicia de Dios y se interroguen sobre su modo de afrontar y asumir el servicio al Señor: estamos pasando de la ley -justicia-, a la gracia -misericordia-.

Todos deben trabajar con entusiasmo en la viña, clásica imagen bíblica del Reino. Pero en ningún momento hay que olvidar dos cosas. El jornal es siempre un don absolutamente gratuito de la bondad de Dios; nadie puede exigirlo como algo debido. Y además, tiene un valor por encima de toda medida; no tiene sentido discutir la cantidad. Hay que aceptarlo, pues, con agradecimiento, y alegrarse de que también los demás lo reciban.

Dios, el dueño de la viña, aparece como nos lo ha descrito el salmo responsorial: El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en perdón; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Dios, además de justo, es profundamente bueno y generoso, pero también nos avisa: ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?...

Ante esto no deberíamos olvidar tres cosas: Primero: el amo de la viña ha sido justo, pues les ha pagado lo convenido. Segundo: con su dinero es libre para hacer lo que quiera, en este caso ser generoso, o sea, ir más allá de lo que pide la justicia. Y tercero: es malo que ellos tengan envidia sólo porque él es bueno.

También en la parábola del Hijo Pródigo el hermano mayor se creía víctima de una injusticia. Tales reproches reflejan los sentimientos de los fariseos cuando Jesús acoge a los pecadores. La respuesta del padre y la del dueño de la viña expresan lo que piensa Jesús sobre la imagen que él tiene de Dios: amor, bondad, misericordia, compasión...

Ante Dios no hay mérito que valga: porque todo lo que tenemos son dones suyos; y el que piense otra cosa está muy equivocado.

Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente…

“yo siempre he estado contigo”…

Hemos tenido la suerte de que durante toda nuestra vida hemos conocido a Jesucristo, hemos tenido fe desde pequeños, nos enseñaron a rezar casi a la vez que aprendíamos a hablar. He podido creer y recibir la eucaristía tantas veces. He podido orar el Padrenuestro cada día. He encontrado la esperanza y la consolación en el amor de Dios… Trabajar todo el día no es un esfuerzo, sino una gracia. Servirle desde siempre no es un peso sino una enorme alegría. Conocemos a Jesús desde siempre…, y eso es un don suyo, no la recompensa a nuestro esfuerzo. Los de la última hora reciben también el don del abrazo del padre…, pero podríamos decir que se han perdido muchos días, mucho tiempo, sin estar en la casa del padre. Se fueron, vuelven y se les recibe con alegría, pero dejaron mucho tiempo de estar en familia, de disfrutar del hogar y del cariño del Padre.

La parábola iba dirigida a los judíos que despreciaban a los paganos y se creían los destinatarios exclusivos de las promesas hechas por Dios. El evangelio de Mateo constata como muchos paganos entran en la Iglesia cristiana adquiriendo relevancia en la comunidad, cumpliéndose en ellos las palabras finales de la parábola: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La viña del Señor es símbolo del pueblo de Israel, de la Iglesia, del mundo. Dios llama a trabajar a todos en su viña: a jóvenes y mayores, a fuertes y débiles, a hombres y mujeres, a religiosos y laicos. Además, lo hace insistentemente: al amanecer, al mediodía, a media tarde, al atardecer. Hay mucho trabajo por delante. Se nos pide la buena disposición de ir a trabajar y no el rendimiento. Debemos dejar que Dios sea Dios y haga todo lo demás.

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

LA SOMBRA DEL YO, EL PECADO

LA SOMBRA DEL YO, EL PECADO    

Uno deviene completo y santo cuando es capaz de aceptar la sombra de su yo o, por decirlo en un lenguaje moral, cuando es capaz de admitir su pecado. ‘Esencialmente, pasamos de la inconsciencia a la consciencia a través de una lucha deliberada con la sombra de nuestro yo’. El propio Jesús solo empieza a hablar después de haberse "retirado al desierto, movido por el Espíritu, para ser tentado por el diablo" (Mt 4,1). ¡El hecho de que los demonios siempre sepan quién es Jesús (cf. por ejemplo, Mc 1,24) obedece a que él ya se ha confrontado con ellos! Únicamente entonces "despertamos". No falla: las personas inconscientes nunca han luchado con su propia miseria y desgarradura y son falsamente "inocentes" (otra forma de decir ‘incólumes’: sin roturas).

La mayor parte de la gran literatura universal, incluyendo la poesía y el teatro, evidencia de forma persuasiva este punto. ‘El problema no es tanto pecar cuanto la falta de disposición a admitir que hemos pecado’ o al menos como hace Jesús, a confrontarnos honestamente con las tinieblas y con nuestra capacidad de obrar el mal. Para decirlo sencillamente, no es accidental ni carece de importancia que Jesús fuera "tentado". Quienes deberían preocuparnos son aquellos que pretenden estar por encima de todo ello.

Estos son quienes destruyen la historia y las relaciones, y Jesús los llama "sepulcros blanqueados" y "guías ciegos" (Mt 23,24.27). Dios parece estar bastante avezado en utilizar los pecados de las personas para obrar el bien, mas ¡no puede servirse de quienes se resisten a ver su lado oscuro! Jesús nunca se disgusta con los pecadores, sino sólo con quienes piensan que no lo son. Mucho más problemáticas son, para él, las personas que se creen justas, porque estas sólo están, en el mejor de los casos, a mitad de camino.

En 2Sm 7, David quiere construir a Yahvé una casa para probarle que es un buen chico. A través de Natán, Yahvé le dice a David: "No quiero que me construyas una casa. ‘Yo’ te la construiré a ‘ti’. Te daré paz con todos tus enemigos. Yahvé te hará grande. Yahvé te construirá una casa y, cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, protegeré eternamente a tus descendientes".

Este pasaje puede ser llamado el "gran giro", y yo añadiría: el giro necesario. Todos empezamos pensando que vamos a hacer algo por Dios y, al final de nuestra vida, nos damos cuenta de que Dios lo ha hecho todo por nosotros. Comenzamos por la disposición a suscribir una alianza bilateral con Dios y terminamos percatándonos de que esa alianza es, en su mayor parte, unilateral. ¡La gracia ha rellenado todos los huecos!

En ese punto de inflexión oímos a David pronunciar una bella oración en respuesta a Dios, una oración que yo llamo la «oración del "pero ¿quién soy yo"?». (Esta es la oración que todos pronunciamos cuando se nos concede la gracia. Es la oración de María en la Anunciación, así como la ininterrumpida oración nocturna de san Francisco en la cueva). "¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia para que me hayas hecho llegar hasta aquí?" (2Sm 7,18ss), dice David.

Permitirse uno a sí mismo ser amado por Dios es ser amado por Dios. Permitirse uno a sí mismo ser elegido es ser elegido. Permitirse uno a sí mismo ser bendecido es ser bendecido. Es difícil aceptar ser aceptado, en especial por Dios. Se requiere una cierta clase de humildad para rendirse a ello y más aún para perseverar en creerlo. Cualquier persona utilizada por Dios sabe que esto es verdad: Dios elige y luego utiliza a quien él quiere, y la capacidad de estas personas de ser utilizadas por Dios deriva de su disposición a permitirse a sí mismas ser elegidas en primer lugar. ¡Qué gran paradoja!

El amor de Dios es constante e irrevocable; la parte que a nosotros nos toca es estar abiertos a él y dejarnos transformar. No hay absolutamente nada que podamos hacer para mover a Dios a amarnos más de lo que ya nos ama; y tampoco hay absolutamente nada que podamos hacer para moverlo a amarnos menos. ¡Es nuestro sino! La única diferencia es la que existe entre quienes consienten en ello y quienes no, pero tanto unos como otros son amados de forma objetiva y por igual. Quien se percata de ello sencillamente lo disfruta y extrae vida siempre nueva de esa toma de conciencia.

Aunque esa ha sido la historia de toda mi vida, yo todavía no me lo creo plenamente, porque se me antoja demasiado bueno, algo que desborda mis más audaces esperanzas: tal vez sea un intento de darme ánimos a mí mismo, tal vez pensamiento desiderativo, tal vez "gracia barata", tal vez deficiente teología. Pero luego leo los relatos de los santos bíblicos y conozco santos en prisiones y hospitales, y sus vidas me dicen que eso es cierto. Son siempre pecadores en rehabilitación y saben que Dios no los ama porque sean buenos, sino porque Él es bueno.

(Fr. R. R. & cía., OFM)