EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

martes, 25 de febrero de 2020

EL CRISTIANO, UN HOMBRE INSÓLITO (1962, La alegría de creer, Madeleine Delbrêl)


EL CRISTIANO, UN HOMBRE INSÓLITO (1962)
(OPERATORIEDAD DE DIOS EN-A-TRAVÉS DEL CRISTIANO)

En la medida en que un cristiano profesa su fe e intenta vivirla, resulta insólito para los creyentes como para los no creyentes.
Y esto es así porque el Evangelio, hasta el final de los tiempos, no dejará de ser la Buena Nueva tanto para los judíos como para los gentiles.
Lo insólito del cristiano es, pura y simplemente, su semejanza con Cristo, el parecido con Jesucristo insertado en el hombre por el bautismo y que, tras atravesar su corazón, llega a flor de piel.
Este parecido consiste en los rasgos mismos de Cristo; del mismo modo que los ojos, la nariz y la boca forman un rostro de hombre, sean cuales sean la edad, la mentalidad y el color de ese hombre.
Esta semejanza la constituyen los rasgos de Cristo en los inteligentes y en los tontos, en los que sufren algo y en los que sufren mucho, en los grandes y en los pequeños según el mundo…
Lo “insólito” no le confiere al cristiano las características de un hombre notable y señalado, sino el rechazo o la denuncia en su propia vida de todo lo que pueda alterar su parecido con Jesucristo. No se trata de la brillante realización de un hombre cristiano, sino del mismo Cristo de siempre que muestra su rostro a través de un hombre.
Un hombre que no sólo cree en Dios, sino que debe amarle como un hijo ama a su padre amoroso y todopoderoso, a la manera de Cristo.
No solo depende de Dios, sino que es soberanamente libre por voluntad de Dios.
No solo ama a su prójimo como a sí mismo, sino que debe amarlo “como Cristo nos ha amado”, a la manera de Cristo.
No solo es hermano, sino un hermano bueno en sus palabras y en sus actos. Para esta bondad no hay límites ni dispensa.
No solo es hermano de su prójimo cercano, sino del prójimo universal.
No solo es hermano legal, sino hermano práctico, accesible: no tiene que rebajarse para nadie, no hay distancia; es el prójimo de todos, no se rebaja ni se eleva: está al mismo nivel; sin privilegios y sin derechos: sin superioridad.
No solo da, sino que comparte; presta, pero no reclama; está disponible para lo que se le pide y también para más de lo que se le pide.
No solo sin mentiras, sino también sin silencios, sin “añadiduras”.
No solo es hermano de los que le aman, sino también de sus enemigos; no solo soporta los golpes, sino que no se aleja del que le golpea.
No solo no devuelve el mal, sino que perdona, olvida; y no solo olvida, sino que devuelve bien por mal.
No solo sufre y muere a manos de algunos, sino que sufre y muere por ellos; y no solo una vez, sino en cada ocasión.
No solo juzga con justicia, sino que no juzga a nadie.
No solo comparte lo que es y lo que tiene, sino que da lo único que Dios le ha dado personalmente: su propia vida.
No solo combate el mal interior -en él mismo-, sino también el exterior; y no solo lucha contra el mal allí donde esté, sino contra sus frutos: la desdicha, el sufrimiento o la muerte. Pero combate por el bien y sin cometer el mal y, si se trata de la felicidad de muchos, no acepta compensarla con la desgracia de uno solo.
No solo combate el mal en el mundo, sino que acepta el sufrimiento que debe soportar.
No solo lo acepta, sino que lo acepta de buen grado, voluntariamente, porque es la energía, la eficacia, el arma del combate cristiano.
No solo combate, sino que combate sin gloria, para que Dios sea glorificado, sea santificado su nombre y venga su reino.
No solo acepta no parecer un héroe, sino no serlo. No solo acepta no ser admirado, sino ser ignorado; no solo admite no tener la estima ajena, sino tampoco la propia [autoestima-divina: a lo que Dios quiera].
No solo emplea todas sus fuerzas en la tarea, sino que ignora para qué sirve esa tarea; no solo ignora quién la empezó o la continúa, sino que ignora la obra de Dios en la que se utiliza.
No solo combate, sino que es pacífico, porque lo que Dios todopoderoso e infinitamente amoroso ha empezado o continúa, él siempre lo termina con fuerza y con amor. Espera de Dios con una confianza “inagotable” eso por lo que trabaja con todas sus fuerzas y sus fuerzas no pueden realizar. Pide a Dios que se haga su voluntad; espera de Dios que venga su reino. La oración es para él la energía de la acción.
No solo ama la vida porque Dios la ha hecho, sino que es feliz de vivir una vida que es eterna para todos los hombres.
No solo es feliz de vivir, sino que es feliz de morir, porque morir es nacer a la eternidad, porque todo hombre será juzgado por el amor de Dios, por la justicia compasiva de Dios; no solo porque la creación es hija de Dios, sino porque su belleza, incluso saboteada, es indestructible; no solo porque el hombre está sumergido en los bienes de Dios, sino porque Dios solo permite el mal para que de él nazca un bien mejor.
No solo actúa en el tiempo, sino que espera los frutos de eternidad cuya semilla siembre él en el tiempo. Esto es lo que él denomina “esperanza”.
No solo es feliz porque vive gracias a Dios y para Dios, sino porque vivirá y hará vivir a sus hermanos con Dios para siempre.
(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl)

martes, 18 de febrero de 2020

...¿QUIÉN PINTA LA BELLEZA DE DIOS?...





QUIMIOTERAPIA Y ESCATOLOGÍA

A veces me llegan noticias de amigas y amigos que se encuentran luchando contra el cáncer a través de la quimioterapia, y yo -como antiguo luchador contra un linfoma ‘NO HODGKIN’ con tres meses de quimioterapia- no puedo más que mostrarles el cuadro que pinté entonces, una versión del Sembrador de Van Gogh que había versionado a Millet y la transformación-mutación que hice de un poema de A. de Foxa, titulado “Melancolía de Desaparecer” y que yo bauticé como “Alegría… ¿de desaparecer?”…