EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 30 de noviembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 23


Cap. XXIII: De la humildad

1Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores. 2Bienaventurado el siervo que permanece siempre bajo la vara de la corrección. 3Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra.

jueves, 29 de noviembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 24 y 25


Cap. XXIV: Del verdadero amor

Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle.

Cap. XXV: De nuevo sobre lo mismo

Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él.

Al sol del Santísimo, meditaba un hermano de lo fácil que era estar a solas con el Señor: ¡Qué bien se está aquí a solas contigo, Señor, tan en paz y con tanto sosiego! Pero, con tus hijos e hijas, Señor, ¡qué difícil resulta a veces la convivencia, cuanto ni más amarles! ¡Qué poco me costaría permanecer para siempre aquí, al amparo de tu calor!
Eso mismo pidió Pedro en el Tabor, y tampoco se le concedió. Algunas experiencias nos son concedidas para que podamos ir a transformar, en lo posible, al mundo y los hermanos, y, sobre todo a nosotros mismos, no para que se nos ponga el ombligo del tamaño de un sombrero mejicano al amparo del cual ”dormir y descansar, del duro trabajo de no hacer nada”.
“No hacer nada, para que nada quede sin hacer”: en esto consiste uno de los más duros trabajos. Quizá al principio se necesite algo de soledad, pero después será indiferente que estemos rodeados de hermanos por todas partes...
Ante el don de Dios tengo que ser como una teja ante la lluvia: saber proteger y permitir que el agua corra sobre mí hasta llegar a otros..., porque es el único modo de saciar verdaderamente la sed: dando de beber a otros.../.




martes, 27 de noviembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 26


Cap. XXVI: Que los siervos de Dios honren a los clérigos

1Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según la forma de la Iglesia Romana. 2Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se reserva el juzgarlos. 3Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, 4tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan contra todos los demás hombres de este mundo.


ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 27



Cap. XXVII: De la virtud que ahuyenta al vicio

1Donde hay caridad y sabiduría, allí no hay temor ni ignorancia.
2Donde hay paciencia y humildad, allí no hay ira ni perturbación.
3Donde hay pobreza con alegría, allí no hay codicia ni avaricia.
4Donde hay quietud y meditación, allí no hay preocupación ni vagancia.
5Donde está el temor de Dios para custodiar su atrio (cf. Lc 11,21), allí el enemigo no puede tener un lugar para entrar.
6Donde hay misericordia y discreción, allí no hay superfluidad ni endurecimiento.

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 28


Cap. XXVIII: Hay que esconder el bien para que no se pierda

1Bienaventurado el siervo que atesora en el cielo (cf. Mt 6,20) los bienes que el Señor le muestra, y no ansía manifestarlos a los hombres con la mira puesta en la recompensa, 2porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a todos aquellos a quienes le plazca. 3Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor (cf. Lc 2,19.51).


Si recordamos, también bajando del monte Tabor, tras la Transfiguración, Jesús pide a Pedro, Santiago y Juan que mantengan en secreto esa experiencia. Jesús sabe de la pasta que estamos hechos y lo aficionados que somos a la “teología del taburete”: en cuanto vemos uno, nos subimos a él con tal de estar un palmo más alto que los demás. Con tal de ser los primeros seríamos capaces de apuntarnos aunque fuese a “un dolor de muelas”, y no hay más que vernos cuando se nos premia aunque sea con “una medalla de salchichón” (“de aquellas barras de salchichón de tienda de pueblo, con sus medallas doradas, donde terminaron todas las mulas viejas y burros de Castilla, en su viaje a Valencia, pues de allí volvían luego los salchichones, a muy buen precio, por cierto”), como corremos buscando un fotógrafo, aunque Dios ha querido que ya llevemos todos el fotógrafo incorporado. Damos pena con algunas de nuestras imágenes. Por eso Jesús les pide silencio a sus apóstoles, porque sabe que hay experiencias que debemos dejar en silencio al menos un año, o tres, incluso toda la vida; porque si así nos ponemos con una medalla de salchichón, imaginaos a dónde podríamos llegar si pudiésemos decir “que venimos de hablar con Dios” (¡no habría pedestal lo suficientemente alto!)... y como Francisco es uno de los mejores especialistas en Cristo, es eso mismo lo que aquí nos pide, que no perdamos el 'oremus' por la fama, que no es más que un castillo vacío, lleno de puertas y ventanas, por las que sopla el viento haciendo mucho ruido, sobre una isla en mitad del mar donde no vive nadie, sencillamente porque allí es imposible la vida.../.