EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 7 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 2





Cap. II: Del mal de la propia voluntad

1Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). 2Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino a la obediencia, no pecó. 3Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él; 4y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la manzana de la ciencia del mal. 5De donde es necesario que sufra la pena.

Adán, Eva y el árbol: la Ley

            Tal como se nos describe en el relato de Adán y Eva, la humanidad sólo puede realizarse en el espacio de una Ley que configura el mundo tal y como lo quiere Dios. Esta Ley (la prohibición de no comer de un árbol entre los demás dados, de Gn 2,17) reflejaría, en primer lugar, que la realidad del hombre (de todo hombre) no puede identificarse con la totalidad de lo real. En segundo lugar, el que haya alguien que pueda dar esta Ley manifiesta, al tener poder para hacerlo, que en su origen nada pertenece al hombre, todo le es dado.
            Esto quiere decir que la realidad humana no es autogenerada, sino recibida. El hombre (cada hombre) no es toda la realidad, sobre todo no es ni puede ser origen de sí mismo. En este contexto y sólo en él, reconociendo su origen, puede realizarse el hombre en la imitación de Dios, Señor de la creación: de esta manera, todo es suyo. En este sentido, la Ley será, en el proyecto de Dios de constitución de la realidad, un espacio para la fe, para la libertad y para la realización de la vida -en este orden-.
            Aceptar la Ley (la no abarcabilidad de su ser por él mismo, aceptar el ser originado) es acoger la verdad última de la realidad, de la humanidad y su posible realización. Se trata de aceptar la lógica de la creación, su sabiduría íntima. Frente a eso “mentira es lo que oculta mi propio fundamento, no dejando que yo viva en transparencia. Mentira es que pretenda ser yo solo, rechazando así la gracia que me funda y acompaña la existencia (...) No me amo como soy, no quiero realizarme como derivado o dependiente”.
            Vivir de esta Ley es para el hombre vivir en una receptividad fundante de su actividad, se trata de acoger el señorío sobre la realidad primeramente como criaturas, no como creadores. La Ley es el espacio de la fe en Dios creador. Esta fe nos introduce en la misma estructura de la realidad, pero a esta verdad sólo se accede por la confianza, no por el saber propio que el hombre pueda conseguir (como dice la serpiente).
            El pecado será el rechazo de la fe, de la fe en la mediación de esta Ley. Es lógico que aparezca aquí la serpiente, signo de la tentación. Ésta existe siempre en la decisión que funda mi identidad. Está ahí manifestando que hay un hiato entre lo que estoy llamado a ser y el ser desde el que puedo elegirlo. Está ahí como memoria de lo que en nuestro interior es el reverso de nuestra llamada a ser hombres a imagen de Dios.
            Este hiato ha de ser transcendido en la imitación de Dios en dos aspectos que la misma estructura de la creación refleja: el primero la dinámica creativa de Dios, es decir, su darse hacia fuera; el segundo la dinámica sabática de Dios, es decir, la autorrepresión de su poder creativo para dejar espacio a lo distinto.
            La imitación (elemento estructural del hombre) que tendría que formarse en esta dinámica va a ser pervertida (de-formada) al sospechar de Dios, al ver en él a alguien celoso de la vida propia. De esta forma la humanidad va a distorsionar su ser imagen de Dios al imitarle en lo que no es: apropiación envidiosa del ser. “La criatura que lo tiene todo de Dios, quiere ser por sí misma. En una mala imitación de Dios (San Agustín) convierte su vocación en tentación”. El hombre queda preso de la falsa percepción de la presencia de Dios. Eva imita “sin darse cuenta el fantasma de su propia envidia”.
            La lógica del don ha sido trastocada por la de la apropiación, tal y como surge de la no superación del hiato que debería sacarnos de la indiferencia desde la que somos engendrados hacia una identidad diferenciada y agradecida. Ahora vivimos en una obsesión por la identidad que nos ata a un conflicto permanente con el otro.
            La envidia y la mentira se entrelazan en el pecado de los orígenes. La mentira va a crear una realidad distinta. Cuando se acepta la mentira, se resitúan todos los elementos de la realidad. En este sentido la mentira es creadora de una realidad inexistente y no proyectada por Dios. “Descubrimos en qué grado la envidia de la serpiente subvierte el orden hasta las raíces del ser, llega a ser negación de sí. Comprendemos, al mismo tiempo, por qué el pecado se emplaza tan próximo a la creación, ya que no es otra cosa que el rechazo de ser creado, fundado en otro que no sea uno mismo. Es una especie de auto-decreación”. “El pecado se presenta así como voluntad de matar a Dios acusándolo de ser enemigo de nuestra vida”. Es la creación humana, sin Dios. Se juntan así mentira, envidia y asesinato en un mismo acontecimiento poliédrico que describirá san Juan cuando acuse al diablo de ser homicida y mentiroso desde los orígenes (Jn 8, 44).
            La puerta del paraíso se ha cerrado. El hombre ha construido su propio mundo expulsando a Dios de él. Dios ha quedado encerrado en el paraíso que quiso para el hombre y donde el hombre no ha entrado.


            Frente a la complacencia primera de Dios al mirar la realidad, nos encontramos al final de la acción humana con la repulsa divina a una tierra sometida por la per-versión humana. Es el itinerario que va desde el estribillo “vio Dios que era bueno” que cierra cada uno de los días de la creación, hasta su arrepentimiento por haber creado el mundo al verlo lleno de mal, violencia e injusticia (Gn 6, 5-6.11.13; 8,21). El no querer morir, que no es sino la falta de fe en el origen (el creador y su sacramento, el modelo), el miedo a dejarle sitio asumiendo una pequeña muerte simbólica para acceder a la propia identidad, han creado un hombre sometido a la sospecha y la envidia. Esta situación, sin embargo, se va a ensanchar aún más hacia el asesinato.

(La humanidad re-encontrada en Cristo; F.García Martínez, PUPS.) 

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