EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 7 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 9



Cap. IX: Del amor

1Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, [haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian] (Mt 5,44). 2En efecto, ama de verdad a su enemigo aquel que no se duele de la injuria que le hace, 3sino que, por amor de Dios, se consume por el pecado del alma de su enemigo. 4Y muéstrele su amor con obras.


Con que facilidad nos deja la muerte sin palabras. De pronto no sabemos qué decir. Vivimos muchas veces fluctuando entre la luz de Dios y las tinieblas, olvidando que Dios ama la vida en el fracaso, en lo que nosotros creemos fracaso, tanto como en el éxito. A veces bastaría con que nos detuviésemos un instante para escuchar el cántico que entonaron los ángeles el día de nuestro nacimiento, para darnos cuenta de que la vida eterna está aquí. La vida eterna es ahora. Pero nos da miedo esta evidencia, como la de reconocer que la soledad es compañía, aunque se tienen que haber atravesado muchos desiertos para que nos sea dado descubrir esto. ¿Quién no ha sentido alguna vez la más profunda soledad, incluso rodeado de una multitud? ¿Y quién, en la más profunda soledad, no se ha sentido a veces parte de todo el universo, siempre en compañía?
No volvemos a ser los mismos después de haber estado expuestos a los rigores de la soledad, que tanto se parecen a la muerte. Pero se trata de otra prueba con la que debemos atrevernos si queremos seguir creciendo en el viaje de nuestra vida; como percibir que la admiración es la esencia de la contemplación. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué es lo que no nos atrevemos a mirar? ¿Por qué decimos con tanta facilidad “yo eso no lo entiendo”, cuando lo que de verdad estamos queriendo decir es “yo por esa puerta no quiero entrar”? Pues vaya que si entraremos, sorprendiéndonos a nosotros mismos, para descubrir que allí está Dios esperándonos, para reconfortarnos y quitarnos todos los miedos, para hacernos verdaderamente libres. ¿Por qué nos cuesta tanto despojarnos?...
La aceptación momentánea de todo tal como es –morir, en cualquier momento- vale más que mil años de piedad. A veces, bastaría con que hiciésemos del tiempo nuestro aliado, aunque siempre lo es, incluso cuando creemos tenerlo en contra. Apenas podemos saber lo que sucederá en el futuro, pero ya hemos visto su belleza y su significado: como una vaca pastando en un prado.
Para el cristiano la vida no es un problema que haya que resolver, ni una pregunta que haya que responder. La vida es un misterio, como la Trinidad es un misterio, que hay que contemplar, admirar y saborear (como una sinfonía), y de ese Misterio formamos parte. Todos, quien más quien menos, todos tenemos alguna experiencia que por sí sola justifica nuestra vida; pero ni eso hace falta, porque ya nos justifica Dios con su amor. Hay algo, sin embargo, que no debemos olvidar nunca, y es que únicamente vivimos cuando descubrimos el tesoro por el que estamos dispuestos a morir, ese certificado de nuestra calidad de vida.
Todos los ríos cantan y enseñan la misma canción: “la fuente de todo el sufrimiento humano es considerar permanente lo que por esencia es pasajero”. El misterio de la vida no es otro que aprender a usar los bienes materiales sin perder de vista los eternos y haciendo realidad el Reinado de Dios en medio de las ocupaciones y el trabajo en este mundo, en el amor y la familia, y la convivencia en la vida de cada día.
Que pueda Cristo decir de mí: “Este es mi cuerpo”. Y Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida, nos susurra al oído: Presta tu adoración en el templo del momento presente. Aunque es posible que en nuestro victimismo no nos creamos dignos, por eso debemos aprender a contemplar nuestro pecado para ver que el arrepentimiento alcanza su plenitud cuando uno consigue agradecer incluso sus propios pecados.
¿Qué canto querrías que tu corazón cantara cuando vayas a morir? ¿Nos atreveríamos a cantarlo ahora? Deberíamos… Porque si nos hemos de atrever a volver a nacer, no debemos huir de lo desconocido; pues cada día, de algún modo, vivimos una pequeña muerte y una pequeña resurrección. ¿Quién puede reclamar el mérito de habernos enseñado a amar? ¿Jesucristo…? Seguro que sí.
¿Es nuestro amor a Dios lo bastante firme como para que podamos enfrentarnos a Él? También estos momentos, a veces, suelen ser propicios para ello…, sin dejar de ser una acción de gracias…, pese a todo, pese a tanto.
La oscuridad revela la ardiente belleza de la llama. La muerte revela el frágil encanto de la vida. Por eso necesitamos que nuestro camino sea el verdadero. ¿Y cómo lo sabremos?... Cuando seas capaz de entregar libremente tus manos y pies para ser clavados, y tu corazón para ser atravesado y desangrado, entonces conocerás, al fin, el sabor de la vida y la liberación.
Para conseguir una auténtica felicidad, hay que liberarla de las trampas: la principal es quizá la que afirma que sólo se puede ser feliz en los momentos luminosos de la vida; que en la felicidad nunca caben las lágrimas. Pero es posible una alegría profunda. Hecha de risas y lágrimas, capaz de vivirse en los momentos de euforia y de fiesta, pero también en las horas más oscuras. Es posible un gozo con raíces hondas, que se disfruta en los días radiantes, pero que no se apaga sin más ante la dificultad y la zozobra. Es posible la alegría, también de noche. Es posible, en fin, una felicidad liberada de la tiranía de sentirse bien a toda costa. ¿Puede haber alegría escondida en el dolor?...
El misticismo –que está al alcance de todos, porque siempre es un don de Dios- es sentir agradecimiento por todo…, (también por lo que nos arrebatan, sobre todo por eso…).

(…al fin y al cabo, qué es la iluminación sino darse cuenta, ser consciente del espíritu que nace en toda carne…/.)

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