EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

viernes, 7 de diciembre de 2018

ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO DE ASÍS: 5




Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor

1Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza (cf. Gn 1,26) según el espíritu. 2Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. 3Y aun los demonios no lo crucificaron, sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y pecados. 4¿De qué, por consiguiente, puedes gloriarte? 5Pues, aunque fueras tan sutil y sabio que tuvieras toda la ciencia (cf. 1 Cor 13,2) y supieras interpretar todo género de lenguas (cf. 1 Cor 12,28) e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas cosas puedes gloriarte; 6porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría. 7De igual manera, aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas, de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; 8por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades (cf. 2 Cor 12,5) y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27).



¿NACIÓ JESÚS PARA QUE LE MATARAN?

Dicho de otra manera: ¿la muerte de Jesús estaba prefijada de antemano por Dios mismo y, por tanto, lo fundamental es que Jesús muriera para que Dios pudiera perdonarnos?
Jesús situó toda su existencia a la luz de la voluntad de Dios. Ésta era el alimento que le daba identidad. Jesús quería que todo su ser expresara esta misma voluntad de Dios (Jn 4,34). No se trata de que Dios tenga una voluntad concreta para cada momento de la vida histórica de Jesús como si todo estuviera prefijado de antemano. Jesús debía expresar humanamente su voluntad originaria, radical. Dicho con otras palabras, debía encarnar el designio eterno de Dios para el mundo a través de los acontecimientos que fueran sucediendo en el encuentro de las libertades de Jesús y los hombres. Jesús tratará de mostrar con sus gestos, sus palabras, sus sentimientos... lo que Dios mismo desde siempre quiere para el hombre y así desvelar el 'misterio escondido desde antes de la fundación del mundo' (Mt 13,35).
Jesús se comprenderá a sí mismo como aquel que ha venido para que los hombres 'tengan vida y la tengan en abundancia' (Jn 10,10). Para que comprendan que la alianza que Dios ha hecho con ellos nace de un amor fontal que no queda roto por la traición humana, y que su misericordia es perdón que renueva al hombre y lo lleva a la fuente de su ser, posibilitando que se reconstruya sobre el cimiento firme del amor irrevocable de Dios. Para que comprenda que la voluntad de Dios es discreta y dialogal, que se hace presente sin robar la libertad, sino situando ésta ante sus más altas posibilidades. Pero al vivir sólo de esta voluntad de Dios se situará en conflicto con el mundo que no quiere vivir de ella y así será marginado, rechazado y expulsado de él.
Jesús vivió habituado por esta amor originario, permanentemente ofrecido a todos, discreto y paciente de Dios, que sabe incluso padecer para convencer. Vivió con libertad frente a todo lo que pudiera oscurecer este amor oponiéndose y enfrentándose a todo lo que en el mundo estuviera cimentado fuera de él, ya fuese el poder político, el poder religioso, las relaciones entre los hermanos...
Nuestro mundo, él lo sabía, vivía inconscientemente parasitado por el miedo, la sospecha, el rencor, la envidia y la codicia. Como Jeremías y otros antiguos profetas, él sabía que el corazón del hombre estaba endurecido y no es fácilmente convencido por el amor, ya que los intereses creados no están a salvo si el amor se hace ley universal (Jn 2,24-25). En un mundo así, el amor de Dios sólo puede decirse del todo aceptando no ser acogido y manteniéndose en fidelidad a sí mismo. Y esta voluntad de Dios de que el hombre vea su rostro fiel y amante incluso cuando es despreciado, es lo que Jesús aceptó para sí.
La misión última de Jesús fue entonces hacer de su cuerpo, que estaba creado para el amor, un signo de esa voluntad radical de Dios también al ser acusado injustamente, rechazado mayoritariamente (por acción u omisión) y odiado con la fuerza de un asesinato. La obediencia que lleva a Jesús a la muerte no es la aceptación de un castigo impuesto por Dios, sino la ofrenda de su cuerpo como lugar donde el hombre pueda ver que Dios mismo no le rechaza ni siquiera cuando esto le suponga sufrimiento y muerte, como lugar para mostrar que el amor divino se niega a ser otra cosa distinta que puro amor.
Las palabras puestas por los evangelistas en boca de Jesús en Getsemaní y en la Cruz,manifiestan su misterio interior. Manifiestan que su vida se alimentaba de esta voluntad hasta coincidir con ella aún en condiciones de amargura. Manifiestan a Cristo como reflejo verdadero y último de aquel amor divino que sabe sufrir si es necesario para dar al amado la posibilidad de volver. La obediencia que lleva a Jesús a la muerte es la vivencia en condiciones de rechazo de un amor siempre en acto, de un amor que no se niega a sí mismo ni siquiera cuando es rechazado (Jn 12, 27-28).
Es éste el amor de Dios del que Jesús vive, que Jesús revela y que Jesús entrega al hombre de una vez para siempre. Un amor que no quiere la muerte de nadie, sino que acepta incluso la suya para sellar la identidad más profunda de su vida y enseñar al hombre a no tener miedo ni sospechar de él. Ésta es al lógica de aquellas palabras, de las más hermosas y terribles de san Pablo: «¿Qué más podemos añadir?: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no iba a darnos todas las demás cosas juntas con él?» (Rm 8,31-32).
Por eso hay que decir que Jesús no nació para dejarse matar, sino para vivir el amor de Dios delante de los hombres y convencerles, incluso si en el extremo no lo aceptaban, de que este amor es la eterna fuente siempre despierta de la vida de la vida plena de los hombres. Manantial inagotable abierto ahora en la misma entraña de la historia, en la carne humana del Hijo de Dios (Jn 7, 37-38).
(Jesús, el Cristo siempre vivo; F.G.Martínez, CCS)

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