EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

domingo, 11 de agosto de 2019

¿Te ladran los perros?...2019


...¿TE LADRAN LOS PERROS?... 2019
El camino hacia mi tesoro -¡lo que estoy llamado a ser!- también pasa por el diálogo con los perros furiosos, es decir, el diálogo con mis pasiones, mis pulsiones, mis problemas, miedos y heridas, con todo lo que ladra dentro de mí y amenaza con tragarse mis energías.
Una espiritualidad desde arriba empezaría por encerrar los perros en una torre y se haría construir al lado un bonito chalet de ideas. Pero siempre habría que vivir allí preocupados ante la posibilidad de que un día los perros pudieran escaparse y devorar al primero que se encontraran por delante. Habría que vivir además en angustia permanente ante la posibilidad de emboscadas de las diversas concupiscencias, ante las tentaciones, constante espiritual en la vida de las personas piadosas. Y, sobre todo, quedaría uno aislado de la vida. “Todo lo que se reprime o se aparca queda restado de la vitalidad”. Los furiosos perros ladradores están plenos de vitalidad. Si los encerramos quedamos privados de su energía, necesaria para llegar a Dios y al encuentro de nosotros mismos. La torre, en la que nos encontramos con los perros, es un símbolo de maduración humana; la torre hunde sus cimientos en la tierra y se eleva al cielo. Es redonda, símbolo de la totalidad. Si por un elevado idealismo encerramos y atamos los perros ladradores, nos condenamos a vivir en tensión permanente por miedo a que un día se suelten y salgan. Muchas veces huimos de nosotros mismos, nos da pánico mirarnos al interior por miedo a ver allí un peligroso perro. Pero cuanto más encadenemos los perros más furiosos se vuelven. Se trata, por tanto, de armarse de valor y penetrar en la torre y allí, en paz, dialogar confiadamente con ellos (no por miedo de pensamientos anulados por actos: al fin y al cabo los esfínteres pueden ser liberadores de heces o de tensiones, y moralizar la biología no suele llevar precisamente al paraíso. A nadie amenaza más el orgullo que al que cree encontrarse en un estado de perfección, disponiendo de los medios más idóneos para recibir a Dios. Y si sucumbe a él, entonces es peor que el asesino en serie que no ha tenido las oportunidades del monje. Se prostituye espiritualmente, lo cual es infinitamente peor que hacerlo corporalmente. Debe, pues, ser consciente de que, entre los que se arrastran por el fango, hay quienes son, o llegarán a ser, mejores que él, y cuya santidad brillará en este mundo o en el otro: “He visto almas impuras que se arrojaban hasta el paroxismo en el ‘eros’ físico. La experiencia misma de ese ‘eros’ los llevó al cambio… Por eso, Cristo, hablando de la casta prostituta, no dice que ella había tenido miedo, sino que había amado mucho, y que había podido fácilmente superar el amor con el amor). Pronto nos descubrirán el secreto del tesoro que guardan. Ese tesoro puede ser un nuevo impulso de vida, un nuevo estilo de autenticidad personal, la nueva manera de ser yo mismo hasta completar la imagen que Dios se ha formado de mí.

Trigo y cizaña
Liberados por Dios, no estamos bajo el dominio de los príncipes de este mundo. No se alza ningún juicio contra un mundo que fuese ‘fuente’ de mal. El mundo todo lo más es ambivalente. Él solo tiene que ser liberado, si se puede hablar así. Ni siquiera su cizaña puede ser arrancada (Mt 13,24-30): bien porque no lo sea más que a los ojos de nuestra impaciencia sin discernimiento; bien porque, incluso separada del trigo, no deja de guardar en ella misma un principio válido que permanece y cuya economía ignoramos (¿con qué derecho antropocéntrico determinamos que una hierba es una mala hierba? ¿en qué cabeza cabe salir al campo a ilegalizar plantas?); bien porque incluso la cizaña más cualificada como mala hierba pueda, ser convertida de arriba abajo, como un Saulo en un Pablo, precisamente porque su naturaleza básica no está corrompida.
(El Cosmos. Adolphe Gesché)


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