EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

lunes, 8 de julio de 2019

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA , Mt 5-7


EL SERMÓN DE LA MONTAÑA (Mt 5-7)

El Sermón de la Montaña es un exponente de cómo la atención al trabajo interior es al mismo tiempo una apertura a la alteridad. Este estadio se corresponde con el código moral del Evangelio, el cual se presenta como una extensión del Decálogo de Moisés, dado también en una montaña. Jesús no suprime los mandamientos de la Primera Alianza (Mt 5,17-20), que considera como una ‘ética de mínimos’, sino que trata de aumentar el campo de donación: no se trata sólo de no matar, sino ni siquiera de enfadarse o de insultar a un hermano (Mt 5,21-26); no es cuestión sólo de no cometer adulterio, sino de no desear con la mirada (Mt 5,27-30); ya no se trata únicamente de no jurar en nombre de Dios, sino de no jurar en nombre de nada (Mt 5,33-37); no es sólo cuestión de no mentir, sino de dar plena veracidad a nuestros síes y nuestros noes (Mt 5,37); no se trata sólo de no robar, sino de no atesorar y, a cambio, confiar (Mt 6,25-34). En definitiva, el comportamiento ético consiste en alcanzar la conciencia de que los demás son como yo: “Todo lo que deseéis que os hagan los demás, hacedlo vosotros por ellos. Esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). Estamos ante el mismo tipo de pauta que dio Confucio cuando fue interrogado sobre el significado del ‘jên’ (bondad, benevolencia, humildad): “No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan a vosotros”.

En el hinduismo, tal serenidad de comportamiento se alcanza mediante el ejercicio de la acción desinteresada o la “inacción en la acción” (naishkarmya karman), que es lo propio del Karma Yoga, es decir, de “la unión a Dios por medio de la acción”. Tal vez se trate de la aportación más característica del Bhagavad Gîtâ. La clave está en no desear autocentradamente:
“La persona que se mantiene igual en la censura que en la alabanza, silenciosa, satisfecha de todo, sin hogar, llena de una firme resolución, es querida por Mí” (BG 12,19).

A este respecto pueden verse las Admoniciones de san Francisco de Asís: 12, 13, 14, 15, 19, 22, 23.
Nº XII: De cómo conocer el espíritu del Señor.- Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres.
Nº XIII: De la paciencia.- Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuanta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más.
Nº XIV: De la pobreza de espíritu.- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39).
Nº XV: De la paz.- Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.
Nº XIX: Del humilde siervo de Dios.- Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más. ¡Ay de aquel religioso que ha sido puesto en lo alto por los otros, y por su voluntad no quiere descender! Y bienaventurado aquel siervo (Mt 24,46) que no es puesto en lo alto por su voluntad, y siempre desea estar bajo los pies de los otros.
Nº XXII: De la corrección.- Bienaventurado el siervo que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. Bienaventurado el siervo que, reprendido, benignamente asiente, con vergüenza se somete, humildemente confiesa y gozosamente satisface. Bienaventurado el siervo que no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, cuando no incurrió en culpa.
Nº XXIII: De la humildad.- Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores. Bienaventurado el siervo que permanece siempre bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra.

“El hombre de buena voluntad, que muestra simpatía y compasión por todas las criaturas, que, libre de todo egoísmo, ya no concibe pensamientos como ‘yo’ o ‘mío’, dotado de una paz estable, permanece en armonía tanto en los momentos de placer como en los de desdicha, manteniendo una actitud continua de perdón hacia toda ofensa […], este hombre en verdad me ama, al igual que Yo le amo a él” (BG 12, 13-14).
“El que se aparta de la acción pero no aparta su mente de la avidez de los sentidos, vive en la ilusión y es un falso seguidor del yoga. Pero el que, manteniendo sus sentidos bajo control y libre de apego, se entrega al camino del Karma Yoga, este es en verdad un gran hombre […]. En este mundo todos somos esclavos de la acción, a menos que se convierta en adoración […]. Realiza tus acciones con pureza, libres de la esclavitud del deseo” (BG 3,6-7.9).
“Actúa sin apego y realiza el trabajo que debas hacer, pues el hombre cuyo trabajo es puro, obtiene sin duda lo Supremo” (BG 3,19).
La finalidad de la acción desinteresada, libre de todo apego (BG 3,9), es colaborar con la solidaridad cósmica en el mantenimiento del orden y ritmo del mundo (lokasamgraha): “Del mismo modo que el ignorante ejecuta sus acciones apegado al resultado de ellas, el sabio trabaja desinteresadamente para el bien de la humanidad” (BG 3,25).

Al respecto podemos leer en el Tao Te King, LXIV:
Lo que aún está quieto es fácil de coger.
Lo que aún no se manifiesta es fácil de tener en cuenta.
Lo que aún es frágil se puede quebrar con facilidad.
Lo que aún es pequeño se puede dispersar fácilmente.
Hay que influir en lo que no existe todavía.
Hay que ordenar lo que aún no está desordenado.
Un árbol cuyo grosor es de una braza,
nace de un tallo fino como un cabello.
Una torre de nueve plantas
no se levantará con un montículo de tierra.
Un viaje de mil millas
empieza con un solo paso.
Actuar es estropear.
Retener es perder.

El Sabio no actúa, y así no estropea nada.
No se aferra, y nada pierde.
La gente se ocupa de sus asuntos,
y siempre, poco antes de acabar,
lo estropean todo.
Si se cuidara tanto el final como el principio,
no habría asuntos arruinados.

Lo que el Sabio desea es no tener deseos.
No valora los bienes de difícil alcance,
aprende el No-aprender.
Se vuelve y ve aquello en que la gente no repara.
Así, favorece el curso natural de las cosas,
y no se arriesga a actuar.
(Lao Tsé, traducción de R. Wilhelm).

Dice Dôgen (s. XII), maestro zen:
“El gran camino no es difícil, pero es incompatible con él escoger y seleccionar. Sin rechazo ni apego, el camino es evidente. Pero la más mínima diferencia produce una distancia como del cielo a la tierra. Si se quiere captar el aquí y ahora, no ha de haber preferencia ni aversión”.

Son palabras sorprendentemente cercanas a la noción ignaciana de la indiferencia:
“Me hallo en tal punto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta…” (EE 166).

Encontramos casi los mismos términos en el Bhagavad Gîtâ:
“Sólo cuando el alma encuentre la paz, la persona estará en paz. Tanto si hace frío como calor, en el placer como en el dolor, tanto en la gloria como en la desgracia, él siempre está unido a Él” (BG 6,7).
Este estado no se puede confundir con la insensibilidad o la apatía, sino que es una libertad soberana respecto a las apetencias y rechazos del ‘ego’. “El hombre que ha renunciado al fruto de sus acciones está siempre contento y libre de toda dependencia, y aunque interviene en la acción, él no actúa” (BG 4,20).


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