EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

miércoles, 1 de mayo de 2024

TOTAL, ¿PARA QUÉ REZAR?... (MANUAL DE ORACIÓN: PACO GARCÍA MARTÍNEZ)

TOTAL, ¿PARA QUÉ REZAR?

REFLEXIÓN PRÁCTICA SOBRE LA ORACIÓN

Paco García Martínez, SDZ.

 

«Rezar es ponerse delante del Señor a palo seco»

Leer sobre la oración está bien, pero es inútil sino hay oración concreta.

 

¿La oración es eficaz?

Hay que decir “sí y no”. No es eficaz para traer a Dios a nuestro mundo, para eso no es eficaz. Porque nosotros no podemos traer a Dios a nuestro mundo. Porque si traemos a Dios a nuestro mundo lo subsumimos en nuestras propias formas de ser, y entonces lo degradamos.

La oración es eficaz para que Dios nos lleve a su mundo, que es distinto. Nuestro mundo y el mundo de Dios está en el mismo sitio, es este, pero cuando digo mundo me refiero a la manera de estar.

Entonces, por ejemplo, la oración para decir haz esto, que pase esto, que pase lo otro, que pase lo de más allá…, cuando esa es la oración y solo es la oración, no hace falta que yo diga que no es eficaz, porque todos hemos comprobado que la mayor parte de las veces no es eficaz. Que no se muera, que no tenga esto, que encuentre trabajo…, y nos damos cuenta de que no es eficaz. Es verdad que algunas veces pasan cosas buenas, y debemos agradecerlas.

¿Entonces, de qué se trata? Se trata de entrar en la oración de Cristo, entonces sí. ¿Y cuál es la oración de Cristo? No que pase esto o que pase lo otro, sino dejar que Dios ponga en mí su forma de mirar, su forma de sentir y su forma de actuar. Y cuando hacemos esto entonces la oración cambia, porque no soy yo el que la dirige, es Dios mismo el que la dirige. Y entonces sí que va transformándonos, porque la otra no transforma el mundo. La otra es como tener un san Pancracio encima de la tienda y le decimos, mira, que me vaya bien el negocio, que yo te pongo perejil fresco. ¿Qué es el perejil fresco? Te ofrezco tres misas. Rezo esto, o hago este sacrificio. Hay que tener cuidado con esto, porque lo cambia todo. ¿Ofrecerle algo a Dios es malo? No, pero la cuestión es qué está en el centro.

Dicho esto; si es para que Dios se adapte a nuestra vida y que sea como nosotros queremos nuestra vida, entonces… total, ¿para qué rezar? ¡No vale para nada!

Pero si es para que Dios nos lleve a su mundo, a su forma de ser o, dicho de otra manera, para que Dios nos una a Cristo y seamos uno con Cristo, entonces esto solo se puede hacer con oración, solo se puede hacer abriéndose al Señor, y dejando que él sea en nosotros; que sea nuestros pensamientos, que sea nuestros sentimientos, y que sea en nuestras acciones. ¡Y esto es un combate! No se va a la oración para estar tranquilo, se va a la oración para alcanzar la plenitud de vida, pero alcanzar la plenitud de vida… (uno de los grandes atletas de todos los tiempos, retirado hace poco, tenía un cuerpo tan atlético, que ganaba sin entrenar, sin preparar nada ganaba a los demás por varios cuerpos. Así fue a las olimpiadas de Grecia, sin prepararse, y no ganó nada. Y se dijo, esto no me vuelve a pasar. Empezó a entrenarse a lo bruto, y después volvió a ganarlo todo). Y con la oración pasa esto, la oración no es cuestión de un momento de oración, la oración es una forma de estar en el mundo, que tiene momentos para alimentarla.

 


¿En el fondo qué es rezar?

Rezar es desnudarse. ¿Quién anda desnudo por casa? Nadie anda desnudo por casa, y menos por la calle. ¿Por qué? Cuando somos niños sí, cuando somos niños nos importa tres pepinos que nos miren o mirar. Estamos bien con nosotros y no nos importa salir corriendo en cualquier dirección. Y nuestra madre detrás de nosotros: dónde vas, déjame ponerte una camiseta, déjame ponerte unos calzoncillos… Pero llega un momento en el que no nos podemos mirar porque nos avergonzamos, y tenemos miedo a la mirada de los demás porque nos puede herir. Y además sabemos que hay cosas que no nos gustan. Pero esto no solo pasa con la desnudez externa, sobre todo estoy hablando de la desnudez interna.

Estamos escondidos, todos estamos escondidos, y no aguantamos apenas ni nuestra mirada, ni la mirada de los otros, ni la mirada de Dios. Y puesto que funcionamos así, este es uno de los grandes problemas del mundo, porque vivimos con relaciones falsas, nos relacionamos falsamente con nosotros, nos relacionamos falsamente con los demás, y nos relacionamos falsamente con Dios.

¿Por dónde empezamos, si nosotros no nos atrevemos a mirarnos a nosotros mismos? Porque a veces somos crueles con nosotros mismos. Cómo hacemos si no podemos decirles a nuestros amigos lo que pensamos de ellos para no perderlos, porque tenemos miedo de que nos retiren su afecto. Por eso tenemos miedo de decirles a los que nos quieren las cosas malas de nuestra vida.

Y, entonces, ¿por dónde empezar? Empezar por aquel que desde el principio de los tiempos nos ha mirado con buenos ojos: Vio al hombre y a la mujer que había creado y dijo está bien, es bueno, son bellos. Decimos nosotros: No soy tan bello, ni tan bueno. Eso lo dices tú, pero Yo te digo: Eres bueno para mí, eres mi hijo. Y entonces, la oración es ir entrando en esa desnudez, para que el Señor nos vaya haciendo venir a lo que él dice: si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Porque el Reino de los Cielos es ese lugar donde podemos ser nosotros mismos, habiendo superado por la misericordia de Dios, nuestras miserias, nuestras vergüenzas, nuestros juicios, y haber sido convertidos por su amor. Esto no se hace en un rato de oración. Por tanto, de lo que vamos a tratar no es de cómo se reza en un momento, sino cómo se reza para entrar en ese lugar.


En el fondo (hay un juego “Escapar de la habitación-caja”: si no escapas te matan)… tienen que buscar por dónde escapar. La oración es esto: nosotros estamos encerrados en este mundo, pero no en este mundo antes de la muerte, no, en esta forma de vida. Y el Señor, Cristo, se ha acercado a nosotros para romperla desde dentro, para ayudarnos a salir de este forma de vida, y ayudarnos a encontrar nuestra verdad: “para encontrar nuestro verdadero yo”, que es el creado por Dios en nosotros en Cristo. Somos creados en Cristo. Y cuando encontremos ese yo, que es la misma vida de Cristo, entonces encontraremos nuestra verdad, nuestra plenitud, pero no por separado, sino juntos. Por tanto la oración viene a ser como este juego “para salir y encontrar”.

¿Cómo se hace eso? Porque a veces ni siquiera sabemos que estamos en un mundo falso. A veces ni siquiera sabemos que miramos mal, que sentimos mal; nos parece que sentimos como debemos sentir, y que pensamos como debemos pensar, y que actuamos como debemos actuar, hasta que no tenemos a Cristo cerca. Cuanto más cerca está Cristo de nosotros más nos damos cuenta de la distancia que hay entre él y nosotros, y entre nosotros y nosotros mismos. Así, uno se va a confesar: no mato, no robo…, ¡pues no tienes pecados! Pero, estate dos días con Jesús, mira lo que hace: ¿tú sientes como él?, ¿piensas como él?, ¿Te acercas a los que él se acercaba? Ah, entonces no es que no tengas pecados, es que el pecado te tiene a ti, que es distinto. Y entonces se trata de entrar en esa compañía de Jesús para que él poco a poco, como a los discípulos, nos lleve hasta sí.

Y aquí de lo que se trata entonces es de la Oración como un Encuentro: al principio del evangelio de Juan, por ejemplo, lo que se dice es que unos se encontraron con Jesús y estos fueron a donde estaban amigos suyos y les dijeron: “Venid porque hemos encontrado al Mesías”. Y fueron a ver, y se quedaron con él. Pero esto es continuo en el evangelio. Para encontrar la verdad de Jesús hay que estar con él. Pero, cómo estamos nosotros con él, cuando ya no está aquí en la manera que estuvo. Solo hay una forma: es la Meditación Evangélica.

La Meditación Evangélica es la forma en que nosotros nos hacemos discípulos, para, haciéndonos discípulos, ponernos detrás de él, de tal manera que al ir con él, él progresivamente nos une, y al final no estamos detrás de él, sino que coincidimos con él delante del Padre: seamos hijos con él, y seamos hermanos con él. Pero, el movimiento es la Meditación Evangélica. Por eso, el centro de la oración cristiana es ponerse en la misma posición de Cristo, ponerse al lado de Cristo. Con él aprender a mirar a Dios y verle de verdad, no con las ideas que teníamos nosotros antes, sino con la mirada que Jesús tiene, porque él es el que lo conoce, él es el hijo que lo conoce desde dentro. Y para que poniéndonos donde está él, nosotros aprendamos a sentir como él, y a mirar como él a los demás, como él los mira.


Esto se hace en la Lectura Continua del Evangelio. Y hay dos lugares fundamentales donde se hace esta lectura: primero es en la Eucaristía. La eucaristía es la oración central de la Iglesia. Si uno va a la eucaristía ya reza (algunos dicen: yo no rezo, solo voy a misa¡!). ¿Qué sucede en la eucaristía? Nos ponemos de frente a él, y él nos habla. Leemos un poco del evangelio y decimos: ¡Palabra de Dios! Y nosotros repetimos: ¡Gloria a ti, Señor Jesús! Por tanto, no oímos unas ideas para ser buenos, no, no, no, …en lo que hemos escuchado estaba Cristo dirigiéndose a nosotros. Por lo tanto, en la eucaristía, el primer bloque es escuchar lo que nos dice. Pero escuchar no solo las palabras, escuchar lo que hacía, escuchar lo que pensaba, escuchar lo que sentía. Esta es la primera forma.

Una vez que estamos aquí dice: ¡Sentaros, comed mi vida! Esto que habéis oído, que atrae y a la vez espanta, porque quien lee el evangelio de verdad, no con un tachador (esto lo tachamos, esto no lo leemos, esto no se ha predicado nunca…), quien lo lee de verdad, se da cuenta de que le atrae, porque ahí está la vida de verdad; pero a la vez le espanta, porque supondría muchas cosas. Y cuando estamos ahí, Jesús sabe cómo estamos, por eso nos dice: ¡Siéntate, y aliméntate de mí! Sin miedo. Y seguimos andando.

Si os dais cuenta, en la eucaristía, lo primero en la oración no es lo que nosotros decimos. Para orar es verdad que tenemos que tener deseo de encontrarnos -el ir a misa-. Pero, no basta con ir, tenemos que tener deseo de encontrarnos, deseo de escuchar, deseo de abrirnos, “no de sentir”, porque la mayor parte de las veces en la eucaristía no sentimos nada. No sentimos la presencia, no sentimos… Pablo d’Ors habla de “consentir”. Y entonces, una vez que deseamos -los maestros de oración dicen: cuando tú deseas a Dios eso es ya una señal de que Dios te ha encontrado: Dios deseando en ti-. Te estaba esperando como a Natanael: te vi debajo de la higuera, esperaba que vinieras.

Cuando hacemos eso, lo que de verdad empieza la oración es que Dios se dirige a nosotros. Esto es el evangelio, antes de que nosotros digamos nada, dice, espera, espera, no empieces con tus peticiones. Pero, si tú me has dicho: ¡Pedid y se os dará! …Ya, pero primero escúchame. Para que sepas ver, …y entonces, lo primero es lo que él nos dice, y nuestro movimiento en la oración es el de la escucha y la respuesta. ¿Qué tengo que decir ahora que has dicho esto, que has hecho esto? A veces callarnos, punto, ya está. Está   bien. Agachar la cabeza. Dar gracias. Da lo mismo.

Y el segundo movimiento vuelve a ser otra vez de Dios. Bien, has agachado la cabeza. ¿Tú me amas? Le dice a Pedro. Me habías dicho que sí, sí, sí, sí, y ahora resulta que después no fuiste de llegar hasta el extremo. Ven acá, apacienta mis corderos. Pero antes, come, aliméntate de mi vida. Así pues, vemos que en la eucaristía el primer movimiento siempre es de Dios, y nosotros respondemos, y esto responde a nuestra misma vida; porque en nuestra vida el primer movimiento corresponde a Dios que es quien nos ha creado. Y nosotros siempre respondemos a este movimiento. Nuestra primera oración es el encontrarnos con nosotros mismos, es hacer lo que Jesús en la última cena: coger el pan y decir “esto soy yo, gracia”. El primer movimiento, Dios me ha dado un cuerpo, estoy soy yo, el pan, gracias. Este es el primer lugar de oración, el que nos enseña cómo rezar solos.


Después está la celda. El lugar que nosotros creamos para encontrarnos a solas con quien sabemos que nos ama (Stª. Teresa de Jesús), que nos busca, que se dirige a nosotros, que nos espera, y este lugar no está hecho. Porque la misa tiene una hora y lugar determinado, ya está hecha. Pero, la Oración Personal es otra cosa, esa no está preparada, y por eso cuesta mucho más. Porque hay que encontrar un lugar del día. ¿Quién tiene tiempo? Seamos honrados: nadie. Porque todos tenemos la vida llena. No hay ningún espacio de la vida que esté vacío. Entonces no hay que buscar tiempo, hay que hacer tiempo. -¡Esta hora del día solo es para ti, Señor!-. Y si yo a esa hora hago otra cosa tengo que dirigirme a ti y decirte. ¡Señor, sé que tenía que estar contigo, pero hay un partido de fútbol! Pero se lo dices a Él. Y así, incluso sin hacer oración, estás haciendo oración. Estás sabiendo dónde estás, y dónde tienes que ir.

Ese espacio de oración que es el espacio personal, es un espacio terrible:  tiendo a pensar que es el espacio de la muerte, porque ya no podemos hacer nada. No dominamos la relación, Dios va a su bola. Hace y deshace, está o no está, nos hace sentir o no nos hace sentir, como quiere… No es una cuestión de sentir, o de sacar resultados, o de sacar una idea, …abro la Biblia, selecciono con mi dedo al azar: ¡Qué bueno eres Jesús, que sigues mi dedo!... no, no, no, Jesús no habla así. Jesús habla a lo largo del tiempo, por tanto, lo largo del tiempo supone que durante mucho tiempo no comprendemos, simplemente acogemos su palabra. ¿Cuándo comprendieron los discípulos lo que Jesús les decía? ¿Por el camino? Ellos creían que sí, pero fue con la Resurrección… (¿no os lo dije?, pero estabais en otras cosas)…, pues aunque estemos con otras cosas, allí con él.

El segundo espacio de la oración es este espacio que necesitamos crear. ¿Cuándo? Cuando nos sea más fácil entablar este encuentro. Si lo dejamos para la noche, a no ser que tengamos problemas con el sueño, ya sabemos que no vamos a rezar. Si lo deja cuando están sus hijos o sus amigos en casa, ya sabe que no va a rezar, porque no le van a dejar. Me decía una señora que ella se metía en el baño, porque en el baño saben que no te tienen que molestar. Muchas han recurrido a este lugar. Aunque parece vulgar, la cuestión no está en la vulgaridad del lugar (cuando el monje entra en la taberna la convierte en una capilla, cuando el borracho entra en la capilla, la convierte en una taberna), no se necesita crear un espacio magnífico, salir al campo (si estamos en el campo, va bien).No hay que hacer una capilla magnífica en casa: un rinconcito. A veces basta para crear un espacio una imagen que nos ha acompañado, que nos hace sentir la presencia allí, una vela, abrir sencillamente la Biblia, poner la mano encima y decir: ¡Señor, ahora contigo!


Y empezar, pero hay que hacerlo en un tiempo, y ese tiempo…[santa Teresa de Jesús, en el convento de la Encarnación, pasaba mucho tiempo en el locutorio, tenía mucha labia, cosa que gustaba a las señoras distinguidas que pasaban por el convento, y ella dejándose llevar por la vanidad se complacía… hasta que se dio cuenta de que llevaba más de un año sin rezar -a palo seco-. Ponía estampas aquí y allá para engañarse, pero nada…, no se atrevía a estar con el Señor porque sentía su incoherencia. Llamada al orden por un dominico: “Tú te estás allí quieta…”. ¡Solo veía caer la arena en el reloj!, dirá ella más tarde]. Tú estate, y el Señor hará su trabajo. De esto se trata, la oración es estar con el Señor también cuando no es entretenido, también cuando no nos dice nada. ¿Cómo? Fundamentalmente meditando el evangelio -ya con una oración, una palabra…-, dirigiéndose a él: ¡Señor, ten piedad!, ¡Míranos! …Evitando entretenerse incluso con oraciones. Porque a veces las oraciones no nos dejan bajar al centro de nuestro ser. Y entonces decimos, ya he rezado. Bueno, sí y no… 

Estos dos elementos en la vida cristiana (la eucaristía y la oración personal) son fundamentales. La vida cristiana entra en Cristo o deja entrar a Cristo a través del silencio orante personal, y de la apertura a la presencia de Cristo en la eucaristía. Fundamentalmente significa la presencia de Cristo en la Palabra de Dios y en la Comunión. Sin esto la vida cristiana se va disolviendo en la vida normal y corriente. Y entonces, ¿qué se dirá de nosotros?... es un buen chaval, una buena chica…


LA ORACIÓN

DIEZ REFLEXIONES SOBRE LA ORACIÓN

1º.- La oración es una suspensión del tiempo cotidiano, un intermedio en la rutina para reconocer que Dios es el Señor de la vida, que no soy yo el que maneja y tiene que manejar la vida, sino que el centro está en otro sitio que no se ve. Por un momento hay que desconectar todo, todo: apagar la radio, la televisión, apagar a los familiares, apagar el teléfono, la música, también la música. Y ver solo “la arena cayendo en el reloj”. Quedarse en silencio, y decir: Tú eres, Tú…Tú… ¿Qué? ¿Cómo?... ¡No lo sabemos! ¡Que Dios es lo que no es el mundo! Para entregarnos a ese Misterio hondo que es de donde venimos y donde está la promesa de nuestra plenitud.


2º.- La oración es una acción de Dios en nuestra vida. Cuando nosotros lo buscamos Él ya nos ha encontrado, aunque no lo sintamos así; porque la mayor parte de las veces no lo sentimos así. Nosotros vamos detrás de Él: ¿dónde estás?, ¿dónde estás?... Y Él dice: En esa pregunta que te haces, si no, no te la harías.


3º.- Orar requiere tiempo y esfuerzo. Requiere soledad y predisposición. Requiere confianza y perseverancia. Todo lo demás es solo jugar a rezar: como las niñas con sus muñecas jugando a ser madres, pero no son madres, porque no es real. Soledad y predisposición, confianza y perseverancia.


4º.- La oración es verdadera cuando deja espacio para que Dios hable. De otra manera es solo monólogo lleno de justificaciones, o un regateo con un ser que en el fondo creemos que es un miserable que no quiere soltar sus bendiciones, y por eso tenemos que convencerle. La oración verdadera deja siempre espacio a que Dios hable, y Dios ha hablado en su Hijo Jesucristo. Por tanto, la oración verdadera es silencio en el que dejamos espacio “para que se nos diga el Señor”.


5º.- Se reza con los pensamientos y con las palabras, con el deseo y con el silencio, y también con las posturas del cuerpo. Por tanto, algunas veces no sabemos qué decir…¿entonces no estamos rezando? ¡No!... ¡claro que sí!... Basta con sentarnos, abrir las manos un poco, y decir, por ejemplo: “mira mis manos, parecen un nido, …¿y yo qué soy?... como un pájaro que está piando, pero no tengo ganas ni de piar. Pero te estoy esperando. Y callarse. Y mirar las manos. Y esperar. ¿Esperar qué? ¡Porque no va a aparecer nada! Abrir hueco en nuestro interior, porque si no, no puede entrar Dios… ¡qué ya está dentro!


6º.- Las oraciones, incluso el Padrenuestro, a veces ayudan, otras veces estorban. Porque no nos dejan ser nosotros mismos delante de Dios. Y lo importante es ser nosotros delante de Dios. Para esto a veces nos sirven las oraciones, y la oración por excelencia es el Padrenuestro, evidentemente…, pero, quizá demasiadas veces estamos tan en automático, que no parece que ni nos hayamos dirigido a Dios… aunque parezca que hemos rezado.


7º.- La oración busca que todo en la vida se empape de la gracia y de la voluntad de Dios. Es decir, que Dios nos meta en su mundo. No pretende la oración meter a Dios en nuestro mundo como “al primo de zumosol” para que nos resuelva las cosas, no. Debe meternos a nosotros en el mundo de Dios.


8º.- ¡Dios no se deja manejar por la oración! Esto es idolatría. Siempre está. Dios no puede “no-estar”. Pero se deja sentir según “su-libertad”. No funciona como el interruptor que enciende la luz. Esto es un problema de la “oración actual” en la que las nuevas generaciones se mueven por el sentimiento, por el sentir. Y entonces, si no sentimos parece que no rezamos. Pero no es verdad.


9º.- La oración que nos acerca a Dios siempre nos acerca al prójimo, la oración cristiana. Porque la oración que nos acerca a Dios es la que nos hace “UNO” con Cristo: y Cristo es el prójimo, por excelencia, de todos. De otra manera, si no vemos este movimiento, tenemos que sospechar de nuestra oración; hay que sospechar de que recemos bien.


10º.- ¿Dónde quedan entonces nuestras preocupaciones y nuestras necesidades, es que a Dios no le importan? Porque nosotros necesitamos decirle cómo estamos. Necesitamos decirle que le necesitamos.

Buscad a Dios y confiadle la vida, todo lo demás se os dará por añadidura.

Buscad a Dios y se os dará el Reino de los Cielos…, todo lo demás no es que se vayan a solucionar todas las cosas, sino que estaremos en la posición donde todo queda relativizado en lo relativo y absolutizado en lo Absoluto.


CAMINO POR LAS FORMAS DE ORACIÓN

¿QUÉ HACEMOS EN ESE ESPACIO HUECO QUE ES LA ORACIÓN?

1º.- Antes de que nosotros recemos, Dios ya está escuchando nuestra oración. Porque nuestra oración, en el fondo, es el anhelo de vida, especialmente cuando sufrimos la falta de vida; el anhelo de perdón, cuando estamos en pecado; el anhelo de relaciones, cuando estamos solos. No solemos pensar eso como oración, pero les dice san Pablo a los Romanos: “El Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables”, y esta oración que hace el Espíritu con nuestro propio sufrimiento, Dios la escucha como una oración, aunque nosotros no la hagamos como oración. Y por lo tanto, lo primero que aprende un cristiano es que Dios está escuchando su sufrimiento, su dolor, su alegría, como una súplica, como una intercesión, como una acción de gracias, porque el Espíritu Santo está orando en nosotros, aunque no lo sepamos. Y esto debe darnos confianza -no para decir, entonces no hay que rezar, ya está hecho-… Esto es para saber que nuestra oración es más profunda que nosotros mismos. Que Dios está en relación consigo mismo en nosotros.



2º.- La oración central es la “Meditación Evangélica” (Lectio Divina). Se haga como se haga: entrar en el Evangelio, meterte dentro de él. Como decía san Ignacio de Loyola, hacer una “Composición de Lugar”: Jesús, los demás y yo, contemplando la escena, leyéndola. No se trata de aprender ideas, ni de decidir cosas; se trata de dejarnos llevar por dentro por Cristo. Y después las decisiones ya vendrán, o ya aparecerán.


3º.- Otra forma de oración es “El Diálogo de Vida”. Procurar traer a Cristo a nuestro presente (decía santa Teresa de Jesús: “Estás aquí, tú conmigo, yo contigo, y hablamos como amigos”). Porque esto era lo que hacía Jesús con los discípulos. Le seguían, miraban lo que hacía, se preguntaban y finalmente le preguntaban: ¿Qué has querido decir con esa parábola? (Mc 4). Nuestras palabras, torpes al exponer nuestros problemas, a él le gustan, porque le buscan, incluso si le buscan mal. Él ya las irá colocando, como hizo con los discípulos.


4º.- Los salmos. Son palabras de creyentes que Dios nos ha dado como “su Palabra”, para que entremos en nosotros mismos y sepamos qué decirle: ¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! ¿Por qué me abandonas? ¡No puedo hacer otra cosa que tocar la cítara -guitarra, órgano-! ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Estas palabras nos las dan otros creyentes que han buscado a Dios antes que nosotros, y nosotros creemos que Dios ha aceptado esas palabras como una especie de espacio donde nosotros nos dirijamos a él y sepamos que estamos bien colocados, en la situación debida. Esto significa, por ejemplo, que podemos quejarnos delante de Dios. Los salmos nos dan palabras para quejarnos. Al leer un salmo, quizá descubramos que con una frase nos valga, o comuna palabra…, nos quedamos con ella, esperando, buscando.

Los salmos también nos enseñan a rezar las cosas que nosotros no vivimos, para evitar nuestro ensimismamiento, porque yo, yo, yo…, olvidando el yo podemos introducirnos en la oración de intercesión, orando por algo que nosotros no vivimos, pero que les está pasando a otros. Y así nos dicen: “no reces desde ti, reza desde el otro”.


5º.- La atención y la oración fugaz y continua. Decía Simone Weil: “La atención es casi la primera forma de oración”. Para rezar bien hay que mirar bien. Hay que ver lo que pasa por dentro, por fuera, mirar lo que sentimos. No dejar pasar, fijarnos, porque así podremos ver, podremos ver el paso del Señor, lo que se necesita, cuánto necesitamos al Señor.

Pero no solo la atención, también la oración fugaz y continua. Segundos de oración: vamos por la calle -¡sembrando Avemarías!-, pasa una ambulancia, pedimos por él: ¡Señor, acompáñalo! Oración fugaz, todo queda envuelto por la oración.

Orar con canciones: cantar danzando por la calle, aunque nos tomen por locos, llenos de alegría, en voz baja, casi disimulando… ¡Esta locura con la que me etiquetan, para ti, Señor! Canciones con cánones repetitivos… creamos una dinámica donde vamos cantando por dentro, pero también nos fijamos en las cosas, y lo vamos envolviendo todo con oraciones.

 

6º.- La adoración, no solo eucarística. La adoración viene con el salmo 8: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Miro el mundo y sin que haga nada puedo pensar, sin que haga nada hago la digestión, respiro…¡Con cuanta frecuencia, nuestro cuerpo, ajeno a nuestra desesperación, lucha por nosotros! Es la atención, pero esa atención nosotros los cristianos la convertimos en oración. ¿Qué soy para que te hayas acordado de mí?... para que nos hayas dado la voz, el canto, la inteligencia, la maña para algunas cosas… Podemos hacer también la adoración de Dios en las personas; como cuando las madres miran a un niño y este les dice: ¿Qué me miras?

Y después, la Adoración Suprema: ¿Cómo es posible que te hayas hecho hombre? ¿Cómo es posible que te hayas hecho esto que somos, y que te hayas hecho esto para alimentarnos?... que te hayas hecho pan, ¿cómo es posible? Es admirable, no lo entiendo, pero me admira: solo Tú, Tú eres la vida.


creyentes que ya hayan pensado la vida cristiana y tenerlos al lado. Como el aprendiz aprende del maestro en cualquier oficio, nosotros los cristianos aprendemos de los grandes maestros, los que han trabajado su vida, los que han sabido explicarlo, y por tanto podemos tener algunos libros que nos enseñen cuál es la vida cristiana…¡no para leer mucho! Leer no es orar. Orar a palo seco: Dios y yo, como el rabino frente al muro de las lamentaciones: -¿Y le responde...?, le preguntaba un turista.

-¿Ha probado a hablar alguna vez con un muro?, le respondió el rabino.

 

8º.- Las posturas. Se reza con las palabras, con los sentimientos, con los deseos… La Iglesia dice: “Si uno no se puede bautizar, pero lo desea, ya está bautizado por el bautismo de deseo”. Si uno no puede decir nada porque no le sale nada, no le sale nada… en la cama del hospital, postrado: ¡Señor, te ofrezco mi postración! Esta postración es mi oración. Otro día, feliz, saltaría por la calle: ¡la gente piensa que soy tonto!, por bailar por la calle: Esta es mi oración, te ofrezco, Señor, esos comentarios despectivos como mi más agradecida oración. A veces es poner las manos un poco abiertas y decir: aquí te espero como un pajarito con el pico abierto. Otras arrodillarse delante del sagrario. Da lo mismo, pero si incorporamos las formas, estas nos ayudan, porque a veces para nuestra oración no tendremos más que eso.


¿Quién mide la eficacia de la oración?

¡Qué nosotros sintamos que nuestra oración ha sido buena, no significa que lo haya sido! Y que sintamos que ha sido mala, no significa que lo haya sido. ¿Por qué? Porque a veces identificamos la oración con el fruto inmediato. Y así, cuando nos sentimos bien, creemos que ha sido buena. Pero, qué decía la madre Teresa de Calcuta, que se pasó años y años sintiendo el vacío de su oración: ¿era mala su oración…?

Y cuando yo quiero ver un partido de fútbol y me voy con el Señor a regañadientes… ¿es mala la oración?... ¿No estamos peleando con Dios como Jacob con el ángel? La oración es plena tensión, pero no lo vemos como oración, porque no lo vemos como la situación ideal del amor…, pero es que la oración no coincide con esa forma plena y bonita de oración, porque a eso ya no le llamamos orar, sino “Comunión Eterna”.

La oración no se mide en cada momento de oración, sino a lo largo del tiempo. Algunos se fascinaron con Jesús durante un momento, con una intensidad que superaba a la de sus acompañantes habituales. Pero el final es al final, la compañía concreta, la oración en el tiempo…

 

¿Quién ha dicho que a Dios no le podemos decir barbaridades?

Ante una muerte trágica, en el tanatorio, los familiares dicen auténticas barbaridades de Dios, ¿y si fuera esa la única forma de oración que tienen? ¡Qué parece una blasfemia! ¡Tantas jaculatorias en boca de gentes con poca educación que no pasan de ser “oraciones en negativo”! Esto ya lo inventó Job, el santo y paciente Job de los dos primeros capítulos de su libro, pero que se pasa los treinta y pico restantes blasfemando contra Dios. No hace más que decir barbaridades. Quiere ponerle un juicio a Dios: ¡Maldito el día en que nací, en el que me creaste! ¡Me creaste para que sufriera! ¿Qué se puede decir peor de Dios? Porque eso es lo que quiere hacer el diablo.

Hay veces en que la oración no se identifica, no puede identificarse, con esa paz alrededor de Jesús, tan inocente y tan buena, con la imagen del discípulo recostado en el pecho de Jesús -¡sin quitar   que la oración a veces es así!-, pero otras… es una relación en la que necesitamos hacernos, que sigue las mismas reglas que las relaciones personales, que supone discusiones, porque estamos deformados por nuestra forma, nuestro pecado en el mundo, no el que hacemos, sino el pecado que nos tiene, esta forma mala de mirar, de sentir… ¡Necesitamos una rehabilitación!

Ya verás lo bien que vas a mover el brazo, nos dice el fisioterapeuta; y lo primero, tras el primer estiramiento de golpe, es ¡un grito con el que de haber podido le habríamos sacado los ojos! ¡Un grito terrible de dolor! Esto mismo pasa también en la oración: ¿Por qué has matado a mi hijo, si yo iba siempre a misa? [¿Yo cura…?, ¿Yo casarme con ese…?]. Hay que sacar la oración de nuestros esquemas previos y necesarios que tenemos y llevarla a ese estado en que Dios y Cristo se relacionan con nosotros…, que a veces es dura, muy dura; siempre con el fin de llevarnos a la plenitud.

Lo fundamental es la relación última: estamos envueltos en esta relación y tenemos que abrirnos a ella para que se haga UNO con nosotros.

 

 

 

sábado, 17 de septiembre de 2022

SAN FRANCISCO DE ASÍS 2022

   SAN FRANCISCO DE ASÍS

En cierta ocasión paseaban el hermano Francisco y el hermano León a través del bosque. Estaban acostumbrados los dos a esas caminatas silenciosas a través de la gran Naturaleza. Al cruzar un torrente, de agua blanquísima y exultante, con breves relámpagos azules, se detuvieron un momento.

-¡Hermana agua! -gritó Francisco, acercándose al torrente-. Tu pureza canta la inocencia de Dios.

Saltando de una roca a otra, León atravesó corriendo el torrente. Francisco le siguió. Tardó más tiempo. León, que le esperaba de pie en la otra orilla, miraba cómo corría el agua limpia con rapidez sobre la arena dorada entre las masas grises de rocas. Cuando Francisco se le juntó, siguió en su actitud contemplativa. Parecía no poder desatarse de ese espectáculo. Francisco le miró y vio tristeza en su rostro.

-Tienes aire soñador -le dijo simplemente Francisco.

-¡Ay si pudiéramos tener un poco de esta pureza -respondió León-, también nosotros conoceríamos la alegría loca y desbordante de nuestra hermana agua y su impulso irresistible!

Había en sus palabras una profunda nostalgia, y León miraba melancólicamente el torrente, que no cesaba de huir en su pureza inaprensible.

-Ven -le dijo Francisco, cogiéndole por el brazo. Empezaron otra vez los dos a andar. Después de un momento de silencio, Francisco le preguntó a León:

-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?

-Es no tener ninguna falta que reprocharse -contestó León sin dudarlo.

-Entonces comprendo tu tristeza -dijo Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse.

-Sí -dijo León-, y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

-¡Ah!, hermano León; créeme -contestó Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía humano, demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alto, mucho más alto. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas las miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.

-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad -observó León.

-Es verdad -respondió Francisco-. Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. Él es el Señor, el Único, el Solo Santo. Pero coge al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que se vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por sí mismo, a causa de su misericordia indefectible; es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y eso es tener un corazón puro,  pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.

-¿Y cómo hay que hacer? -preguntó León.

-Es preciso simplemente ‘no guardar nada de sí mismo’. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.

 

 

lunes, 9 de mayo de 2022

DIVINO TRÁNSITO

MISA FUNERAL: ASCENSIÓN (CHON)

…“LLENAR EL DOLOR DE SENTIDO”…  es lo que hace Cristo acompañándonos por donde nadie puede acompañarnos, mostrándonos que siempre queda una puerta abierta, que su resurrección es también la nuestra...              

“Algo que tenemos que aprender a reconocer es que en la vida no hay explicación para todo y en la fe tampoco”. Nosotros podemos resolver enigmas, pero en el misterio solamente podemos profundizar cada día un poco más. Algo hay evidente, “surgimos de las manos del Amor de Dios y el Amor de Dios siempre entrega eternidad… que ya empieza aquí, si nos dejamos inundar por su Gracia, pero que sabemos no tiene aquí su plenitud…

En un determinado momento la fe puede querer ser para los creyentes un sustituto de la falta de explicación del mundo y entonces buscamos un “porqué”, pero este es un camino muy peligroso, porque a veces no lo hay. Entonces no se trata de vivir con una explicación, sino en una aportación de vivir con fe, por más que a veces nos cueste creerlo, que “toda situación está en las manos de Dios”.

A veces -por enfermedad, por muerte- la vida contradice nuestras expectativas, y nosotros que somos personas que necesitamos orden para vivir, que necesitamos lógica, cuando eso no se da no sabemos qué hacer, nos sentimos inciertos, no sabemos dónde apoyarnos, dónde ir y buscamos siempre algo que nos dé seguridades: “si toco esto no me va a pasar nada, si rezo diez veces una oración no me va a pasar nada…”, pero la vida no funciona así, y lo sabemos.

Una y otra vez la vida nos pone ante los ojos que somos seres limitados, frágiles, amenazados y que por más que digamos que todo va a ir bien, algunas cosas no van a ir bien. Y es precisamente en esas situaciones adversas que se nos llenan de preguntas cuando nos toca descubrir que la verdadera cuestión no es el ¿por qué?, sino ¿qué hago yo con todo eso que me ha venido?, ¿qué puedo hacer con todo mi dolor?¿Cuál es el verdadero misterio de la vida y de la muerte…?

Ante el dolor inexplicable es importante, antes de dar respuestas, llorar con el que llora, acompañar a los que sufren. Corremos el peligro, ante el dolor, de responder negativamente, de ensimismarnos, de encerrarnos en nosotros mismos, porque es lo primero que hace el dolor, como cuando en la cama nos ponemos en posición fetal, protegiéndonos contra todo, como se encoge el cuerno de un caracol cuando lo tocamos; y comenzamos a sentir autocompasión, convenciéndonos de que nada merece la pena.

Nos toca aprender a encarar el dolor positivamente, descubrir la compasión, porque el dolor propio nos hace entender qué les pasa a los demás. El dolor puede generar empatía y la empatía puede generar comprensión y la comprensión genera encuentro y solidaridad.

Debemos tener muy presente siempre que “el icono de la fe es Cristo-Crucificado”, donde se concentra la mayor contradicción del mundo: “lo que es más de Dios está frustrado, está muerto”.

Pero, lo que nos dice la fe es que esa situación está en manos de Dios, y es a partir de ahí cuando nos toca optar, movernos, -“porque en la Cruz, Jesús nos precede”- él sabe lo que nos pasa cuando el dolor nos rompe, y nos acompaña a vivirlo, ofreciéndonos su fe.

No nos quita el dolor, pero lo llena de sentido, y nos mueve para que la vida no quede presa, atrapada, cerrada, sino que pueda seguir dando de sí.

El mundo va a ser siempre contradictorio y no sabremos explicarlo nunca del todo, pero en medio de la contradicción Cristo nos ofrece un camino de fe y un camino de empatía y de amor hacia los demás. Y ese es el Camino, si pretendemos la ‘Verdad’ y la ‘Vida’.

Todo esto tiene mucho de “Gracia”: ¿por qué no podemos hacerlo cuando queremos? Porque no depende solo de nosotros, depende de quién nos rodea, de qué nos dicen, del contexto, de que sepamos resistir y esperar -por eso, para un cristiano es fundamental rezar, pero la oración como “contemplación de Cristo-Crucificado”, de lo que verdaderamente es Cristo.

Nos toca aprender a crear “momentos de calidad” -los orantes igual que los amantes-.

Fundamental en los momentos de dolor es: no encerrarnos, llorar, dejarse acompañar, hacer silencio ante la Cruz de Cristo y dar tiempo. Los brotes de dolor seguirán arrastrándonos, pero todo está en las manos de Dios, porque el amor es más fuerte que la muerte…, nos lo dice Cristo-Crucificado, que es la manifestación de hasta qué punto Jesús ha sido libre, solidario y hombre de paz.

«Dios antes aún de crearnos nos amó, con un amor que nunca ha disminuido, y nunca se desvanecerá. Y en este amor Él hizo todas sus obras, y en este amor Él hizo de modo que todo tenga su sentido, su misión, y en este amor nuestra vida dura para siempre… En este amor tenemos nuestro principio, y todo esto lo veremos en Dios sin fin».

Nuestra hermana Ascensión (Chon), nuestra madre, nuestra esposa, nuestra abuelita, nuestra amiga del alma, ya ha cruzado ese puente que unía su corazón, al corazón de Dios…    

Descanse en paz.

 

miércoles, 13 de abril de 2022

1ª MISA, SEPTIEMBRE 2007. LAS PEDROÑERAS


PRIMERA MISA: HOMILÍA... EN LAS PEDROÑERAS 

Septiembre 2007

         

Queridas hermanas y hermanos...¡PAZ Y BIEN!...

 

Mi vida como cristiano se inició en esta iglesia

de Las Pedroñeras.

Aquí fui bautizado,

aquí tomé la primera comunión,

aquí me confirmaron...,

aquí fui irreverente y soberbio

en más de una ocasión

y aquí juré con orgullo adolescente

que jamás volvería a entrar aquí.

La necedad juvenil siempre es atrevida.

 

Dice el profeta Isaías:

“Mis planes no son vuestros planes,

vuestros caminos no son mis caminos

 –oráculo del Señor-.

Como el cielo es más alto que la tierra,

mis caminos son más altos que los vuestros,

mis planes, que vuestros planes.

Como la lluvia y la nieve caen del cielo,

y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra,

de haberla fecundado y hecho germinar,

para que dé simiente al que siembra

y pan al que come,

así será la palabra que sale de mi boca:

no volverá a mí de vacío,

sino que cumplirá mi voluntad

y llevará a cabo mi encargo”.

 

La Palabra de Dios es una palabra viva,

que quema,

que siempre nos interpela,

porque cuanto es el ser humano ante Dios

tanto es y no más.

 

El evangelio de hoy,

-porque hoy se cumple esta palabra-

nos invita a anunciar la luz,

a ser sus testigos...

¿Qué puedo decir de mí?

Que me sorprende la paciencia que Dios tiene conmigo,

y que una y otra vez no puedo evitar decir:

¿Por qué te empeñas en quererme tanto?

No encuentro para todo esto otra explicación

que las oraciones de mi abuela Guadalupe

a la que de crío recuerdo que le preguntaba:

¿Por qué vas tanto a misa?

Y ella siempre,

con una sonrisa,

me respondía lo mismo:

¡Por los que no van nunca!...

Luego la vida gira y gira...

         Únicamente recuerdo que caí;

ya lo había hecho en ocasiones anteriores,

incluso voluntariamente,

por el placer del vuelo,

pero esta vez era diferente.

Incluso, como protección, olvidé su nombre.

Ni tan siquiera me quedaban ganas de volver a levantarme

-¿para qué, si nunca se llega a nada?-

Estaba agotado,

sin fuerzas,

todo parecía haber sido en vano...

y sin embargo...

       Al Señor lo encontramos

–“aunque realmente es Él quien nos encuentra a nosotros”-...

pues eso, lo encontramos siempre llamándonos;

y lo hace con palabras y voces muy naturales,

que podemos oír muy bien,

muy claras;

otra cosa es cómo escuchamos,

el caso que le hacemos,

la respuesta que le damos...

 

   -“Conozco tus obras y tus trabajos,

y sé que sufres pacientemente por mi causa;

no soportas a los malvados,

pusiste a prueba a los que se llamaban a sí mismos apóstoles

y los hallaste mentirosos.

Conozco tu paciencia

y lo que has sufrido por mi nombre sin desfallecer.

Pero tengo contra ti

que has perdido tu amor del principio”-.

 

     Esta cita del Apocalipsis

la leí en la crítica que se hacía a un libro

–“de cuyo título no consigo acordarme,

ni del nombre del autor,

ni del nombre del crítico”-

en el suplemento cultural de un periódico

que no se distingue precisamente por su talante religioso.

        Era domingo por la mañana,

y yo desayunaba en la terraza de un bar,

frente a la iglesia,

donde era raro que entrase,

en la plaza de Santa Gertrudis,

en el centro de la isla de Ibiza...      

Es poco más lo que recuerdo de aquella mañana,

otra entre tantas mañanas de domingo;

pero esta cita se me quedó grabada

como si en aquel momento cada palabra hubiese sido dicha para mí...:

-“PERO TENGO CONTRA TI QUE HAS PERDIDO TU AMOR DEL PRINCIPIO”-...

 

¿Qué me había pasado?

¿Qué había sucedido con mi amor del principio?

¿Cuál era ese amor del principio que había perdido?

¿Qué me estaba pasando?

¿Por qué sentía aquellas palabras de un modo tan personal?...

¿Quién parecía no haber dejado de pensar en mí?

¿Para qué, para quién vivía?...

 

    ...Creo recordar

que la lista de preguntas se me hizo interminable;

y algo, sin saber muy bien qué,

en lo más profundo,

comenzó a cambiar dentro de mí...

    ...Una tarde,

hablando en el bar con don Antonio,

el párroco de San Miguel, me dijo:

-“Las bendiciones nos caen del cielo,

pero nosotros nos empeñamos en abrir el paraguas

y no nos dan,

nos protegemos

para que no nos alcancen”-...

 

    Tras un año sabático,

aquí en el pueblo,

emprendí un viaje al final de la tierra,

durante el cual

me encontré con san Francisco de Asís,

el otro Cristo...

Esta es una metáfora,

muy fácil de explicar:

La meta del viaje era el cabo de Finisterre...

en Galicia,

y sea como fuere,

cuando por fin llegué allí...

me llevaron...

los franciscanos de Santiago de Compostela,

con los que ya llevaba viviendo dos años...

el resto fue dejarse ir...

¿Cómo daré gracias al Señor por todo el bien que me ha hecho?...

¿Cómo daremos gracias?...

¿Cómo damos gracias?...

 

     ...Todo ser humano

es llamado de algún modo

para algo

que ciertamente,

con frecuencia,

él aparta de su camino.

Hay una soledad

que nos descubre presentes

en un estrecho saliente rocoso,

entre los abismos,

donde no hay ninguna seguridad

de un saber expresable,

sino la seguridad del encuentro

con lo que permanece oculto...

   ...Dios toma al ser humano donde se encuentra,

en su necesidades más humildes

y cotidianas,

para conducirlo a otra parte,

a otra agua,

a otro vino

y a otro pan…,

Dios conduce al ser humano más allá de su misma búsqueda...

¿Y qué era eso tan importante?...

... somos amados antes que amantes”...

 

      ...Hay un fuego,

con el que tropezamos

más tarde o más temprano,

que nos exige descubrir su más íntima esencia...

¿Tendremos la valentía de arder?...

 

      ...El que viene

vino por su propia voluntad,

saliendo del misterio de su lejanía,

no hicimos nosotros que Él viniera. 

...Por lo demás,

sabemos que en todas las cosas

interviene Dios para el bien de los que le aman,

de aquellos que han sido llamados según su designio,

de todos,

aunque ignoremos cómo...

¿o no lo ignoramos? ...

 

      ...Personalmente,

hubo un tiempo

en el que aspiraba conseguir-conquistar

–“lo máximo”-

que pudiese alcanzar un ser humano

en su vida sobre la tierra...

El Señor me enseñó,

me sigue enseñando,

que las cosas que de verdad importan

no son algo que debamos conquistar...

se trata de saber acoger...

y algo así únicamente se logra

abandonándose en sus manos,

sabiendo y sintiendo

que todo depende de Él,

pero actuando al mismo tiempo

como si Él no existiese,

como si todo dependiese única y exclusivamente de nosotros...

   ...Volveremos a equivocarnos,

a veces parece que la libertad

y el amor

con que nos creó

no sirviesen para otra cosa que eso...

para equivocarnos...

 

    ...Pese a todo,

será conveniente no olvidar nunca,

nunca, nunca,

lo que vino a decirnos Jesús de Nazaret...,

...que Las Puertas de la Misericordia del Cielo

no se cerrarán

aunque no haya ni un justo sobre la tierra.

                                   Es así de verdad.../.

 





ANTEA, LA VIRGEN ROJA DE DONDE NACEN LOS RÍOS…

Nos perdimos camino de los manantiales,

añorando los orígenes, pues los peligros endurecieron nuestro corazón;

ya el polvo del camino, o la rutina, o una costra de indiferencia,

para protegernos de los sinsabores de la vida,

y, para que todo no vaya a peor, seguramente,

con la mejor intención, “aguamos”,

quién sabe si con la intención de convertir en vino.

Y sabemos, porque no se trata de la primera vez,

que eso termina no funcionando del todo,

por eso la añoranza de los orígenes,

de aquello, lo que fuese, en toda su autenticidad…

 

Ante esta feria de las vanidades, Antea baja la mirada

al tiempo que nos frece la “escalera al cielo”,

que nos entrega bendiciéndonos;

quien por el agua nos hace divinos e infinitos,

y nos pide serlo…

¡si no tuviésemos tanto miedo!

 

Porque nosotros

parece que siempre tenemos necesidad de estar en otra parte,

proyectando viajes, olvidando siempre el momento presente.

Como a una urraca, nos siguen aturdiendo los objetos brillantes,

y hemos llegado a imaginar el precio de nuestros pasos,

incluso cuando las tiendas están cerradas

olvidando, a propósito,

que con una palabra podríamos conseguir el universo…

 

Parece que las señales sólo quieren equivocar los caminos,

¿quién, entonces, se atreve a buscar seguridades?

Todos los pájaros están en todos los árboles cantando,

y por no tener, hasta carecemos de dudas…

 

Ya estuvimos allí, y allí, y allí también,

y hemos bailado todas las danzas

alrededor de todos los fuegos,

al compás de todos los cánticos hipnóticos…

 

Sopla el viento, arrastrando con él todos los caminos…

 

Y nos ha sido dado conocer

Que “mientras serpenteamos por los caminos,

-aunque a veces tropecemos e incluso caigamos-,

nuestras sombras nunca serán más altas que nuestra alma”…

 

Inunda Antea, la Virgen Roja de donde nacen los ríos

con su sola presencia

el espacio-tiempo…

Con esa suave danza que muestra a los hijos de la luz:

“Quién es el Camino, y la Verdad, y la Vida”…

 

Y si escuchamos atentamente,

la melodía nos llevará, paso a paso,

incluso más allá de lo que jamás nos atrevimos,

o no fuimos capaces de imaginar,

dándosenos descubrir lo proyectado desde el origen del mundo:

 

«Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo

cuando llegase el momento culminante:

recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (Ef 1, 9b-10).

 

Entonces sabrás por qué eres temido por los hijos de las tinieblas,

y no podrás rendirte…

Porque tú eres el estandarte de lo divino,

el creado a su imagen y semejanza…

…¿Quién es como Dios?...

 

Eterno espíritu del valle,

portal interminable,

como raíz del cielo y de la tierra.

Siendo sin estar

y estando sin ser…

Mutación inagotable,

dama de luz,

regalando maravillas…

 

Y así, su palabra,

como la de los cielos,

“sin hablar,

sin pronunciar,

sin que resuene su voz,

a toda la tierra alcanza su pregón,

y hasta los límites del orbe su lenguaje”…

 

La eternidad a la que Dios nos invita

se oculta en el ahora de cada instante de nuestra vida.

Y nada de lamentarse

objetando que Dios es el momento presente

que pasó y se perdió porque yo no estaba allí;

porque eso es olvidar que el presente

no es algo fugitivo, pasajero,

sino algo continuamente persistente y duradero,

siempre cambiando, evolucionando

y trascendiéndose a sí mismo.

La eternidad es ahora,

caminemos a su luz…,

 

Nuestra fe no va a liberarnos

de ninguna obligación humana,

sino que nos dará un trabajo,

una función, una misión

‘para’ el mundo que no es ‘del’ mundo.

Nuestra misión será introducir en el mundo

el amor mismo de Dios

con “medios humanos”,

con “maneras de ser humanas”: las de Cristo.

Nos encarga realizar en el mundo

una especie de compromiso temporal

del amor eterno de Dios.

Al lado de ello,

el resto existe y debe existir,

pero la fe sirve para que Dios ame al mundo

a través de nosotros

como a través de su Hijo.

Él nos ha elegido para darnos al mundo,

al mundo que él ama

y que nosotros debemos amar

como él, con él y por él.

Así es la fe;

esto es lo que nos pide que aceptemos….

…¿Y Tú, dónde estás?...

...¿Y por qué Te empeñas en quererme tanto?...

 

 

 

 

martes, 28 de septiembre de 2021

SAN FRANCISCO DE ASÍS

SAN FRANCISCO DE ASÍS

En la vida, decía san Francisco de Asís, no hay misión para el ser humano comparable a la aceptación humilde y alegre de lo que es, de todo lo que es…, no es algo que resulte fácil. Nos lamentamos, en ocasiones por habernos olvidado tantas veces de Dios, pero, eso no significa que Él se haya olvidado de nosotros…, gracias a Dios.

No deja de ser curioso que, a veces, nos creamos inteligentes por ser capaces de encerrarnos en una idea y no alcanzar a comunicarnos con nadie. Y así, ignoramos lo que somos y en dónde somos, ignoramos el universo entero. Nos falta el silencio, la profundidad y la paz. La profundidad de una persona está en su capacidad de acoger. Nos hemos convertido en especialistas del aislamiento, por miedo a las heridas, por miedo a la vida. Nos empeñamos en ser como insectos incapaces de despojarse de su caparazón. Nos negamos el crecimiento. Nos agitamos desesperadamente en el interior de nuestros límites por la sencilla razón de negarnos a ver y ser. Y, a fin de cuentas, nos encontramos como al principio. Creemos haber cambiado algo, pero, a veces, morimos sin haber visto ni siquiera la luz. No nos hemos despertado nunca a la realidad. Hemos vivido en sueños, sin ninguna consistencia…

Y esto es así porque nos resulta difícil aceptar la realidad. Y, a decir verdad, nadie la acepta nunca totalmente. Hasta que un día tropezamos con algo a lo que nosotros llamamos fracaso, y nos es dado descubrir que no nos queda más que esta sola realidad desmesurada: «Dios es».

Quien acepta esta realidad y se goza hasta el fondo de ella ha encontrado la paz. Dios es, y eso basta. Pase lo que pase, está Dios, el esplendor de Dios. Basta que Dios sea Dios. Solo quien acepta a Dios de esta manera es capaz de aceptarse verdaderamente a sí mismo. Son palabras de san Francisco de Asís.

Dios hace, y nosotros debemos dejarnos llevar, y esta santa obediencia nos da acceso a las profundidades del universo, a la potencia que mueve los astros y que hace abrirse tan graciosamente las más humildes flores del campo. Descubrimos esa soberana bondad que está en el origen de todos los seres y que estará un día toda entera en todos, pero nosotros ya la vemos esparcida y extendida en cada ser. Es cierto que no podemos pasar por alto el mal que hay en el mundo, pero, nos es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer.

El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se vuelve contra Él y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que Él ha creado tiene raíces tan profundas en Él… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza.

Dios siempre nos está diciendo: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía estará siempre abierta”.

El Señor nos ha enviado a evangelizar, a todos nosotros; evangelizar a alguien es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no solo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no solo pensarlo, sino portarse con ese alguien de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que despierte así a una nueva conciencia de sí. La tarea es delicada, pero sabemos que “las puertas de la misericordia del cielo no se cerrarán aunque no haya ni un justo sobre la tierra”…