EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

jueves, 15 de abril de 2021

3º domingo de Pascua, Lc 24, 35-48


3º DOMINGO DE PASCUA   Lc 24, 35-48

Cleofás y su compañero de Emaús vuelven a la Comunidad, a Jerusalén. Allí cuentan lo que les ha sucedido en el camino “y como lo reconocieron al partir el pan”. Todo sucede en el primer día de la semana que, desde entonces, será para siempre el Domingo, el Día del Señor, el día de la Resurrección. Desde entonces, todos los domingos los cristianos nos reunimos en comunidad para celebrar la memoria de Jesús. Su Resurrección.

La fe en el Resucitado no es automática, se desarrolla entre dudas e interrogantes. Cuando estamos crucificados, porque aparece el lado oscuro de nuestra vida, nos asaltan los problemas, la dureza de una enfermedad, el contratiempo de la fraternidad, la falta de comunión, y es poco menos que imposible superarlos, no es fácil ver la compañía del Resucitado, no es fácil vivir la fe, reconocer a Jesús. La fe nace, crece desde la propia experiencia. En el evangelio, los de Emaús, contaban cómo lo reconocieron Resucitado al partir el pan, pero la mayoría no sabe nada, hasta que lo experimentan y reconocen con el deseo de su paz. Se asustan, tienen miedo, le ven como un fantasma o no se lo creen por la alegría. Reconocer que el Dios de la vida es fiel y no abandona, “abrírseles el entendimiento” para comprender las Escrituras, requiere encuentro, signos, tiempo, reflexión, mirar las llagas del Resucitado, asimilar que en su cruz él clavó ya nuestro dolor y nuestros problemas y nos invita a mirar hacia arriba, no con la vista plana, y entender que el aparente fracaso de la cruz es camino seguro de felicidad. Pero no nos entra en la cabeza, no puede entrarnos. Es el camino del Espíritu de Jesús. Solo la vida entregada por amor no muere con la muerte, perdura para siempre.

Ser cristianos es vivir ya como resucitados, testigos de su nombre, recordatorios de su amor, contagiados que no pueden parar de hablar, ni de acompañar por la nueva vida causada por su encuentro. Es el tiempo para dar testimonio de cómo vive Jesús “dentro de nosotros”, no de lo que sabemos de él teóricamente como papagayos. Tiempo de ser maestros de vida, testigos de esperanza y del valor de lo humano, pues Jesús lo fecunda y hace fuerte. Nuestra vocación es vivir la resurrección en nuestra propia humanidad, en nuestra debilidad, construyendo fraternidad, solidaridad y acompañamiento como Jesús hizo desde la cruz.

Para acompañar hay que tocar, estar cerca y vivir como Jesús las distancias cortas del abrazo: con el “leproso” de hoy, sacando del pozo en sábado, cuestionando rigorismos y cumplimientos culpabilizantes, estando cerca de los hermanos más débiles.

Es interesante constatar que sea precisamente Pedro, el que tenía sobre su conciencia un grave acto de cobardía al negar a Jesús, quien ofrece a sus oyentes judíos esta salida airosa, disculpándoles de su pecado: “sé que lo hicisteis por ignorancia”. Él, a quien Jesús perdonó después de la resurrección, haciendo fácil su rehabilitación ante los demás, es quien está mejor dispuesto a ofrecer el perdón a los demás, distinguiendo el pecado, que condena, y al pecador, a quien disculpa e invita a la conversión. Quien se sabe perdonado perdona más fácilmente.

Pero, creer en la Resurrección no es fácil. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y sencilla, es siempre como un deseo, va creciendo entre dudas y preguntas que a veces no sabemos contestar. La Paz de Jesús también llega a nosotros y a la Iglesia y es la fuerza del Espíritu quien también hoy, en pleno siglo XXI nos lleva proclamar en este tiempo de Pascua “que Jesucristo vive y es el Señor”: por solidario, por liberador, por pacífico.

Jesús, exaltado, constituido Señor e intercesor, nos ha querido dejar un perpetuo testimonio de que sus manos siguen siendo para nosotros como lo fueron en su vida pública, pues en esas manos entregadas y agujereadas se resume y concentra todo el servicio, la liberación y la acogida que quisieron expresarnos y ofrecernos, toda la sanación -"sus llagas nos curaron"-, dice san Pedro-.

Son, pues, las manos de un "manirroto" -así llamamos a las manos de un derrochador, que parece tener las manos agujereadas-, que lo dieron todo por amor a nosotros. Y quiere seguir siendo, como intercesor al lado del Padre, un manirroto para nosotros: no escatimará nada cuando acudamos a Él. Más bien, derrochará…, como siempre lo hace, aunque nos cueste verlo y creerlo…

 

domingo, 28 de marzo de 2021

LA IMPERMANENCIA Y LOS CICLOS DE LA VIDA

LA IMPERMANENCIA Y LOS CICLOS DE LA VIDA

Hay nacimiento y muerte, creación y destrucción, crecimiento y disolución de todo lo que es. Esto se refleja por doquier: en el ciclo de la vida de una estrella o de un planeta, de un cuerpo físico, de un árbol, de una flor; en el ascenso y en la caída de las naciones, de los sistemas políticos, de las civilizaciones; y en los inevitables ciclos de pérdida y ganancia que se alternan en la vida de los individuos.

Hay fases de éxito en que las cosas vienen a ti y se desarrollan, y fases de fracaso en que las cosas se marchitan, se desintegran y tienes que dejarlas ir para que puedan surgir otras nuevas, o para que se produzca la transformación, la mutación. Si, llegado a ese punto, te apegas y te resistes, te estás negando a seguir el flujo de la vida, y eso te hará sufrir.

No es cierto que la fase ascendente del ciclo sea buena y la descendente mala; esto sólo es un juicio mental. En general el crecimiento se considera positivo, pero sabemos que nada puede crecer eternamente. Si el crecimiento, del tipo que sea, siguiera indefinidamente, acabaría volviéndose monstruoso y destructivo. La disolución es necesaria para que se produzca un nuevo crecimiento. Ambos aspectos no pueden existir separadamente.

La fase descendente del ciclo es absolutamente esencial para la realización espiritual. Debes de haber fracasado rotundamente a algún nivel, o haber experimentado una pérdida seria o un dolor, para sentirte atraído por la dimensión espiritual. O quizá el éxito mismo haya perdido significado, quedándose vacío y convirtiéndose en fracaso. El fracaso reside oculto en cada éxito, y el éxito en cada fracaso. En este mundo, es decir, en el nivel de las formas, todo el mundo “fracasa” antes o después, y todas las realizaciones acaban convirtiéndose en nada. Todas las formas son impermanentes.

Puedes mantenerte activo y disfrutar manifestando y creando nuevas formas y circunstancias, pero sin identificarte con ellas. Ya no las necesitas para tener una identidad. Han dejado de ser tu vida, para pasar a ser tu situación en la vida.

Nuestra energía corporal también está sometida a ciclos. No podemos estar siempre en un punto álgido, pero, puesto que tanto da, el optimismo alegra más la vida. Habrá momentos de alta energía y otros de energía baja. Habrá momentos en los que estarás muy activo y creativo, pero también habrá otros en los que te parecerá que todo está estancado y sentirás que no vas a ninguna parte, que no estás consiguiendo nada. Los ciclos tienen una duración variable que van de unas pocas horas a varios años. Hay ciclos largos y ciclos breves dentro de los ciclos largos. Muchas enfermedades se generan por luchar contra las fases de baja energía, que son vitales para la regeneración. La acción compulsiva y la tendencia a extraer la propia autoestima y la identidad de factores externos, como el éxito, es una ilusión inevitable mientras nos coronemos-identifiquemos con la mente. Esto hace que no podamos aceptar las fases bajas del ciclo, que no las dejemos ser. Finalmente, la inteligencia del organismo puede adueñarse de la situación como medida de autoprotección y provocar una enfermedad que te obligue a detenerte para que pueda tener lugar la necesaria regeneración.

La naturaleza cíclica del universo está estrechamente vinculada a la impermanencia de todas las cosas y situaciones. Buda hizo de la impermanencia una parte central de su enseñanza. Todas las situaciones son muy inestables y están en flujo constante, o, como él dijo, la impermanencia es una característica de cada estado, (Tao Te King, 22 y 23) de cada situación que te encuentras en la vida. Lo que era satisfactorio cambiará, desaparecerá y dejará de satisfacer. La impermanencia también es un punto fundamental en las enseñanzas de Jesucristo: “No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los consumen y donde los ladrones entran a robar…” (Mt 6,19-21).

Cuando cambia el estado o situación con el que la mente se ha identificado o desaparece, ésta por lo general se opone a aceptarlo. Se apegará al estado que ha desaparecido y se resistirá al cambio. Es casi como si nos cortaran un miembro del cuerpo.

…Y todo por ese afán de olvidar que sigue habiendo vida más allá de la vida…/.

 

lunes, 25 de enero de 2021

RENEGIRARD: INTRODUCCIÓN.- (A) (1)

RENEGIRARD: INTRODUCCIÓN.- (A) (1): VEO A SATÁN CAER COMO EL RELÁMPAGO RENÉ GIRARD   INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN.- (A) (1) Lenta, pero inexorablemente, el predominio de lo ...

domingo, 3 de enero de 2021

EL PECADO Y LA GRACIA EN LA CULTURA OCCIDENTAL

EL PECADO Y LA GRACIA EN LA CULTURA OCCIDENTAL

(Visión Franciscana del ser humano)

Alejandro de Villalmonte

 

Sólo el amor es digno de fe

Jaime Rey Escapa

 

Alejandro de Villalmonte, mi amigo, hermano y profesor, fue quien me puso en contacto con la teología del beato Juan Duns Escoto. A él, a Enrique Rivera de Ventosa y a Bernardino de Armellada nunca podré agradecerles del todo haberme acompañado en la apasionante tarea de aprender a pensar y a vivir según las intuiciones, siempre actuales, del saber franciscano.

El franciscanismo es un estilo de vida sustentado en una 'forma mentis' profunda y original, un estupendo camino para hacer vida aquello en lo que se cree. Lejos del racionalismo y de fundamentalismos, el pensamiento franciscano llena de sentido aquello que creemos; es decir, lo hace razonable y practicable en la vida cotidiana. Impulsa al abandono de las creencias vacías, increíbles o, peor aún, nocivas para la salud mental y nos encara con la tarea irrenunciable de dar razón de nuestra fe, del conjunto de verdades que sostienen nuestra vida y le dan sentido, algo imposible si el fundamento de todo no es el amor.

Así entiendo yo la larga y fecunda trayectoria teológica de Alejandro de Villalmonte, quien siempre ha ayudado a los suyos a mirar críticamente aquello que creen. Pensando en él, me viene a la cabeza un simpático texto de Giovanni Papini, perteneciente a su obra “Carta del Papa Celestino VI a los hombres”, en la que describe de este modo la figura del teólogo: “Vosotros habéis parado el reloj de la historia en el siglo decimocuarto y continuáis distribuyendo una sopa sempiterna a los dóciles alumnos del sacerdocio, sin cuidaros de los cristianos que se hallan fuera de las puertas claustrales... Desde hace siglos, los teólogos sois sólo compiladores de sinopsis, manipuladores de manuales, registradores de lugares comunes, tediosos comentaristas, glosadores, apostilladores, exhumadores y remasticadores de antiguos textos venerados. Probos, diligentes, sapientes repetidores, pero nada más que repetidores”.

Si Papini hubiera conocido y leído a Villalmonte no habría escrito este texto. Tres pinceladas definen la vocación teológica de nuestro hermano Alejandro: buscador incansable de la verdad, espíritu libre e intelectual audaz. Su mente inquieta, preocupada siempre por ahondar en el misterio del ser humano, nunca se ha dejado amedrentar ante nada ni ante nadie. Amigo incondicional de la Verdad que nos hace libres, sin perder de vista la fidelidad creativa que no se cansa de proponer nuevas vías de conocimiento de lo humano y de lo divino.

Y ¿por qué este libro en nuestra colección? Ya hemos indicado que Villalmonte es uno de los máximos exponentes de la teología franciscana actual. La Escuela Superior de Estudios Franciscanos, también a través de su labor editorial, tiene como objetivo la divulgación del pensamiento franciscano, especialmente de aquellos temas que pueden iluminar el diálogo con nuestra cultura actual. Se trata no sólo de hacer arqueología de nuestra rica tradición, sino de establecer un diálogo crítico, positivo, capaz de colaborar, aportar e influir en la elaboración de los nuevos retos de la cultura actual.

La cultura es el lugar donde se fragua el sentido, para la vida social y para la existencia personal, de cada uno de los individuos. En los tiempos actuales es complicado producir sentido. La creación de moldes culturales es una cuestión compleja. Elevar la cultura significa elevar el valor de lo humano, aprendiendo a discernir, y posteriormente a combatir, todo aquello que cumpla la función contraria: la deshumanización. Cuando el ser humano está encerrado en sí mismo, en su propia autosuficiencia, es imposible encontrar sentido a la existencia. El sentido está fuera de nosotros, en los encuentros, en los otros, en la intersubjetividad, en la propia capacidad de autotrascendencia. El ser humano es por naturaleza un ser abierto, a los otros y al Otro. Desgraciadamente, no son pocos los que promueven la idea de que el único sentido posible es el sinsentido, la consecuencia lógica posterior es el vaciamiento de todo el contenido ético de los valores, quedándonos sin referencias existenciales.

Hay que buscar un trasfondo interpretativo de la realidad, lo que tradicionalmente se ha llamado metafísica y hoy muchos llaman 'imaginario teológico': el conjunto de experiencias, narraciones, símbolos, encuentros que exigen interdiscipliariedad, las conexiones que la teología establece con la psicología, el arte, la economía, la política, la literatura, etc. Todos estos elementos entretejidos crean un receptáculo que posibilita el sentido de nuestro mundo simbólico-conceptual, y de nuestro modo de actuar, tanto individual como colectivo, ayudándonos a superar el pensamiento débil y fragmentado, tan característico de nuestra cultura postmoderna.

Tradicionalmente, en el imaginario propuesto por la teología oficial, la línea conductora o el eje trasversal de todos los contenidos de nuestra fe ha sido el pecado. La relación entre Dios y el ser humano está contaminada por el pecado; Cristo es querido por Dios en razón del pecado del ser humano; la comunidad eclesial es un grupo de pecadores que buscan en Cristo la redención del pecado; los sacramentos son realidades sensibles para eliminar de nosotros el pecado; el mundo, junto a la carne (corporalidad-sexualidad) y el diablo son los enemigos del alma, que vive en un horizonte lleno de inseguridad, amenazas, miedo y pecado... Alejandro de Villalmonte reacciona contra este imaginario teológico triste, pesimista y sombrío, incapaz de articular el ansiado diálogo con la cultura actual. Nuestro querido teólogo, apoyándose en la tradición franciscana, especialmente en Escoto, ha hecho bandera de su quehacer teológico, cambiando el escenario, proponiendo el imaginario teológico franciscano -¡no como otros!-.

La enseñanza escotista franciscana sobre el primado de Cristo, primacía que no hay que ver como un espléndido y glorioso aislamiento, se sustenta en la concepción de Dios como Ágape: amor liberal. Escoto elabora como consecuencia una específica concepción del ser humano y de la gracia, como fuerza que eleva y deifica, antes que medicinal y sanadora. La exaltación de Cristo conduce a eliminar de la historia de la salvación la teología de Adán y la parafernalia que lleva consigo. Cristo no puede ser rebajado a un mero reparador de los males causados por el mítico pecado de Adán. El mensaje de Jesús no ha de ser presentado desde la negatividad del pecado, sino desde la positividad de la gracia.

La gracia disipa el miedo que origina muchos de nuestros males, el miedo que convierte a Dios en un tapagujeros, en asilo de nuestra ignorancia. Un dios 'creado' a la medida de nuestras necesidades, demasiado pequeño y demasiado celoso, que alimenta los complejos de culpa, que no nos deja crecer, un dios que tiene miedo de nuestra autonomía. Ese no es el Dios de Jesús.

El mal o el pecado no pueden convertirse en el hilo conductor de la historia, ni en el eje de la naturaleza humana. Villalmonte hace del amor la fuente de la vida y el motor de nuestra existencia, en una antropología capaz de dar cuenta de lo bueno del ser humano, de su capacidad de creer y crear, de su capacidad de amar gratuita y solidariamente, de su conciencia de ser imagen y semejanza de Dios. Se trata de una reflexión teológica arriesgada, nada ingenua, responsable, que no presenta a Dios como el hacedor de una criatura defectuosa. El pecado, el mal, el mito adámico no pueden ni deben colorear la existencia humana.

El silencio frente a lo que no sabemos responder no significa resignación. No es lícita cualquier respuesta. Por ejemplo, el mal del ser humano (el que soporta y el que origina) no es explicable desde una teología desde el pecado que coloca toda nuestra responsabilidad fuera de nosotros, con 'teologúmenos' de poca consistencia racional. No olvidemos que detrás de cualquier respuesta descansa una idea concreta del ser humano, de la libertad, del amor, de la dignidad, de los modos de relación, de la política, en definitiva, de Dios.

“El misterio del hombre sólo se ilumina a la luz del misterio del mismo Cristo” (GS, 22), modelo antropológico de referencia. La invitación al seguimiento de Jesús se ofrece como camino que nos ayuda a profundizar en lo verdaderamente humano. Y esta es nuestra tarea: aprender a ser personas, al estilo de Jesús, humanizando nuestra cultura, creando franciscanamente espacios de fraternidad. Este es nuestro camino, este es el camino que ha recorrido Villalmonte a lo largo de su vida, tanto personal como intelectualmente.

¡Gracias, Alejandro!