EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

jueves, 25 de febrero de 2021

2º domingo de Cuaresma, Mc 9, 2-10

domingo 2º de Cuaresma     Mc 9, 2-10

            De Dios depende que se realice la promesa de que Abrahán sea padre de un pueblo numeroso, para lo que Dios había concedido milagrosamente a Abrahán y Sara el hijo Isaac: “por Isaac será conocida tu descendencia”. Ese mismo Dios exige a Abrahán la vida de ese hijo antes de engendrar descendencia y con ello la imposibilidad de que se cumpla la promesa. Es el modo del autor del relato para mostrar que la paternidad sobre un gran pueblo no depende sólo de la paternidad biológica humana, sino de que Dios sea su Padre. (Pero a la vez el episodio es un alegato en contra de los sacrificios humanos que pueblos contemporáneos, y también Israel, realizaban. El Dios de Israel, aunque sea dueño de toda vida, nunca consentirá que se realicen en su nombre, esos sacrificios. “-Dios tiene, en ocasiones, que habitar esas ‘falsas imágenes de Dios’, para romperlas desde dentro-”. Nos dice el texto que la petición de Yahvé es sólo ‘para probar a Abrahán’).

            Para aceptar eso es necesario tener una fe, una confianza absoluta en Dios. Poder decir como escuchamos en la segunda lectura: “si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Por eso Abrahán ha pasado a la historia de la salvación como el hombre de fe profunda, de confianza absoluta en Dios, que le sacó de su fértil tierra, de estar con los suyos; y además, en un momento dado, le pide hasta su mismo hijo y él se lo entrega.

            El autor humano del texto no lo podía prever, pero existe en una dimensión profética en el relato: en un momento dado Dios Padre ofrecerá a su hijo a los seres humanos, lo pondrá en sus manos. Estos sí acabarán con su vida. Algunos de ellos creyendo que hacían un servicio a Dios. Pero la fidelidad de su Hijo al proyecto del Padre, fidelidad cargada de amor, generará la generación de hijos de Dios.

            En otro monte, la otra cara de la moneda. La transfiguración. La gloria de Jesús. Jesús no vino a ser glorificado por los seres humanos. Él había superado en el desierto la tentación de hacer de su misión un éxito popular generalizado. No buscaba coronas de gloria. Pero en el camino hacia Jerusalén, el proceso de su misión es duro. Si no él, sí sus allegados más próximos necesitan recobrar fuerzas, mantener la esperanza. Por eso Jesús les ofrece la oportunidad de ver cómo las grandes figuras de su religión, Moisés y Elías están con él; y sobre todo la de poder escuchar que él, Jesús, contestado en diversos lugares de la geografía de su país, tiene de su parte a Dios: “este es mi Hijo muy amado, escuchadlo”.

            Es necesario ese momento de gloria, para que el camino no sea duro, monótono hasta perder el horizonte hacia donde avanzamos. Momento para recobrar fuerzas. No para asentarnos en la montaña, como quería Pedro. Es necesario bajar al quehacer diario, a los encuentros diarios, que no son siempre con quien nos aplaude, nos comprende. Es necesario afrontar lo duro del caminar que exige nuestra fe. Siempre con la esperanza de que Dios está de nuestra parte, como estaba de parte de Jesús. Y ser capaz de ‘guardar silencio’ acerca de esa experiencia.

            Jesús ha de enfrentarse, no a las grandes figuras de la tradición judía, sino a los responsables de la religión de su tiempo. Ha de vivir no en la gloria del Tabor, sino pisando los duros y polvorientos caminos de Galilea y Judea. Dios entregó a su Hijo a los hombres y mujeres de un momento concreto de la historia. Y Él, que podía librarlo de la muerte, como dice la Escritura, no lo hizo, lo dejó en manos humanas a todos los efectos. Y sabemos que la decisión de éstos no fue la de Dios cuando Abrahán estaba dispuesto a sacrificar a su hijo: ellos, ¿hasta qué punto nosotros?, culminaron el sacrificio.

Las palabras de Pablo en la 2ª lectura no pueden ser más duras: Dios «no perdonó a su propio Hijo». Sin embargo, Pablo no deduce de ahí que Dios es cruel, sino que está dispuesto a darnos todo con él. Ya que la idea del juicio final se ha utilizado a menudo para angustiar a la gente, conviene advertir cómo lo enfoca Pablo. El Juez es Dios; pero no el Dios justiciero, sino un juez corrupto que se pone de parte de los culpables. Y el fiscal es Jesús, que ha muerto y sigue intercediendo por nosotros. Es el caso más escandaloso de corrupción de la justicia. Afortunadamente para nosotros.

 

 

lunes, 25 de enero de 2021

RENEGIRARD: INTRODUCCIÓN.- (A) (1)

RENEGIRARD: INTRODUCCIÓN.- (A) (1): VEO A SATÁN CAER COMO EL RELÁMPAGO RENÉ GIRARD   INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN.- (A) (1) Lenta, pero inexorablemente, el predominio de lo ...

domingo, 3 de enero de 2021

EL PECADO Y LA GRACIA EN LA CULTURA OCCIDENTAL

EL PECADO Y LA GRACIA EN LA CULTURA OCCIDENTAL

(Visión Franciscana del ser humano)

Alejandro de Villalmonte

 

Sólo el amor es digno de fe

Jaime Rey Escapa

 

Alejandro de Villalmonte, mi amigo, hermano y profesor, fue quien me puso en contacto con la teología del beato Juan Duns Escoto. A él, a Enrique Rivera de Ventosa y a Bernardino de Armellada nunca podré agradecerles del todo haberme acompañado en la apasionante tarea de aprender a pensar y a vivir según las intuiciones, siempre actuales, del saber franciscano.

El franciscanismo es un estilo de vida sustentado en una 'forma mentis' profunda y original, un estupendo camino para hacer vida aquello en lo que se cree. Lejos del racionalismo y de fundamentalismos, el pensamiento franciscano llena de sentido aquello que creemos; es decir, lo hace razonable y practicable en la vida cotidiana. Impulsa al abandono de las creencias vacías, increíbles o, peor aún, nocivas para la salud mental y nos encara con la tarea irrenunciable de dar razón de nuestra fe, del conjunto de verdades que sostienen nuestra vida y le dan sentido, algo imposible si el fundamento de todo no es el amor.

Así entiendo yo la larga y fecunda trayectoria teológica de Alejandro de Villalmonte, quien siempre ha ayudado a los suyos a mirar críticamente aquello que creen. Pensando en él, me viene a la cabeza un simpático texto de Giovanni Papini, perteneciente a su obra “Carta del Papa Celestino VI a los hombres”, en la que describe de este modo la figura del teólogo: “Vosotros habéis parado el reloj de la historia en el siglo decimocuarto y continuáis distribuyendo una sopa sempiterna a los dóciles alumnos del sacerdocio, sin cuidaros de los cristianos que se hallan fuera de las puertas claustrales... Desde hace siglos, los teólogos sois sólo compiladores de sinopsis, manipuladores de manuales, registradores de lugares comunes, tediosos comentaristas, glosadores, apostilladores, exhumadores y remasticadores de antiguos textos venerados. Probos, diligentes, sapientes repetidores, pero nada más que repetidores”.

Si Papini hubiera conocido y leído a Villalmonte no habría escrito este texto. Tres pinceladas definen la vocación teológica de nuestro hermano Alejandro: buscador incansable de la verdad, espíritu libre e intelectual audaz. Su mente inquieta, preocupada siempre por ahondar en el misterio del ser humano, nunca se ha dejado amedrentar ante nada ni ante nadie. Amigo incondicional de la Verdad que nos hace libres, sin perder de vista la fidelidad creativa que no se cansa de proponer nuevas vías de conocimiento de lo humano y de lo divino.

Y ¿por qué este libro en nuestra colección? Ya hemos indicado que Villalmonte es uno de los máximos exponentes de la teología franciscana actual. La Escuela Superior de Estudios Franciscanos, también a través de su labor editorial, tiene como objetivo la divulgación del pensamiento franciscano, especialmente de aquellos temas que pueden iluminar el diálogo con nuestra cultura actual. Se trata no sólo de hacer arqueología de nuestra rica tradición, sino de establecer un diálogo crítico, positivo, capaz de colaborar, aportar e influir en la elaboración de los nuevos retos de la cultura actual.

La cultura es el lugar donde se fragua el sentido, para la vida social y para la existencia personal, de cada uno de los individuos. En los tiempos actuales es complicado producir sentido. La creación de moldes culturales es una cuestión compleja. Elevar la cultura significa elevar el valor de lo humano, aprendiendo a discernir, y posteriormente a combatir, todo aquello que cumpla la función contraria: la deshumanización. Cuando el ser humano está encerrado en sí mismo, en su propia autosuficiencia, es imposible encontrar sentido a la existencia. El sentido está fuera de nosotros, en los encuentros, en los otros, en la intersubjetividad, en la propia capacidad de autotrascendencia. El ser humano es por naturaleza un ser abierto, a los otros y al Otro. Desgraciadamente, no son pocos los que promueven la idea de que el único sentido posible es el sinsentido, la consecuencia lógica posterior es el vaciamiento de todo el contenido ético de los valores, quedándonos sin referencias existenciales.

Hay que buscar un trasfondo interpretativo de la realidad, lo que tradicionalmente se ha llamado metafísica y hoy muchos llaman 'imaginario teológico': el conjunto de experiencias, narraciones, símbolos, encuentros que exigen interdiscipliariedad, las conexiones que la teología establece con la psicología, el arte, la economía, la política, la literatura, etc. Todos estos elementos entretejidos crean un receptáculo que posibilita el sentido de nuestro mundo simbólico-conceptual, y de nuestro modo de actuar, tanto individual como colectivo, ayudándonos a superar el pensamiento débil y fragmentado, tan característico de nuestra cultura postmoderna.

Tradicionalmente, en el imaginario propuesto por la teología oficial, la línea conductora o el eje trasversal de todos los contenidos de nuestra fe ha sido el pecado. La relación entre Dios y el ser humano está contaminada por el pecado; Cristo es querido por Dios en razón del pecado del ser humano; la comunidad eclesial es un grupo de pecadores que buscan en Cristo la redención del pecado; los sacramentos son realidades sensibles para eliminar de nosotros el pecado; el mundo, junto a la carne (corporalidad-sexualidad) y el diablo son los enemigos del alma, que vive en un horizonte lleno de inseguridad, amenazas, miedo y pecado... Alejandro de Villalmonte reacciona contra este imaginario teológico triste, pesimista y sombrío, incapaz de articular el ansiado diálogo con la cultura actual. Nuestro querido teólogo, apoyándose en la tradición franciscana, especialmente en Escoto, ha hecho bandera de su quehacer teológico, cambiando el escenario, proponiendo el imaginario teológico franciscano -¡no como otros!-.

La enseñanza escotista franciscana sobre el primado de Cristo, primacía que no hay que ver como un espléndido y glorioso aislamiento, se sustenta en la concepción de Dios como Ágape: amor liberal. Escoto elabora como consecuencia una específica concepción del ser humano y de la gracia, como fuerza que eleva y deifica, antes que medicinal y sanadora. La exaltación de Cristo conduce a eliminar de la historia de la salvación la teología de Adán y la parafernalia que lleva consigo. Cristo no puede ser rebajado a un mero reparador de los males causados por el mítico pecado de Adán. El mensaje de Jesús no ha de ser presentado desde la negatividad del pecado, sino desde la positividad de la gracia.

La gracia disipa el miedo que origina muchos de nuestros males, el miedo que convierte a Dios en un tapagujeros, en asilo de nuestra ignorancia. Un dios 'creado' a la medida de nuestras necesidades, demasiado pequeño y demasiado celoso, que alimenta los complejos de culpa, que no nos deja crecer, un dios que tiene miedo de nuestra autonomía. Ese no es el Dios de Jesús.

El mal o el pecado no pueden convertirse en el hilo conductor de la historia, ni en el eje de la naturaleza humana. Villalmonte hace del amor la fuente de la vida y el motor de nuestra existencia, en una antropología capaz de dar cuenta de lo bueno del ser humano, de su capacidad de creer y crear, de su capacidad de amar gratuita y solidariamente, de su conciencia de ser imagen y semejanza de Dios. Se trata de una reflexión teológica arriesgada, nada ingenua, responsable, que no presenta a Dios como el hacedor de una criatura defectuosa. El pecado, el mal, el mito adámico no pueden ni deben colorear la existencia humana.

El silencio frente a lo que no sabemos responder no significa resignación. No es lícita cualquier respuesta. Por ejemplo, el mal del ser humano (el que soporta y el que origina) no es explicable desde una teología desde el pecado que coloca toda nuestra responsabilidad fuera de nosotros, con 'teologúmenos' de poca consistencia racional. No olvidemos que detrás de cualquier respuesta descansa una idea concreta del ser humano, de la libertad, del amor, de la dignidad, de los modos de relación, de la política, en definitiva, de Dios.

“El misterio del hombre sólo se ilumina a la luz del misterio del mismo Cristo” (GS, 22), modelo antropológico de referencia. La invitación al seguimiento de Jesús se ofrece como camino que nos ayuda a profundizar en lo verdaderamente humano. Y esta es nuestra tarea: aprender a ser personas, al estilo de Jesús, humanizando nuestra cultura, creando franciscanamente espacios de fraternidad. Este es nuestro camino, este es el camino que ha recorrido Villalmonte a lo largo de su vida, tanto personal como intelectualmente.

¡Gracias, Alejandro!