EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

viernes, 17 de septiembre de 2021

domingo 25º T.O. Mc 9, 30-37

25º DOMNGO   T. O.  Mc 9, 30-37  

Jesús sigue siendo incomprendido. Una vez más va instruyendo a los apóstoles sobre su final trágico, su escarnio y su muerte, …pero también, sobre su “resurrección” (aunque esta última parte nos enseñe a diferenciar entre los ‘histórico’ y lo ‘teológico’: ¿podría hablar de resurrección a sus apóstoles quien murió en la cruz gritando: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?). El mal, en el plan de Dios no tiene la última palabra. En cambio, los discípulos, que siguen sin trascender, van discutiendo sobre quién es el más importante. Es la paradoja del mundo, de la que no escapamos los seguidores de Jesús, ni siquiera la primera comunidad. Frente a un Jesús abierto a todos, comprometido con la causa del Padre, donde todas las personas son acreedoras de la misma dignidad, por ser todos hijos del mismo Padre, los discípulos están preocupados y ocupados en discutir sobre su parcela de poder: (“¿Qué hay de lo mío, señor presidente?”).

La respuesta-imagen de Jesús es tajante, no admite componendas ni interpretaciones reductoras. Pone en medio de ellos un niño, imagen de lo más débil e insignificante en una sociedad donde sólo contaban los adultos varones. Y afirma: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. En la comunidad cristina el valor de lo pequeño es lo definitivo, todo lo demás se aparta del mensaje de Jesús.

Por eso Jesús es un profeta “molesto”, como dice el libro de la Sabiduría (1ª lectura). No habla como le gusta a la gente. Insiste en “molestar” nuestra tranquila vida religiosa, poniéndonos delante, insistentemente, el sufrimiento de la gente, de cerca y de lejos. No hay modo de escapar: nuestra vida cristiana nunca será de veras cristiana si no incluye la solidaridad con el dolor de los pobres, los inmigrantes, los ancianos solos, los niños abandonados, los posibles suicidas, las mujeres maltratadas, los niños que no llegaron a nacer…

¿Aguafiestas? Sí. Jesús es un “aguafiestas” cuando la fiesta de la vida no incluye el dolor. No se trata de ser masoquistas sino poner la “entrega” de la propia vida como “santo y seña” de mi vida cristiana: «El Hijo del hombre va a ser entregado…» Pero, en Jesús, esa “entrega” se transforma en algo activo: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente». Y todo esto es contracultural, es decir, “políticamente incorrecto”, muy incorrecto…

La carta de Santiago, que leemos hoy, apunta claramente al origen de las guerras, de la discordia, de la violencia…: la codicia insaciable, el deseo insaciable, la competencia sin fin. Pero lo más llamativo es el resultado de tanto afán: «codiciáis y no tenéis, matáis, ardéis de envidia y no alcanzáis nada…»

Al final, sólo existe un “vacío existencial” que se intenta disimular llenándolo de cosas. Es la explotación del deseo para satisfacer la codicia de quienes, además de desear, tienen poder para manipular nuestros deseos en beneficio de su propia insaciable satisfacción.

Ése es el sistema de valores que los discípulos están dispuestos a asumir y por lo que, en definitiva, se pelean: ¿quién es el más importante? Desde esa postura, cómplice del sistema, no hay diálogo posible con Jesús. Es una especie de «diálogo de besugos” del que no se sale más que dejando de “acomodarnos a la forma de pensar del mundo presente» y, por tanto, convirtiéndonos nosotros mismos, como el Maestro, en personas “molestas” para el sistema, que no es algo abstracto, sino muy real y concreto en el ámbito de nuestras amistades, de nuestro trabajo, de las relaciones, de la misma familia…

La respuesta es el servicio: Esta es la “instrucción” de Jesús, su insistencia, su afán en hacerles comprender a sus discípulos, que el camino de la vida es otro muy distinto. Es el camino de la entrega voluntaria de la vida (¡antes de que me la quiten, yo la doy, yo la ofrezco…!).

Lo difícil es dar ese paso de la “entrega voluntaria” cuando nos sobrevienen las incomprensiones y rechazos del sistema ante la “molestia” que nuestras actitudes y valores provocan. No se trata de echarse atrás ni de disimular lo que somos, sino dar un paso adelante, “entregando la vida”. A veces, como sabemos, salvar vidas en el Mediterráneo puede ser tomado incluso como delito…, lo mismo que acoger y dar hospitalidad a un indocumentado…, ¡como profundizar en la Biblia puede llevarte a ser acusado de hereje!...

Entregar la vida tiene sus consecuencias, lo mismo que ir a Jerusalén… Entregar la vida, ¿para qué? En el lenguaje de Jesús, para “acoger a un niño” … Un niño, en aquella sociedad era algo que no tenía valor por sí mismo, era ser el último de la fila, además de ser molesto. Jesús “acoge” a un niño, que en aquella sociedad era imagen de un marginado social. En ese “niño” están incluidos todos los marginados sociales, los “contaminados”, los “inútiles” … del mundo, de la historia y de nuestra sociedad: ellos son los más importantes y es a ellos a quien hay que acoger y servir, porque en esa acogida y servicio, no solo acogemos y servimos a Jesús, sino al mismo Padre. Ellos son los que tienen que estar en el punto de mira de todo nuestro ser y hacer. Estamos “a su servicio”, y esto, de un modo absoluto. Si así lo hacemos seremos, como Jesús, el “justo molesto” que hemos leído hoy en la primera lectura.

 

 

domingo, 4 de julio de 2021

LAS ARMAS Y LAS LETRAS. Don Quijote de la Mancha

LAS ARMAS Y LAS LETRAS

Don Quijote de la Mancha

«Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja de las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir y a lo que ellos más se atienen es que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual es menester más que las buenas fuerzas, o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos mucho entendimiento, o como si no trabajen el ánimo del guerrero que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada así con el espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzas corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los designios, las estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; que todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte alguna el cuerpo. Siendo, pues, ansí que las armas requieren espíritu como las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del guerrero, trabaja más, y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras (y no hablo a hora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ningún otro se le puede igualar: hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo) entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin por cierto generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Y, así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: “Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó a sus allegados y favoritos fue decirles que cuando entrasen en alguna casa dijesen: “Paz sea en esta casa”; y otras muchas veces les dijo: “Mi paz os doy, mi paz os dejo; paz sea con vosotros”, bien como joya y prenda dada y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Propuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que esto hace ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a los del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.                    …///…

Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios, y, finalmente si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas.

…///…




LA GUERRA -¡ESE CHANCHULLO!- Iº

«Toda la propaganda de guerra, todos los gritos, las mentiras y el odio, proceden invariablemente de la gente que no combate».

«La guerra contra otro país solo tiene lugar cuando la clase pudiente piensa que va a sacar algún beneficio de ella». (George Orwell)

El Miedo (Gabriel Chevallier, 1930)

«Me enseñaron en mi juventud -cuando estábamos en el frente- que la guerra era moralizante, purificante y redentora. Hemos visto lo que en realidad era: especuladores, contrabandistas, mercado negro, denuncias, traiciones, tiroteos, tortura, tuberculosis, tifus, el terror, el sadismo y la hambruna. Heroísmo, de acuerdo. Pero, la pequeña, excepcional, proporción de heroísmo no redime la inmensidad del mal. Por otra parte, pocos son los verdaderos héroes…

…Los hombres son imbéciles e ignorantes. De ahí les viene su miseria. En lugar de reflexionar, se creen lo que les cuentan, lo que les enseñan. Eligen jefes y amos sin juzgarlos, con un gusto funesto por la esclavitud. Los hombres son unos mansos corderos. Es lo que hace posibles los ejércitos y las guerras. Mueren víctimas de su propia docilidad».

 

LA GUERRA -¡ESE CHANCHULLO!- IIº

El gran negocio de la guerra (Smedley Darlington Butler, general del Cuerpo de Marines de los EEUU, el capitán más joven y el militar más condecorado de la historia de EEUU. Es uno de los dos marines que han recibido dos medallas de Honor del Congreso -la más alta condecoración del país- por sobresaliente heroísmo en combate), escribió el libro “La guerra es un fraude, o un chanchullo”. Así comienza su discurso:

«La guerra es un fraude. Siempre lo ha sido. Posiblemente el más antiguo, fácilmente el más rentable, seguramente el más vicioso. Es el único internacional en alcance. Es el único en el cual los beneficios se miden en dólares y las pérdidas en vidas humanas. Es efectuada para el beneficio de unos pocos, a expensas de la mayoría. Unas pocas personas hacen inmensas fortunas con la guerra. Durante la Primera Guerra Mundial, al menos 21.000 personas se hicieron millonarias o milmillonarias en Estados Unidos. ¿Cuántos de estos millonarios de la guerra llevaron un fusil a la espalda? ¿Cuántos de ellos cavaron una trinchera? ¿Cuántos supieron lo que significa estar hambrientos en un refugio infestado de ratas? ¿Cuántos pasaron noches de pánico sin dormir, agachados evitando granadas, esquirlas y balas de ametralladora? ¿Cuántos de ellos pararon el golpe de bayoneta de un enemigo? ¿Cuántos de ellos fueron heridos o murieron en combate? […] La guerra permite a las naciones hacerse con más territorio, si resultan victoriosas. El nuevo territorio inmediatamente es explotado por unos pocos, los mismos que consiguen dólares con la sangre de la guerra. El pueblo es quien paga la factura».

Por otro lado, en el breve libro en el que amplía su discurso, el general Butler resume su vida militar y las alforjas que soportó:

«He servido durante treinta años y cuatro meses en las unidades más combativas de las Fuerzas Armadas estadounidenses: en la Infantería de Marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente cualificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. De tal manera, en 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía birlar tranquilamente los beneficios. Participe en la “limpieza” de Nicaragua, de 1902 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a al República Dominicana la “civilización”. En 1923 “enderecé” los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas. En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard Oil. Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunos consejos a Al capone. Él, como gánster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como marine, operé en tres continentes. El problema es que cuando el dólar americano gana apenas el seis por ciento, aquí se ponen impacientes y van al extranjero para ganarse el ciento por ciento. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera».

 


 

viernes, 2 de julio de 2021

SOR TERESITA...

 

SOR TERESITA…

“No creo ya en la vida eterna…, me parece como si después de esta mortal

no hubiese ya nada”…

Es el razonamiento de los “peores materialistas” el que taladra mi espíritu,

“lejos de todos los soles”…

¿De qué otro modo se puede participar en la agonía de Jesús,

de ese grito que solo Marcos tuvo el valor de registrar?

Por amor de Dios: “aceptar los pensamientos más extravagantes”.

Aceptando su “eclipse de Dios”

como “una expresión de solidaridad con los no creyentes”.

Ella, que ni siquiera había creído que existieran los “auténticos ateos”.

Jesucristo le reveló que hay personas que viven completamente sin fe,

y se lo confirmó poco después al ser ella misma privada de cualquier seguridad de fe.

A partir de entonces entiende a los no creyentes como sus hermanos,

con los que se sienta a la mesa común y come el mismo pan,

pidiéndole a Jesús no ser alejada de esa mesa.

Consciente de la amargura de ese pan, porque a diferencia de ellos

ha probado la alegría de la cercanía de Dios (recuerdo que ahonda su dolor).

…Otros, cuando se renuncia a la Gracia por la Institución,

descubren enemigos, por fuera y por dentro,

que encubren las propias dudas inconfesables.

Solidaria con los ateos, entiende el ateísmo como cáliz de dolor,

del que bebe a grandes tragos en su noche de Getsemaní.

Si el Hijo del Hombre se convirtió en el péndulo

entre el letargo del hombre y la ausencia de Dios:

del Padre ausente al amigo durmiente.

Teresita se convirtió en péndulo entre un mundo sin fe y un cielo sordo,

es su legado.

Teresita, con san Pablo, nos enseña a acoger

con alegría y agradecimiento la propia debilidad

como ámbito en el que pueden penetrar más todavía

la amabilidad y la misericordia de Dios

(a los que la virtud orgullosa cierra el paso).

Dios no nos espera en el ansiado “arriba”, sino justamente abajo

“en el profundamente fecundo valle de la humildad”.

No llevo cuentas de nada, todo lo hago meramente por amor.

Mis manos, mis pobres manos, están vacías ante Dios.

En contra del deseo humano del poder por medio de la religión,

de esos ilusos peleando por el liderazgo espiritual,

del deseo de la propia grandeza en lugar de la de Dios…,

contra cada empeño ascético que no tenga como fin a Dios,

sino más bien la propia “perfección” -esa “cosmética espiritual”-.

El “corazón secreto de la Iglesia” es mucho más ancho,

hondo y magnánimo de lo que pueda parecer desde fuera, desde dentro…

Hay sitio incluso para aquellos cuyas seguridades están quebrantadas,

arrancadas de sus raíces, hundidas en la oscuridad.

¿No son esos precisamente los que están a un paso

de esa bienaventuranza de la pobreza espiritual, del “despojamiento”

que significa “no saber nada, no temer nada, no ser nada”.

La fe solamente puede vencer a la no fe abrazándola.

 

No hay rosas sin espinas -¡no es cierto!-. Murió sin fe.

¿Hay algo que pueda “sustituir la fe”, cuando esta muere

en la cruz de nuestros dolores, dudas y preguntas no respondidas?

Ya no hay tiempo sino para el amor…

¿Y por qué no iba a ser una muerte entre tinieblas una muerte santa?

¿Qué importa que el puente no alcance la otra orilla?

Todo desaparecerá, incluso cesarán la fe y la esperanza,

porque ya “cumplieron su misión” de acompañarnos

en el valle de las sombras de este mundo ambiguo…,  

pero permanecerá para siempre el amor…,

y al él se abrirán las puertas.


 La fe cristiana es una “fe resucitada”,

una fe que tiene que morir en la cruz, ser sepultada

y alzarse de nuevo, y “en una forma nueva”.

Esta fe es un proceso, y el ser humano

puede encontrarse en diferentes momentos de su vida

en fases distintas de ese proceso.


Y que no nos espanten los agujeros en el techo de la Iglesia

después de estas o aquellas tormentas.

Somos muchos los que precisamente por esos grandes huecos

divisamos por vez primera el rostro de Dios.

 


sábado, 19 de junio de 2021

LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA

LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA 

                    El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe».

            El cual respondió: «Heme aquí preparado».

            «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.

            Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.

            Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.

            También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

            Pero ¿cuál es la verdadera alegría?

            Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

            Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.

            Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.

            E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

            Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.

            Y él responde: No lo haré.

            Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.

            Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

 

jueves, 29 de abril de 2021

TRES HOMILÍAS SOBRE EL AMOR ETERNO...

TRES HOMILÍAS SOBRE EL AMOR ETERNO

PRIMERA…

El amor siempre quiere eternidad, por ello al ser Dios-Amor, Resucitar es Amar. Más allá de nuestra fragilidad, se encuentra el don. La fe se hace real como una promesa de Dios: “aunque pases por el fuego, no temas, yo estoy contigo” (Is 43,2.5).

Para los cristianos la Resurrección de Jesús es el gozne de la historia y la fuente de toda nuestra esperanza. Cuando Jesús, el Crucificado, se mostró a sus amigos, fue algo que les sobrepasó. Se sintieron embargados, al mismo tiempo, de miedo y de alegría: “Es el amor quien cree en la resurrección”. La fe en la resurrección implica más que un acontecimiento físico excepcional. Requiere una longitud de onda del corazón, no solo un examen objetivo de los datos.

Amamos mejor cuando nos sabemos amados. Y la resurrección de Jesús es la prenda del amor que Dios nos tiene. Nos abre una perspectiva totalmente distinta sobre la vida y la muerte. Es el signo definitivo de que Dios es siempre un Dios de vida y enemigo, siempre, de la muerte. Ofrece una nueva y explosiva imagen de lo que somos y de hacia dónde vamos. No estamos hechos para acabar en la muerte sino para la plenitud de vida, aquí y más allá.

Cuando sentimos que nuestra vida es como un barco que se hunde, que zozobra de un modo donde todo parece angustia, pena y días grises…, percibimos de pronto la luz de un faro, una luz eterna…, y divinamente cristificados, como otro Cristo, por haber sido él lo que somos, esta ‘sombra’ que creíamos ser, este ‘don nadie’, este trasto, será inmortal diamante, es diamante inmortal en manos de su Creador…

“Morir, solo es morir, morir se acaba…”, por eso, tras el duelo o el pánico, como en un barco que se hunde, surge la experiencia de una luz inmortal que transforma lo que soy. Si Cristo se hizo uno de nosotros, y si nosotros ahora participamos de su resurrección, entonces dejamos de ser frágiles, seres inútiles e intrascendentes en los que lo humano casi parece una broma. Somos, porque es Dios quien lo dice, “diamantes inmortales”, tesoros de belleza y de vida para toda la eternidad.

Y esa plenitud comienza aquí y ahora –“quien cree tiene vida eterna”- (Jn 6, 47). Creer en Cristo e intentar vivir como él se convierte en “una fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14). Cuanto hayamos experimentado del amor, cuanto hayamos entregado en el amor, hará de la muerte una suave transición.

Las semillas de eternidad están ya presentes, brotando, fructificando, al vivir amorosamente: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos” (1Jn 3,14). Lo que Dios hace en nosotros, si acogemos su don, es irnos introduciendo en una plenitud que se prolonga más allá de la muerte. El ascenso hacia el cielo ya está teniendo lugar -¿qué estamos mirando?-.

Es cierto que al acercarnos a la muerte podemos sentir angustia, pero nadie puede quitarnos la libertad de abandonarnos en las manos de Dios, de tal manera que morir sea una entrega orante. Quizá queden heridas no curadas, esperanzas incumplidas o preocupaciones por los que dejamos atrás. Pero también llegan el agradecimiento y la paz por haber sido importantes para algunas personas a lo largo de la vida. Y, sobre todo, por confiar en que el Señor Resucitado pueda llevarnos a través del oscuro umbral. Dios es especialista en Resurrección.

Y si creéis que no estáis en orden, que no sois del todo dignos, pese a todo, no olvidéis nunca, nunca, nunca... que las puertas de la misericordia del cielo -o del corazón de Dios, tanto da- no se cerrarán, aunque no haya ni un justo sobre la tierra. Aunque nos cueste creerlo, el DON no nos es arrebatado nunca-jamás…

Por todo, hoy Jesús se acerca a nosotros como antaño se acercó a la casa de Marta y María y nos pregunta: a la vista de la muerte que parece matar toda vida y todo amor, “¿Creéis, crees que yo soy la resurrección y la vida?”

Si creemos, se romperán las ataduras de la muerte y la vida empezará a ser eterna, pues para eso hemos nacido, para el eterno amor de Dios.

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SEGUNDA…

“Morir solo es morir, morir se acaba…”, por eso nos toca aprender a enfrentarnos a los momentos que podemos considerar de derrota. Son esos momentos los que nos enseñan que la felicidad también es posible en los momentos oscuros de la vida, cuando parece que no haya sino abismo y comenzamos a dudar de un nuevo amanecer, cuando nos toca separarnos de los seres que amamos, sabiendo que se trata de un “¡hasta luego!”, porque la vida, como el amor, es más fuerte que la muerte.

“En la vida no hay explicación para todo y en la fe tampoco”. Nosotros podemos resolver enigmas, pero en el misterio solamente podemos profundizar cada día un poco más. Algo hay evidente, “surgimos de las manos del Amor de Dios y el Amor de Dios siempre entrega eternidad”.

En un determinado momento la fe puede querer ser para los creyentes un sustituto de la falta de explicación del mundo y entonces buscamos un “porqué”, pero este es un camino muy peligroso, porque a veces no lo hay. Entonces no se trata de vivir con una explicación, sino en una aportación de vivir con fe, por más que a veces nos cueste creerlo, que “toda situación está en las manos de Dios”.

A veces -por enfermedad, por muerte- la vida contradice nuestras expectativas, y nosotros que somos personas que necesitamos orden para vivir, que necesitamos lógica, cuando eso no se da no sabemos qué hacer, nos sentimos inciertos, no sabemos dónde apoyarnos, dónde ir y buscamos siempre algo que nos dé seguridades: “si toco esto no me va a pasar nada, si rezo diez veces una oración no me va a pasar nada…”, pero la vida no funciona así, lo sabemos.

Una y otra vez la vida nos pone ante los ojos que somos seres limitados, frágiles, amenazados y que por más que digamos que todo va a ir bien, algunas cosas no van a ir bien. Y es precisamente en esas situaciones adversas que se nos llenan de preguntas cuando nos toca descubrir que la verdadera cuestión no es el ¿por qué?, sino ¿qué hago yo con todo eso que me ha venido?, ¿qué puedo hacer con todo mi dolor?¿Cuál es el verdadero misterio de la vida y de la muerte…?

Ante el dolor inexplicable es importante, antes de dar respuestas, llorar con el que llora, acompañar al que sufre. Corremos el peligro, ante el dolor, de responder negativamente, de ensimismarnos, de encerrarnos en nosotros mismos, porque es lo primero que hace el dolor, como cuando en la cama nos ponemos en posición fetal, protegiéndonos contra todo, como se encoge el cuerno de un caracol cuando lo tocamos; y comenzamos a sentir autocompasión, convenciéndonos de que nada merece la pena.

Nos toca aprender a encarar el dolor positivamente, descubrir la compasión, porque el dolor propio nos hace entender qué les pasa a los demás. El dolor puede generar empatía y la empatía puede generar comprensión y la comprensión genera encuentro y solidaridad.

Debemos tener muy presente siempre que “el icono de la fe es Cristo-Crucificado”, donde se concentra la mayor contradicción del mundo: “lo que es más de Dios está frustrado, está muerto”.

Pero, lo que nos dice la fe es que esa situación está en manos de Dios, y es a partir de ahí cuando nos toca optar, movernos, -“porque en la Cruz, Jesús nos precede”- él sabe lo que nos pasa cuando el dolor nos rompe, y nos acompaña a vivirlo, ofreciéndonos su fe.

No nos quita el dolor, pero lo llena de sentido, y nos mueve para que la vida no quede presa, atrapada, cerrada, sino que pueda seguir dando de sí.

El mundo va a ser siempre contradictorio y no sabremos explicarlo nunca del todo, pero en medio de la contradicción Cristo nos ofrece un camino de fe y un camino de empatía y de amor hacia los demás. Y ese es el Camino, si pretendemos la ‘Verdad’ y la ‘Vida’.

Todo esto tiene mucho de “gracia”: ¿por qué no podemos hacerlo cuando queremos? Porque no depende solo de nosotros, depende de quién nos rodea, de qué nos dicen, del contexto, de que sepamos resistir y esperar -por eso, para un cristiano es fundamental rezar, pero la oración como “contemplación de Cristo-Crucificado”, de lo que verdaderamente es Cristo.

Nos toca aprender a crear “momentos de calidad” -los orantes igual que los amantes-.

Fundamental en los momentos de dolor es: no encerrarnos, llorar, dejarse acompañar, hacer silencio ante la Cruz de Cristo y dar tiempo. Los brotes de dolor seguirán arrastrándonos, pero todo está en las manos de Dios, porque la vida es más fuerte que la muerte…, nos lo dice Cristo-Crucificado, que es la manifestación de hasta qué punto Jesús ha sido libre, solidario y hombre de paz.

Dios antes aún de crearnos nos amó, con un amor que nunca ha disminuido, y nunca se desvanecerá. Y en este amor Él hizo todas sus obras, y en este amor Él hizo de modo que todo tenga su sentido, su misión, y en este amor nuestra vida dura para siempre… En este amor tenemos nuestro principio, y todo esto lo veremos en Dios sin fin.

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TERCERA…

A veces nos preguntamos ¿quién se acordará de nosotros cuando hayamos muerto?, casi como un canto desesperado, con la extraña sensación de que el mundo seguirá sin nosotros como si nada. Pero, nos olvidamos de que a Dios no le dio lo mismo, solo a Él pertenecemos. Salimos de sus manos y a sus manos volvemos: “¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!” (Cantar de los Cantares 1,28): la muerte, ¿nos atreveremos a verla como esta invitación que Dios nos hace de volver a Él?

La muerte no es una desgracia: es una vocación, una llamada: “Ven, porque ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía y ven a mí!” (Cantar de los Cantares 1, 11-13).

“Maestro -¿dónde vives?-, le preguntaron dos jóvenes a Jesús, y él les respondió: “Venid y lo veréis” (Jn 1, 38-39). El evangelista nos cuenta que ‘se quedaron con él aquel día’. La muerte es ir y ver: entrar donde él mora y quedarse a su lado todo ese largo día -quizá un instante sin tiempo, permanentemente presente- que se llama eternidad. Esa es la verdadera vida que desde aquí no nos es dado contemplar, pese a que de algún modo la intuimos.

¿A qué hora está bien volver a casa? ¿Dónde está escrita la magnitud del don? A los que nos aman siempre les parecerá demasiado pronto, y nadie aceptará un consuelo que no quiere por la sencilla razón de que no queremos ser consolados. Pero, solo pertenecemos a Dios, para los demás, con todo su amor, no somos sino un préstamo que no se retira, pero sometido a mutaciones, a todos esos cambios que nos harán finalmente descubrir, también a nosotros, la verdadera vida, la esencia divina de toda vida humana.

En contra de todo lo que nos parezca, al fin y al cabo solo podemos contemplar desde este lado, nadie se muere solo, por mucho que les cueste a filosofastros y poetastros. Nos acompañan los felices de la otra orilla, como siempre lo han estado haciendo, porque el río de la vida transcurre entre dos orillas. Se trata de un salto del que nos recogen las manos de Dios. El dolor de los que aquí quedan no es más que otra expresión del amor, lo único por lo que de verdad merece la pena haber vivido, el verdadero sentido de la vida divina en Dios.

Jesús no saltó del alero del templo (como le pedía el tentador), pero no tuvo inconveniente en descender al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparo propio de los indefensos: la encarnación también era eso. Se atrevió a dar ese salto como acto del amor de Dios por nosotros. Y por eso sabía que, saltando, solo podía caer en las manos bondadosas del Padre. Así se revela el verdadero sentido del salmo 91, el derecho a esa confianza última e ilimitada de la que allí se habla: quien sigue la voluntad de Dios sabe que en todos los horrores que le ocurran nunca perderá la última protección. Sabe que el fundamento del mundo es el Amor y que, por ello, incluso cuando nadie quiere ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en ‘Aquel’ que le ama.

¡Qué tarde solemos descubrir la esencia de la felicidad, su humildad!

Una chica muy inteligente y muy santa escribió en cierta ocasión a un amigo: “Me gusta creer que después del ligero choque de la separación, sea lo que fuere lo que me ocurra, no experimentarás al respecto ninguna pena, y si alguna vez ocurre que piensas en mí, espero que sea como quien recuerda un libro leído en la infancia. Quisiera no tener jamás otro lugar en el corazón de los seres, para estar segura de no causarles ninguna pena”.

Pero el amor de los que aquí quedan, en sus grados diferentes, se opone a eso, porque al amor no le importa el dolor, siendo capaz de aceptar cualquier cruz. Amar, quizá, en ocasiones, sea no querer hacer sufrir, pero morir ya sabemos que no depende exclusivamente de nosotros… y nuestra ausencia no podrá evitar provocar dolor en la medida del amor que compartimos…

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CUARTA…

El gesto que condensa todo el movimiento de Dios hacia el ser humano lo realizó Jesús en la Última Cena cuando, para lavarles los pies a sus discípulos, se agachó ante ellos. Este abajamiento que ensalza, es la quintaesencia del Evangelio, que nos enseña a enfrentarnos a los momentos que podemos considerar de derrota. Son esos momentos los que nos enseñan que la felicidad también es posible en los momentos oscuros de la vida, en la noche oscura, cuando nos toca separarnos de los seres que amamos, sabiendo que se trata de un “¡hasta luego!”, porque la vida, como el amor, es más fuerte que la muerte. Es lo que vino a decirnos, entre otras cosas, Jesús de Nazaret, el Cristo.

La nuestra es una vida con esperanza, es decir, con plenitud de sentido, que supera el destino inevitable de la muerte. Dios se hizo hombre para divinizarnos, por eso, nosotros los cristianos no debemos temer a la muerte. Porque la muerte no es el final de la vida.

Nosotros los cristianos sabemos que él -Jesucristo- vino y se fue; se fue, pero se quedó con nosotros; se quedó, pero volverá; y antes de que vuelva, nosotros iremos a él...

            Los sentimientos que debemos desear tener ante la inminencia de la muerte –y que ya debemos tener, ahora- no debieran ser otros que estos: ¡PENSAR QUE VOY A DESCUBRIR LA TERNURA!... Es imposible que Dios me decepcione. ¡La simple hipótesis es absurda! Iré a él y le diré: No apelo a nada más que a haber creído en tu bondad. Pues ahí está mi fuerza, toda mi fuerza, mi única fuerza. 

            Nuestro juez es aquel que todos los días subía a la azotea y miraba al horizonte para ver si volvía el hijo pródigo. ¿Quién no desearía ser juzgado por él? San Juan escribe: “Quien teme, no es aún perfecto en el Amor” (1Jn 4, 18).

              En el fondo de muchos –“Señor, no soy digno”-, late un espantoso orgullo... Una cosa hay, por consiguiente, cierta, y que debemos repetirnos a nosotros mismos: SOY AMADO, YO, YO MISMO, y mimado por una ternura secreta, pero vigilante.

       Si estuviera en pecado, no tendría más que decir: “Perdón”, para despertar en el rostro de mi Padre una sonrisa elocuente. Si sólo soy tibio y sin verdadera belleza, con el polvo de los pecados veniales pegado a mi piel, entonces necesito creer que el Amor me está mirando, como una madre mira a su hijo travieso que acaba de ensuciarse la cara con el dulce que ha robado.

                 Padre, si tuviéramos que ser dignos de tu Amor para atrevernos a aceptarlo, Tú ya no serías tú, no serías ya el AMOR..

Jesucristo nos desveló el camino, nos descubrió el camino, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Por eso no debemos tener miedo de atravesar esa puerta y, quién sabe si sorprendidos, nos descubriremos diciendo: ¡Entonces eras tú, y estabas aquí! ¿Cómo no lamentar la pérdida de los seres que amamos? Pero eso no debe hacernos olvidar dar gracias por la vida que nos dieron, la vida que vivieron con nosotros, por la vida que nos descubrieron...

Por lo tanto el problema no está en la muerte, sino en la postura personal ante la muerte: si la miro como una trágica pérdida o como un cambio de dimensión existencial. Lo que de verdad nos aflige es la idea que tenemos de la muerte -desde aquí-, no la realidad de la muerte en sí -que va más allá-. Todo ese dolor que nos parte el alma debe ser aprovechado para darnos cuenta de que esa presencia-ausente la podemos vivir de otra manera, con las lágrimas de la paz.

Quién sabe si este latigazo a nuestra rutinaria vida no nos servirá para despertar de una vez, a nosotros, que hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero seguimos ignorando el pequeño arte de leer la radiografía de la vida… Y de la muerte. Nos quedamos, tantas veces, a la puerta de nuestra casa, sin atrevernos a entrar en ella, tiritando de miedo y de frío. Nos cuesta a todos cambiar, por el temor a lo nuevo, y así nos negamos, llenos de prejuicios, a vivir la profundidad de nuestra existencia. Vivimos al estilo de los bonsáis, un árbol al que se le impide crecer. Se busca que viva, sin sobrepasar unos límites, que no debemos ponerle a la vida.

Corremos el peligro de que se nos olvide que el Creador de la vida se solidariza con la muerte de cada ser humano. En todo funeral hay una cruz que preside el rito. También hay un cirio encendido, es la Pascua: Dios muere como un hombre para que el ser humano muera como Dios. La verdadera manifestación de Dios se encuentra en la Cruz de Jesús. Precisamente en lo que supone de abandono, cuando más precisaba la mano que lo debía rescatar.

Esto, que es un escándalo para la mente humana, es la clave donde más se revela el amor. Es el momento de abandonar la larva para que brote la mariposa. Es el parto de la Cruz, donde Dios se manifiesta en su propia muerte. El ser humano no puede comprender con su razón cómo Dios mismo se puede rendir a una muerte física. Son los límites de la razón…

La Resurrección de Cristo es impensable sin el acontecimiento de la muerte de Dios en la Cruz de Jesús. Este límite es el punto de partida de la fe. Resucitando a Jesús, Dios comienza la nueva creación. Sale de su ocultamiento y revela su intención última, lo que buscaba desde el comienzo al crear el mundo: compartir su felicidad infinita con el ser humano..., con todos nosotros…

…con cada uno de nosotros, pues para eso hemos nacido, para el eterno amor de Dios...

Mas allá de la historia, de nuestra personal historia, entramos en el ámbito del Amor, y el Amor no pasa nunca…

…Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales…/.