EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

sábado, 1 de octubre de 2022

27º domingo ciclo - C Lc 17, 5-10

27º  domingo   T. O.   Lc 17, 5-10 

¿Encontrará Cristo fe en la tierra? ¿Si no grande, al menos ‘pequeña’?...

La respuesta de Jesús a las demandas de los discípulos de que les “aumente la fe”, podríamos interpretarla provocativamente sobre la fe pequeña como un grano de mostaza. ¿Y qué diríamos? ¿No les dice y nos dice Jesús –y especialmente a nosotros- que nuestra fe es ‘demasiado grande’ y que será capaz de hacer cosas extraordinarias ‘sólo cuando llegue a ser pequeña’ como un grano de mostaza?

¿No es nuestra fe demasiado ‘grande’ (y demasiado pesada y torpe) por estar estorbada por el lastre de muchas de nuestras ideas, por ser ‘demasiado humana’ –y porque sólo será realmente viva cuando sea ‘fe de Dios’-, dado que lo que es de Dios se revela siempre en el mundo como pequeño, débil y necio? ¿Y no hizo Dios necedad de lo que es a los ojos del mundo grande, fuerte y firme? (1Co 1,25-28).

Es posible que la fe que es agradable a Dios sea ‘insignificante’ según los criterios humanos, que sea “la fe desnuda” de san Juan de la Cruz o “el camino infantil” de santa Teresa de Lisieux (que, como sabemos, es el puro contrario del infantilismo). Y quién sabe si Dios, que aceptó los duros reproches de Job y los golpes de Jacob en el combate nocturno, no mirará también con buenos ojos el pleito que entabló con él Nietzsche, y muchos otros; quizá incluso acepta lo que se oculta en los gritos aparentemente blasfemos, pero en realidad honestos y dolientes hasta los tuétanos, de los que buscan en vano en la noche del dolor por la muerte de los seres amados a los que no les hubiera importado sustituir en el trance de morir, “porque hay ocasiones en las que permanecer vivo duele más que morir”. (¡Ay, Amor!).

La narración de Jesús del juicio final nos asegura que Dios acepta es fe ‘implícita’, ‘anónima’ que está contenida en las ‘obras de misericordia’, en el servicio a los sufrientes y los necesitados, la fe de los que, en palabras del Apóstol Santiago, ‘pueden mostrar su fe por las obras’ (Sant 2,18). De la exposición de Jesús se desprende que entre los justificados estarán también quienes no realizaron estas acciones expresamente por su causa, los que no tenían en absoluto ninguna motivación ‘pía’: “lo hicieron simplemente por el propio sufriente, no reconocieron en él a Cristo, acaso ni habían oído hablar de Él, o no habían oído de tal modo que se adhiriesen explícitamente aquí en la tierra a la familia visible de quienes lo confiesan”. Por eso preguntarán sorprendidos. “Señor, ¿cuándo te hemos visto?”. Y Cristo, que nunca deja de sorprender, los sorprende…, y luego de nuevo, con consecuencias completamente distintas, sorprende con su respuesta a la misma pregunta a los que, aunque tienen la boca llena de Él, sin embargo lo esquivan en los que padecen y necesitan (Mt 25,31-46).

¿Existe aún otra forma de fe ‘implícita’ o ‘anónima’, que tenga a su vez la esperanza de asegurar a los que viven en ella el lugar a la derecha de Cristo? ¿Aquel que esconde cosas grandes en las pequeñas y manifiesta su fuerza en los débiles está presente también de alguna manera en la fe de aquellos cuyo credo es sólo búsqueda, hambre insaciada de verdad y sentido y preguntas incesantes? ¿En la fe de los Zaqueos que permanecen aún en su escondite y otean sólo muy discretamente? ¿En la fe que tiene sólo el rostro de un deseo sin articular? ¿En la fe en la que hay más de titubeo que de firmeza, siempre más preguntas que respuestas, más dudas que seguridades? ¿Incluso en la fe que está cansada, siempre en camino…, cuando la meta está fuera del alcance de la vista?

Y ya si regateásemos con Dios como Abraham sobre Sodoma…, (Gn 18,20-32) ¿no se encontraría todavía cierto tipo de ‘fe anónima, implícita’, que sería aceptada a los ojos de Dios, al menos en algunas de las personas que entablan honradamente sus pleitos con Dios, con la Iglesia, con la religión? ¿Y qué pasaría si se encontrasen al menos diez?... le preguntaba a Yhwh Abraham.

(T.H. & cía.)

 

 

 

sábado, 17 de septiembre de 2022

SAN FRANCISCO DE ASÍS 2022

   SAN FRANCISCO DE ASÍS

En cierta ocasión paseaban el hermano Francisco y el hermano León a través del bosque. Estaban acostumbrados los dos a esas caminatas silenciosas a través de la gran Naturaleza. Al cruzar un torrente, de agua blanquísima y exultante, con breves relámpagos azules, se detuvieron un momento.

-¡Hermana agua! -gritó Francisco, acercándose al torrente-. Tu pureza canta la inocencia de Dios.

Saltando de una roca a otra, León atravesó corriendo el torrente. Francisco le siguió. Tardó más tiempo. León, que le esperaba de pie en la otra orilla, miraba cómo corría el agua limpia con rapidez sobre la arena dorada entre las masas grises de rocas. Cuando Francisco se le juntó, siguió en su actitud contemplativa. Parecía no poder desatarse de ese espectáculo. Francisco le miró y vio tristeza en su rostro.

-Tienes aire soñador -le dijo simplemente Francisco.

-¡Ay si pudiéramos tener un poco de esta pureza -respondió León-, también nosotros conoceríamos la alegría loca y desbordante de nuestra hermana agua y su impulso irresistible!

Había en sus palabras una profunda nostalgia, y León miraba melancólicamente el torrente, que no cesaba de huir en su pureza inaprensible.

-Ven -le dijo Francisco, cogiéndole por el brazo. Empezaron otra vez los dos a andar. Después de un momento de silencio, Francisco le preguntó a León:

-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?

-Es no tener ninguna falta que reprocharse -contestó León sin dudarlo.

-Entonces comprendo tu tristeza -dijo Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse.

-Sí -dijo León-, y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

-¡Ah!, hermano León; créeme -contestó Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía humano, demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alto, mucho más alto. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas las miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.

-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad -observó León.

-Es verdad -respondió Francisco-. Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. Él es el Señor, el Único, el Solo Santo. Pero coge al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que se vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que Él es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por sí mismo, a causa de su misericordia indefectible; es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y eso es tener un corazón puro,  pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.

-¿Y cómo hay que hacer? -preguntó León.

-Es preciso simplemente ‘no guardar nada de sí mismo’. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.

 

 

lunes, 9 de mayo de 2022

DIVINO TRÁNSITO

MISA FUNERAL: ASCENSIÓN (CHON)

…“LLENAR EL DOLOR DE SENTIDO”…  es lo que hace Cristo acompañándonos por donde nadie puede acompañarnos, mostrándonos que siempre queda una puerta abierta, que su resurrección es también la nuestra...              

“Algo que tenemos que aprender a reconocer es que en la vida no hay explicación para todo y en la fe tampoco”. Nosotros podemos resolver enigmas, pero en el misterio solamente podemos profundizar cada día un poco más. Algo hay evidente, “surgimos de las manos del Amor de Dios y el Amor de Dios siempre entrega eternidad… que ya empieza aquí, si nos dejamos inundar por su Gracia, pero que sabemos no tiene aquí su plenitud…

En un determinado momento la fe puede querer ser para los creyentes un sustituto de la falta de explicación del mundo y entonces buscamos un “porqué”, pero este es un camino muy peligroso, porque a veces no lo hay. Entonces no se trata de vivir con una explicación, sino en una aportación de vivir con fe, por más que a veces nos cueste creerlo, que “toda situación está en las manos de Dios”.

A veces -por enfermedad, por muerte- la vida contradice nuestras expectativas, y nosotros que somos personas que necesitamos orden para vivir, que necesitamos lógica, cuando eso no se da no sabemos qué hacer, nos sentimos inciertos, no sabemos dónde apoyarnos, dónde ir y buscamos siempre algo que nos dé seguridades: “si toco esto no me va a pasar nada, si rezo diez veces una oración no me va a pasar nada…”, pero la vida no funciona así, y lo sabemos.

Una y otra vez la vida nos pone ante los ojos que somos seres limitados, frágiles, amenazados y que por más que digamos que todo va a ir bien, algunas cosas no van a ir bien. Y es precisamente en esas situaciones adversas que se nos llenan de preguntas cuando nos toca descubrir que la verdadera cuestión no es el ¿por qué?, sino ¿qué hago yo con todo eso que me ha venido?, ¿qué puedo hacer con todo mi dolor?¿Cuál es el verdadero misterio de la vida y de la muerte…?

Ante el dolor inexplicable es importante, antes de dar respuestas, llorar con el que llora, acompañar a los que sufren. Corremos el peligro, ante el dolor, de responder negativamente, de ensimismarnos, de encerrarnos en nosotros mismos, porque es lo primero que hace el dolor, como cuando en la cama nos ponemos en posición fetal, protegiéndonos contra todo, como se encoge el cuerno de un caracol cuando lo tocamos; y comenzamos a sentir autocompasión, convenciéndonos de que nada merece la pena.

Nos toca aprender a encarar el dolor positivamente, descubrir la compasión, porque el dolor propio nos hace entender qué les pasa a los demás. El dolor puede generar empatía y la empatía puede generar comprensión y la comprensión genera encuentro y solidaridad.

Debemos tener muy presente siempre que “el icono de la fe es Cristo-Crucificado”, donde se concentra la mayor contradicción del mundo: “lo que es más de Dios está frustrado, está muerto”.

Pero, lo que nos dice la fe es que esa situación está en manos de Dios, y es a partir de ahí cuando nos toca optar, movernos, -“porque en la Cruz, Jesús nos precede”- él sabe lo que nos pasa cuando el dolor nos rompe, y nos acompaña a vivirlo, ofreciéndonos su fe.

No nos quita el dolor, pero lo llena de sentido, y nos mueve para que la vida no quede presa, atrapada, cerrada, sino que pueda seguir dando de sí.

El mundo va a ser siempre contradictorio y no sabremos explicarlo nunca del todo, pero en medio de la contradicción Cristo nos ofrece un camino de fe y un camino de empatía y de amor hacia los demás. Y ese es el Camino, si pretendemos la ‘Verdad’ y la ‘Vida’.

Todo esto tiene mucho de “Gracia”: ¿por qué no podemos hacerlo cuando queremos? Porque no depende solo de nosotros, depende de quién nos rodea, de qué nos dicen, del contexto, de que sepamos resistir y esperar -por eso, para un cristiano es fundamental rezar, pero la oración como “contemplación de Cristo-Crucificado”, de lo que verdaderamente es Cristo.

Nos toca aprender a crear “momentos de calidad” -los orantes igual que los amantes-.

Fundamental en los momentos de dolor es: no encerrarnos, llorar, dejarse acompañar, hacer silencio ante la Cruz de Cristo y dar tiempo. Los brotes de dolor seguirán arrastrándonos, pero todo está en las manos de Dios, porque el amor es más fuerte que la muerte…, nos lo dice Cristo-Crucificado, que es la manifestación de hasta qué punto Jesús ha sido libre, solidario y hombre de paz.

«Dios antes aún de crearnos nos amó, con un amor que nunca ha disminuido, y nunca se desvanecerá. Y en este amor Él hizo todas sus obras, y en este amor Él hizo de modo que todo tenga su sentido, su misión, y en este amor nuestra vida dura para siempre… En este amor tenemos nuestro principio, y todo esto lo veremos en Dios sin fin».

Nuestra hermana Ascensión (Chon), nuestra madre, nuestra esposa, nuestra abuelita, nuestra amiga del alma, ya ha cruzado ese puente que unía su corazón, al corazón de Dios…    

Descanse en paz.

 

miércoles, 13 de abril de 2022

ANTEA, LA VIRGEN ROJA DE DONDE NACEN LOS RÍOS...


ANTEA, LA VIRGEN ROJA DE DONDE NACEN LOS RÍOS…

Nos perdimos camino de los manantiales,

añorando los orígenes, pues los peligros endurecieron nuestro corazón;

ya el polvo del camino, o la rutina, o una costra de indiferencia,

para protegernos de los sinsabores de la vida,

y, para que todo no vaya a peor, seguramente,

con la mejor intención, “aguamos”,

quién sabe si con la intención de convertir en vino.

Y sabemos, porque no se trata de la primera vez,

que eso termina no funcionando del todo,

por eso la añoranza de los orígenes,

de aquello, lo que fuese, en toda su autenticidad…

 

Ante esta feria de las vanidades, Antea baja la mirada

al tiempo que nos frece la “escalera al cielo”,

que nos entrega bendiciéndonos;

quien por el agua nos hace divinos e infinitos,

y nos pide serlo…

¡si no tuviésemos tanto miedo!

 

Porque nosotros

parece que siempre tenemos necesidad de estar en otra parte,

proyectando viajes, olvidando siempre el momento presente.

Como a una urraca, nos siguen aturdiendo los objetos brillantes,

y hemos llegado a imaginar el precio de nuestros pasos,

incluso cuando las tiendas están cerradas

olvidando, a propósito,

que con una palabra podríamos conseguir el universo…

 

Parece que las señales sólo quieren equivocar los caminos,

¿quién, entonces, se atreve a buscar seguridades?

Todos los pájaros están en todos los árboles cantando,

y por no tener, hasta carecemos de dudas…

 

Ya estuvimos allí, y allí, y allí también,

y hemos bailado todas las danzas

alrededor de todos los fuegos,

al compás de todos los cánticos hipnóticos…

 

Sopla el viento, arrastrando con él todos los caminos…

 

Y nos ha sido dado conocer

Que “mientras serpenteamos por los caminos,

-aunque a veces tropecemos e incluso caigamos-,

nuestras sombras nunca serán más altas que nuestra alma”…

 

Inunda Antea, la Virgen Roja de donde nacen los ríos

con su sola presencia

el espacio-tiempo…

Con esa suave danza que muestra a los hijos de la luz:

“Quién es el Camino, y la Verdad, y la Vida”…

 

Y si escuchamos atentamente,

la melodía nos llevará, paso a paso,

incluso más allá de lo que jamás nos atrevimos,

o no fuimos capaces de imaginar,

dándosenos descubrir lo proyectado desde el origen del mundo:

 

«Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo

cuando llegase el momento culminante:

recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (Ef 1, 9b-10).

 

Entonces sabrás por qué eres temido por los hijos de las tinieblas,

y no podrás rendirte…

Porque tú eres el estandarte de lo divino,

el creado a su imagen y semejanza…

…¿Quién es como Dios?...

 

Eterno espíritu del valle,

portal interminable,

como raíz del cielo y de la tierra.

Siendo sin estar

y estando sin ser…

Mutación inagotable,

dama de luz,

regalando maravillas…

 

Y así, su palabra,

como la de los cielos,

“sin hablar,

sin pronunciar,

sin que resuene su voz,

a toda la tierra alcanza su pregón,

y hasta los límites del orbe su lenguaje”…

 

La eternidad a la que Dios nos invita

se oculta en el ahora de cada instante de nuestra vida.

Y nada de lamentarse

objetando que Dios es el momento presente

que pasó y se perdió porque yo no estaba allí;

porque eso es olvidar que el presente

no es algo fugitivo, pasajero,

sino algo continuamente persistente y duradero,

siempre cambiando, evolucionando

y trascendiéndose a sí mismo.

La eternidad es ahora,

caminemos a su luz…,

 

Nuestra fe no va a liberarnos

de ninguna obligación humana,

sino que nos dará un trabajo,

una función, una misión

‘para’ el mundo que no es ‘del’ mundo.

Nuestra misión será introducir en el mundo

el amor mismo de Dios

con “medios humanos”,

con “maneras de ser humanas”: las de Cristo.

Nos encarga realizar en el mundo

una especie de compromiso temporal

del amor eterno de Dios.

Al lado de ello,

el resto existe y debe existir,

pero la fe sirve para que Dios ame al mundo

a través de nosotros

como a través de su Hijo.

Él nos ha elegido para darnos al mundo,

al mundo que él ama

y que nosotros debemos amar

como él, con él y por él.

Así es la fe;

esto es lo que nos pide que aceptemos….

…¿Y Tú, dónde estás?...

...¿Y por qué Te empeñas en quererme tanto?...

 

 

 

 

martes, 28 de septiembre de 2021

SAN FRANCISCO DE ASÍS

SAN FRANCISCO DE ASÍS

En la vida, decía san Francisco de Asís, no hay misión para el ser humano comparable a la aceptación humilde y alegre de lo que es, de todo lo que es…, no es algo que resulte fácil. Nos lamentamos, en ocasiones por habernos olvidado tantas veces de Dios, pero, eso no significa que Él se haya olvidado de nosotros…, gracias a Dios.

No deja de ser curioso que, a veces, nos creamos inteligentes por ser capaces de encerrarnos en una idea y no alcanzar a comunicarnos con nadie. Y así, ignoramos lo que somos y en dónde somos, ignoramos el universo entero. Nos falta el silencio, la profundidad y la paz. La profundidad de una persona está en su capacidad de acoger. Nos hemos convertido en especialistas del aislamiento, por miedo a las heridas, por miedo a la vida. Nos empeñamos en ser como insectos incapaces de despojarse de su caparazón. Nos negamos el crecimiento. Nos agitamos desesperadamente en el interior de nuestros límites por la sencilla razón de negarnos a ver y ser. Y, a fin de cuentas, nos encontramos como al principio. Creemos haber cambiado algo, pero, a veces, morimos sin haber visto ni siquiera la luz. No nos hemos despertado nunca a la realidad. Hemos vivido en sueños, sin ninguna consistencia…

Y esto es así porque nos resulta difícil aceptar la realidad. Y, a decir verdad, nadie la acepta nunca totalmente. Hasta que un día tropezamos con algo a lo que nosotros llamamos fracaso, y nos es dado descubrir que no nos queda más que esta sola realidad desmesurada: «Dios es».

Quien acepta esta realidad y se goza hasta el fondo de ella ha encontrado la paz. Dios es, y eso basta. Pase lo que pase, está Dios, el esplendor de Dios. Basta que Dios sea Dios. Solo quien acepta a Dios de esta manera es capaz de aceptarse verdaderamente a sí mismo. Son palabras de san Francisco de Asís.

Dios hace, y nosotros debemos dejarnos llevar, y esta santa obediencia nos da acceso a las profundidades del universo, a la potencia que mueve los astros y que hace abrirse tan graciosamente las más humildes flores del campo. Descubrimos esa soberana bondad que está en el origen de todos los seres y que estará un día toda entera en todos, pero nosotros ya la vemos esparcida y extendida en cada ser. Es cierto que no podemos pasar por alto el mal que hay en el mundo, pero, nos es preciso aprender a ver el mal y el pecado como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a condenar y castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer.

El Todopoderoso es también el más dulce de los seres, el más paciente. En Dios no hay ni la menor traza de resentimiento. Cuando su criatura se vuelve contra Él y le ofende, sigue siendo a sus ojos su criatura. Podría destruirla, desde luego, pero ¿qué placer puede encontrar Dios en destruir lo que ha hecho con tanto amor? Todo lo que Él ha creado tiene raíces tan profundas en Él… Es el más desarmado de todos los seres frente a sus criaturas, como una madre ante su hijo. Ahí está el secreto de esta paciencia enorme que, a veces, nos escandaliza.

Dios siempre nos está diciendo: “Si algún día tenéis un disgusto, si estáis en la miseria, sabed que yo estoy siempre aquí. Mi puerta está completamente abierta, de día y de noche. Podéis venir siempre, estaréis siempre en vuestra casa y yo haré todo por socorreros. Aunque todas las puertas estuvieran cerradas, la mía estará siempre abierta”.

El Señor nos ha enviado a evangelizar, a todos nosotros; evangelizar a alguien es decirle: “Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no solo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no solo pensarlo, sino portarse con ese alguien de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que despierte así a una nueva conciencia de sí. La tarea es delicada, pero sabemos que “las puertas de la misericordia del cielo no se cerrarán aunque no haya ni un justo sobre la tierra”…