jueves, 8 de octubre de 2015
LA PROMESA
LA PROMESA
Mi parte de lo mejor de este mundo
me vendrá de tus manos:
esa fue tu promesa.
Por ello brilla tu luz
en medio de mis lágrimas.
Tengo miedo a marchar con los otros,
no vaya a ser que te deje olvidado
en el rincón del camino
donde me aguardas para guiarme.
Voy haciendo camino a mi antojo
hasta que mi locura
te mueve a venir a mi puerta.
Pues tengo tu promesa
de que mi parte
de lo mejor de este mundo
me vendrá de tus manos.
(Rabindranath Tagore)
miércoles, 7 de octubre de 2015
EL ARTE DE FRACASAR...
DEL APRENDIZAJE DEL FRACASO...
«Hay en el ser humano una tendencia natural a subir, pero
es en el abajamiento -según nos ha revelado Cristo- donde está la gloria. Solo
quienes descienden alcanzan la verdad.../...
...La verdad no está arriba, sino abajo; no es grande,
sino pequeña; no es ostentosa, sino tan insignificante que muchas veces se nos
antoja hasta despreciable. A Dios le gusta camuflarse en lo que no es Dios. No
hay mejor modo de hallar lo sagrado que buscarlo en lo profano. Hace falta una
vida entera para comprender esta ley, y ni siquiera cuando creemos haberla
comprendido la hemos comprendido del todo. De las ventajas del fracaso, así
como de la falacia del éxito, se olvida uno con suma facilidad. El éxito es tan
maligno que puede llegar a perseguirse aun a sabiendas de que es falaz. Esto,
en cambio, jamás sucede con el fracaso» (P. D'Ors).
jueves, 1 de octubre de 2015
POR LOS CAMINOS DE LA VIDA...
POR
LOS CAMINO DE LA VIDA
Es la Iglesia la que, en su propio
trascenderse a sí misma, nos enseña a "encontrar a Dios en todas las cosas
creadas". No a buscarlo trabajosamente como se busca una moneda de oro en
un montón de chatarra, sino a encontrarlo como el que ya estaba siempre ahí
antes que yo. Cuando un oriental no cristiano busca en su meditación el camino
que conduce al Nirvana y quizá llega a la gran iluminación, después le costará
poco trabajo experimentar el vacío interior del mundo y de su propio yo
mundano. Cuando un cristiano se encuentra en su meditación con el misterio de
la plenitud de Dios en la entrega intratrinitaria de sí mismo, manifestada en
Jesucristo, en su eucaristía y en su Iglesia, después le costará también poco
trabajo volver a encontrar esa plenitud en el mundo, aparentemente tan vacío de
Dios. Si reza de modo no meditativo, sino que se limita a poner ante Dios sus
propios deseos, entonces ese volver a encontrar la plenitud de Dios en el mundo
le resultará mucho más difícil. Quizá llegue a un cierto estado de conciencia
cristiano en el que pida por él, por los suyos y por lo que a él le concierne
personalmente, pero sin dejarse afectar lo bastante por el infinito de deseo de
Dios. Cuando Jesús dice a sus discípulos que "pidan en su nombre" (Jn
14,13), en eso está incluido que lo hagan con su misma actitud, una actitud que
sólo garantizará existencialmente una fe que medita.
Gracias a esta universalidad no sólo de
la omnipresencia de Dios en el mundo, sino también de sus designios de
salvación para con él, no estamos más lejos de Dios en nuestra cotidianeidad
mundanal que en nuestra oración o cuando asistimos a un culto en la iglesia.
Pero la relación que existe objetivamente hemos de experimentarla también
subjetivamente, y esto sobre todo en nuestra meditación, que nos permite
reconocer sus contenidos allí donde a primera vista no son reconocibles. Según
las palabras de Cristo que todo cristiano conoce, volveremos a encontrarlo en
su "hermanos más pequeños": en los hambrientos, sedientos,
extranjeros, desnudos, enfermos, encarcelados; en todos los que están en
situaciones semejantes y, sobre todo, en nuestros enemigos.
Pero ¿cómo podríamos reconocerle en los
que están bien comidos, bien vestidos y mejor aposentados, en los que están en
buena forma física, en los ciudadanos libres y en todos los que están
satisfechos en su acomodo, a no ser que viéramos en ellos a hermanos pequeños
que no son tampoco conscientes de su hambre y de su sed, de su alienación y
menesterosidad, como la desdichada Laodicea del Apocalipsis: «Tú dices:
"Soy rico; me he enriquecido, nada me falta". Y no te das cuenta de
que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. ¡Ojalá
fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, voy a vomitarte de
mi boca"». Pero, inmediatamente después, a esa misma Laodicea se le dice:
"Yo a los que amo, los reprendo y corrijo" (Ap 3,15ss). El que medita
tiene que atenerse a esta doble articulación de Jesús: la más estricta
severidad, pero por amor. Puede desenmascarar las cosas, llamar a las
enfermedades por su nombre, sin eufemismos, pero con la actitud de su Señor,
por amor. Y así reconocerá una y otra vez en esas trivialidades harto mundanas
a los "muchos" por los que murió Cristo. Y precisamente su
autocomplaciente alejamiento de Dios es aquello con lo que él cargó y por lo
que sufrió en todo su horror interno. (HUVB,SJ)
miércoles, 30 de septiembre de 2015
VENTANAS QUE DAN A DIOS...
Se va haciendo ya un lugar común que el
dicho atribuido a Ignacio de Loyola -"Confía en Dios como si todo
dependiera de Él, y esfuérzate como si todo dependiera de ti"- no sólo no
es de él, sino que incluso no reflejaría correctamente su pensamiento. Y que,
sin ser tampoco suyo, sería más bien
este otro el que lo revelaría más exactamente: "Confía en Dios como si
todo dependiera de ti, y esfuérzate como si todo dependiera de Dios".
En Ignacio es justamente su experiencia
de Dios, en la que fe y fidelidad creciente se dan la mano, la que enciende los
motores de su actividad en favor de su reino: confía en Dios con tal tipo de confianza que provoque lo mejor de ti en
favor de su reino.
Al mismo tiempo su empeño humano lo vive
no como un nuevo Prometeo, sino como don recibido de "arriba": esfuérzate como si todo dependiera de Dios.
Un Dios, por otra parte, al que Ignacio experimenta y describe siempre como
"Dios siempre mayor" y al que responde, consiguientemente, con un
siempre inacabado más. (Teilhard de Chardin)
lunes, 28 de septiembre de 2015
VENTANA HIPERBÓREA
VENTANA
HIPERBÓREA
La pregunta por las "fuentes de
nuestro yo" parece ser una ventana que da a Dios: bastará con que nos
demos cuenta de que nuestra existencia está precedida de un Amor y una Llamada
que la fundamentan. Es cierto que la cultura moderna no tiene demasiado interés
en descubrir esta ventana, y menos aún en abrirla. De ahí que nos sea necesario
descender frecuentemente a ella, en un ejercicio de contemplación espiritual, y
abrirla a la contemplación de Dios que aparece tras ella y nos llena de su luz.
Descendiendo:
a) Nacemos de unos padres, y durante los
primeros años crecemos apoyados en ellos. Más tarde, el descubrimiento de los
propios poderes nos ayuda eficazmente a dinamizar nuestro yo. A veces también
la experiencia de los fracasos... Pero vivir durante muchos años apoyados ahí,
en nuestros éxitos o en nuestros fracasos, puede resultar fatal. Cansa mucho y
quita el gozo de vivir.
¿Dónde fundamento mi yo? ¿De quién me
recibo cuando soy ya adulto: de mis poderes, de mis frustraciones, de mi
pecado, de Dios que me amó y me llamó? ¿He descubierto y aceptado ese "éxodo permanente" en las
bases de mi yo (¡sal de tu tierra y
ve a la tierra que yo te daré!) que los maestros espirituales llaman "segunda
conversión"?
b) "Donde esté vuestro tesoro, allí
estará también vuestro corazón", decía Jesús con toda verdad. "Una
espina saca otra espina", "una pasión echa fuera otra pasión"...
¿Cuál es mi tesoro encontrado, mi
pasión? ¿Qué me totaliza y hacia qué vivo? ¿Tengo alguna experiencia personal
de la parábola del tesoro encontrado y de la alegría movilizadora que ese
encuentro produce? ¿De qué vive mi fe: de una moral o de un Encuentro?
c) Recibirme
de Dios y consagrarme a su Reino al modo de Jesús: he aquí la experiencia
unificadora y fundante de la fe cristiana. ¿Es ese también mi Principio y
Fundamento, aquello de lo que vivo y lo
que dinamiza mi búsqueda, siempre inacabada pero dichosa, del Señor y su
Evangelio? (VQDAD,JAG,SJ)
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