EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

lunes, 23 de marzo de 2020

VIVIR NO REQUIERE TIEMPO


VIVIR NO REQUIERE TIEMPO… 
Para hacer comprender que lo que más cuenta en el Evangelio no es el tiempo, serían necesarias multitud de comparaciones.
Entre las personas que se aman, el tiempo que se tarda en decirlo es a veces muy corto; cada cual tiene que marchar a su trabajo o a otra obligación; y ese trabajo o esa obligación no conservarán sino el eco de esas pocas palabras dichas en unos cuantos minutos.
Si hemos perdido a alguien a quien amábamos y encontramos una carta que nos revela algo de su vida, nos parece que hemos encontrado un tesoro, y ocupa nuestro espíritu como si de eso se tratara.
Y si por casualidad esas notas se refieren a lo que esa persona pensaba respecto de nosotros o deseaba que hiciéramos, se convertirán en nuestra preocupación dominante.
Si cuando éramos pequeños perdimos a un padre o a un hermano mayor al que hemos conocido a través de sus escritos, sus notas, sus últimos deseos…, el encuentro con uno de sus amigos que nos habla de él, que lo hace revivir con sus anécdotas, que nos cuenta lo que hacía y cómo lo hacía, será un acontecimiento capital en nuestra vida y ocupara nuestras reflexiones durante mucho tiempo.
El Evangelio es un poco todo esto para nosotros, o al menos debe serlo.
Si queremos estudiarlo desde el punto de vista de la historia o de la crítica, nos exigirá tiempo; si queremos profundizar en lo que vincula la doctrina de la Iglesia con ciertos pasajes del Evangelio, también esto nos exigirá algún tiempo.
Pero si en el Evangelio buscamos -lo que no nos impide buscar el resto- algo del Señor vivo que aún no conocemos: profundizar en su palabra, en su pensamiento, en su modo de actuar, en lo que quiere de nosotros…, en suma, profundizar más en él mismo -ese “él mismo” que buscamos allí donde nos dice que está y que nunca nos parece suficiente-, no es tiempo lo que necesitamos para encontrarlo; o, más exactamente, lo que necesitaremos será, en cierto modo, todo nuestro tiempo.
Vivir, en efecto, no requiere tiempo: vivimos todo el tiempo; y el Evangelio, sea lo que sea para nosotros, debe ser, ante todo, vida. Para que hagan su obra de vida en nosotros, tenemos que llevar en nuestro interior las palabras del Evangelio que hemos leído, orado y tal vez estudiado todo el tiempo que precisen para que su luz nos ilumine y vivifique…/…

…/… Sobre la muerte que nos mata, san Pablo nos habla de “la carne” como un modo de vida que no lo es, porque no es la verdadera. Aunque se nos venga a la boca la palabra “resurrección”, no estamos hablando de una vida más allá de la muerte sino de “otra cosa”…
Somos “carne”, es verdad: somos barro, fragilidad, limitación, finitud, cansancio, error y fracaso. Somos deseo, y deseo permanentemente frustrado porque, aunque vivamos dejándonos llevar de “lo que me apetece”, esa aparente vida sólo conduce al vacío, el aburrimiento y la desesperanza de lo que siempre se termina. Esclavos de la vida, estamos amarrados en los vendajes que nos atan, aplastados por la losa de la insatisfacción. Queremos “otra vida” pero nos atan los deseos del dinero, de la comodidad, de la vida fácil y segura, del comer y del beber, de los números que cantan, de la ley y la norma externa, de la seguridad y de lo establecido. Estamos divididos entre el deseo de libertad y la necesidad de poseer, de ver y de tocar.
En realidad, lo que buscamos es más liberación que inmortalidad. Liberación de todos los dinamismos que tienen como único objeto la satisfacción de nuestro ser individual. Incluso en medio del amor, somos conscientes de que no sabemos, o no podemos, amar de verdad porque muchas veces sólo nos amamos a nosotros mismos…
Por eso Jesús no habla de inmortalidad sino de resurrección, liberación de aquello que, pareciéndonos dar vida, sólo nos da muerte, insatisfacción, fracaso, vacío. Ya Sócrates, Platón y los filósofos antiguos creían en la inmortalidad. También los hijos de Israel, aunque muy tardíamente. También Jesús creía en la inmortalidad. Pero la resurrección es otra cosa. Resucitar es volver a nacer a una vida diferente, a unos nuevos valores, a un nuevo ser y modo de vivir.
Y para eso hay que matar la muerte matando, en mí y en los demás, los dinamismos del egoísmo, del individualismo, de los deseos incontrolados, de la búsqueda del yo sin los demás.
Por eso es necesario morir para resucitar. Sólo la carne dominada da vida. Morir al yo es nacer al nosotros, a la fraternidad, la solidaridad, la alegría del compartir, de la amistad profunda. El fracaso que nos machaca es solo la muerte de un yo herido, que da dolor. También Jesús lloró. Y, sin embargo, esa muerte, era y es la oportunidad para otro modo de vivir que es liberación, “resurrección”.
Si miramos el espectáculo de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestras relaciones y de las ofertas de vida que nos promete el mercado, el consumo, la globalización y el simple desarrollo de la tecno-ciencia, ¡es muy poco lo que se nos promete! Es tan sólo la satisfacción de todo aquello que es pura y solo biología. Y nada más. El deseo más hondo está muerto o sepultado. Pero vivir de otra manera es ir contracorriente y hay que aceptar la aparente muerte que nos mata por el desprecio, el aislamiento social, la burla y hasta la persecución si nos negamos a seguir la corriente de lo que el “sentido común” parece que nos pide.
El bautismo nos devuelve a la vida. Porque es liberación. Es anticipo de verdadera resurrección. Entramos y nos sumergimos en el baño, en el agua que nos impide respirar y nos ahoga: es el “hombre viejo” que muere. ¡Bendita muerte porque sólo con ella puede nacer el “hombre nuevo” que somos! Muriendo al yo, que nos encierra, nos asimilamos a Jesús, el “hombre para los demás” y “resucitamos” con Él a una nueva vida, que es la Vida de Dios, la Vida del Amor, la Vida de la Libertad, la Vida del Espíritu. “Yo soy la resurrección y la vida”, dice Jesús. “Yo soy”… el Pastor de tu vida, la Puerta, la Luz, el Agua; el Camino, la Verdad y la Vida…
Hoy se nos pregunta por qué vivimos, hacia dónde apunta todo lo que deseamos y adquirimos, dónde está puesto nuestro “tesoro”, y si estamos dispuestos a “morir” a lo inútil, y aceptar la contradicción social, para vivir como cristiano la nueva vida del bautismo. ¿Quieres resucitar? ¿Quieres ser “persona-tijera” para cortar los vendajes de muertos en vida que nos rodean?.../…

.../… Algunas personas necesitan colirios para sus ojos, pues se les resecan, otros tienen en los ojos manantiales que parecen saltar hasta la vida eterna, y se los tienen que estar secando continuamente. En ocasiones el dolor puede llegar a secarnos el lacrimal y hasta el corazón y hacer que adoptemos ante la vida una actitud de rencor por creernos sometidos a un gratuito castigo, que creemos sufrir sólo nosotros, que no vemos que los otros sufran, y nos atrevemos a maldecir a un Dios en el que ya hemos dejado de creer, pero en el que -¿puede darse mayor desesperación?- reconocemos también la única puerta de nuestra esperanza, cuando todavía nos atrevemos a esperar, contra toda esperanza. Demasiadas lágrimas -¿pero, cuándo son demasiadas?- también pueden hacernos no ver bien ni contemplar la verdadera realidad de la vida.
Es cierto que a veces utilizamos nuestros cinco sentidos únicamente para comprar papel higiénico, necesario, contingente. Pero, si no tuviésemos siempre tanta prisa para dar el pésame, también dispondríamos de tiempo para la “resurrección”, que sucede ‘aquí’ pero que nos obliga a ‘ir más allá’. No hay cadenas comparables a las que forjan “la ignorancia y el miedo”, especialistas en matar toda fe en la esperanza que nos descubre el amor…
…Algún día, y ese día, no lo dudemos, llegará, nos será dado descubrir, que vivir no requiere tiempo, que la eternidad también era esto…
…pero, nosotros, sin saberlo, siempre queríamos estar en otra parte…/.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl & JLS, SJ & cía., OFM)

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