EN EL MANANTIAL

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ESTUDIO DEL PINTOR

jueves, 5 de marzo de 2020

NUESTROS DESIERTOS, Madeliene Delbrêl


NUESTROS DESIERTOS   

Cuando amamos, nos gusta estar juntos,
y cuando estamos juntos, nos gusta hablar.
Cuando amamos, resulta molesto
tener siempre mucha gente alrededor.
Cuando amamos, nos gusta escuchar al otro,
solo,
sin otras voces que nos estorben.

Por eso, los que aman a Dios
han amado siempre el desierto;
y por eso, a los que le aman,
Dios no puede negárselo.

Y estoy segura, Dios mío, de que me amas
y de que en esta vida tan saturada,
atrapada por todos lados por la familia,
los amigos y todos los demás,
no puede faltarme ese desierto
en el que se te encuentra.

Nunca vamos al desierto sin atravesar muchas cosas,
sin estar fatigados por un largo camino,
sin apartar la mirada de su horizonte de siempre.

Los desiertos se ganan, no se regalan.
Los desiertos de nuestra vida no se los arrancaremos
al secreto de nuestras horas humanas
más que violentando nuestras costumbres, nuestras perezas.
Es difícil, pero esencial para nuestro amor.

Largas horas de somnolencia no valen lo que diez minutos de verdadero sueño.
Lo mismo ocurre con la soledad contigo.
Varias horas de falsa soledad son para el alma menos reposo que un instante en tu presencia.

No se trata de aprender a perder el tiempo.
Hay que aprender a estar solo cada vez que la vida nos reserva una pausa.
Y la vida está llena de pausas que podemos o descubrir o malgastar.
En el más pesado y sombrío de los días,
¡qué emoción al prever
todos esos encuentros desgranados…!

¡Qué alegría saber que podemos levantar los ojos
hacia tu único rostro,
mientras espesa la papilla,
mientras el teléfono da comunicando,
mientras esperamos en la parada del autobús
que no llega,
mientras subimos la escalera,
mientras vamos al fondo del jardín a buscar
unas ramitas de perifollo para terminar la ensalada…!

¡Que extraordinario paseo será la vuelta en metro esta noche
cuando no se pueda distinguir a la gente que encontremos por la acera!
¡Qué paso hacia ti los retrasos de un marido, de los amigos, de los hijos que esperamos!
Toda prisa por lo que no llega suele ser signo de un desierto.
Pero nuestros desiertos tienen sólidas defensas,
aunque que no sean más que nuestras impaciencias,
nuestros ensueños vagabundos,
nuestro torpor
a la espera de unas vacaciones.

Pues así estamos hechos, y no podemos
preferirte sin un pequeño combate,
y tú, nuestro Bien Amado,
serás siempre comparado
con esta fascinación,
con esta obsesión agotadora de nuestras bagatelas.

(La alegría de creer; Madeleine Delbrêl)

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