EN EL MANANTIAL

EN EL MANANTIAL
ESTUDIO DEL PINTOR

domingo, 1 de marzo de 2020

INTERFRANCISCANA. ESTEPA. MARZO 2020

 ¿¿¿QUÉ ESTÁS MIRANDO???
EVANGELIZAR A TRAVÉS DEL ARTE
Interfranciscana: ESTEPA, 7 de Marzo 2020

PAISAJES INTERIORES

MORIR DE VIDA
Seguro que todos conocéis el final del Evangelio según san Marcos (el de 16,8; no el añadido 16, 9-20): “Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo…”
No es en modo alguno un final catártico, sino provocador y desasosegante para cualquier lector. Allí, el componente clave del reencuentro, no se inserta en el desenlace, sino que se lleva hasta el final, o mejor, se suspende ese final dejándolo abierto…, el reencuentro será personal o no será.
Esta apertura deja entrar el tiempo, asume la incertidumbre como dato del futuro inmediato, los riesgos, el temor, y focaliza la felicidad de forma innovadora en el marco de la vida, de la realidad, y no en la construcción artificial de un supuesto e ideal estado de duradera felicidad (es decir, un final perfectamente cerrado, que ya no exija otra cosa que cerrar el libro, y olvidarlo).
El final abierto de Marcos nos deja con la boca abierta, porque a nosotros nos gusta el orden, que unas cosas vayan detrás de otras, y este final pone en primer plano la importancia de la no linealidad, la apertura y la emergencia de novedad como datos de la vida.
Este paradigma contesta la perfección, en beneficio de la plenitud. La psicología profunda contempla estas dos posibilidades de comprensión e interpretación. La línea hermenéutica de análisis junguiano -en cierto modo contra el psicoanálisis freudiano- se decanta por el principio de plenitud al observar las propiedades abiertas de la vida y del individuo.
Si la perfección supone lo cerrado y completo, la plenitud por su parte implica lo abierto y, en correlación con ello, una sana y positiva percepción de lo imperfecto. Si a los seres vivos corresponde la capacidad de crecimiento, evolución por continuidad o por salto cualitativo y cambio, es claro que su principio rector no puede ser el ideal de perfección predeterminada.
En cambio, el principio de plenitud o plenificación parece responder mejor a su naturaleza narrativa. El final abierto del Evangelio según San Marcos se sitúa por tanto en este ámbito, o lo que es lo mismo, pone en cuestión críticamente, nuestras construcciones sobre la muerte, la vida y el más allá, sobre las representaciones mentales y sociales de la resurrección. Desafía los supuestos del sentido común en la época en que sitúa la historia de Jesús y en nuestra propia época, en la que esos mismos supuestos ya han entrado en crisis.
La condición enigmática del relato de Marcos continúa después de él... (M. Navarro)
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LAS CIUDADES INVISIBLES es un libro de ficción escrito por Italo Calvino. Se trata una colección de descripciones de ciudades fantásticas que son contadas por el viajero Marco Polo al rey de los tártaros Kublai Kan. Las descripciones son similares a pequeños cuentos con temáticas como el deseo, la muerte o los símbolos, entre otros. Al principio es Marco Polo quien describe las ciudades, pero llega un momento en el que es Kublai Kan el que las imagina y las describe y Marco Polo debe decirle si las conoce, si existen. Hoy yo haré de Kublai Kan, y os describiré unos cuadros, sin solución de continuidad, que al final diré dónde podéis buscar y encontrar:

…¿NON PLUS ULTRA?... (¿NADA MÁS ALLÁ?)
Mucho antes de la revolución copernicana en Europa, los astrónomos chinos vieron nuevas estrellas que los astrónomos europeos no veían, aunque ambos observaban el firmamento con instrumentos más o menos parecidos. Las creencias cosmológicas chinas “no excluían el cambio celeste” y, por tanto, esperaban encontrar “estrellas nuevas”. La cosmología ptolemaica de los europeos excluía la posibilidad de semejante cambio. No esperaban ver algo nuevo y, por consiguiente, no lo veían.                                           
“Buscad y hallaréis…”
«¿Y qué es un artista?, le preguntaron a Tonino Fiore una noche en El Paso, una de las pocas noches que lo prefirió al Savoy. Pues un artista, muchacho, a veces “un artista es alguien que hace cosas inolvidables, como los místicos, inspiradas por aquellas otras que oculta porque son simplemente imperdonables”. Y además, no olvides, que también a veces, dependiendo del tiempo, de los lugares y de los animales que los habiten, el talento sirve de poco si careces de la inteligencia necesaria para disimularlo».
Esta es otra página de Alpreidelmar -donde pasan esas cosas que por no existir nunca suceden siempre- titulada “Nocturno”, que me recuerda mis noches en El Paso, un bar en la carretera de San Miguel, en la isla de Ibiza, en cuyo rincón de la barra, cerca de la puerta de las rayas del tigre, tuve mi personal confesionario alrededor de nueve años.
De algún modo tenía que empezar. Así que una cosa está clara, “si disimular el talento es un arte, el mundo está plagado de artistas”, y yo no sé decir si eso es algo bueno.
Decía mi madre: «ya está con el vicio del ‘pintau’, ¡vaya vicio que tiene!». ¡Tira por ahí, aunque sea a apedrear perros! Y es que yo, con un cuaderno y mi caja de lápices de colores ‘Alpino’ me subía a la ‘cámara’ y era capaz de olvidarme hasta de comer. Mi madre y mis hermanas se preocupaban por mi socialización, y no lo hacían precisamente en silencio. Con todo, mis dos primeros cuadros al óleo, los enmarcó mi madre. (Omito deliberadamente mi primera compra de óleo).

LA LOCURA DEL PROFETA
Sentir la llamada de Dios es saber que ya siempre vamos a estar al margen de eso que llaman la normalidad de la vida, los que a sí mismos se consideran normales, esos -entre los que también nos encontramos nosotros durante tanto tiempo- que en su humildad se pusieron de acuerdo en definirse a sí mismos como “homo sapiens” (hombres sabios, pensantes, con lo que quiera significar eso). Hay puertas que, lo sepamos o no, se atraviesan para siempre en un sentido sin retorno, …o no. El agua de la locura del pozo en el centro de la plaza de la tribu se queda sin efecto sobre nosotros: ‘cuento’.
Así que, al amparo de nuestra vocación, de nuestra respuesta a la llamada divina que no será sino camino, con una absoluta carencia de mapas, tendremos que comenzar por aceptar, como Jeremías, que cuando no se rían de nosotros, será porque están pensando en matarnos, o en liquidarnos de algún modo, sobre todo los nuestros, esos a los que tanto escandaliza una luz que no sea la propia. Por lo cual, en tanto que portadores de la salvación, o la salud, también tendremos que reconocernos poseídos por la enfermedad -¿acaso no se acusó a Jesús también de loco?-.
El único modo de no sufrir esta enfermedad es reconocer que se padece, sólo de ese modo dejaremos de sufrirla.
Para llevar a otros la salud lo primero es comenzar reconociendo la propia enfermedad. Y en ese camino, difícilmente alcanzaremos a la persona sin pasar por la pelea con el monstruo o la bestia, es decir, sin bajar a mirar aquello que de ninguna manera queremos ver. Así que lo primero, paciencia: razón e intuición irán de la mano. No hay necesidad de alargar los procesos… ¡el satori tiene su propio ritmo!, lo que algunos les cuesta años, otros lo alcanzan en un instante. La abundancia de locos no niega la existencia de gente con la cabeza bien amueblada, y el mundo sigue girando porque pese a todo hay más gente buena que los que están en proceso de llegar a serlo.
Así pues, en nuestro viaje, tenemos que comenzar aceptando que a veces no se trata tanto de la meta como del camino. Más que dónde se esté importa cómo se está.
Y si alguien nos dice que las aguas más calmas suelen ser las más podridas, le recordaremos que es sobre estas podridas aguas donde crecen las flores de loto.

TARDE, OTRA VEZ, TARDE…
Siempre vamos con demasiada prisa, por eso es importante permitirnos un tiempo para reflexionar, a solas. Perdamos por un instante la distracción externa, el miedo, si es posible, y tratemos de percibir con sinceridad qué es nuestra vida, qué estamos haciendo de ella. Sin comparar, sin huir al futuro ni adormecernos con lo que fue, sin compensar, abandonándonos sencillamente a lo que ahora tenemos entre las manos; y preguntémonos: «Si hoy muriese, ¿estaría satisfecho?»
Personalmente, recuerdo que en aquel instante, en aquel día de divino agradecimiento, al igual que el salmista preguntaba: “¿Quién reconoce sus propios errores? Perdóname, Señor, mis pecados ocultos”. La más profunda sabiduría humana nos avisa: “no ver ya las culpas, el enmudecimiento de la conciencia en ámbitos tan numerosos de la vida, es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa que uno está aún en condiciones de reconocer como tal”. Es cierto que hubo un tiempo en el que aseguraba “Dios soy yo”, creí después que soberbiamente, hasta que me fue dado descubrir que era cierto, que en ello no había sino ‘reconocimiento’. En la India cuando uno llega a reconocerse como Dios la gente lo felicita -¡por fin te has dado cuenta!-, aquí los encerramos; así que si te has dado cuenta será mejor que no se note demasiado, y ni se te ocurra manifestarlo. Los sacerdotes van a ser tus principales enemigos.
¡Una mujer, la Magdalena, fue la primera en predicar la Resurrección de Jesucristo, a los Apóstoles! Les pilló a pie cambiado…, y no parece que se haya olvidado ‘la afrenta’; parece que siguen sin ser dignas de la predicación, ni de la administración de sacramentos. A mi favor diré que muchas mujeres predican a través de mí: Dolores, Simone, Mariola, Madeleine…
Usualmente minimizamos esta breve reflexión, sobre la muerte, no porque le tengamos miedo a la muerte sino por miedo a aceptar nuestra frustración vigente. No es fácil ver con claridad que hemos estado huyendo toda la vida, y aun viéndolo, ser capaces de aceptar que así es. Nos mentimos demasiado y con demasiada facilidad, pero no está tan claro que consigamos engañarnos.
Debemos ser capaces de abandonar ese campo de juego de la más siniestra forma de admiración que es la envidia.
Si estamos llamados a reconocer cada instante de nuestra vida, hay un instante llamado muerte, y a la muerte hay que hacerla presente. Somos eternos, pero de otro modo, y no podemos tener demasiado claro hacia dónde vamos. Si bien es cierto que cuanto mayor sea nuestra incapacidad ante la vida, más negaremos la muerte. La mejor preparación para la muerte es la conciencia de vivir teniendo presente que vamos a morir -caminar con la visión de nuestro cadáver enfrente, que decía san Bernardo-; pero que eso nada tiene que ver con el final de la vida. Se nos olvida, eso sí, que nada fortalece tanto el presente y su vivencia como la esperanza que no es posible sin la fe en sus nupcias con el amor. Esa es la verdadera conciencia con la que se puede atravesar cualquier puerta…
…Porque si hay una experiencia que une a los seres humanos en unos mismos sentimientos y emociones, esta es la de la muerte. En primer lugar la muerte de los nuestros, de los que hemos conocido y amado, de los que nos dieron la vida, de aquellos con los que hemos andado un buen trecho del camino y a los que hemos tenido ya que despedir. En segundo lugar está nuestra propia muerte, que sabemos llegará.
Ambos sentimientos no son ajenos. El recuerdo de nuestros difuntos nos hace también pensar en el significado de nuestra vida mortal: hacia donde caminamos, qué nos espera, qué hacer para recorrer el camino con acierto.
Los esfuerzos de la ciencia médica han contribuido a una mayor duración de la vida, y también a una mayor calidad de ésta. Pero hay algo más que la longevidad o la salud: un tono en la vida que nace de otra fuente. Lo descubren las sugerentes palabras del libro de la Sabiduría: una vida fecunda no se mide por el número de años vividos, sino por la manera en que se han vivido: la prudencia, la limpieza, haber agradado a Dios, son los auténticos frutos de una vida. Vivir en buena medida cuanto hemos recibido de Dios. No se trata por tanto de añadir años a la vida, como vida a los años, solemos decir.
Ciertamente, ya en la vida nos vamos ejercitando en morir. Nadie nos libra de las muertes, menores y mayores que morimos en medio de la vida. Dejamos una etapa para comenzar otra. El proceso de crecimiento nos hace salir de unos momentos para ir a la búsqueda de otros, para explorar nuevos caminos. Perder y ganar, son las "mareas" de toda vida humana. Vamos modificando nuestra conducta, soportamos dolencias y enfermedades; despedimos personas, lugares y puestos que llegaron a ser queridos; dejamos actividades profesionales.
Y cómo no hablar de las situaciones de muerte que se dan dentro de las relaciones humanas. Sus nombres son múltiples: desengaño, desconfianza, fracaso. También con ellas decimos adiós a proyectos, amistades e ilusiones.
Comúnmente nadie queda dispensado de estas experiencias tan dolorosas como necesarias. En ellas es importante mirar retrospectivamente al pasado con gratitud y no clavar siempre los ojos en lo que se acaba de perder. Al fin y al cabo ¿qué tienes que no te hayan dado?...
El episodio de la muerte de Jesús nos recuerda que sólo hacemos fecunda nuestra vida cuando la entregamos. Conocemos las palabras de Jesús: "Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto". El morir forma parte de la vida. Quien únicamente se ocupa de que le vaya bien a él, malgasta su vida: querría ser feliz a toda costa, pero echa a perder su felicidad. En cambio, si vivimos por algo mayor, por Dios, por la persona de Jesús, si orientamos nuestra vida hacia una meta más grande, nos llenamos de vida.
Eso es lo que ha ocurrido en nuestro bautismo. Por él hemos participado del destino de Jesús. Nuestra existencia ha sido transformada: somos sacerdotes, profetas y reyes. No queremos malgastar nuestra vida. Todo lo que pone trabas a nuestra vida ha sido enterrado en el bautismo a fin de que podamos ser personas nuevas. Ciertamente, la tendencia a falsear nuestra vida, a tratar mal a los demás, nos puede dominar siempre: ¡Ay, la corona de espinas del servicio, cómo duele…, sobre todo cuando te la quitan! Pero en Cristo tenemos la posibilidad de vivir como personas amadas por Dios y, a partir de ahí, como personas capaces de amar a otros. Así entendemos hoy las palabras de Pablo: somos ciudadanos del cielo: vivimos en el mundo, pero el mundo ya no tiene poder sobre nosotros.
Nuestra meditación sobre la muerte debe convertirse en un estímulo para la vida. Pensar en la muerte nos hace desprendernos de nuestras rutinas, de nuestro "ir tirando" simplemente. Nos hace dejar lo inauténtico y banal para desplegar en nosotros lo más auténtico. Así podremos experimentar lo que significa estar con Cristo, ser ciudadanos del cielo, y podremos experimentar la resurrección ya en esta vida.
“Para ello necesitamos una gran confianza. La confianza nos es dada. No hay un don mayor. Te hace amar la lluvia tanto como el Sol que sale después. Comprendes que no hay enemigos, que incluso quizá no haya muerte. Comprendes lo incomprensible, aunque no sepas cómo formularlo… Tener confianza en la vida (que es tan dura, por otra parte) es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro. En lo profundo de la vida, que no es el mundo, no hay nada peligroso” (Ch. Bobin).

EN OTRO ORDEN DE COSAS…
Imagino que conocéis el dicho de que “cuando el sabio señala la luna, el idiota se queda mirando al dedo”, o el otro que afirma que “mil perros ladrándole a una sombra la convierten en una realidad”. La razón que nos evitará volvernos locos se puede transformar en una auténtica locura si no entiende que, a veces, donde no alcanzan los sentidos tendremos que echar mano de la fe, si bien eso no evitará que en cualquier momento tengamos que ‘poder dar razón de nuestra esperanza’. Y esto, sin amor, es un camino que ni se inicia…
Esto del arte no es un asunto fácil “en tanto que camino espiritual de autoconocimiento”, pero si además pretendemos “Evangelizar” con él, hoy por hoy, en el comienzo del siglo XXI la cosa se complica, “porque nadie puede llevar a nadie donde él no ha estado”, es decir, que difícilmente podremos transmitir unas vivencias que no hayamos tenido, e incluso lográndolo, eso no significa que los otros las vayan a percibir si no manejan el mismo código, y aun manejándolo, si no están en la misma longitud de onda. La música, la literatura, las artes plásticas, el teatro, el cine, los videojuegos…¡nadie ha matado tanto como las nuevas generaciones!... Me diréis que son muertes virtuales, claro, pero es que seguimos matando mucho: y el “galo moribundo”, o la “muerte de Sardanápalo”, o las películas sobre los “campos de concentración nazis”, las guerras de todo tipo, o la literatura y el teatro que puedan denunciar todo esto, o alabarlo…, ¿Lo alimentan, lo detienen?... Suele decirse que los que no conocen la historia se condenan a repetirla -no estamos lejos de eso-, y los que conocen la historia se condenan a contemplar cómo la repiten los que no la conocen.
Muchas religiosas y religiosos en Ruanda no salían de su asombro cuando las matanzas entre hutus y tutsis: los chicos a los que estaban catequizando se iban a participar en los enfrentamientos a machetazos. ¿Quién conoce la naturaleza del poder?... ¿De dónde arranca tanta envidia?...
Tras aceptar este compromiso, de venir aquí y hablar sobre “Pintura y Evangelización”, que se supone que es lo mío, me di cuenta de que no debía haberlo hecho. No me apetece daros una clase de historia de la pintura religiosa franciscana, y la verdad es que yo no sé por qué pinto, o quizá ahora sí lo sé, porque no me recuerdo sin pintar ni por qué diablos comencé. ¡Ay de la obra de arte que no nos lleve a preguntarnos por el autor! Creo que la frase es de Ciorán.
El autor, el sabio, el profeta, el artista, todos tiene que haber realizado su personal camino interior. Porque no importa dónde vayas, el camino siempre es interior, y será la manera de caminar la que determine la meta, aunque esto habría que aclararlo un poco más, si bien es cierto que a veces un exceso de claridad ciega más que ilumina: es la paradoja de los predicadores que no se explican por qué no se convierten los que los escuchan –“no suelen verse el ombligo”-.
Todos nacemos teniendo experiencias de “vacío”: esos momentos de tu vida en los que sientes que te mueres y ya está: ¡Ni tan siquiera te has dado tiempo para preguntarte por el motivo de tu viaje! ¡Lo que darías en ese momento por poder cantar aunque sólo fuese una canción desesperada!... -y es que vivir como un aristócrata y pretender ser comunista sólo puede llevar a la desesperación-.
Personalmente yo inicié mi camino de búsqueda a través del “arte de pintar”: quizá en un principio para impresionar a las chicas -cuando en mi inocencia creía ser inteligente-, quizá después con la intención de hacer caja -muchas veces fui tentado, y más lamenté en ocasiones no haber tenido la indecencia de caer-, pero, como nos recuerda el profeta Isaías 55, 8-9: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos…”.
Hace años, en un aula de 1º de BUP de la Universidad Laboral de Málaga, sostuve contra todos, en el aula, que el artista no puede evitar serlo -una vez que despierta a la bestia-, y se lo reconozcan o no él seguirá creando sin saber decir por qué: yo pensaba así entonces…, ahora lo entiendo, pero no lo voy a explicar, porque los misterios no se explican, profundizamos en ellos, más, y más, y más…
Algún amigo, en cierta ocasión, calificó mi vida como una locura -él, al contrario que yo, sí terminó la carrera de psicología, se hizo psicoanalista y murió-; me decía que esos saltos de unos niveles de percepción a otros, sin red, como si careciese de toda esperanza, a él lo dejaban fuera de juego. Pero, después se manifestarían como aciertos, porque, siempre sentí que ‘ALGUIEN’ se ocupaba de mí, y que era precisamente la esperanza la que me empujaba a todos esos saltos, dados por amor en su estado más puro, aunque entonces lo ignorase, y por los que, sin saberlo, fui llevado a la fe, porque ese fue el camino que a Él mejor le pareció para mí. Quizá pecaba de individualismo, pero, tal como lo veían en aquel entonces, no podía arriesgar otra vida que la mía.
De este modo terrible me encontré con que había realizado mis sueños a una edad demasiado temprana, ¿qué otra cosa me quedaba sino morir de una vez?... Lo más triste es que durante el viaje, al menos así lo sentía, pese a la realización de mis sueños, había perdido algo importante, y lo peor de todo era que no sabía decir qué…
Por aquel tiempo hablaba mucho con mi amigo Lao Tsé que se empeñaba en recordarme una y otra vez:

TAO TE KING - LXXXI
Las palabras que dicen la verdad no son hermosas,
las palabras hermosas no dicen la verdad.
El mérito no quiere persuadir,
la persuasión carece de mérito.
El sabio no es culto,
y el culto no es sabio.
El sabio no acumula posesiones.
Tanto más posee
cuanto más hace por los demás,
y cuanto más da a los otros,
tanto más tiene.
El TAO del Cielo es alentar sin perjudicar.
el TAO del Sabio es obrar sin rivalizar.
(Lao Tsé, traducción de R. Wilhelm)

Con estas palabras se cierra uno de los libros de espiritualidad más sublime de la civilización humana, creo yo, vamos. Y, según parece, el viejo Lao Tsé, no veía que la belleza y la verdad tuviesen mucho que ver, al menos en el campo de las palabras. De hecho, esta fue una de las acusaciones primeras contra el cristianismo: “la bajeza y fealdad de sus escritos”, -¡ay, Agustín!- presentando a un Crucificado como Dios. Esto que era un escándalo entonces, gracias a Dios parece que vuelve a ser un escándalo también actualmente –“parece que al cristianismo le va mejor que lo persigan, que el hecho de que lo aplaudan”-. ¿Por qué una de las primeras cosas que nos descubren los nacionalismos -que en Europa ya han provocado dos guerras mundiales muy exterminadoras- es a una Iglesia Nacionalista? Así pues, cuando un sistema corrupto os aplauda, tentaos la ropa, porque estáis participando de él: formáis parte de la corrupción, pero no os daréis cuenta, y esa es la señal de que estáis dentro.
“Estas palabras que dicen la verdad no son agradables de escuchar, no vemos su belleza”. Va a tener razón Lao Tsé.
Tampoco Jesús de Nazaret parece muy partidario de la bella construcción del Templo que parece maravillar a sus discípulos: “Llegará el día en que no quedará piedra sobre piedra” (Mc 13,1-4; Mt 24, 1-2; Lc 21, 5-7).
Pero no nos detengamos aquí, vamos a profundizar un poco, vamos a atrevernos a descubrir algo que todavía puede ser peor. Perdón si alguien cree que me estoy pasando de optimista, pero como decía el escorpión que acababa de picarle a la rana que le ayudaba a atravesar el río: “es mi naturaleza”.

Si buscamos comprender qué es el ser humano y, más concretamente, cómo funcionan los mecanismos de su deseo (teoría mimética: aprendemos imitando) y de su organización social (mecanismo expiatorio: el chivo expiatorio), tendremos que echar mano de la antropología de René Girad. Hans Urs von Balthasar, teólogo, dijo que cualquiera que en el siglo XXI quisiera estudiar y hacer teología debía comenzar por la Antropología de René Girard.
(Blog: http://RENEGIRARDPICTURES.blogspot.com)

Contexto, método y contenido de la antropología de René Girard: nos centraremos en los núcleos fundamentales de su pensamiento antropológico que nos servirán de guía:
-                      El deseo mimético como realidad que configura el acceso del ser humano a su identidad propia y, a la vez, parece abocarlo a generar (a través del deseo de apropiación) una frustración en sus relaciones al provocar rivalidades miméticas continuas (¿Neuronas Espejo?...).
-                      La violencia unificadora o el mecanismo victimal que consigue organizar socialmente las rivalidades humanas deteniendo una violencia destructiva (crisis sacrificiales) a través de una violencia unánime y restringida (hacia un solo culpable). Un mecanismo donde adviene a la humanidad el primer concepto de lo sagrado.
-                      El desconocimiento o ignorancia (méconnaissance) de los mecanismos tanto del deseo mimético como del mecanismo victimal por parte del ser humano, que lo mantiene atado a la rivalidad provocada por el primero y a la violencia escondida del segundo. No se trata tanto de no conocer la realidad como de conocerla erróneamente.

Para nuestro autor el conocimiento de esta situación se ha hecho posible en la cultura occidental por las influencias de las ‘escrituras judeocristianas’ que han revelado la verdad del ser humano y su sociedad a partir de la recuperación de las víctimas (mostrando su inocencia en el proceso que las expulsa). Se inicia en ellas una nueva antropología y una nueva teología en estrecha conexión. Las Escrituras judeocristianas narran la historia desde el punto de vista de las víctimas.
(El libro -tesis doctoral-: “La humanidad re-encontrada en Cristo”, Francisco García Martínez. Salmanticensis)

Y entonces, en una mañana de domingo al sol, en el centro de la isla de Ibiza, en Santa Gertrudis, frente a una iglesia en la que todavía no había entrado, así de nula era mi curiosidad, leyendo el periódico de los “perfectos ateos católicos” -en el suplemento de Babelia, en la crítica a un libro, cuyo autor no recuerdo-, me fue dado leer el aviso del ángel a la Iglesia de Éfeso en el Apocalipsis 2, 2-4: “Conozco tus obras y tus trabajos, y sé que sufres pacientemente por mi causa: y que no puedes soportar a los malvados y que sometiste a prueba a los que se llamaban a sí mismos apóstoles y los hallaste mentirosos. Tienes paciencia y has sufrido por mi Nombre sin desfallecer. Pero tengo en contra tuya que has perdido tu amor del principio”.
¿Cuál había sido mi amor del principio? Si ni tan siquiera eso lo tenía del todo claro, ¿cómo iba a experimentar la sensación de pérdida? Pero el asunto me llamó especialmente la atención porque precisamente en aquel instante de mi vida, aquellas palabras, en aquel contexto, yo las había sentido como “dichas especialmente para mí”, de hecho, mire a los lados, disimulando, esperando encontrarme con la mirada de alguien que a todas luces no había dejado de pensar en mí. No vi a nadie entonces…, ni tampoco ahora veo mucho más; pero yo, especialista en ‘mutaciones’ no puedo negar lo evidente: ¡estaba al otro lado de la carretera!, no sé si por voluntad propia o porque alguien me había llevado hasta allí -esto segundo comenzaba a manifestarse de una manera preocupante-.
Perdonad que abrevie el proceso revelatorio, pero tratando de recuperar mi amor del principio pretendí llegar al inicio del tiempo, al fin del mundo: ¡Eso es fácil, pensé! El fin de la tierra lo tenemos aquí en España, en Galicia: “Finisterre”. Así que busqué en una guía de monasterios-hoteles, que me dejó una amiga: Convento Franciscano de Louro-Muros, a cincuenta kilómetros del cabo Finisterre. Llamé para alquilar una habitación para una semana o diez días… (¡¡¡Mis planes no son vuestros planes!!!). Ni que decir tiene que se ha convertido en la semana más larga de mi vida. También a Ibiza me fui para quince días o un mes, y estuve nueve años.
Siendo ya fraile -por la gracia de Dios- también tuve la experiencia del cáncer que puedo resumir con un poema de Agustín de Foxa –“Melancolía de desaparecer”-, que fui transformando durante la quimioterapia-:

            MELANCOLÍA DE DESAPARECER     
 Agustín de Foxa
                        Y pensar que después que yo me muera
                        aún surgirán mañanas luminosas,
                        que bajo un cielo azul, la primavera,
                        indiferente a mi mansión postrera,
                        encarnará en la seda de las rosas.
                       Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
                        sobre mis huesos danzará la vida,
                        y que habrá nuevos cielos de escarlata,
                        bañados por la luz del sol poniente,
                        y noches llenas, de esa luz de plata
                        que inundaba mi vieja serenata,
                        cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.
                       Y pensar que no puedo en mi egoísmo,
                        llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja.
                        Que he de marchar yo solo hacia el abismo,
                        y que la luna brillará lo mismo
                        y ya no la veré desde mi caja.
                       
MUTACIÓN EN: ALEGRÍA ¿DE DESAPARECER?... por Fr. Miguel Castellanos Sotos, tras tres meses de quimioterapia en el verano del 2005, en Ourense.

                       Gracias, porque después que yo me muera
                        aún surgirán mañanas luminosas,
                        que bajo un cielo azul, la primavera,
                        iluminando mi mansión postrera,
                        encarnará en la seda de las rosas.
                       Gracias, porque desnuda, azul, altiva
                        sobre mis huesos danzará la vida,
                        y que habrá nuevos cielos de escarlata,
                        bañados por la luz del sol poniente,
                        y noches llenas, de esa luz de plata,
                        que aún inunda mi vieja serenata,
                        al dulce canto de Dios bajo mi frente.
                        Gracias, porque no puedo en mi egoísmo,
                        llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja.
                        Que no es morir marchar hacia el abismo,
                        gracias, la luna brillará lo mismo
                        y ya no la veré desde mi caja...
                        ... posiblemente ya ni desde el cielo,
                        que anuncia la divina sinfonía,
                        un poco más arriba, tras el velo
                        verde de la esperanza, donde el duelo
                        del tránsito se colma de alegría.

Según parece, algunas cosas no las terminamos de entender nunca, y quizá está bien que así sea, no darle toda la importancia al lóbulo izquierdo del cerebro. Recuerdo que de niño tuve una intuición que escribí en varios lugares como horizonte sobre el que encauzar mi vida: “Debo alcanzar, en mi vida, lo máximo que pueda alcanzar un hombre”. Después de tanto tiempo me está siendo dado descubrir que lo máximo que puede alcanzar un hombre no es algo que se deba conquistar por su voluntarismo -al fin y al cabo, ¿qué tienes que no hayas recibido?-, sino que es GRACIA DE DIOS que tenemos que aprender a recibir y transformar en semillas que debemos sembrar para que también en otros termine fructificando la GRACIA. Semillas que llevarán, posiblemente, todos los defectos de nuestras pasiones humanas, pero también, cómo no, todo lo positivo de nuestra pasión divina. Así, nuestra oración no estaría de más que fuese siempre algo más o menos como esto: “¿Por qué te empeñas en quererme tanto?”…

ENTRADA: http://lacuevadelanubeblanca.blogspot.com


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