EN EL MANANTIAL

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SAN FRANCISCO Y EL LOBO...

miércoles, 16 de enero de 2019

MEDITACIONES





LA PSICOLOGÍA Y DIOS: UN HOMBRECILLO EN EL OÍDO

Dios y un ramo de flores

En 1995 la clínica de la que, a la sazón, yo era director médico organizó un gran congreso para más de mil participantes. Entre los conferenciantes se contaban Paul Watzlawick, de Palo Alto, uno de los padres fundadores de la moderna psicoterapia sistémica, y Steve de Shazer, de Milwaukee, quizá el más radical renovador de la psicoterapia. A mí me correspondía impartir una conferencia sobre el tema: “Psicoterapia y religión”. En años anteriores había estudiado a fondo los enfoques sistémicos de psicoterapia. Sobre todo me había convencido la psicoterapia breve orientada a la búsqueda de soluciones de Steve de Shazer. Y ello, también desde el punto de vista epistemológico. Sin embargo, justo a la psicoterapia sistémica y al enfoque psicoterapéutico de Steve de Shazer, inspirado por la hipnoterapia de Milton Erickson, se les reprochaba con no poca frecuencia que adolecían de una visión tecnicista. El paciente era considerado, rezaba esta crítica, como un mero aparato al que es posible poner de nuevo en funcionamiento por medio de una intervención relativamente pequeña. La brevedad de la terapia suscitaba asimismo recelo. De Shazer daba por concluidos los tratamientos, por término medio, tras unas cuantas sesiones. No le concedía suficiente tiempo al paciente, se decía; se le despachaba con ‘fast food’ (comida rápida).
Pero, cuanto más reflexionaba sobre la cuestión, más me convencía de que tal enfoque era apropiado para respetar el significado propio de la religión. La psicoterapia sistémica no conoce verdades, sino sólo diferentes perspectivas -más o menos útiles- sobre la realidad cuya condición propia puede ser dejada en suspenso. A efectos psicoterapéuticos, este planteamiento pragmático resulta extraordinariamente fructífero. Con miras a una terapia exitosa, entender los síntomas no como “realidades fijas”, sino como “fenómenos pasajeros”, es bastante más útil que centrar primero la atención de la persona necesitada de tratamiento en sus síntomas, para luego volver a eliminar por medio de un afanoso trabajo esas imágenes sobre las que tanto se ha discutido.
A esto se añade que los pacientes, cuando hablan de su estado psíquico, suelen decir: “Vuelvo a tener mi depresión”. Nadie -ni siquiera el más experimentado psicoterapeuta después de prolongadas conversaciones- puede descubrir jamás qué es lo que, en realidad, quiere decir con la palabra “depresión”. Ninguna otra persona puede “conocer” jamás ese torturador y sumamente personal sentimiento de un ser humano singular. Tal vez uno crea conocer por propia experiencia sentimientos análogos o haya oído describir a otras personas estados quizá comparables. Pero, probablemente, con todo eso no se logra captar de forma aproximada el matiz sumamente individual de la “depresión” de otro. Sea como fuere, Steve de Shazer opina que nunca puede saberse de verdad lo que quiere decir otra persona cuando afirma que es depresiva.
De ahí se derivan dos consecuencias:
La primera es que, en el fondo, resulta inútil elaborar grandes teorías sobre qué es, en realidad, “la depresión”, qué siente y qué no siente “el depresivo”, qué es beneficioso y qué no es para todos los “depresivos”, etc. Tales grandes teorías solidifican “la depresión”, la tratan como un objeto real y, de esa suerte, le restan capacidad de transformación. Cuanto más material teórico se le eche encima al pobre depresivo, tanto más emparedado se verá, por decirlo así, por los supuestos conocimientos sobre su depresión. Al estilo de las llamadas “las profecías que se dan cumplimiento a sí mismas”, con ello no se consigue precisamente que la depresión desaparezca, sino que ésta, como si dijéramos, surja ahora en toda regla, se desarrolle y adquiera un fundamento tan profundo como sea posible. Pues el lenguaje crea realidad psicológica; y cuanto más se habla de un problema, tanto más “real” se le hace ser. Por eso, nada de grandes teorías sobre la depresión, sino respeto ante la individualidad del sufrimiento.
Pero, en segundo lugar, es cierto lo siguiente: si la verdadera realidad interior de la depresión de una persona no es, por principio, accesible desde fuera, entonces el cambio psicoterapéutico tampoco puede llevarse a cabo con arreglo a un plan universalmente válido concebido con ingenio por un psicoterapeuta e impuesto desde fuera. La psicoterapia adecuada para un individuo depresivo debe ser, puyes, siempre individual y diseñada a medida. Si, según lo anterior, el problema no puede ser propiamente identificado y además no cabe planificar la transformación paso a paso desde fuera; ¿cómo es posible entonces realizar aún psicoterapia? La respuesta de Steve de Shazer: focalizando la atención en las fuerzas y los potenciales de transformación latentes en el paciente, los cuales han sido olvidado so no considerados durante la prolongada depresión. Si cobra conciencia de sus propias fuerzas y luego las emplea, el paciente puede conseguir cambios benéficos en un tiempo relativamente corto, resolviendo así su problema. El psicoterapeuta deviene un artista de la iluminación.
La solución no tiene nada que ver con el problema…
 Un día, una paciente acudió a Steve de Shazer y le dijo que tenía un problema que le resultaba tan embarazoso que, bajo ningún concepto, podía contárselo. Por regla general, eso habría supuesto el fin de la psicoterapia antes siquiera de empezarla. En el caso de Steve de Shazer no ocurrió así. Él aceptaba a todos los pacientes, también a los llamados “desmotivados”. Al fin y al cabo, acudían a él, por lo que algún motivo debían de tener. Pero descubrir de qué manera puede uno ayudar incluso en situaciones complejas no es tarea del paciente, sino del psicoterapeuta profesional. En este caso el reto estaba claro: "encontrar una solución sin conocer el problema". De Shazer respetó la condición de la paciente y le planteó "sus preguntas de escala". “Imagínese una escala de cero a diez. Cero significa: “Es tan grave que no puede ser peor”. Diez significa: “El problema está totalmente resuelto”. En la actualidad, ¿en qué punto de esa escala se encuentra usted?”. La paciente le dijo que en el dos. De Shazer le siguió planteando sus preguntas estándar: “¿Cómo ha conseguido pasar del cero al dos? ¿Qué le ha ayudado a hacerlo? ¿Qué ha mejorado en el dos con respecto al cero?”.
Pero, dado que la paciente no quería revelar su problema y las respuestas habrían ofrecido pistas al respecto, de Shazer invitó a la mujer a representarse las respuestas de forma detallada solo en su imaginación. Eso fue lo que hizo la paciente. Y cuando terminó de hacerlo, de Shazer le formuló la siguiente pregunta: “En el pasado, ¿cuándo ha estado usted siquiera por breve tiempo en el tres o en el cuatro?”. La paciente se representó de nuevo mentalmente estas fases -de mejoría-. Después de algunas preguntas más, vino la “pregunta de la primera sesión”: “Desde hoy hasta la próxima sesión, que tendremos dentro de tres semanas, reflexione, por favor, sobre qué aspectos de su vida y su conducta no debería cambiar”.
Los pacientes saben, por supuesto, qué es lo que quieren cambiar, y pensar sobre ello dirige el foco de la atención una y otra vez a las deficiencias que toda persona tiene y que le impiden alcanzar la hermosa meta. Pero la “pregunta de la primera sesión” dirige la atención a las numerosas capacidades y energías individuales que, como es comprensible, el paciente, abrumado por los problemas, últimamente ha perdido de vista. Que en la siguiente sesión se le pregunte en efecto al paciente qué es lo que no desea cambiar no es en absoluto decisivo. La pregunta ha dirigido de modo provisional la atención del paciente a algo muy útil, y eso funciona. En la segunda sesión, de Shazer planteaba además la famosa pregunta del milagro: “Imagínese que, al caer la noche, está usted cansado y se va a la cama. Y mientras duerme, acontece un milagro. De repente, su problema ha quedado resuelto por completo. Se despierta por la mañana, pero no sabe que ha acaecido el milagro, pues usted estaba durmiendo. ¿En qué notaría que ha acontecido el milagro?”. Si la respuesta es formulada sólo en términos generales, por ejemplo. “En el hecho de que me sienta mejor”, el psicoterapeuta vuelve a preguntar: “¿En qué lo nota?”, hasta que se describe un modo de conducta observable.
Con vista a una mayor clarificación cabe también preguntar en qué notarían los familiares del paciente que ha tenido lugar el milagro, o uno puede interesarse por aquello que se vería en una película sobre la situación posterior al milagro. La insistencia en una descripción concreta impide que el paciente se proponga metas utópicas y posibilita que el objetivo influya de forma realista. El quid de la pregunta del milagro es que el paciente describe el objetivo sumamente personal con que él encara la psicoterapia. Un paciente contará que, por fin, podrá de nuevo cocerse por las mañanas el huevo del desayuno y salir a comprar el periódico. Para otro, en cambio, después del milagro volverá a ser posible dormir a gusto y descansar. Cuanto más se hable sobre ello, tanto más intensas serán, por supuesto, las imágenes de la solución; y el paciente pasa del éxtasis de los problemas al éxtasis de las soluciones, un estado que impulsa con fuerza el proceso de curación.
Volvamos a nuestro caso. Steve de Shazer había realizado con la paciente dos o tres sesiones más, en las que "le había formulado nuevas preguntas, siempre con una respuesta imaginada en la mente de la paciente". Ésta progresaba bien, estaba motivada y colaboraba. Por último, al llegar al punto ocho de la escala, dijo que se sentía lo suficientemente bien como para dar por concluida la terapia. Pocos meses después, de Shazer recibió una postal desde un país lejano. Contenía un efusivo agradecimiento de la paciente, que terminaba con las palabras: “… y, por lo demás, ahora estoy en el doce”. De Shazer nunca supo en qué consistía en realidad el problema y, sin embargo, logró con sumo éxito construir la solución junto a la paciente.
En este enfoque, la psicoterapia no solidifica los síntomas dándoles nombre, genealogía y múltiples estratos de depresión. Antes bien, le quita a la depresión la sugestión de lo duradero, lo inmutable; le sustrae toda apariencia de objeto, licuándola en estados momentáneos y mutables, que ineludiblemente son pasajeros. Pero, al mismo tiempo, se toma realmente en serio lo subjetivo de la depresión. Sólo el propio paciente puede saber qué le ha resultado y le resulta de ayuda –a él, de forma del todo personal-. El psicoterapeuta se limita a estimularle muy sugestivamente para que preste a eso una atención más intensa y, por supuesto, para que, así, haga más de lo que funciona bien. El objetivo de semejante actitud terapéutica lo determina en exclusiva el propio paciente, y el psicoterapeuta le ayuda a alcanzar esa meta. Precisamente el recurso a la genialidad hipno-terapéutica de Milton Erickson hace que el método sea sobremanera sugestivo. Pero no sugiere nada ajeno al paciente, en especial ninguna opinión del psicoterapeuta sobre lo divino o lo humano, sobre qué ha de hacer uno para ser ‘normal’ o sobre qué constituye un ‘buen’ objetivo y qué no.
Para mi tema: “Psicoterapia y religión”, el modo de proceder de Steve de Shazer era en extremo fructífero. Pues se abstenía ejemplarmente de inmiscuirse de forma pseudo-competente en la religión y respetaba cada una de las convicciones del paciente, conquistadas a lo largo de toda una vida. Merced a tal respetuosa abstención -mantenida de modo por completo consecuente- de toda pauta de contenido y a la sobria concentración en una sutil técnica interrogativa, este método resulta enteramente neutro desde el punto de vista cosmovisional. Un budista puede así devenir mejor budista; un cristiano, mejor cristiano; un ateo, mejor ateo. Y, de esta suerte, el tratamiento dura menos. Pues, en el fondo, el paciente, lejos de ser arrastrado a un terreno extraño que el psicoterapeuta considera que es “la normalidad”, puede permanecer en sí mismo y concentrarse enseguida de todo en todo en sus propias fuerzas y en las soluciones, sin tener que volver a sumergirse en el problema, como ya ha hecho con tanta frecuencia.
Las psicoterapias que obedecen al lema: “Usted tiene un problema y yo podría ofrecerle otro”, también pueden ser efectivas en ocasiones; pero, en cualquier caso, se prolongan más. Y las psicoterapias prolongadas en modo alguno valoran, como opinan algunos, el sufrimiento del paciente, sino que más bien persuaden a éste de la suma importancia que el psicoterapeuta tiene para él; y, de paso, de su propia incapacidad. Así, la brevedad de la psicoterapia no es sólo un distintivo de una determinada corriente de psicoterapia, sino una exigencia ética a la que está sujeta toda psicoterapia.
En mi ponencia en el congreso abogué a favor de examinar, en aras de su propia seriedad, las consecuencias y efectos secundarios religiosos -directos e indirectos, premeditados y no premeditados- de toda corriente de psicoterapia.
El precio de la elevada eficacia de los métodos de psicoterapia descritos más arriba es la consecuente concentración en lo que funciona, con el deliberado descuido absoluto de la pregunta por la verdad y, por ende, de la pregunta por Dios. Lo cual tal vez sea útil para situaciones psicoterapéuticas. Pero ¿se puede vivir así?
Un día le pregunté a Steve de Shazer qué nuevo cumplido podría hacerle él a su mujer: Insoo Kim Berg, que también ha contribuido mucho al desarrollo de la psicoterapia orientada a la búsqueda de soluciones. Pues los “cumplidos”, esto es, comentarios apreciativos sobre capacidades -¡reales!- del paciente, son instrumentos importantes de su enfoque de psicoterapia. Me miró todo serio durante un largo rato bajó sus pobladas cejas y luego dijo: “Nada de palabras, creo que le regalaría flores…”.
La pregunta por Dios -si se toma realmente en serio- no es, por supuesto, una pregunta por una perspectiva más o menos útil. La pregunta por Dios es una pregunta existencial. No se trata sólo de una pregunta por una realidad más o menso eficaz, sino de la pregunta por la verdad existencial. ¿Existe Dios realmente o no? Es una pregunta que trasciende toda psicoterapia habilidosa, pero, por ello mismo, siempre artificial; es una pregunta que se plantea en el nivel del ramo de flores de Steve de Shazer.
Después de este recorrido por la psicología y la psicoterapia modernas podemos constatar un resultado tal vez sorprendente, pero no por ello menos claro: la psicología y la psicoterapia modernas no tienen absolutamente nada que aportar a la pregunta por la existencia de Dios. Pero, en ocasiones, saber con total seguridad que algo no va a ser encontrado en una región determinada en la que todo el mundo ha buscado una y otra vez es mucho más útil que hallazgos inseguros con los que uno luego debe romperse la cabeza sin cesar.
Afirmar que la psicología puede decir algo sobre Dios equivaldría a afirmar que es posible decir algo sobre “La flauta mágica” una vez que se ha examinado la tramoya e inspeccionado los decorados y quizá se dispone además de los informes psiquiátricos de todos los cantantes. ¿Qué sabe uno con todo ello sobre “La flauta mágica”, sobre Mozart, sobre la magia de la música? Probablemente apenas se exagera si se resume la respuesta en una única y breve palabra: ¡nada!

(Dios, Una breve historia del eterno; Manfred Lütz; Ed. Sal Terrae)

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